Desventuras en el
País-Jardín-de-Infantes, por María Elena Walsh…
El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.
© Escrito por Felipe Pigna y Publicado
por sito El Historiador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República
Argentina.
El 24 de marzo de 1976, una junta
militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas
derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del
Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y
presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante
católico”.
Este nuevo golpe a la democracia, el
sexto que tuvo lugar en menos de cincuenta años, fue la dictadura más
sangrienta de la historia del país, con miles de muertos y desaparecidos,
decenas de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en Malvinas,
la multiplicación por cinco de la deuda externa, el vaciamiento de empresas
públicas y la destrucción de gran parte del aparato productivo del país.
Los crímenes cometidos por los
militares son hoy denominados en el derecho internacional como
“delitos de lesa humanidad”. Treinta mil desaparecidos, 400 niños robados
y un país destruido fue el saldo más grave de la ocupación militar.
En el ámbito cultural, la censura -a
la que el gobierno de facto llamó “servicio gratuito de lectura previa”- fue
moneda corriente. Llegó a todos los órdenes, desde los medios masivos de
comunicación hasta la vida cotidiana. Fueron cerradas las carreras
universitarias de Psicología y Antropología y, en la provincia de Córdoba,
llegó a prohibirse la enseñanza de la matemática moderna por considerársela
subversiva. Las proscripciones iban desde la música de Mercedes Sosa hasta la
lectura de Saint-Éxupery, autor de El Principito. También “desaparecieron”
escritores, como Haroldo Conti y Roberto Santoro, el cineasta Raymundo Gleyzer
y el historietista Héctor Oesterheld. Muchos otros se vieron obligados a exiliarse.
La escritora, música y poetisa María
Elena Walsh se refería a esta situación en un artículo publicado en Clarín en
agosto de 1979, en el que comparaba a la Argentina de la dictadura con un
jardín de infantes. “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que
pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los
más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de
embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico
pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un
pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y
anatemas”, resumía la autora de tantos clásicos infantiles, que se instaló con
su música y su poesía en el corazón de varias generaciones de argentinos.
Fuente: “Desventuras en
el País-Jardín-de-Infantes”, por María Elena Walsh, Diario Clarín, 16 de
agosto de 1979; en María Elena Walsh, Desventuras en el País
Jardín-de-Infantes, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, págs. 13-18.
Si alguien quisiera recitar el
clásico «Como amado en el amante / uno en otro residía…» por los medios de
difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la
palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los
escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la
Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca).
Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero,
porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están
en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser
flexible con el material importado, quizás dejara pasar «por esa única vez» los
sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría
sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante
llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un
famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad
y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni
obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué
necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de
incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho)
Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal
escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son
sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones,
si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de
Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde
que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a
todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que
fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos
moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir,
saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras
palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo
menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura
necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros
preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones
mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (…) que significativamente
el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse
por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una
lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o «desaconsejables».
(…)
Hace tiempo que somos como niños y no
podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca
¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y
sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos
sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se
preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?»
El ubicuo y diligente censor
transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un
Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril,
lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro
llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias,
intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías,
un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber
defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que
incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el
robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no
es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor.
Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así
como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá
publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas
porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. (…)
Si incursiona en la TV —da lo mismo
que sea como espectador, autor o «invitado»— hablará del prêt-à-porter,
la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que
leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas
urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este
escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no
otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto,
generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de
brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para
que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos
tiempos: «La inflación ha muerto» (por lo tanto no existe). Como uno la ve
muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente
a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la
infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos
imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de
Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que
someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie
denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en
hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una
dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos
unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de
una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya
no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una
escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier
momento y sin saber bien por qué.
Nuestra historia —con sus cabezas en
picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha
estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que
explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo
intercambio de agravios y rencores. (…)
Quienes desempeñan la peliaguda
misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas
metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas
de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la
madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la
libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo
frenético. (…)
Creo necesario aunque obvio advertir
que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad
no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida
que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario.
Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de
otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos
nuestro ideal? (…)
El abuso puede ser controlable
mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los
riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que
asustarnos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no
es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos
que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la
familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que
generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una
familia.
En lugar de presentar certificados de
buena conducta o temblar por si figuramos en alguna «lista» creo que deberíamos
confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de
querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizarnos
creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
(…)
Veinticinco millones, sí, porque los
niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros
infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con
madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete
esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo
tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de
perder ese «sentido de familia» que se nos quiere inculcar escolarmente… y con
interminables avisos de vinos.
Ésta no es una bravuconada, es el
anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un
ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás
influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus
admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para
preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o
estériles.
Como aquella pobre modista negra
llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un
pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a
quien la acusara de sediciosa: «No soy una revolucionaria, es que estaba muy
cansada».
Pero Rosa Parks, en un país y una
época (reciente) donde regían tales leyes en materia de «derechos humanos», era
adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la
justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al
Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué
justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas
espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio,
para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de
celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra
impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que
nadie nos haga caso.
La autora «está muy cansada», no por
los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque
de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de
sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada.
Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. (…)
Y porque no es una revolucionaria
pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el
cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de
compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra
travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como
retardados y, pese a su corta edad, muñidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una
descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos
hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre
que supimos conseguir en esta castigadora tierra.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar








































