La vida es un tablero de ajedrez donde los cuadros blancos son los días y los negros son las noches. Nosotros, somos las piezas que vamos de aquí para allá para caer al final en el cuadro de la nada... De Alguna Manera... Una Alternativa…
Alguien debería animarse
y hablar urgentemente con Javier Milei para advertirle sobre
los hechos de la realidad que demuestra ignorar.
Uno de ellos es lo absolutamente contraproducente que resultasu involucramiento en la política interna de otros países. Lo protagonizado por el Presidente esta semana en
España ha sido tan bochornoso como grave. El presidente del gobierno, Pedro
Sánchez, está siendo sujeto a duras críticas y a acusaciones de hechos de
corrupción que se extienden a su propia esposa y miembros de su gabinete. Las
evidencias son muy fuertes y concretas. De ahí a tratarlo de “dictador” y a
decir que “hay que sacarlo a patadas” hay más de un océano. Tanto es así que,
Alberto Núñez Feijóo, líder del Partido Popular y fuerte candidato a suceder a
Sánchez, salió a declarar que no compartía “ni el lenguaje ni las formas” de
Milei. Lógico.
La injerencia de un presidente en la política interna de otro país es
siempre un hecho grave. Recuérdense las críticas que recayeron sobre Alberto
Fernández cuando durante su presidencia decidió ir a visitar a Luis Inácio Lula
da Silva a la cárcel, del mismo modo que éste fue criticado cuando fue a
reunirse con Cristina Fernández de Kirchner en su “prisión” en la calle San
José 1111. No es sólo empatía de los condenados.
Milei olvida que su calidad de Presidente lo inviste de la
representación del Estado argentino y no la de su persona. Nunca pudo
comprender en su totalidad esa diferencia vital. Probablemente no haya
destinado el menor esfuerzo para hacerlo.
El narcisismo político del Presidente, como todo narcisismo, es dañino y
tóxico. Lo es primero para él mismo. Milei disfruta de su desequilibrio
emocional. Tiene lengua larga e insulto fácil, dos “atributos” a los que el
poder exacerba. Al narcisismo se le agrega el Hubris. Por eso cree que la
realidad es como él la cree y no la que es. Para colmo, llegó a la presidencia
con la prédica del enojo y la confrontación abierta. Ahora queda claro que no
se trataba sólo de argucias de campaña. Por eso se burla de los que dicen que
no llegan más allá del 20 de cada mes con argumentos y cuestionamientos tan
básicos como infantiles. “La idea de que la gente no llega a fin de mes es una
pelotudez que impulsó el kirchnerismo. Si se quedan sin plata realmente el 20,
¿cómo viven diez días sin comer ni beber?” –se preguntó. Ni siquiera se toma la
molestia de hablar con alguna de estas personas para enterarse de sus problemas
y aprender cómo hacen para vivir y/o –en muchos casos– sobrevivir. ¿No se le
ocurre pensar en que existen familiares o amigos que salen a cubrir como pueden
aquel déficit?. ¿Tampoco piensa en que, si esto es así, implica la pérdida
absoluta de independencia de esas personas? Del mismo modo, su Hubris lo lleva
descreer de las cifras del riesgo país, que sigue alto y representa un
obstáculo para el acceso al crédito.
Los números de la economía no son buenos. Eso es evidente para la gran
mayoría de los integrantes del gobierno en donde hay un clima de discusión. No
es lo que se esperaba a esta altura de la gestión. Si bien, Milei está muy
lejos de la autocrítica, el jueves ensayó algo parecido: “Los indicadores no
están evolucionando tan positivamente como esperábamos”. Por supuesto, se
excusó en el temor que produce en los inversores el regreso del kirchnerismo.
Es el famoso riesgo “kuka”. Por más que el Presidente se enoje, el factor que
más ha hecho crecer la posibilidad del regreso del kirchnerismo o de alguna
variante del peronismo, es su propio comportamiento. Hay quienes –incluso– ven
con preocupación sus malos hábitos alimenticios: “No come y se la pasa bebiendo
coca light sin parar, está hinchado y desencajado”, señaló una
fuente que estuvo en uno de sus últimos viajes al exterior.
Dentro del PJ ya nadie oculta los avances en los movimientos internos en
busca de un posible competidor serio para Milei. Dejando de lado a Axel
Kicillof por falta de consenso, empiezan a sonar figuras más o menos tapadas
del interior del país como el Sanjuanino Sergio Uñac y el exgobernador de
Santiago del Estero Gerardo Zamora. ¿Sergio Massa dejará pasar otra vuelta
consciente del rechazo que su figura genera en el electorado? Lo que no han
conseguido aún es la independencia total o parcial de CFK. La ex presidenta
sigue formando parte de la ronda de consultas.
Bullrich, a tono con la calle.
Volviendo al oficialismo, quien sí en cambio toma nota
del pulso de la calle es Patricia Bullrich, que ha decidido
hacérselo saber tanto a Milei como a la gente. “No me quieran hacer decir
que no voy a ser candidata, porque no lo voy a decir”, le dijo en la
semana a Diego Sehinkman durante la entrevista que le realizó en TN. Los
mensajes de la senadora son cada vez más claros en cuanto a expresar su
pensamiento: “el proyecto merece ser reelecto”, le dijo hace no
muchos días a Ignacio Ortelli por Radio Rivadavia. Más claro, agua. Hoy no está
claro cuáles son las posibilidades de Milei de ser reelegido y Bullrich se
refiere astutamente “al proyecto”. Solo basta con recorrer sus redes sociales,
en especial su cuenta de Instagram, para darse cuenta de que los mensajes que
allí se vierten son mucho más parecidos a los spots clásicos de campaña
presidencial que a los que puede aspirar alguien que pelea por un cargo se
segunda línea.
En este sentido, la eliminación de las PASO sigue siendo una prioridad
para evitar sobresaltos entre libertarios. Y hablando de ordenar la casa
puertas adentro es imposible no mencionar el desenlace de la causa Libra. El
juez Martínez de Giorgi sobreseyó tanto a él como a su hermana y a todos los
involucrados en ese expediente en tiempo récord pese a la cantidad de pruebas
que señalaban los extraños movimientos. La visita del Papa y la mirada atenta
de posibles inversores desde el exterior parece haber disparado la urgencia
que, no siempre, es buena consejera.
“Nos salen los dólares por las orejas”, le dijo Javier Milei por Canal 13 y TN a Nieves Zuberbühler en la nota que le concedió en pleno Manhattan. Y agregó: “llevamos un récord de haber bajado la pobreza a la mitad, es decir, de sacar 14 millones de personas de la pobreza”.
“Si bien las tasas de pobreza y de indigencia se incrementaron 4,1 p.p. (puntos porcentuales) y 1,2 p.p. con relación al semestre previo, ambas registraron una fuerte baja en relación al primer semestre de 2024. Frente a dicho período, la tasa de pobreza se redujo de 52,9% a 32,3%, en tanto la de indigencia cayó de 18,1% a 7,5%”, consignó Luis Caputo en la red X.
La manipulación de los datos por parte del ministro es indiscutible. La comparación es con el primer semestre del 2024, es decir, el lastre dejado por el desastroso gobierno de Alberto Fernández, Sergio Massa y Cristina Fernández de Kirchner, y no con el último semestre de 2025.
Hay que recordar también que durante un reportaje con Horacio Riggi en abril pasado, el ministro afirmó: “Entramos en un proceso virtuoso en el cual los próximos 18 meses van a ser los mejores que Argentina haya visto en las últimas décadas”. Desde entonces ya pasaron casi seis meses en los que nada de ese vaticinio se cumplió. Lo que es más preocupante aún, es que no hay visos de que esa mejoría se concrete en lo que resta de aquí a la finalización del mandato. De hecho, el presidente pronosticó que la bonanza llegaría recién en 2028 en caso de ser reelegido.
El destino quiso que en los mismos días coincidieran en Nueva York Milei y Axel Kicillof. La imagen que dejaron fue lamentable. A quienes escucharon al Presidente no les gustó el tono agresivo y los insultos hacia el gobernador de Buenos Aires. Ese clima de antinomia genera no sólo rechazo sino también espanto, sobre todo porque en el auditorio que lo scuchaba la única certeza es la incertidumbre. Eran muchos los asistentes que tienen información sobre las encuestas que circulan por aquí en las que la victoria del oficialismo está en serias dudas. Junto con ello están los datos de las falencias del plan económico. Y esas falencias arrojan sombras sobre el futuro. Pero la ecuación es más simple aún, los inversores buscan entornos de tranquilidad y previsibilidad –al menos a mediano plazo– y la catarata de insultos de Milei espantó a más de uno.
Si acerca del actual gobierno hay dudas, lo que abunda sobre Kicillof es la preocupación. El grupo de empresarios con los que se reunió y con los que habló fue reducido. Nadie tiene un interés genuino en escuchar a una persona que siente una genuina aversión por la esencia del capitalismo. Varios de los que acudieron a su convocatoria lo hicieron por temor.
Eso es lo que genera el gobernador lanzado a candidato del peronismo. Todos son conocedores de su pasado y su presente que destaca por su mala gestión, algo por lo que él culpa al gobierno nacional. Es verdad que este es un tiempo particularmente difícil. Pero su primer mandato en la provincia –cuando gobernaba el kirchnerismo– no fue mejor. Para colmo, al mismo tiempo que Kicillof fatigaba salones en Manhattan, Máximo Kirchner se despachaba con declaraciones en las que hablaba de la necesidad de crear un nuevo impuesto –a la manera de lo fue el impuesto solidario de la pandemia– para dejar en claro que el kirchnerismo aspira a volver al poder en su peor versión.
Internas libertarias.
En La Libertad Avanza las internas no cesan. La cena para la foto del miércoles en las que la estelaridad la compartieron Karina Milei y Patricia Bullrich no fue más que eso. La senadora está siguiendo con mucha atención –y preocupación– lo que está pasando en la opinión pública y en la interna del gobierno. Respecto de esta última, por los pasillos del poder no deja de hablarse de la denuncia de la diputada Marcela Pagano sobre irregularidades cometidas por allegados directos a Karina Milei que habrían causado una refriega entre los hermanos. Lo cierto es que esas irregularidades –robo de comestibles en laQuinta de Olivos hizo que el Presidente eyectara de ese lugarclave del poder al intendente de la Residencia, Osvaldo Sosa, y a su cuñada e íntima amiga de Karina, Belén Agudiez,más conocida al interior del Gobierno como “La Brujita”.“La sabiduría comienza con la reflexión sobre sí mismo”, reza la famosa frase de Séneca que le vendría muy bien aplicar a Javier Milei en medio de las procelosas aguas de confrontaciones inútiles y pasiones desbordadas por las que navega su gobierno.
Al Gobierno se le está haciendo cada vez más difícil
defender a Manuel Adorni, cuya situación se complica día tras día. Lo que
resulta increíble es que el Presidente no se dé cuenta de que el Adornigate lo
está afectando principalmente a él, ya que, al defenderlo, termina deteriorando
su figura. “Adorni no mintió”, expresó Milei en un posteo de estos días. Esta
es una afirmación falsa. Adorni no sólo reconoció que mintió. También confesó
que evadió el pago de impuestos, es decir, que admitió haber cometido un
delito.
Nada de esto parece alterar la férrea postura del jefe de
Estado que redobló la apuesta primero invitándolo a Adorni a una reunión en la
Residencia de Olivos el viernes, y luego a participar en el acto que, por el
Día de la Bandera, ayer se llevó a cabo en Rosario. El elenco estable de
funcionarios que tuvieron que posar junto al exvocero se mantuvo a pesar del
disgusto de varios de ellos. Sólo la Vicepresidenta Victoria Villarruel se
diferenció con una declaración tajante: “Es un acto patrio, no es un acto para
apoyar a Adorni y no hay nadie más peleado con los valores de Belgrano que
Adorni. Me parece que no era el lugar para hacer ningún apoyo”, aseguró.
La situación interna es explosiva ya que involucra
prácticamente a todo el Gabinete. En el Congreso, defenderlo es cada vez más
difícil para el oficialismo. Ya no es sólo la vicepresidenta. Hay más
legisladores que tienen una postura crítica hacia el jefe de Gabinete. Una de
los que alerta sobre esto es Patricia Bullrich, cuyo desagrado con Adorni es
total. La jefa del Bloque de la Libertad Avanza viene advirtiendo sobre las
posibilidades cada vez más ciertas de que se lleve adelante un proceso de censura
contra el jefe de Gabinete. Este recurso está contemplado en el artículo 101 de
la Constitución aprobada y sancionada en 1994. Se lee allí: “El jefe de
gabinete de ministros debe concurrir al Congreso al menos una vez por mes,
alternativamente a cada una de sus Cámaras, para informar de la marcha del
gobierno, sin perjuicio de lo dispuesto en el artículo 71. Puede ser
interpelado a los efectos del tratamiento de una moción de censura, por el voto
de la mayoría absoluta de la totalidad de los miembros de cualquiera de las
Cámaras, y ser removido por el voto de la mayoría absoluta de los miembros de
cada una de las Cámaras”. De prosperar una moción de censura contra el jefe de
Gabinete, sería la primera vez en la historia argentina que acontecería un
hecho de tamaña envergadura institucional. Un detalle relevante: el término
mayoría absoluta es importante porque representa la mitad más uno de los
miembros de un cuerpo legislativo. En el Senado el número mínimo para
alcanzarla es 37. Y, hoy en día, la oposición podría alcanzar ese número de
votos. Esto es lo que advirtió la senadora Bullrich a los hermanos Milei.
A propósito de los hermanos Milei, si algo faltaba para
recalentar el ambiente de mala onda y desprecio del Presidente, estuvo la
declaración de la madre de la vicepresidenta, Dian de Stefani, quien señaló: me
dijo que (al país) lo gobierna la hermana (sic).
El viernes, el jefe de Gabinete de Ministros dejó de ser el
vocero presidencial. En su reemplazo fue designado Adrián Ravier. El
nombramiento causó sorpresa en algunos y estupor en otros aliados. En la
oposición kirchnerista, en cambio, produjo delectación. Fue cuestión de minutos
la que le tomó al universo K reflotar las disputas que supieron tener Milei y
Ravier en los tiempos en los cuales, el hoy Presidente, fatigaba los estudios
de televisión en calidad de panelista. “Diego, el caso del excelentísimo Dr.
Ravier es la combinación del uso de la falacia del hombre de paja, poco rigor
académico por sus falencias matemáticas que llevan a que sea inconsistente en
sus afirmaciones y contaminación emocional en las críticas. Da mucha pena…”, le
decía a su exsocio Diego Giacomini en este mensaje del 1 de mayo de 2018.
“Ravier carece de velocidad mental para ser parte de un debate de TV. Es lento
y poco formado. Mirás sus videos y tarda mucho tiempo para dar argumentos
básicos. Eso denota además poco conocimiento. De hecho, es flojo en
microeconomía y matemáticas y se nota mucho”, agregó.
“Dice Milei que fui oficinista de Macri. Jamás pisé sus
oficinas. Lo defendí desde afuera cuando entendí que su propuesta era superior
que la alternativa. Milei sí se sentó con Sturzenegger, responsable técnico del
fracaso. También se sentó con la gente de Alberto. Ignorado siempre”, dijo
Ravier en un texto del 7 de marzo de 2020. Luego se amigaron y escribieron un
libro juntos: “La batalla por la macroeconomía: El debate entre Keynes,
Friedman, Lucas y Hayek”.
Los que conocen las entrañas de este gobierno expresan que
el objetivo del flamante vocero es ayudar a cerrar la feroz pelea entre Karina
Milei y Santiago Caputo. ¿Podrá? ¿O terminará siendo una misión imposible? El
presidente delegó una tarea que él mismo no pudo o no quiso resolver.
Los vaivenes de las relaciones amor-odio no son propiedad
exclusiva de Javier Milei. Muy por el contrario, abundan en todo el arco
político. La más notable de estas semanas ha sido la de Miguel Ángel Pichetto
visitando a CFK y, entre las más resonantes de los últimos años, imposible
dejar de mencionar la sucedida entre Alberto Fernández y Cristina Fernández de
Kirchner quienes, luego de decirse de todo, terminaron “reconciliándose” y
conformando la desastrosa fórmula que ganó las elecciones presidenciales en
2019. Sí, Milei- Patricia Bullrich es otro ejemplo reciente de la magia de la
política. La política mal entendida, claro está.
Si el Adornigate duró demasiado tiempo a un costo demasiado
alto, ¿qué decir de la interna madre que arrastra el gobierno prácticamente
desde sus inicios?
La economía doméstica no capitaliza el derrame
–insuficiente– que debería desparramar la macro como para que funcionarios de
peso sigan dándose el gusto de perder tiempo y energía en internas banales.
Una gran parte de la sociedad que está haciendo un esfuerzo
titánico para sostenerse, ha demostrado una madurez muy superior a la de sus
dirigentes. La paciencia no es infinita.
El gobierno de Javier MIlei deja atrás una semana turbulenta. Las
internas en el oficialismo no cesan y ponen en aprietos al ministro de Economía
Luis Caputo. Fuentes cercanas a Economía aseguran que el “mejor de la historia”
ya tiró toda la carne al asador y que está preocupado –molesto– por los
vaivenes políticos y la caída en las últimas encuestas. Es lógico, siendo él
quien tiene que negociar con el establishment nacional e internacional de cara
a una reactivación de la economía que no termina de producirse y, encima, está
asediada por los bajos salarios y el recalentamiento de los precios.
Como en tiempos del macrismo, la célebre frase de “los brotes verdes”
que nunca terminaron de germinar es una sombra que persigue al actual gobierno.
Sin embargo, el ministro soltó una sentencia bastante pretenciosa para el
panorama actual: palabras más, palabras menos, dijo que los próximos 18 meses
serán los mejores de las últimas décadas para el país. Esta proyección
optimista se basa en la estabilización macroeconómica, la confianza
internacional en el presidente Milei y la llegada de inversiones, impulsadas
por instrumentos como el Régimen de Incentivo para las Grandes Inversiones
(RIGI). Sin embargo, las grandes inversiones hasta el momento están vinculadas
a sectores puntuales como minería, energía renovable e infraestructura
portuaria. Para que el derrame pueda alcanzar a la gente de a pie, sin dudas
habrá que esperar. El problema es que la paciencia está comenzando a agotarse y
que la mayoría de la gente, entre la que se cuentan votantes libertarios que
apostaron a un cambio, ya no puede esperar. No se trata de una cuestión de
deseos; cuando el bolsillo aprieta, la necesidad se impone sobre los cálculos
de cualquier color político.
Así las cosas, la semana que mañana comienza no estará exenta de ruido
político. El Presidente adelantó que acompañará al cuestionado Manuel Adorni en
la presentación de su informe de gestión en la Cámara de Diputados el día
miércoles. Más allá del apoyo a su jefe de Gabinete y amigo, en la Rosada
fantasean con que su presencia sirva como muro de contención ante la andanada
de críticas que recibirá de la oposición de todos los colores políticos. A
nadie le importa lo que pueda decir en lo que respecta a la gestión, el foco
estará puesto en su situación personal y en lo que pueda aclarar –u oscurecer
el exvocero– de los otros escándalos que tienen al Gobierno de protagonista,
como el caso $Libra. No nos engañemos, el escenario será testigo de una riña
sin precedentes.
En el peronismo/kirchnerismo las cosas tampoco están para ilusionar a
nadie. La pelea entre el gobernador Axel Kicillof y el sector ligado a Máximo
Kirchner y La Cámpora continúa su escalada. La Cámara de Casación confirmó el
pasado viernes el decomiso de los bienes de la expresidenta, de sus hijos y del
empresario Lázaro Báez, para comenzar a cubrir los casi $ 685 mil millones por
los que deben responder los condenados en la causa Vialidad. Se trata de una
medida restitutiva para todos los argentinos que no tienen antecedentes. Más
allá de la condena formal, devolver lo robado es indispensable para que la
justicia sea completa.
Es imposible no analizar en esta columna la decisión de Javier Milei de
no permitir a los periodistas acreditados ingresar a la Casa de Gobierno para
cumplir sus tareas profesionales. Para poner en dimensión este hecho nunca
visto –la única vez que ocurrió un cierre similar fue un día durante la
pandemia– hay que recordar el tristemente célebre eslogan “No odiamos lo
suficiente a los periodistas”, utilizado frecuentemente por el Presidente y sus
acólitos. Escuchar a Milei fomentar el odio estremece.
Quienes supieron fomentarlo fueron los Kirchner. Tanto Néstor cuanto
Cristina.
La memoria nos traer al presente la miríada de episodios en los cuales
ambos tuvieron expresiones de desprecio y acciones de acoso hacia quienes
pensaban distinto y los criticaban. En ese marco, la intimidación fue un
instrumento utilizado intensamente contra los periodistas por todos los medios
del Estado puestos a disposición del matrimonio presidencial. Ese vilipendio
bajó a la calle, que se volvió insegura para muchos de los que sufrimos aquel
embate que dio pie, entre otras cosas, a “juicios populares” llevados a cabo en
plena Plaza de Mayo y encabezados por Hebe de Bonafini con total beneplácito de
la expresidenta, hoy cumpliendo pena de prisión.
Según la definición dada por el mismísimo Javier Milei, los cimientos de
la filosofía del “liberal-libertario”, que se basan en el respeto irrestricto
del proyecto de vida del prójimo, son: la defensa absoluta de la vida, la
libertad y la propiedad privada, fundamentados en el principio de no agresión
(PNA) y un mercado libre sin intervención estatal.
Por lo que se aprecia en la vida diaria, el Presidente parece haber
olvidado poner en práctica el principio de no agresión (PNA). Los periodistas
no somos los únicos en sufrir las consecuencias de la falta de observancia de
este postulado.
Los hermanos Milei muestran experimentar los rasgos más severos de la
enfermedad del poder. Uno de ellos es la intolerancia a la crítica externa e
interna.
El ataque al periodismo es propio de conductas antidemocráticas. La
repetición de estos hechos es producto del rol clave que juega el periodismo en
este momento del país ydel mundo. Los hechos más relevantes de corrupción de la
Argentina de los últimos tiempos han sido revelados por la prensa y no por la
Justicia. Una breve enumeración nos lleva a los “cuadernos de Centeno”, la
causa Vialidad, los Panamá Papers, el caso $Libra, el caso Adorni, el caso de las
irregularidades con el dólar durante el tiempo del cepo en el gobierno de
Alberto Fernández, Sergio Massa y CFK, la campaña de desprestigio contra Milei
por supuestos agentes rusos y un largo etcétera.
Como ya se ha repetido muchas veces en esta columna, “el periodismo es
un instrumento esencial para hacer a las sociedades más honestas y
democráticas”. Esto es lo que les molesta a Javier Milei y a su hermana.
Un
troll para representarnos ante la Unión Europea…
Un troll para representarnos ante la Unión Europea. Dibujo: CEDOC
El Gobierno designó a Fernando Iglesias como
embajador argentino ante la Unión Europea, aunque su figura se asocia más al
conflicto que a la mediación. Es una apuesta deliberada por trasladar el
conflicto ideológico interno al plano internacional.
La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un dato
administrativo ni un gesto menor de política exterior. Es una definición
estratégica que condensa una concepción del mundo. En un momento en que
el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea exige
mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta
por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.
No se trata de un error ni de una improvisación: es un mensaje político
deliberado. La Argentina no busca adaptarse a la lógica diplomática europea,
sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la
batalla cultural interna al plano internacional, aun cuando ese escenario
demanda exactamente lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una
comprensión fina de las reglas no escritas del poder.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner a la
Argentina en una escena que exige sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos
décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales,
pero también demanda una diplomacia activa para aprovechar las oportunidades
con flexibilidad. No es un momento para improvisar ni para posiciones
fundamentalistas.
La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación. Es
negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y
administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold
Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones
internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias
que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre
Estados mediante métodos distintos a la guerra”.
Nicolson no hablaba desde la abstracción académica, sino desde la
experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto
permanente conduce al colapso y que la palabra, aun débil, suele ser más eficaz
que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la
lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación,
el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.
La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política
exterior.Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los
mecanismos clásicos de mediación y consenso. Su estilo privilegia la
confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la
diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.
No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia. Negociar
implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso
público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades
absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y
negros.
El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos
y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente
a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el
alineamiento automático con Estados Unidos y replica la política exterior
impulsada por Donald Trump.
La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica
el retiro bajo un único argumento: la “alianza estratégica” con
Washington, incluso cuando esa decisión implique aislar a la Argentina de los
principales espacios multilaterales del sistema internacional. La decisión
cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones
Exteriores, y solo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para
concretarse.
Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como
un sinsentido estratégico, dado que esos organismos son plataformas
centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la
articulación global. Aun así, el Gobierno resolvió imitar la retirada de
Estados Unidos, aunque de manera parcial, para no poner en riesgo créditos y
proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos
espacios.
El repliegue genera una contradicción política de fondo:
mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo
tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para
ocupar la Secretaría General del organismo.
Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a
sus embajadas, instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son
consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el
multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas van en sentido
opuesto.
Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. La diplomacia podría pensarse como su reverso: la
política que evita la guerra por medios más sutiles. Requiere cálculo, empatía
estratégica y una comprensión fina del adversario. Nada más lejano al
registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene sus métodos
específicos que le son propios.
Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso.
Es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la
confrontación mediática, en las redes sociales y en un estilo deliberadamente
provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.
Durante el gobierno de Alberto Fernández, cobró relevancia por
la confrontación permanente en el Parlamento. Vamos a ver, a modo de ejemplo,
algunos de estos episodios. Pero primero, un testimonio de Martín Soria,
que actualmente es senador. La polémica era, en ese entonces, por la oposición
a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es
costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la
política”, decía Soria en ese momento.
Durante el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso del
1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte
clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que
restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.
En ese contexto se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO,Iglesias,
le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró
del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el
estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”,
bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el
propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún
insulto”.
En otra ocasión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del
cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía la sesión. Lejos de
dejar pasar el agravio, Moreau interrumpió el trámite parlamentario y lo
confrontó a Iglesias, exponiendo lo que el diputado del PRO decía fuera del
micrófono. "¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente 'pelotuda'
como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde",
expuso la diputada.
Otro de los hechos que causaron indignación ocurrió cuando, en una
polémica con HugoMoyano, Iglesias retuiteó una amenaza
contra el dirigente sindical. El episodio se produjo en julio de 2020,
cuando el entonces diputado nacional Iglesias replicó en su cuenta personal de
Twitter un mensaje de un usuario anónimo que incluía la imagen de un rifle y
una frase interpretada como una amenaza directa contra la familia Moyano.
El retuit se dio en el marco de un conflicto sindical entre el gremio
de Camioneros y Mercado Libre, luego de que
Iglesias publicara comentarios satíricos y críticas contra los Moyano por el
reclamo de encuadramiento gremial de los trabajadores de la empresa.
En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025,
Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de
algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo.
Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y
tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante
y vas a eso”.
Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das
dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste
nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es
algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo
principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.
Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes
sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era
Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para el ejercicio de la
diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir
una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en
Twitter, donde la atención es escasa y el conflicto es el combustible del
intercambio.
Pero la diplomacia opera en un registro exactamente inverso: acumula
matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la
diagonal común, del consenso y, muchas veces, sugiere más de lo que dice. En
definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige
discreción, escucha activa y capacidad de administrar tensiones sin
exacerbarlas.
Su trayectoria pública muestra una preferencia constante por la
confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como
capital político. Ese estilo puede haberle resultado eficaz en la arena
doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca
frontalmente con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es
fondo y donde cada palabra tiene peso diplomático.
La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni
como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que
encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a
marcar posiciones, incluso a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por
trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, aun cuando el
acuerdo Mercosur–Unión Europea exige exactamente lo contrario: paciencia, pragmatismo
y flexibilidad negociadora.
La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional:
la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una
semana después, ante la Unión Europea. El argumento del Gobierno fue el ahorro
logístico y, además, sostiene que Iglesias ejercerá el cargo sin perjuicio de
su función como embajador ante Bélgica.
El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su
paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de
Diputados y su participación en giras oficiales, pero la realidad es que, si
hablamos de trayectoria y experiencia profesional, no parece ser la mejor
opción.
¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político
está atravesado por desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la
confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el
trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de
radicalización política previo al golpe de 1976.
Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo en derechos humanos
y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la
crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo
fue alejando progresivamente de la izquierda tradicional.
Su ingreso formal a la política institucional se dio en 2007, como
diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió.
Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones
orientadas más al debate ideológico que a la construcción de consensos
legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad
de expresión y se destacó por su retórica confrontativa, que lo convirtió en
una figura mediática antes que en un articulador parlamentario.
Tras un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados
en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En
ese ciclo profundizó su perfil de polemista, especialmente en redes sociales, y
se asumió como uno de los “halcones” del espacio. Defensor
incondicional del gobierno de Mauricio Macri, incluso en sus
momentos de mayor debilidad, su figura se asoció a la idea de batalla cultural
y a una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como
adversario central.
En los últimos años, su trayectoria volvió a mutar al alinearse con
Milei y La Libertad Avanza, sin abandonar formalmente el PRO. Desde
ese lugar respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas
disruptivas en nombre de un cambio histórico.
Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede
leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y
polemista permanente a representante diplomático, en una transición que resume
tanto su itinerario político personal como la concepción
anti-diplomática del actual oficialismo.
Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura
gran parte de su discurso. Esa lectura interna, trasladada a la arena
internacional, corre el riesgo de simplificar procesos complejos y de confundir
disputas domésticas con alineamientos globales. Pero esta visión encaja con una
matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y
con sectores de la nueva derecha global.
El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con
contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza
local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o
el “comunismo”, entendido en sentido expansivo y casi metafísico.
Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o
en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense,
e igual que Milei sintetiza en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y
económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario
absoluto, incompatible con la república y la libertad.
Ese paralelismo responde a la lógica de la batalla cultural como marco
interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es una competencia
entre programas, sino una guerra civil fría entre libertad y comunismo, entre
Occidente y su disolución interna.
La política debe tornarse más agresiva porque, en su relato épico, el
riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige una
narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales.
Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo.
Exige paciencia.
El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa. Por un
lado, la Argentina celebra el acuerdo. Por otro, designa como representante a
alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal
de provocación. Nada de esto parece accidental.
Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la
diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a
Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá
confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se
juega solo en la coherencia interna del relato. Se juega en mesas de negociación
donde el estilo importa, donde una palabra mal dicha puede bloquear un
expediente durante años.
La diplomacia cultural, además, requiere sensibilidad. Europa no es un
bloque homogéneo ni un adversario ideológico. Es un entramado de intereses,
valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa
complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo
ofrece para nuestro país.
El riesgo es que la embajada se convierta en una tribuna de la batalla
cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes
locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede
subordinada a la lógica del like y la polarización.
La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar
el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará
chocando con la realidad internacional. Porque la diplomacia no perdona los
gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a
provocaciones, sino a intereses y consensos.
Producción
de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi. TV/ff.