La vida es un tablero de ajedrez donde los cuadros blancos son los días y los cuadros negros son las noches. Nosotros, somos las piezas que vamos de aquí para allá para caer al final en el cuadro de la nada... De Alguna Manera... Una Alternativa…
El gobierno de Javier MIlei deja atrás una semana turbulenta. Las
internas en el oficialismo no cesan y ponen en aprietos al ministro de Economía
Luis Caputo. Fuentes cercanas a Economía aseguran que el “mejor de la historia”
ya tiró toda la carne al asador y que está preocupado –molesto– por los
vaivenes políticos y la caída en las últimas encuestas. Es lógico, siendo él
quien tiene que negociar con el establishment nacional e internacional de cara
a una reactivación de la economía que no termina de producirse y, encima, está
asediada por los bajos salarios y el recalentamiento de los precios.
Como en tiempos del macrismo, la célebre frase de “los brotes verdes”
que nunca terminaron de germinar es una sombra que persigue al actual gobierno.
Sin embargo, el ministro soltó una sentencia bastante pretenciosa para el
panorama actual: palabras más, palabras menos, dijo que los próximos 18 meses
serán los mejores de las últimas décadas para el país. Esta proyección
optimista se basa en la estabilización macroeconómica, la confianza
internacional en el presidente Milei y la llegada de inversiones, impulsadas
por instrumentos como el Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones
(RIGI). Sin embargo, las grandes inversiones hasta el momento están vinculadas
a sectores puntuales como minería, energía renovable e infraestructura
portuaria. Para que el derrame pueda alcanzar a la gente de a pie, sin dudas
habrá que esperar. El problema es que la paciencia está comenzando a agotarse y
que la mayoría de la gente, entre la que se cuentan votantes libertarios que
apostaron a un cambio, ya no puede esperar. No se trata de una cuestión de
deseos; cuando el bolsillo aprieta, la necesidad se impone sobre los cálculos
de cualquier color político.
Así las cosas, la semana que mañana comienza no estará exenta de ruido
político. El Presidente adelantó que acompañará al cuestionado Manuel Adorni en
la presentación de su informe de gestión en la Cámara de Diputados el día
miércoles. Más allá del apoyo a su jefe de Gabinete y amigo, en la Rosada
fantasean con que su presencia sirva como muro de contención ante la andanada
de críticas que recibirá de la oposición de todos los colores políticos. A
nadie le importa lo que pueda decir en lo que respecta a la gestión, el foco
estará puesto en su situación personal y en lo que pueda aclarar –u oscurecer
el exvocero– de los otros escándalos que tienen al Gobierno de protagonista,
como el caso $Libra. No nos engañemos, el escenario será testigo de una riña
sin precedentes.
En el peronismo/kirchnerismo las cosas tampoco están para ilusionar a
nadie. La pelea entre el gobernador Axel Kicillof y el sector ligado a Máximo
Kirchner y La Cámpora continúa su escalada. La Cámara de Casación confirmó el
pasado viernes el decomiso de los bienes de la expresidenta, de sus hijos y del
empresario Lázaro Báez, para comenzar a cubrir los casi $ 685 mil millones por
los que deben responder los condenados en la causa Vialidad. Se trata de una
medida restitutiva para todos los argentinos que no tienen antecedentes. Más
allá de la condena formal, devolver lo robado es indispensable para que la
justicia sea completa.
Es imposible no analizar en esta columna la decisión de Javier Milei de
no permitir a los periodistas acreditados ingresar a la Casa de Gobierno para
cumplir sus tareas profesionales. Para poner en dimensión este hecho nunca
visto –la única vez que ocurrió un cierre similar fue un día durante la
pandemia– hay que recordar el tristemente célebre eslogan “No odiamos lo
suficiente a los periodistas”, utilizado frecuentemente por el Presidente y sus
acólitos. Escuchar a Milei fomentar el odio estremece.
Quienes supieron fomentarlo fueron los Kirchner. Tanto Néstor cuanto
Cristina.
La memoria nos traer al presente la miríada de episodios en los cuales
ambos tuvieron expresiones de desprecio y acciones de acoso hacia quienes
pensaban distinto y los criticaban. En ese marco, la intimidación fue un
instrumento utilizado intensamente contra los periodistas por todos los medios
del Estado puestos a disposición del matrimonio presidencial. Ese vilipendio
bajó a la calle, que se volvió insegura para muchos de los que sufrimos aquel
embate que dio pie, entre otras cosas, a “juicios populares” llevados a cabo en
plena Plaza de Mayo y encabezados por Hebe de Bonafini con total beneplácito de
la expresidenta, hoy cumpliendo pena de prisión.
Según la definición dada por el mismísimo Javier Milei, los cimientos de
la filosofía del “liberal-libertario”, que se basan en el respeto irrestricto
del proyecto de vida del prójimo, son: la defensa absoluta de la vida, la
libertad y la propiedad privada, fundamentados en el principio de no agresión
(PNA) y un mercado libre sin intervención estatal.
Por lo que se aprecia en la vida diaria, el Presidente parece haber
olvidado poner en práctica el principio de no agresión (PNA). Los periodistas
no somos los únicos en sufrir las consecuencias de la falta de observancia de
este postulado.
Los hermanos Milei muestran experimentar los rasgos más severos de la
enfermedad del poder. Uno de ellos es la intolerancia a la crítica externa e
interna.
El ataque al periodismo es propio de conductas antidemocráticas. La
repetición de estos hechos es producto del rol clave que juega el periodismo en
este momento del país ydel mundo. Los hechos más relevantes de corrupción de la
Argentina de los últimos tiempos han sido revelados por la prensa y no por la
Justicia. Una breve enumeración nos lleva a los “cuadernos de Centeno”, la
causa Vialidad, los Panamá Papers, el caso $Libra, el caso Adorni, el caso de las
irregularidades con el dólar durante el tiempo del cepo en el gobierno de
Alberto Fernández, Sergio Massa y CFK, la campaña de desprestigio contra Milei
por supuestos agentes rusos y un largo etcétera.
Como ya se ha repetido muchas veces en esta columna, “el periodismo es
un instrumento esencial para hacer a las sociedades más honestas y
democráticas”. Esto es lo que les molesta a Javier Milei y a su hermana.
Un
troll para representarnos ante la Unión Europea…
Un troll para representarnos ante la Unión Europea. Dibujo: CEDOC
El Gobierno designó a Fernando Iglesias como
embajador argentino ante la Unión Europea, aunque su figura se asocia más al
conflicto que a la mediación. Es una apuesta deliberada por trasladar el
conflicto ideológico interno al plano internacional.
La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un dato
administrativo ni un gesto menor de política exterior. Es una definición
estratégica que condensa una concepción del mundo. En un momento en que
el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea exige
mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta
por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.
No se trata de un error ni de una improvisación: es un mensaje político
deliberado. La Argentina no busca adaptarse a la lógica diplomática europea,
sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la
batalla cultural interna al plano internacional, aun cuando ese escenario
demanda exactamente lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una
comprensión fina de las reglas no escritas del poder.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner a la
Argentina en una escena que exige sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos
décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales,
pero también demanda una diplomacia activa para aprovechar las oportunidades
con flexibilidad. No es un momento para improvisar ni para posiciones
fundamentalistas.
La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación. Es
negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y
administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold
Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones
internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias
que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre
Estados mediante métodos distintos a la guerra”.
Nicolson no hablaba desde la abstracción académica, sino desde la
experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto
permanente conduce al colapso y que la palabra, aun débil, suele ser más eficaz
que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la
lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación,
el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.
La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política
exterior.Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los
mecanismos clásicos de mediación y consenso. Su estilo privilegia la
confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la
diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.
No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia. Negociar
implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso
público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades
absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y
negros.
El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos
y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente
a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el
alineamiento automático con Estados Unidos y replica la política exterior
impulsada por Donald Trump.
La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica
el retiro bajo un único argumento: la “alianza estratégica” con
Washington, incluso cuando esa decisión implique aislar a la Argentina de los
principales espacios multilaterales del sistema internacional. La decisión
cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones
Exteriores, y solo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para
concretarse.
Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como
un sinsentido estratégico, dado que esos organismos son plataformas
centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la
articulación global. Aun así, el Gobierno resolvió imitar la retirada de
Estados Unidos, aunque de manera parcial, para no poner en riesgo créditos y
proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos
espacios.
El repliegue genera una contradicción política de fondo:
mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo
tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para
ocupar la Secretaría General del organismo.
Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a
sus embajadas, instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son
consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el
multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas van en sentido
opuesto.
Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. La diplomacia podría pensarse como su reverso: la
política que evita la guerra por medios más sutiles. Requiere cálculo, empatía
estratégica y una comprensión fina del adversario. Nada más lejano al
registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene sus métodos
específicos que le son propios.
Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso.
Es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la
confrontación mediática, en las redes sociales y en un estilo deliberadamente
provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.
Durante el gobierno de Alberto Fernández, cobró relevancia por
la confrontación permanente en el Parlamento. Vamos a ver, a modo de ejemplo,
algunos de estos episodios. Pero primero, un testimonio de Martín Soria,
que actualmente es senador. La polémica era, en ese entonces, por la oposición
a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es
costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la
política”, decía Soria en ese momento.
Durante el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso del
1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte
clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que
restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.
En ese contexto se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO,Iglesias,
le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró
del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el
estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”,
bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el
propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún
insulto”.
En otra ocasión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del
cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía la sesión. Lejos de
dejar pasar el agravio, Moreau interrumpió el trámite parlamentario y lo
confrontó a Iglesias, exponiendo lo que el diputado del PRO decía fuera del
micrófono. "¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente 'pelotuda'
como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde",
expuso la diputada.
Otro de los hechos que causaron indignación ocurrió cuando, en una
polémica con HugoMoyano, Iglesias retuiteó una amenaza
contra el dirigente sindical. El episodio se produjo en julio de 2020,
cuando el entonces diputado nacional Iglesias replicó en su cuenta personal de
Twitter un mensaje de un usuario anónimo que incluía la imagen de un rifle y
una frase interpretada como una amenaza directa contra la familia Moyano.
El retuit se dio en el marco de un conflicto sindical entre el gremio
de Camioneros y Mercado Libre, luego de que
Iglesias publicara comentarios satíricos y críticas contra los Moyano por el
reclamo de encuadramiento gremial de los trabajadores de la empresa.
En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025,
Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de
algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo.
Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y
tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante
y vas a eso”.
Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das
dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste
nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es
algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo
principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.
Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes
sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era
Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para el ejercicio de la
diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir
una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en
Twitter, donde la atención es escasa y el conflicto es el combustible del
intercambio.
Pero la diplomacia opera en un registro exactamente inverso: acumula
matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la
diagonal común, del consenso y, muchas veces, sugiere más de lo que dice. En
definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige
discreción, escucha activa y capacidad de administrar tensiones sin
exacerbarlas.
Su trayectoria pública muestra una preferencia constante por la
confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como
capital político. Ese estilo puede haberle resultado eficaz en la arena
doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca
frontalmente con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es
fondo y donde cada palabra tiene peso diplomático.
La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni
como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que
encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a
marcar posiciones, incluso a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por
trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, aun cuando el
acuerdo Mercosur–Unión Europea exige exactamente lo contrario: paciencia, pragmatismo
y flexibilidad negociadora.
La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional:
la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una
semana después, ante la Unión Europea. El argumento del Gobierno fue el ahorro
logístico y, además, sostiene que Iglesias ejercerá el cargo sin perjuicio de
su función como embajador ante Bélgica.
El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su
paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de
Diputados y su participación en giras oficiales, pero la realidad es que, si
hablamos de trayectoria y experiencia profesional, no parece ser la mejor
opción.
¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político
está atravesado por desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la
confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el
trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de
radicalización política previo al golpe de 1976.
Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo en derechos humanos
y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la
crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo
fue alejando progresivamente de la izquierda tradicional.
Su ingreso formal a la política institucional se dio en 2007, como
diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió.
Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones
orientadas más al debate ideológico que a la construcción de consensos
legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad
de expresión y se destacó por su retórica confrontativa, que lo convirtió en
una figura mediática antes que en un articulador parlamentario.
Tras un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados
en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En
ese ciclo profundizó su perfil de polemista, especialmente en redes sociales, y
se asumió como uno de los “halcones” del espacio. Defensor
incondicional del gobierno de Mauricio Macri, incluso en sus
momentos de mayor debilidad, su figura se asoció a la idea de batalla cultural
y a una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como
adversario central.
En los últimos años, su trayectoria volvió a mutar al alinearse con
Milei y La Libertad Avanza, sin abandonar formalmente el PRO. Desde
ese lugar respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas
disruptivas en nombre de un cambio histórico.
Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede
leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y
polemista permanente a representante diplomático, en una transición que resume
tanto su itinerario político personal como la concepción
anti-diplomática del actual oficialismo.
Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura
gran parte de su discurso. Esa lectura interna, trasladada a la arena
internacional, corre el riesgo de simplificar procesos complejos y de confundir
disputas domésticas con alineamientos globales. Pero esta visión encaja con una
matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y
con sectores de la nueva derecha global.
El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con
contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza
local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o
el “comunismo”, entendido en sentido expansivo y casi metafísico.
Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o
en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense,
e igual que Milei sintetiza en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y
económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario
absoluto, incompatible con la república y la libertad.
Ese paralelismo responde a la lógica de la batalla cultural como marco
interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es una competencia
entre programas, sino una guerra civil fría entre libertad y comunismo, entre
Occidente y su disolución interna.
La política debe tornarse más agresiva porque, en su relato épico, el
riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige una
narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales.
Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo.
Exige paciencia.
El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa. Por un
lado, la Argentina celebra el acuerdo. Por otro, designa como representante a
alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal
de provocación. Nada de esto parece accidental.
Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la
diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a
Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá
confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se
juega solo en la coherencia interna del relato. Se juega en mesas de negociación
donde el estilo importa, donde una palabra mal dicha puede bloquear un
expediente durante años.
La diplomacia cultural, además, requiere sensibilidad. Europa no es un
bloque homogéneo ni un adversario ideológico. Es un entramado de intereses,
valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa
complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo
ofrece para nuestro país.
El riesgo es que la embajada se convierta en una tribuna de la batalla
cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes
locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede
subordinada a la lógica del like y la polarización.
La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar
el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará
chocando con la realidad internacional. Porque la diplomacia no perdona los
gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a
provocaciones, sino a intereses y consensos.
Producción
de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi. TV/ff.
Fue el
fin de año soñado para el Gobierno. Inimaginable tan solo tres meses y medio
atrás. Aquel 6 de septiembre fue un día de pesadilla no solo para el
oficialismo, sino también para el país. La aplastante victoria electoral del
peronismo en las elecciones para la Legislatura provincial y los concejos
deliberantes en las intendencias en la provincia de Buenos Aires representaron
un golpe tremendo para La Libertad Avanza que dejó al desnudo los gruesos
errores cometidos por Karina Milei tanto en el armado de las listas de
candidatos como en la estrategia de campaña.
“Tenemos
que aprender de los errores cometidos”, dijo con rostro adusto el Presidente en
su discurso en el que reconoció la derrota. No está claro cuánto de ello –el
reconocimiento de los errores propios– ocurrió en la campaña. Lo que quedó
claro fue que ocurrieron dos cosas que permitieron revertir ese resultado de
catástrofe para el oficialismo: la primera fue la soberbia que exhibió el
kirchnerismo ante la posibilidad de su reverdecer, lo que generó el espanto de
un sector de la sociedad que, habiendo decidido no ir a votar en la elección
provincial, tuvo clara conciencia del abismo al que otra vez se asomaba la
Argentina si el peronismo ganaba y, aun discrepando de muchas de las ideas y
medidas adoptadas por el Gobierno, cambió de parecer y fue a sufragar en la
elección del 26 de octubre para frenar cualquier posibilidad de una vuelta a
esa espantosa gestión que terminó con una inflación anual del 211,4%.
Para
completar ese alineamiento de los planetas favorable al Gobierno, es menester
incluir el escándalo de corrupción que sacude los cimientos de la Asociación
del Fútbol Argentino que, a la manera de un poderoso viento de cola, ha ayudado
– y seguramente lo seguirá ayudando– al oficialismo a surfear diciembre y enero
sin ningún sobresalto, a contramano de lo que habían predicho los líderes de la
decadente CGT, algunos dirigentes de la izquierda y los gerentes de la pobreza
En el peronismo, por su parte, son cada vez más los que empiezan a inquietarse
con las revelaciones que sobre este asunto se van produciendo a diario. La
trama permite enmarcar al “Afagate” como un caso de corrupción y lavado de
dinero. Se ha abierto ante los ojos de la opinión pública un encadenamiento de
hechos y personajes que muestran cómo esa máquina de generar dinero turbio y
usarlo para objetivos también turbios –que se remonta a la época del
Grondonato– continuó hasta el presente, con metodologías más sofisticadas y,
hasta hoy, con lo misma impunidad.
Las
revelaciones de esta semana pusieron en el centro de la escena a Javier Faroni,
que supo ser un exitoso productor teatral en Mar del Plata, quien, de la noche
a la mañana, sorprendió apareciendo como miembro del directorio de Aerolíneas
Argentinas en los albores de la presidencia de Alberto Fernández, siendo que no
tenía ningún antecedente dentro de la actividad aerocomercial. Debió dejar este
cargo en 2022 en medio de denuncias por bienes no declarados en el exterior y
acrecentamientos patrimoniales. Se lo recuerda porque en los años de la
pandemia se encargó de organizar los vuelos de repatriación de futbolistas. Ese
fue el comienzo de su relación con Claudio Tapia.
La foto,
pues, muestra una situación política absolutamente favorable para el Gobierno.
La consolidación de su poder en las dos cámaras del Congreso le garantizan la
gobernabilidad, es decir, la posibilidad de implementar las medidas necesarias
para llevar adelante su gestión. Esta circunstancia tiene, en principio, dos
consecuencias: la primera es que aparece otra vez la peligrosa tendencia del
oficialismo a gobernar por decretos de necesidad y urgencia; la segunda, que
Javier Milei no podrá adjudicar al kirchnerismo ser la causa de los eventuales
problemas, errores, dificultades o malos resultados de su gestión.
Desde el
punto de vista de la economía, el año que pasó dejó expuesta una dualidad cuya
solución representa el principal desafío del Gobierno: la macroeconomía se
ordenó, pero eso no representó en paralelo una mejoría para el bolsillo de la
gente de a pie. Ese “derrame” aún no llegó.
La
reforma de la ley de Inteligencia, formalizada el viernes a la mañana a través
del decreto 941/2025 publicado en el Boletín Oficial, representa un ejemplo
claro de lo arriba expresado. Es, claramente, una violación flagrante de los
principios establecidos en la Constitución Nacional. Una reforma de este tipo
debe hacerse exclusivamente por medio de una ley, es decir, debe ser aprobada
por el Congreso. Constitucionalistas destacados de diversas corrientes
ideológicas han coincidido en su crítica. Como muy bien lo señaló con absoluta
contundencia y claridad el Prof. Dr. Daniel Sabsay, este decreto “concede
facultades extraordinarias al Presidente. Entre otras aberraciones, un
funcionario podrá detener a personas en la vía pública. Espero que la Justicia
declare la inconstitucionalidad”. Si esto lo hubiera hecho el kirchnerismo,
todos los integrantes de este gobierno, con Javier Milei a la cabeza, lo
estarían criticando severamente.
El
relativismo moral es uno de los grandes males de la política en la Argentina y
en el mundo. Si Milei quisiera convertirse en un verdadero estadista, no
debería permitir tales avasallamientos.
Día
730: Dos años de Milei y cómo los argentinos eligieron querer y creer…
Día 730:
Dos años de Milei y cómo los argentinos eligieron querer y creer. Dibujo:CEDOC.
Si tuviéramos que
reconocerle algo positivo a Javier Milei es que trajo la discusión del orden
fiscal por fuera de los tabúes que había impuesto el kirchnerismo. Si
tuviésemos que hacer una sola crítica, deberíamos decir que es el Gobierno que
más allá llevó el concepto del adversario político.
Hace dos años, el presidente Javier Milei asumía con 36
diputados, sin ningún gobernador ni intendente. Tenía un partido en formación,
minúsculo, con algunos armadores con experiencias fallidas venidos de otras
fuerzas y un puñado de seguidores sin ninguna trayectoria política. Hoy tiene
un crecimiento de diputados cercanos al 300% si contamos a los del PRO que
deciden acompañarlo en todas las votaciones, algunos gobernadores e intendentes
ya se pintaron de violeta y La Libertad Avanza es considerado
el único proyecto político nacional. Esto solo en dos años. Y no fueron las
fuerzas del cielo sino la de los argentinos que eligieron querer y creer,
porque en cualquier otra situación similar hubiera sido inviable la
gobernabilidad.
En el libro “Lo bueno, lo malo y lo feo, dos años de Milei”, el
sociólogo Marcos Novaro reflexiona sobre este período diciendo
que muchos argentinos lo tomaron como “el remedio amargo y desagradable que hay
que soportar para curar una enfermedad que se arrastra desde hace demasiado
tiempo, un costo que pagar”. Usa el ejemplo de “un clavo que saca otro clavo”
refiriéndose al kirchnerismo sobre el que concluye no saber si los argentinos
se merecen a Milei “pero sin duda el kirchnerismo se lo merece, ha hecho hasta
lo inimaginable para convocarlo y hacerlo posible”.
Y sin “obnubilarse con el embalaje que muestra tanto como oculta”, estar
atentos a “cómo lo feo puede convertirse en malo”. Porque “hay algo pero que
una estrategia equivocada: una estrategia equivocada por malas razones porque
si la estrategia falla, se corrige, pero si las razones son equivocadas, no se
percibe el fallo”.
Pero todo comenzó otro 10 de diciembre, hace cuatro años, cuando Milei
asumió su banca junto a Victoria Villarruel, única compañera de
bloque. Es decir, en cuatro años el bloque de LLA en el Congreso pasó de
dos diputados a 95. Pasó de ser uno de los bloques más pequeños a ser la
primera minoría en el Congreso.
Al mismo tiempo, en estos dos años de Milei, según informes del Centro
de Economía Política Argentina (CEPA), cerraron 30 empresas por día y se
perdieron 276 mil puestos de trabajo, es decir, 430 por día. Estamos hablando
de empleos registrados que son más fáciles de registrar. No hay registros de la
pérdida de empleos informales.
A la vez, que la inflación pasó de un promedio 65% anual en
los cuatro años del gobierno de Alberto Fernández a la mitad,
pero es justo decir que el último año fue 180% y descontado el
propio generado en el mes de diciembre por el gobierno entrante fue
alrededor del 150% a un quinto de eso, razón por la cual hay
índices de pobreza que a pesar de la pérdida de empleos han demostrado mejoras.
A estos números, el experto en pobreza, el sociólogo Agustín
Salvia planteó que la baja de la pobreza que muestra el Gobierno no
refleja una mejora real, sino un efecto estadístico por la estabilización
inflacionaria y ciertos aumentos puntuales de ingresos. Advierte que los
salarios siguen por debajo de 2017, que la recuperación es “muy parcial” y que
la pobreza estructural permanece igual o peor, porque justamente no hay
creación de empleo ni reactivación económica.
A pesar de todo esto, Milei es por lejos el político más popular
en el país medido por todas las encuestas. Evidentemente, hay algo en las
placas tectónicas de la sociedad que se movió. Hay un relato, un conjunto de
ideas que entraron y que, a pesar de la situación objetiva, de las penurias que
pasa la mayoría social, la mayoría de los argentinos decidieron acompañar a
este presidente, eligieron querer.
En voluntad de transformación legislativa, el gobierno de Milei no tiene
igual. Desde su comienzo ha avanzado con dos grandes iniciativas legales que se
concretaron entre fines de 2023 y 2024 y generaron importantes cambios en la
estructura económica y política argentina. El DNU 70/2023, que
originalmente contenía 366 artículos, sigue vigente en su mayor parte, a pesar
de haber sido rechazado parcialmente por el Congreso en sus títulos.
La principal excepción es el título IV de la reforma laboral, cuyos
artículos fueron suspendidos por vía judicial a principios de 2024 tras la
acción de la CGT. Por su parte, la Ley Bases tuvo
un primer intento de aprobación que fue la Ley Ómnibus de 644
artículos y terminó en una iniciativa recortada, de igual manera muy ambiciosa,
con 238 artículos. Esto cambió disposiciones clave como la derogación de
la Ley de Alquileres, la modificación del Código Civil
y Comercial (particularmente en libertad de contratación y
obligaciones en moneda extranjera), y la desregulación de leyes económicas como
la de abastecimiento.
La posterior Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los
Argentinos (Ley 27.742), sancionada en julio de 2024, consolidó y reemplazó
parcialmente el DNU, introduciendo cambios propios y decisivos que ya están
aprobados. Estos incluyen la declaración de emergencia pública en varias
materias (económica, financiera, energética y administrativa) por un año,
delegando amplias facultades en el Poder Ejecutivo para actuar en esos campos.
En materia laboral, la Ley de Bases aprobó la modernización laboral
(reduciendo el período de prueba a seis meses, ampliable, y eliminando multas
por empleo no registrado), lo cual es un cambio ya reglamentado. En el ámbito
de las empresas estatales, la ley aprobó la enajenación (privatización total,
parcial o concesión) de varias compañías públicas como ENARSA, Corredores
Viales e Intercargo. Si bien la aprobación está, el
proceso de venta es lo que queda por hacerse mediante la ejecución del Poder
Ejecutivo.
Finalmente, el RIGI (Régimen de Incentivo a las Grandes
Inversiones), que otorga grandes beneficios fiscales y aduaneros a
proyectos de inversión, fue aprobado en la Ley de Bases, pero su impacto en la
economía real está pendiente de la puesta en marcha de los grandes
emprendimientos que se adhieran.
Estas iniciativas del Gobierno fueron fuertemente resistidas por la
oposición, el sindicalismo, los movimientos sociales y gran parte de la
población que se movilizó de manera independiente. La llamada oposición
dialoguista dirigida por figuras como Miguel Ángel Pichetto consiguió
que se hicieran varias reformas y se quitaran artículos polémicos que
restringían el derecho a la reunión o la manifestación, entre otros. Esto
generó que gran parte de la Ley Bases generara empate en el Senado y la
vicepresidenta Villarruel, ahora enfrentada con Milei, haya tenido que
desempatar en un momento dramático de la política argentina.
Pero no solo hubo debate en torno a lo económico en estos dos años de
Milei. El Gobierno impulsó lo que denominó la batalla cultural, una
cruzada ideológico-discursiva contra todos los valores progresistas
transversales de la democracia argentina y occidental. El respeto por la
diversidad en la identidad de género y la orientación sexual, el respaldo a los
derechos de igualdad de las mujeres y los hombres que sostiene el feminismo, la
condena a los crímenes de la última dictadura militar en nuestro país y el
concepto mismo de justicia social, impulsado por la doctrina social de la
iglesia en el siglo XIX, fueron combatidos por Milei, el resto del Gobierno y
un ejército de trolls oficialistas que, algunos pagos y otros militantes,
inundaron las redes con mensajes de odio y propaganda ideológica de extrema
derecha.
Si bien hubo varios momentos álgidos en esta disputa, entre los cuáles
se encuentras videos oficiales prácticamente negacionistas de los crímenes de
lesa humanidad generados por el gobierno militar entre 1976 y 1983 en nuestro
país, el discurso de Milei en Davos, en los que planteó que “la
ideología de género en sus facetas más extremas llevaba a la pedofilia”,
fue la gota que rebalsó el vaso para buena parte de la sociedad argentina. Esto
provocó una movilización antifascista contra Milei en febrero de 2025 de
cientos de miles de personas en la Ciudad de Buenos Aires y probablemente más
de un millón a nivel nacional. Junto con las movilizaciones en defensa del
presupuesto de las universidades fueron las más importantes durante este
Gobierno.
Con respecto a sus palabras en el Foro de Davos, Milei dijo que se había
editado el video y con respecto al presupuesto universitario, si bien hubo
recortes, se mostró dispuesto a revisar algunas partidas que dejaban a las
universidades prácticamente al borde del cierre. Los docentes universitarios
siguen en reclamo. Hoy un ayudante de trabajos prácticos gana cerca de 600 mil
pesos mensuales y son los que sostienen la mayor cantidad de las clases.
Durante este año, el Gobierno vivió una verdadera montaña rusa política
y económica. Por momentos parecía que se volvía totalmente hegemónico y que se
quedaría más de un mandato y por otros, realmente corrió riesgos de caer y las
palabras asamblea legislativa volvían a escucharse como nunca desde el 2001.
Entre marzo y octubre, Milei recibió una seguidilla de palizas
legislativas que dejaron a su gobierno en completa minoría. La oposición
encontró un conjunto de causas transversales como fueron los haberes
jubilatorios, el presupuesto universitario, la protección a las personas con
Discapacidad y el respaldo a los profesionales del Hospital Garrahan y además
de impulsar amplias movilizaciones callejeras, se reflejó en fuertes mayorías
en el Congreso. En dos ocasiones se consiguieron dos tercios en ambas cámaras
para anular los vetos presidenciales sobre leyes opositoras que justamente
cuidaban el presupuesto universitario y a las personas con discapacidad.
Milei, frente a estas enormes mayorías parlamentarias obtenidas por la
oposición, decidió no cumplir estas leyes. Este quizás sea uno de los elementos
más peligrosos del Gobierno: el hecho de que el poder Ejecutivo haya pasado por
encima del Legislativo muestra una violación flagrante de la división de
poderes y un paso por fuera de la democracia. Si esta tendencia continuara, ya
estaríamos hablando de otro tipo de gobierno. Por ahora no lo ha hecho, pero es
cierto que tampoco tuvo la necesidad porque las necesidades políticas fueron
obtenidas por votaciones parlamentarias en buena ley. Sin embargo, llamamos la
atención sobre este aspecto que no se discute lo suficiente en los medios de
comunicación y no está lo suficientemente presente en el debate público.
Las continuas derrotas de Milei en el Congreso hicieron que los
mercados, que estaban teniendo ganancias fenomenales gracias a las elevadas
tasas de interés, empezaran a pensar que tal vez el Gobierno no podía
garantizar la continuidad de este tipo de políticas debido a su debilidad
institucional y hubo crisis macroeconómica. El dólar rompió la banda de
1500 pesos y se empezaron a vaciar las reservas.
Esta combinación de factores generó una estruendosa derrota en las
elecciones bonaerenses del siete de septiembre. Milei perdió por trece puntos
con el peronismo ordenado detrás del gobernador Axel Kicillof y
la crisis continuó espiralándose. Esto parecía ubicar a Milei prácticamente
fuera del Gobierno. Pero, como ya es conocido, una semana antes de las elecciones
legislativas nacionales, el 21 de octubre de este año, el titular del Tesoro
estadounidense, Scott Bessent, publicó el siguiente tuit.
Solo con este tuit y otro de Donald Trump en el que planteó que el
respaldo económico a la Argentina estaba condicionado a que Milei gane las
elecciones, se produjo un sismo electoral y finalmente el Gobierno ganó en todo
el país, inclusive en la Provincia de Buenos Aires.
Desde ese momento, Milei pasó a la ofensiva y ahora está impulsando la
aprobación del presupuesto 2026 en el que continúa con el ajuste fiscal, la
reforma laboral y la reforma tributaria. Con matices y discusiones, parece que
todo saldrá a favor. Pero es Argentina, un país que siempre da sorpresas y
nadie se puede confiar.
Es difícil hacer una columna objetiva sobre los dos años de este
Gobierno. El presidente tiene un encono particular con el periodismo
independiente y en particular contra Perfil. Sin embargo, tratamos
de no tomarnos esto personal y entenderlo otro elemento de análisis de un
Gobierno totalmente atípico en sus grados, aunque categóricamente populista
como otras expresiones en el pasado.
Si tuviéramos que reconocerle algo positivo a Milei es que trajo la
discusión de la necesidad del orden fiscal y la discusión macroeconómica por
fuera de los tabúes que había impuesto el kirchnerismo. Si tuviésemos
que hacer una sola crítica, deberíamos decir que es el Gobierno que más allá
llevó el concepto del adversario político, del que piensa diferente como enemigo.
Esperemos que su tendencia antidemocrática sea disuadida por los
dirigentes cercanos al gobierno más sensatos y democráticos y que la reciente
moderación de los insultos sea la antesala a una convivencia democrática más
resuelta. En lo que respecta a lo económico, es probable que un plan sostenido
en base al endeudamiento y solo pensando en la exportación de minerales,
productos agropecuarios y energía mientras se abren las importaciones, no
genere un país para la mayoría de los argentinos.
Pero como siempre decimos, esperamos estar equivocados, le deseamos a
Milei el mejor de los éxitos y, muy especialmente, que todos los argentinos que
eligieron querer no sean defraudados.
Dos años de Milei, "el Loco", como el mismo admitió que lo
llamaban en reiterados momentos de su vida. El loco, en las cartas de Tarot es
el personaje que comienza una aventura de orígenes inciertos. Esperemos que esa
aventura nos acerque a la solución de las muchas taras que tenemos como país.
Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi