El plan de Trump para redefinir el mapa de la Argentina…
© Escrito por Jorge Liotti el sábado 04/07/2026 y publicado por el Diario La
Nación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
El vínculo directo que forjó el
presidente Javier Milei con su par Donald Trump generó una corriente de relación
entre la Argentina y Estados Unidos inédita en la historia. Ni siquiera en el
menemismo el alineamiento había sido tan profundo. El argumento más frecuente
para explicar este grado de sintonía fue el de la empatía personal entre los
mandatarios, sus afinidades ideológicas y estéticas, y la vocación común de
generar una liga global de líderes de la derecha dura.
Pero de fondo subyace un factor mucho más consistente, cuyas implicancias reales todavía son difíciles de pronosticar: el cambio radical en la visión geoestratégica de Estados Unidos que impuso Trump, en la cual por primera vez en la historia América latina ocupa un papel de relevancia. La intervención en Venezuela, la presión sobre Cuba y los documentos de defensa y seguridad que difundió entre diciembre y enero pasados son una expresión elocuente.

Javier Milei y Donald Trump en enero pasado, durante la firma del Board of Peace en Davos. Fotografía: Markus Schreiber - AP
En ese contexto, la Argentina se transformó en una pieza clave, especialmente por
la relevancia que en la nueva doctrina norteamericana adquieren el Atlántico
Sur, los pasos transoceánicos y la Antártida. En alguna medida, el jefe de la Casa Blanca está redefiniendo el
mapa del país. Como si fuera el planisferio invertido que tenía en
su escritorio Raúl Alfonsín, y que retrató Pablo Gerchunoff.
Ese significativo reseteo se sostiene
en tres replanteos conceptuales. El primero, que Estados Unidos asume que ya se agotó definitivamente la etapa de
la unipolaridad que marcó la post Guerra Fría, por lo cual dejó
de ser la potencia hegemónica. En consecuencia, debe prepararse para un mundo
más caótico, en el cual emerge una nueva bipolaridad, ahora con China. Esta
línea se viene edificando desde la gestión de Barack Obama, pero
ahora adquirió una nueva intensidad.
El segundo, que en ese nuevo diseño global el mundo se distribuye en áreas de
influencia, y la región donde Washington proyecta su ascendencia es
inevitablemente el continente americano, por geografía, por historia y por
razones de seguridad. Es la versión Trump de la vieja doctrina Monroe, con la
diferencia de que la potencia a repeler no es Europa, como en 1823, sino China,
que ya extiende su dominio por Asia.
Y el tercer replanteo, derivado de lo
anterior, es que Estados Unidos reemplaza su histórica visión
hemisférica horizontal, que la unía esencialmente a Europa, por una concepción
hemisférica vertical, que va desde el Ártico hasta la Antártida.
Desde la perspectiva trumpista, Europa ha dejado de ser confiable como aliado
incondicional y sus prestaciones en materia militar han mermado. En
consecuencia avanza hacia un desacople que se expresa en las tensiones dentro
de la OTAN, aun cuando la amenaza de Rusia haya aumentado tras la invasión a
Ucrania.
Complementariamente el Pentágono
analiza un cambio fuerte en su operatividad al evaluar la unificación del Comando Norte (cuya área de acción es América
del Norte y el Caribe, donde se encaran los problemas más críticos: inmigración
y narcotráfico) con el Comando Sur (para América del Sur), en un único Comando
Hemisférico, avanzando hacia una seguridad continental
integrada. También prevé una actualización de su
doctrina, a partir del reciente recambio en el Colegio Interamericano de
Defensa, que reúne a militares y diplomáticos de la región, bajo la
órbita de la OEA. Allí acaban de dejar la conducción en manos de un general del
Comando Sur que tiene como misión adaptar la orientación de la institución a la
nueva cosmovisión.
Dentro de este marco conceptual, una obsesión recurrente de Trump son los pasos interoceánicos, porque son los que le permiten dominar los mares que rodean y protegen el continente americano, frente a un programa naval de China que ha venido creciendo sostenidamente en los últimos años.
Un
avión con Donald Trump Jr. aterriza en Nuuk, Groenlandia, en enero de 2025. Fotografía: Emil Stach - Ritzau Scanpix Foto. Por esa razón, amenazó con invadir
Groenlandia, hasta que logró que le habilitaran la instalación de tres bases
militares en la gigantesca isla. Después presionó fuertemente a Panamá para
expulsar a las empresas asiáticas de la logística del canal y lo declaró una
prioridad de seguridad nacional, aunque por ese cruce sólo pueden pasar
embarcaciones comerciales, no buques de guerra, que por su dimensión y calado
requieren de otra profundidad.
Y es allí en donde emerge la
gravitación del último paso interoceánico, compuesto por el estrecho de
Magallanes y el pasaje de Drake al sur de la isla de Tierra del Fuego, que no
sólo es uno de los seis pases estratégicos a nivel global, sino que es uno de
los mejores lugares para operar y esconder submarinos balísticos, en casos de
crisis.
Bajo esta lógica, para Estados Unidos se transformó en un objetivo garantizar la
gobernabilidad del cono sur, que significa alejar la amenaza china,
contar con socios confiables y establecer una presencia disuasiva más visible.
Y esta mirada no está atada
exclusivamente a una dimensión militar, sino también a otro aspecto estratégico
que es asegurar cadenas de suministro para las economías del
futuro, en un contexto global que se ha vuelto demasiado inestable.
Por eso ahora incorpora un plano
adicional a su mirada cuando transforma en un factor de seguridad a la energía
y a los minerales críticos (la Argentina suministra hoy el 58,8% del carbonato
de litio que importa EE.UU.), y cuando proyecta la importancia de la Patagonia
como un lugar propicio para la instalación de empresas tecnológicas que son
aliadas directas de la administración Trump, las que además del frío y el agua
requieren también estar lejos de las zonas de conflicto. El que maneja la
energía, la tecnología y los datos, gestiona un poder que ahora desafía la
clásica prevalencia militarista.

La Base Marambio es la principal estación científica y militar permanente que Argentina mantiene en la Antártida. Fotografía: Instituto Antártico Argentino.
En esta mirada más integral, opera un
cambio fundamental: a diferencia de lo que ocurría
hace 100 años, hoy la Argentina tiene objetivos mucho más complementarios con
Estados Unidos, que requiere una provisión continua de energía,
alimentos y minerales, sin importar al mismo tiempo el desorden que emana de
proveedores tradicionales como Rusia o Medio Oriente. Todos estos tópicos
vienen siendo motivo de conversación diplomática, a veces reservada.
Los acuerdos de
Thiel.
Trump realizó en menos de un año tres
gestos económicos muy fuertes de apoyo a la gestión de Milei. Intercedió para
lograr un nuevo acuerdo con el FMI, lo rescató con un swap de urgencia antes de
las elecciones y lo respaldó en el juicio por YPF. Ayudó al Gobierno en sus
urgencias como ninguna otra administración norteamericana lo había hecho en su
historia. Pero al mismo tiempo impulsó sus objetivos menos inmediatos y se
movió para correr a China del proyecto de un puerto y una base integrada en
Tierra del Fuego, profundizó una serie de ejercicios militares con la Argentina
y avanzó en un esquema de cooperación que tuvo un punto culminante con la
habilitación de la venta de los aviones F16.

Donald Trump y los presidentes aliados de la región firman el acuerdo antinarco conocido como Escudo de las Américas. Fotografía: AP.
Además, en los últimos dos meses
Estados Unidos avanzó en dos acuerdos de hondas implicancias para el
país. El primero fue un pacto regional que se firmó en marzo en Doral,
Florida, que se conoció como el “Escudo de las Américas”. Allí 12
países, incluida la Argentina, se comprometieron a disponer del uso de la
fuerza militar para desmantelar organizaciones criminales transnacionales y el
narcoterrorismo. En los hechos, es un puente de ingreso de las fuerzas
norteamericanas, en coordinación con los gobiernos de la región, para poder
intervenir frente a una amenaza creciente para la estabilidad hemisférica. La
presencia allí del ministro de Defensa, Carlos Presti, pareció
desbordar la discusión legal que existe en la Argentina sobre los límites de la
acción militar en cuestiones de seguridad interna.
Este compromiso tiene un efecto
colateral inevitable: enturbia el vínculo con Brasil, que no
adhirió al convenio y que desconfía de las intenciones de Washington. En Itamaraty, la cancillería brasileña, ven con preocupación la
apertura generosa que la Argentina le ofrece a Estados Unidos en la región,
porque altera un equilibrio implícito en la relación bilateral.

Acuerdo que firmaron el ministro de Defensa, Carlos Presti, y el embajador de EEUU, Peter Lamelas. Fotografía: Ministerio de Defensa.
El segundo acuerdo se firmó hace un mes
entre Presti y el embajador norteamericano, Peter Lamelas, y atañe
específicamente a cuestiones de defensa. Argentina quedó en línea para
participar de un programa de adquisición de drones, y al mismo tiempo se
estableció un compromiso de abastecimiento de combustible para buques militares
en condiciones preferenciales, que los estrategas relacionaron con el interés
de EE.UU. en el Atlántico sur.
Pero en este entendimiento, se incluyó
un párrafo que no se difundió públicamente. Es el que hace mención a que la
cooperación de Estados Unidos va a ser canalizada a través de la empresa Arsoft US “junto a sus empresas asociadas” MeetKai, XRF.AI y el
Grupo Arecco. Es decir que el acuerdo incluye a los contratistas
designados, como suele imponer el Pentágono. Presti incluso participo de una
exhibición de esas empresas hace más de un mes.
El Ministro
@tgcarlospresti visitó la demostración de sistemas de Inteligencia Artificial
para las Fuerzas Armadas, presentada en el marco de la cooperación con los
Estados Unidos por Arsoft US, junto a sus empresas asociadas MeetKai y XRF.AI,
y Grupo Arecco. Esas compañías son proveedoras de software específicos e inteligencia artificial del Pentágono y operan en el mismo ecosistema de tecnología para la defensa que aporta Palantir, la empresa del magnate Peter Thiel. “Thiel es el principal socio en tecnología militar de la administración Trump. Está claro que en el acuerdo de Defensa que se firmó tendrá un rol importante. De todos modos, lo más preocupante es su posible participación en el proyecto de gemelos digitales, porque eso le permitirá un acceso ilimitado a todos los datos personales”, explica un importante exfuncionario de la gestión libertaria.

Peter Thiel, CEO de Palantir ingresa a la Casa Rosada para reunirse con el presidente Javier Milei. Fotografía: Hernan Zenteno - La Nacion.
Para algunos sectores militares y
diplomáticos la eventual influencia de Thiel es una expresión de algunos problemas de fondo que rodean al vínculo privilegiado
entre la Argentina y EE.UU. En primer lugar, la natural asimetría en los
acuerdos, producto de la disparidad de capacidades de ambos países,
que desde una mirada convencional marca una resignación de cuotas de soberanía
por parte de la Casa Rosada.
Esto se complementa con cierta
precariedad jurídica que envuelve este proceso. Por ejemplo, el
pacto antinarco de Doral y el acuerdo bilateral de Defensa no pasaron por el
Congreso. Tampoco tuvo debate legislativo el ingreso de tropas extranjeras para
la realización de ejercicios militares, ya que sólo se habilitó por decreto.
Estas limitaciones son las que hacen dudar de la continuidad de esta
convergencia una vez que Trump y Milei no estén más en el poder.

La Unión del Personal Civil de la Nación (UPCN) reclama por la obra social de los militares. Fotografía: UPCN.
Y el tercer aspecto reside en las dificultades
presupuestarias que tienen las Fuerzas Armadas, que
contrastan con el nivel de integración que propone EE.UU. La Argentina destina
menos del 1% de su presupuesto a la defensa (y el 80% se va en sueldos), muy
por debajo de países como Chile o Brasil, y tiene graves problemas operativos,
como haber dejado de contar con un portaaviones, haber perdido su capacidad
submarina y haber resignado su potencial aéreo. Hoy se reproducen las bajas
militares por los magros salarios y acecha una crisis en la obra social por una
deuda abultada. Parece regir una disonancia entre estos problemas domésticos y
la vocación por transformarse en un aliado preferencial de la principal
potencia global.
Malvinas.
Nunca el gobierno y los medios británicos habían reaccionado en modo tan inmediato respecto de una noticia sobre las islas Malvinas como cuando a fines de abril se filtró un mail del Pentágono que hacía referencia a un posible cambio en la postura de EE.UU. sobre el conflicto. No sólo influyó el hecho de que se difundiera en una agencia de noticias de origen inglés, como Reuters, sino principalmente con que el mensaje partió del corazón de Washington, no de una embajada o una fuente periférica. El episodio fue interpretado con profunda seriedad en Londres, como pocas veces ocurre.

Donald Trump con el primer ministro británico Keir Starmer, durante su última visita a Inglaterra. Fotografía: Evan Vucci – AP.
La razón evidente de ese mensaje, que
después el secretario de Estado, Marco Rubio, intentó
minimizar, fue expresar el malestar de Trump por la reticencia de Gran Bretaña
a facilitar operaciones militares norteamericanas en la isla Diego García, en
el marco de la guerra contra Irán. Por eso la mención a las Malvinas en este
contexto pareció más un intento de provocación que un replanteo serio.
Sin embargo, algunos actores de la diplomacia militar, tanto argentina como
estadounidense, sugieren no interpretarlo tan superficialmente, no
porque haya un giro en ciernes, sino porque proponen enmarcarlo en el contexto
de los nuevos lineamientos geoestratégicos de la Casa Blanca.

La base militar de Mount Pleasant, la fortaleza construida por Gran Bretaña tres años después de la Guerra de las Mavinas. Fotografía: Mauro V. Rizzi - LA NACION.
Bajo esta óptica, la disputa por la
soberanía de las islas es una cuestión menor en comparación con el objetivo de
Estados Unidos de garantizar su dominio en el Atlántico Sur y replegar a China.
Por eso Washington estaría inclinado a favorecer un acercamiento entre la
Argentina y Gran Bretaña, bajo su paraguas. Por ahora sin más
implicancias a futuro que la vocación por remover obstáculos y actuar en forma
conjunta en cuestiones como la pesca ilegal, el paso seguro por Drake y la
logística fluida hacia la Antártida (cuyo tratado debe ser revisado en 2048, en
un contexto de revalorización de su potencial mineral).
La primera expresión de este cambio de
prioridades se produjo con la venta de los aviones F16, a la que Gran
Bretaña siempre se había opuesto, pero a la que ahora debió ceder por la
presión de Trump. Algunos expertos incluso destacan que se trata de la versión
más moderna y mejor equipada de esos cazas, un factor que siguieron atentamente
en Londres y en Santiago (Chile realiza anualmente ejercicios militares con los
británicos en el estrecho de Magallanes, por ahora sin generar quejas formales
de la Argentina).

Javier Milei participo de ejercicios navales combinados a bordo del portaaviones USS Nimitz de los Estados Unidos. Fotografía: Presidencia.
El conflicto por las islas Malvinas
quedó así expuesto a un cambio de paradigma mucho más amplio que impulsa Trump,
y que probablemente en algunos aspectos trasciendan a su gestión. El gran
interrogante en este aspecto es: ¿está la Argentina en condiciones de
interpretar el sentido más profundo del cambio geoestratégico que experimenta
Estados Unidos? ¿O se contenta con los beneficios de corto plazo que ofrece la
administración republicana?




























































































