Lo que
nadie dice sobre el sexo después de los 50: la menopausia, el cuerpo que cambia
y la obligación de seguir encendida…
Un parche hormonal, una confesión incómoda y una reacción inesperada. La
anécdota de Naomi Watts expone un tabú persistente: cómo viven las mujeres el
deseo, el cuerpo y la intimidad cuando llega la menopausia (Imagen Ilustrativa
Infobae)
El Viagra lleva 27 años en el botiquín sin que nadie se sonroje. Los óvulos de
estrógenos todavía se compran en voz baja. La menopausia salió del closet en el
mundo, pero el mandato de seguir activas sexualmente es una trampa que pocas
nombran.
© Escrito por Gabriela Ceruti el Domingo 08/03/2026 y publicado por el Diario Digital Infobae de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
La
anécdota circuló en medios de todo el mundo porque tocó algo que millones de
mujeres reconocen sin haberlo dicho en
voz alta: la vergüenza de envejecer en la intimidad. No es una vergüenza de
ahora. Es una vergüenza antigua, construida durante siglos, que le dice a las
mujeres que su valor se agota con la fertilidad. Lo nuevo es que cada vez más
mujeres la están nombrando. Y al nombrarla, la están desmontando.
Pero hay algo que todavía no se
dice suficientemente. Algo que se esconde detrás de tanto relato de
empoderamiento y liberación tardía: que no todas queremos lo mismo, que no
todas envejecemos igual, y que el nuevo mandato de seguir siendo deseantes y
sexualmente activas puede ser tan opresivo como el viejo silencio.
Lo que la biología no dice
La caída de estrógenos en la menopausia produce cambios reales en el
cuerpo. La mucosa vaginal se adelgaza y puede secarse, la lubricación puede
disminuir, y en algunos casos el deseo se modifica. Son datos clínicos
verificables. Pero la ciencia de los últimos años también muestra otra cosa:
que los factores biológicos no son los principales determinantes de la vida
sexual de las mujeres maduras. Un estudio de la Universidad de Zúrich comprobó
que el estado anímico, la autoimagen y la calidad del vínculo pesan
mucho más que los niveles hormonales. El clítoris no pierde sensibilidad
con la edad. El cerebro no deja de fantasear.
Esther Díaz lo vivió en carne propia. La filósofa argentina, que hoy
tiene 85 años y sigue activa, pública y vitalmente encendida, cuenta que su vida
sexual empezó verdaderamente a los 50. En la entrevista que le dio a Mil
Horas no hay nostalgia ni resignación: hay una mujer que encontró su
erotismo cuando dejó de cargarlo con las expectativas de los otros.
Flora
Proverbio llegó a conclusiones parecidas desde otro lugar: la investigación.
Para escribir Triángulos Plateados,
entrevistó a más de setenta mujeres de Argentina y América Latina, y realizó
una encuesta con 1150
participantes. Lo que encontró fue un mapa
diverso, contradictorio, lleno de matices. Hay mujeres que a los 60
están descubriendo el placer por primera vez. Hay otras que lo perdieron y no
lo extrañan. Hay quienes redefinieron el erotismo alejándolo del coito y
encontraron algo mejor. Y hay quienes están angustiadas no porque no tengan
deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. El título del libro —Triángulos plateados, los vellos púbicos
poblados de canas— es una provocación: el cuerpo que envejece también puede ser
el cuerpo del deseo.
En La
Revolución de las Viejas, yo misma escribí sobre la menopausia desde
adentro. Lo que aparece en ese capítulo no es un manual de instrucciones para
seguir siendo sexy después de los 50. Es una pregunta más incómoda: ¿de quién
es este cuerpo? ¿Quién decide qué se supone que tiene que sentir?
Así también es mi vida. En los
chats de amigas, en las mesas y las fiestas, conviven las que están en Tinder,
las que prueban conocer a alguien cada semana, y las que decimos: llegué por
fin a una vida bonita, serena y armada, no necesito nada que venga a
desordenarla. Y en ese “no necesito nada” hay también una biografía: la de
quienes vivimos las relaciones con los hombres como fuente
inagotable de intensidad, placer, diversión… y problemas. Y ahí
aparece siempre la amiga que dice: “ya vas a volver”, como si hubiera algún
lugar seguro al que volver, como si el desorden fuera la única forma legítima
de estar viva.
Las mujeres llegan a la madurez con más años
por delante… y la posibilidad de decidir cómo vivirlos (Imagen Ilustrativa
Infobae)
El armario de los óvulos
Mientras el parche de Naomi Watts
generaba titulares y conversaciones, algo mucho más cotidiano seguía pasando en
silencio en consultorios de todo el país: mujeres que no
le preguntan a su ginecólogo sobre la sequedad vaginal porque les da
vergüenza, y ginecólogos que no preguntan sobre la vida sexual de sus pacientes
de 65 años porque asumen que ya no existe.
Existe tratamiento eficaz, seguro
y económico: óvulos y geles de estrógenos de aplicación local que actúan sobre
la mucosa vaginal sin efectos sistémicos. Están disponibles en farmacias
argentinas. Y sin embargo, para una proporción enorme de mujeres son completamente
desconocidos. El tabú opera en los dos lados del escritorio.
Ingrid Beck y Mariana Carbajal lo
documentaron en Encendidas, el libro
que escribieron juntas sobre menopausia y salud femenina, y que se volvió una
referencia insoslayable del tema en Argentina: muchos ginecólogos no se
actualizaron sobre climaterio, y sus pacientes lo pagan con años de incomodidad
innecesaria. La frase que resume la situación no es elegante pero es exacta:
deberían poner un cartel en la puerta que diga que no son especialistas en climaterio.
La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde
entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos
(Imagen Ilustrativa Infobae)
La
asimetría con el tratamiento de la disfunción sexual masculina es tan grande que
ya casi no sorprende mencionarla, aunque siga siendo escandalosa. La FDA aprobó
el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis
medicamentos distintos para la disfunción
eréctil masculina. El primer tratamiento farmacológico para el deseo sexual
hipoactivo femenino fue rechazado dos veces antes de ser aprobado con
controversia en 2015. La disfunción eréctil fue tratada desde el primer día
como un problema técnico con solución técnica urgente.
La sexualidad femenina fue clasificada como un asunto “complejo”, “emocional”,
“difícil de medir”. La diferencia no es científica. Es política.
El doble estándar que no necesita explicación
Alberto Cormillot fue padre a los
83 años. Costantini lo fue a los 78. Ambos recibieron cobertura periodística
festiva, preguntas sobre la emoción de la paternidad tardía, alguna broma
afectuosa sobre el esfuerzo requerido. Nadie cuestionó seriamente su vitalidad
ni su derecho a rehacer la vida con mujeres décadas más jóvenes. Es el orden
natural de las cosas.
Madonna tiene 67 años y sale con
Akeem Morris, que tiene 29. La relación generó debates
interminables en redes, análisis de sus fotos en busca de signos de
decadencia, especulaciones sobre quién se beneficia de qué, preguntas sobre si
ella está bien de la cabeza. Cuando los medios la tratan con algo parecido a la
misma benevolencia que a Cormillot o a Costantini, es noticia.
Brigitte Macron tiene 24 años más
que el presidente de Francia. Ha sido objeto de teorías conspirativas sobre su
cuerpo, su identidad, su historia. DiCaprio sale con mujeres que no superan los
25 y el tema apenas merece una nota de color. La
asimetría no requiere análisis: se ve sola. Un hombre mayor con una mujer
joven es amor, experiencia, poder bien usado. Una mujer mayor con un hombre
joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio. Esther Díaz lo formula sin
rodeos: la sociedad acepta que los viejos tengan mujeres mucho más jóvenes. No
acepta lo contrario.
El deseo después de los 50 no es
una regla ni una excepción. Es un mapa diverso que va del redescubrimiento del
placer al derecho a no querer (Imagen Ilustrativa Infobae)
La
trampa que nadie ve
Pero hay algo más, y es lo que
más le cuesta decirse en voz alta a las mujeres de 60 y 70 que forman parte de
la generación que hizo la revolución
sexual.
Las boomers y la Generación X
llegaron a la madurez habiendo peleado por el derecho al placer. Vivieron los
años setenta y noventa convencidas de que el deseo era político, que el cuerpo
era propio, que el silencio era complicidad. Esa convicción fue y sigue siendo
un logro histórico. Pero tuvo, como todos los movimientos, sus propias contradicciones. Porque la misma cultura que
las empujó a liberarse también instaló un nuevo modelo: la mujer mayor que
sigue siendo deseante, activa, sexualmente vigente, “encendida”. Cambió el
mandato, no la obligación de cumplirlo.
Hoy muchas mujeres de esa
generación sienten angustia no porque no tengan deseo sino porque sienten que
deberían tenerlo. Porque la cultura sex
positive de los noventa —que fue liberadora en muchos sentidos—
construyó también una nueva norma. Y las que no encajan en esa norma, las que
en algún momento de sus vidas eligieron la pausa, el silencio, la resignificación del erotismo lejos del coito y lejos de la perfomance, quedan
sin relato.
Beck y Carbajal lo capturan con
humor en Encendidas: llegamos a la
menopausia sin que nadie nos hubiera preparado, y encima con la presión de
atravesarla bien, de manera positiva, de seguir encendidas. Como si apagarse a
veces no fuera también una forma legítima de estar.
La clave está en esa pequeña
palabra: si. El deseo en la madurez puede ser una fuente enorme de bienestar,
dice Proverbio en Triángulos Plateados.
Si nos interesa. Esas dos palabras cambian todo. No como obligación. No como
prueba de que el envejecimiento no nos venció. Como elección, cuando es
elección.
Un hombre mayor con una mujer joven es visto
como amor, experiencia, poder bien usado mientras que una mujer mayor con un
hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio (Imagen Ilustrativa
Infobae)
Cada cuerpo es un mapa distinto
Una de las cosas más difíciles de
instalar en la conversación pública sobre sexualidad y vejez es la diversidad
real. No hay una experiencia de la menopausia. No hay un modo correcto de
envejecer el deseo. Hay mujeres que a los 70 tienen más vida sexual que a los
30. Hay mujeres que eligieron el celibato como forma de libertad. Hay mujeres
que redescubrieron el erotismo lejos de la heterosexualidad. Hay mujeres que
están recuperando el placer de a poco, después de años de incomodidad física
que tenía tratamiento y nadie les ofreció. Y hay mujeres que simplemente no
quieren, y que tienen tanto derecho a ese no querer como las otras a su sí.
Lo que el movimiento que empezó
con Naomi Watts y siguió con Oprah y Michelle Obama y llegó acá con las voces
de Proverbio y Esther Díaz y Carbajal y Beck está haciendo no es convencer a
nadie de que tiene que tener sexo. Es abrir el espacio para que cada mujer
pueda elegir, sin vergüenza y sin mandato, qué
hacer con su cuerpo y su deseo cuando la vida se alarga.
Eso incluye quitarse el parche
antes de que él lo vea, si eso es lo que necesitás esa noche. O dejárselo
puesto. O no estar con nadie y no explicarle a nadie por qué. Incluye la
sequedad vaginal que tiene tratamiento y el ginecólogo que tendría que haberlo
dicho hace diez años. Incluye la filosofía que descubrió el orgasmo a los 50 y
la periodista que escribió sobre la menopausia porque era la única forma de
entenderla. Incluye el deseo que cambia de forma, que se vuelve más lento, más
profundo, menos urgente o simplemente distinto. Y también incluye el silencio
que es paz, no derrota.
La revolución que falta no es
convencer al mundo de que las viejas también tienen sexo. Es que cada mujer
pueda decidir, sin pedirle permiso a nadie, qué hace con el tiempo y el cuerpo
que la longevidad le regaló.
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