sábado, 24 de octubre de 2026
miércoles, 21 de octubre de 2026
La Base Aeronaval de Río Grande abrirá sus puertas con aviones y helicópteros... @elprofesorcapomasi...
La Base Aeronaval
abrirá sus puertas con aviones y helicópteros...
El jefe de la unidad,
capitán de navío Diego Alejandro Mazza, anunció que la actividad se
desarrollará entre las 13 y las 18 e incluirá la exhibición de aviones P-3
Orión, B-200 y T-34 Mentor, además de helicópteros Sea King y Fennec.
También participarán
instituciones de la ciudad, entre ellas Bomberos, representantes del aeropuerto
y el Aeroclub de Río Grande.
Ejercicios de
adiestramiento en la provincia.
La jornada será el
cierre de una serie de actividades operativas que distintas unidades de la
Aviación Naval desarrollarán en Tierra del Fuego, con ejercicios de
entrenamiento y adiestramiento desde la base y otros puntos de operación.
En ese contexto, Mazza
aclaró que los movimientos de helicópteros registrados en los últimos días,
incluidos los desplazamientos hacia Ushuaia, forman parte de las prácticas
habituales. «No hay ninguna situación con respecto a eso», señaló, y descartó
que exista algún motivo de preocupación para la población.
Un punto estratégico
hacia la Antártida.
El jefe de la Base
Aeronaval destacó la importancia de la unidad para la vigilancia de los
espacios marítimos argentinos y como punto de despliegue hacia el continente
antártico.
«Esta Base Aeronaval
hace muchos años que es un punto estratégico de mucha importancia para la
custodia de nuestros espacios marítimos y como un punto de despliegue hacia el
continente antártico», sostuvo.
Mazza explicó que,
aunque la instalación no funciona como una base operativa permanente de
escuadrillas, debe mantener disponibles sus servicios e infraestructura para
recibir aeronaves, tripulaciones y equipos que se despliegan temporalmente en
la región.
En ese marco, consideró
que la institución atraviesa una etapa positiva por la recuperación de
capacidades y la incorporación de equipamiento. Además, confirmó que durante
este año se sumaron alrededor de 35 marineros para reforzar las tareas de
mantenimiento de las instalaciones y los servicios de apoyo.
Ceremonia oficial el
lunes 26.
Las actividades
concluirán con la ceremonia oficial por el 77º aniversario, prevista para el
lunes 26 de octubre, con la participación de autoridades civiles y militares,
integrantes de la Armada e invitados especiales.
El repliegue de las
aeronaves y del personal desplegado comenzará el martes 27.
La jornada del domingo
será abierta a toda la comunidad y ofrecerá la posibilidad de conocer de cerca
el trabajo de la Aviación Naval y el papel que cumple la Base Aeronaval Río
Grande en las operaciones vinculadas con el Atlántico Sur y la Antártida.
martes, 20 de octubre de 2026
Nicolás Ramírez denunció amenazas por parte de dirigentes de Huracán… @elprofesorcapomasi...
Nicolás Ramírez denunció amenazas por parte de dirigentes de Huracán…
El árbitro Nicolás Ramírez denunció amenazas de
dirigentes. El árbitro redactó un informe manifestando incidentes verbales en
el entretiempo del partido contra Gimnasia.
Garzón salió durísimo al cruce de Ramírez en Radio La Red:
No pasa nada, a Ramírez le encanta escribir informes. La vez pasada, que vino con Huracán, también, hizo un informe muy similar. "Que deje el referato si le gusta escribir".
"Es un árbitro que, generalmente, con Huracán, tiene problemas. Le gusta poner amenazas para que esto tome notoriedad pública".
Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes... @elprofesorcapomasi...
Desventuras en el
País-Jardín-de-Infantes, por María Elena Walsh…
El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.
© Escrito por Felipe Pigna y Publicado
por sito El Historiador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República
Argentina.
El 24 de marzo de 1976, una junta
militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas
derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del
Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y
presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante
católico”.
Este nuevo golpe a la democracia, el
sexto que tuvo lugar en menos de cincuenta años, fue la dictadura más
sangrienta de la historia del país, con miles de muertos y desaparecidos,
decenas de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en Malvinas,
la multiplicación por cinco de la deuda externa, el vaciamiento de empresas
públicas y la destrucción de gran parte del aparato productivo del país.
Los crímenes cometidos por los
militares son hoy denominados en el derecho internacional como
“delitos de lesa humanidad”. Treinta mil desaparecidos, 400 niños robados
y un país destruido fue el saldo más grave de la ocupación militar.
En el ámbito cultural, la censura -a
la que el gobierno de facto llamó “servicio gratuito de lectura previa”- fue
moneda corriente. Llegó a todos los órdenes, desde los medios masivos de
comunicación hasta la vida cotidiana. Fueron cerradas las carreras
universitarias de Psicología y Antropología y, en la provincia de Córdoba,
llegó a prohibirse la enseñanza de la matemática moderna por considerársela
subversiva. Las proscripciones iban desde la música de Mercedes Sosa hasta la
lectura de Saint-Éxupery, autor de El Principito. También “desaparecieron”
escritores, como Haroldo Conti y Roberto Santoro, el cineasta Raymundo Gleyzer
y el historietista Héctor Oesterheld. Muchos otros se vieron obligados a exiliarse.
La escritora, música y poetisa María
Elena Walsh se refería a esta situación en un artículo publicado en Clarín en
agosto de 1979, en el que comparaba a la Argentina de la dictadura con un
jardín de infantes. “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que
pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los
más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de
embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico
pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un
pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y
anatemas”, resumía la autora de tantos clásicos infantiles, que se instaló con
su música y su poesía en el corazón de varias generaciones de argentinos.
Fuente: “Desventuras en
el País-Jardín-de-Infantes”, por María Elena Walsh, Diario Clarín, 16 de
agosto de 1979; en María Elena Walsh, Desventuras en el País
Jardín-de-Infantes, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, págs. 13-18.
Si alguien quisiera recitar el
clásico «Como amado en el amante / uno en otro residía…» por los medios de
difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la
palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los
escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la
Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca).
Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero,
porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están
en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser
flexible con el material importado, quizás dejara pasar «por esa única vez» los
sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría
sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante
llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un
famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad
y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni
obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué
necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de
incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho)
Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal
escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son
sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones,
si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de
Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde
que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a
todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que
fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos
moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir,
saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras
palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo
menos las del siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura
necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros
preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones
mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (…) que significativamente
el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse
por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una
lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o «desaconsejables».
(…)
Hace tiempo que somos como niños y no
podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca
¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y
sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos
sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se
preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?»
El ubicuo y diligente censor
transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un
Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril,
lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro
llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias,
intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías,
un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber
defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que
incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el
robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no
es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor.
Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así
como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá
publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas
porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. (…)
Si incursiona en la TV —da lo mismo
que sea como espectador, autor o «invitado»— hablará del prêt-à-porter,
la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que
leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas
urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este
escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no
otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto,
generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de
brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para
que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos
tiempos: «La inflación ha muerto» (por lo tanto no existe). Como uno la ve
muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente
a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por la
infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos
imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de
Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que
someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie
denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en
hermanos, legalizando grotescamente el incesto.
Que las autoridades hayan librado una
dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos
unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de
una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya
no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una
escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier
momento y sin saber bien por qué.
Nuestra historia —con sus cabezas en
picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha
estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que
explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo
intercambio de agravios y rencores. (…)
Quienes desempeñan la peliaguda
misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas
metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas
de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la
madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la
libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo
frenético. (…)
Creo necesario aunque obvio advertir
que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad
no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida
que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario.
Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de
otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos
nuestro ideal? (…)
El abuso puede ser controlable
mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los
riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que
asustarnos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no
es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos
que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la
familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que
generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una
familia.
En lugar de presentar certificados de
buena conducta o temblar por si figuramos en alguna «lista» creo que deberíamos
confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de
querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizarnos
creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes.
(…)
Veinticinco millones, sí, porque los
niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros
infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con
madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete
esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo
tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de
perder ese «sentido de familia» que se nos quiere inculcar escolarmente… y con
interminables avisos de vinos.
Ésta no es una bravuconada, es el
anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un
ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás
influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus
admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para
preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o
estériles.
Como aquella pobre modista negra
llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un
pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a
quien la acusara de sediciosa: «No soy una revolucionaria, es que estaba muy
cansada».
Pero Rosa Parks, en un país y una
época (reciente) donde regían tales leyes en materia de «derechos humanos», era
adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la
justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al
Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué
justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas
espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio,
para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de
celo de sacristanes más papistas que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra
impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que
nadie nos haga caso.
La autora «está muy cansada», no por
los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque
de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de
sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada.
Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. (…)
Y porque no es una revolucionaria
pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el
cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de
compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra
travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como
retardados y, pese a su corta edad, muñidos de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una
descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos
hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre
que supimos conseguir en esta castigadora tierra.
Fuente: www.elhistoriador.com.ar
domingo, 18 de octubre de 2026
La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas… @elprofesorcapomasi...
La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas…
Alta médica. El papa León XIV sale de la clínica
Gemelli tras la operación, acompañado del cirujano Stefano Margaritora.
Fotografía: Gza Metrotel.Por pedido de
Francisco, el periodista, médico y escritor escribió un libro esencial sobre el
tema. Hoy, ante la decisión de su salida del hospital, comenta que el
posoperatorio de este tipo de situaciones suele ser doloroso y que la voluntad
de Robert Francis Prevost podría ser un hecho relevante. Además, hace una
historia de cómo los diferentes pontífices vivieron situaciones complejas y la
reacción de la Santa Sede en cada caso. Desde la muerte misteriosa de Juan
Pablo I hasta la de Jorge Bergoglio, que quiso “contarle de mis neurosis”,
según sus propias palabras.
El alta de León XIV fue una
decisión sorpresiva. A apenas cinco días de una compleja operación
de pulmón, que incluyó la extirpación de una parte del órgano, quienes
siguieron el caso, aun desde Italia, no esperaban que todo sucediera tan
rápido. Los protocolos médicos sugieren otra conducta: hay protocolos ingleses
que hablan de posoperatorios de muchos más días. Y quienes hayan
atravesado una situación como la del Pontífice saben que es algo muy doloroso y
que requiere cuidados. Pero también es cierto que quienes lo conocen saben que su voluntad de hacer el viaje de más de diez días a Sudamérica es
esencial para él. Aun así, hay que esperar la evolución más allá de
esta novedad.
No hay que olvidar lo que dijimos hace unos días: la operación fue un éxito; el diagnóstico, no. Tiene un
cáncer, un tumor maligno de pulmón que se le extirpó en un estadio muy inicial,
lo que le da una perspectiva muy buena.
La operación de León XIV fue un éxito;
el diagnóstico, no
Dudas.
Sucesores de Pedro en la Tierra, por siglos los papas murieron ocupando
su trono. Por eso, siempre un halo de misterio rodeó su salud y su aptitud
física y psíquica para gobernar. Sin embargo, en los últimos años distintas
circunstancias pusieron en duda que la capacidad para llevar adelante el
complejísimo gobierno de la Iglesia se mantuviera hasta el último minuto de sus
vidas. Que no se hablara públicamente del asunto no significa que la salud de
los papas no fuera un factor primordial en la dinámica del poder dentro de la
Iglesia.
Después del largo papado de Pío IX –duró 31
años–, los cardenales del cónclave determinaron que su sucesor debía ser
alguien con una expectativa de vida mucho menor, para propiciar una renovación
más activa y evitar los males del poder ejercido en administraciones tan
prolongadas. Así eligieron a Gioacchino Pecci, que adoptó el nombre de León
XIII. Al ser elegido, en 1878, tenía 67 años, una edad avanzada para la
expectativa de vida de la época. Pero esa norma no se cumplió: el papa vivió 25
años más y murió el 20 de julio de 1903, a los 93. Durante su pontificado hubo
una infinidad de rumores sobre su salud. Para desmentirlos se lo filmó
caminando: fue el primer papa registrado por una cámara de cine.
Pío
XII fue un hipocondríaco incorregible, rasgo que se acentuó con los años;
seguía los temas médicos de forma obsesiva. Designó como médico personal a
Riccardo Galeazzi-Lisi, cuyo comportamiento absolutamente antiético generó uno
de los escándalos más resonantes de la historia del Vaticano: la venta a la revista Paris Match de fotos del papa agonizante en
su lecho.
Juan
XXIII tuvo un pontificado breve: apenas cinco años. El 23 de mayo de 1963,
tras muchos cabildeos y rumores, la Santa Sede comunicó al mundo que padecía un
cáncer de estómago. Fue su secretario, Loris Capovilla, quien hizo saber que la
enfermedad había sido diagnosticada en septiembre de 1962. Se le propuso
operarse, opción que rechazó por temor a que sus adversarios internos
aprovecharan para frenar el Concilio Vaticano II.
Tumor
de próstata. Pablo VI debió someterse a una cirugía por un tumor de próstata. La
operación, exitosa, se realizó el 4 de noviembre de 1967. Se planteó entonces
dónde hacerla: no había antecedentes de una situación así en la historia del
papado, y para evitar cualquier exposición del ilustre paciente se improvisó un
quirófano en el Palacio Apostólico, lo que lo expuso a un riesgo absolutamente
evitable. Antes de la cirugía, el pontífice dejó cartas con indicaciones por si
no se recuperaba de la anestesia o quedaba con alguna secuela física o mental.
El misterioso final de Juan Pablo I.
La muerte súbita de Juan Pablo I dio
pie a una de las historias de intriga más intensas y novelescas
dentro y fuera del Vaticano. En la madrugada del 29 de septiembre de
1978, apenas 33 días después de su elección, fue encontrado sin vida en su cama
por las religiosas Margherita Marin y Vincenza Taffarel. Como se consideró
inconveniente –y hasta escandaloso– que dos monjas hubiesen entrado a la
habitación papal, se falsearon los hechos y se les ordenó guardar silencio
absoluto. Eso, sumado a la negativa a realizar una autopsia, dejó un sinfín
de rumores y sospechas que nunca se aclararon.
Juan
Pablo II, en su larga agonía, marcó un primer cambio. Todos vimos ese calvario
que el propio pontífice quiso que fuese visto por el mundo. Hubo conferencias
de prensa de sus voceros y explicaciones profusas que, de todos modos, no
siempre fueron consonantes con el cuadro clínico. Tal vez para evitar esa
penuria, Benedicto XVI decidió renunciar cuando sintió que le
faltaban fuerzas para seguir con las obligaciones de su cargo.
El caso de Francisco.
La salud fue un tema central en la elección de Francisco. Cuando Jorge Mario Bergoglio quedó como
máximo favorito desde las primeras votaciones del cónclave de marzo de 2013,
sus adversarios argumentaron que le faltaba un pulmón. Tras la fragilidad que
habían exhibido Juan Pablo II y Benedicto XVI, se imponía alguien con buena
salud. Fue el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de
Tegucigalpa, quien le preguntó directamente por su salud. Cuando Bergoglio
respondió que lo que le habían extirpado hacía más de cincuenta años era un
lóbulo del pulmón derecho, la cuestión quedó zanjada, y también la elección.
En agosto de 2013 recibí en mi casa una carta manuscrita de Francisco en
la que, entre otras cosas, me decía que sería interesante que escribiese un
libro sobre la salud de los papas. Lo tomé como un comentario gentil de quien
sabía que había leído mi libro “Enfermos de poder”.
Y ahí quedó. Nunca imaginé que cuatro años después, el 25 de octubre de 2017,
en plena plaza de San Pedro, me diría: “Usted tiene una deuda
conmigo. Ya le dije que debe escribir un libro sobre la salud de los papas,
empezando por mí, para contarle de mis neurosis”.
Lo que siguió fue un torbellino hasta el momento único –que aún hoy me
parece increíble– de estar sentado en el despacho papal del Palacio Apostólico
para la entrevista en la que, por primera vez en la historia, un pontífice
hablaba clara y abiertamente sobre su salud física y psíquica, abriendo una
puerta sin retorno.
La
salud de los papas, libro que sigue dando la vuelta al mundo, representa un hito en la
historia del papado no por mí, sino por quien me pidió que lo hiciera:
Francisco. Sin eso, tal vez no hubiésemos visto lo que sucedió el domingo
pasado, cuando León XIV sorprendió al mundo al anunciar que debía operarse de
un nódulo en el pulmón. Fue escueto pero preciso. Era un cuadro delicado, y la
cirugía y la biopsia intraoperatoria confirmaron las sospechas: el papa tenía
un cáncer de pulmón. Es una noticia impactante. León XIV es ahora un paciente
oncológico que deberá someterse a controles periódicos durante los próximos
cinco años.
“Cuando
un papa se enferma de algo delicado, siempre hay aires de cónclave”, dijo Francisco en
2021 en una entrevista con la COPE. La frase, que refleja el clima de intriga
permanente que se vive en el Vaticano, cobra en estas horas una
notable y cruel vigencia.
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Los
problemas de salud de los pontífices.
Juan
XXIII
Fue diagnosticado con cáncer de estómago en 1962, cuando la enfermedad
ya se encontraba en un estadio avanzado.
Mantuvo su actividad al frente de la Iglesia mientras su estado de salud
permanecía en reserva.
Murió en 1963 a causa de una peritonitis provocada por la perforación
del tumor gástrico.
Pablo
VI
En 1967 fue sometido a una intervención quirúrgica por un agrandamiento
de la próstata. Durante la década siguiente, una artrosis crónica que afectaba
especialmente la rodilla derecha y las vértebras cervicales redujo
progresivamente su movilidad. Murió en 1978, tras apartarse de la vida pública.
Juan
Pablo I
Tuvo antecedentes de hipertensión arterial y problemas circulatorios.
Durante su juventud padeció tuberculosis, lo que le dejó secuelas.
Fue encontrado sin vida en su dormitorio tras apenas 33 días de
pontificado.
El diagnóstico del equipo médico oficial del Vaticano atribuyó su muerte
a un infarto agudo de miocardio.
Juan
Pablo II
Soportó varias secuelas físicas por el intento de asesinato de 1981. En
1992 le extirpación de un tumor de colon benigno. Además, soportó múltiples
fracturas y cirugías de cadera y rodilla.
La enfermedad de Parkinson progresiva que mermó de manera notable su
capacidad motora y del habla en sus últimos años.
Benedicto
XVI
Experimentó dificultad para caminar y dolores articulares asociados a la
edad, lo que influyó decisivamente en su renuncia histórica en 2013. Un mes
después, el Vaticano confirmó que llevaba un marcapasos. Ya como papa emérito,
padeció una infección facial identificada como erisipela.
Francisco
La resección parcial de pulmón en la juventud le acarreó algunas
secuelas. Sufrió ciática crónica y problemas en la rodilla derecha, requiriendo
uso de silla de ruedas y bastón en los últimos años. En 2021 padeció
diverticulitis y una operación de colon. Cuadros agudos de bronquitis y
neumonía bilateral en sus últimos años.



































