martes, 20 de octubre de 2026

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes... @elprofesorcapomasi...

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes, por María Elena Walsh…

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

© Escrito por Felipe Pigna y Publicado por sito El Historiador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

Este nuevo golpe a la democracia, el sexto que tuvo lugar en menos de cincuenta años, fue la dictadura más sangrienta de la historia del país, con miles de muertos y desaparecidos, decenas de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en Malvinas, la multiplicación por cinco de la deuda externa, el vaciamiento de empresas públicas y la destrucción de gran parte del aparato productivo del país.

Los crímenes cometidos por los militares son hoy denominados en el derecho internacional como “delitos de lesa humanidad”. Treinta mil desaparecidos, 400 niños robados y un país destruido fue el saldo más grave de la ocupación militar.

En el ámbito cultural, la censura -a la que el gobierno de facto llamó “servicio gratuito de lectura previa”- fue moneda corriente. Llegó a todos los órdenes, desde los medios masivos de comunicación hasta la vida cotidiana. Fueron cerradas las carreras universitarias de Psicología y Antropología y, en la provincia de Córdoba, llegó a prohibirse la enseñanza de la matemática moderna por considerársela subversiva. Las proscripciones iban desde la música de Mercedes Sosa hasta la lectura de Saint-Éxupery, autor de El Principito. También “desaparecieron” escritores, como Haroldo Conti y Roberto Santoro, el cineasta Raymundo Gleyzer y el historietista Héctor Oesterheld. Muchos otros se vieron obligados a exiliarse.

La escritora, música y poetisa María Elena Walsh se refería a esta situación en un artículo publicado en Clarín en agosto de 1979, en el que comparaba a la Argentina de la dictadura con un jardín de infantes. “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas”, resumía la autora de tantos clásicos infantiles, que se instaló con su música y su poesía en el corazón de varias generaciones de argentinos.

Fuente: “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, por María Elena Walsh, Diario Clarín, 16 de agosto de 1979; en  María Elena Walsh, Desventuras en el País Jardín-de-Infantes, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, págs. 13-18.

Si alguien quisiera recitar el clásico «Como amado en el amante / uno en otro residía…» por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar «por esa única vez» los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (…) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o «desaconsejables».  (…)

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?»

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. (…)

Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o «invitado»— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: «La inflación ha muerto» (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores. (…)

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. (…)

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal? (…)

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustarnos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna «lista» creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizarnos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes. (…)

Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese «sentido de familia» que se nos quiere inculcar escolarmente… y con interminables avisos de vinos.

Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.

Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: «No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada».

Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de «derechos humanos», era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.

Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.

Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.

La autora «está muy cansada», no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. (…)

Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, muñidos de anticonceptivos mentales.

Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar




domingo, 18 de octubre de 2026

La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas… @elprofesorcapomasi...

La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas…

Alta médica. El papa León XIV sale de la clínica Gemelli tras la operación, acompañado del cirujano Stefano Margaritora. Fotografía:  Gza Metrotel.

Por pedido de Francisco, el periodista, médico y escritor escribió un libro esencial sobre el tema. Hoy, ante la decisión de su salida del hospital, comenta que el posoperatorio de este tipo de situaciones suele ser doloroso y que la voluntad de Robert Francis Prevost podría ser un hecho relevante. Además, hace una historia de cómo los diferentes pontífices vivieron situaciones complejas y la reacción de la Santa Sede en cada caso. Desde la muerte misteriosa de Juan Pablo I hasta la de Jorge Bergoglio, que quiso “contarle de mis neurosis”, según sus propias palabras.

El alta de León XIV fue una decisión sorpresiva. A apenas cinco días de una compleja operación de pulmón, que incluyó la extirpación de una parte del órgano, quienes siguieron el caso, aun desde Italia, no esperaban que todo sucediera tan rápido. Los protocolos médicos sugieren otra conducta: hay protocolos ingleses que hablan de posoperatorios de muchos más días. Y quienes hayan atravesado una situación como la del Pontífice saben que es algo muy doloroso y que requiere cuidados. Pero también es cierto que quienes lo conocen saben que su voluntad de hacer el viaje de más de diez días a Sudamérica es esencial para él. Aun así, hay que esperar la evolución más allá de esta novedad.

No hay que olvidar lo que dijimos hace unos días: la operación fue un éxito; el diagnóstico, no. Tiene un cáncer, un tumor maligno de pulmón que se le extirpó en un estadio muy inicial, lo que le da una perspectiva muy buena.

Sin duda habrá novedades sobre cómo continúa la evolución. La cirugía ha sido curativa, aunque todavía faltan detalles. Le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho, es decir: una cirugía que anduvo bien, pero que exige una recuperación con cuidado y tranquilidad. Por eso también es importante revisar cómo trató la Santa Sede, a lo largo del tiempo, la salud de los pontífices.
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La operación de León XIV fue un éxito; el diagnóstico, no

Dudas. Sucesores de Pedro en la Tierra, por siglos los papas murieron ocupando su trono. Por eso, siempre un halo de misterio rodeó su salud y su aptitud física y psíquica para gobernar. Sin embargo, en los últimos años distintas circunstancias pusieron en duda que la capacidad para llevar adelante el complejísimo gobierno de la Iglesia se mantuviera hasta el último minuto de sus vidas. Que no se hablara públicamente del asunto no significa que la salud de los papas no fuera un factor primordial en la dinámica del poder dentro de la Iglesia.

Después del largo papado de Pío IX –duró 31 años–, los cardenales del cónclave determinaron que su sucesor debía ser alguien con una expectativa de vida mucho menor, para propiciar una renovación más activa y evitar los males del poder ejercido en administraciones tan prolongadas. Así eligieron a Gioacchino Pecci, que adoptó el nombre de León XIII. Al ser elegido, en 1878, tenía 67 años, una edad avanzada para la expectativa de vida de la época. Pero esa norma no se cumplió: el papa vivió 25 años más y murió el 20 de julio de 1903, a los 93. Durante su pontificado hubo una infinidad de rumores sobre su salud. Para desmentirlos se lo filmó caminando: fue el primer papa registrado por una cámara de cine.

Pío XII fue un hipocondríaco incorregible, rasgo que se acentuó con los años; seguía los temas médicos de forma obsesiva. Designó como médico personal a Riccardo Galeazzi-Lisi, cuyo comportamiento absolutamente antiético generó uno de los escándalos más resonantes de la historia del Vaticano: la venta a la revista Paris Match de fotos del papa agonizante en su lecho.

Juan XXIII tuvo un pontificado breve: apenas cinco años. El 23 de mayo de 1963, tras muchos cabildeos y rumores, la Santa Sede comunicó al mundo que padecía un cáncer de estómago. Fue su secretario, Loris Capovilla, quien hizo saber que la enfermedad había sido diagnosticada en septiembre de 1962. Se le propuso operarse, opción que rechazó por temor a que sus adversarios internos aprovecharan para frenar el Concilio Vaticano II.

Tumor de próstata. Pablo VI debió someterse a una cirugía por un tumor de próstata. La operación, exitosa, se realizó el 4 de noviembre de 1967. Se planteó entonces dónde hacerla: no había antecedentes de una situación así en la historia del papado, y para evitar cualquier exposición del ilustre paciente se improvisó un quirófano en el Palacio Apostólico, lo que lo expuso a un riesgo absolutamente evitable. Antes de la cirugía, el pontífice dejó cartas con indicaciones por si no se recuperaba de la anestesia o quedaba con alguna secuela física o mental.

El misterioso final de Juan Pablo I.

La muerte súbita de Juan Pablo I dio pie a una de las historias de intriga más intensas y novelescas dentro y fuera del Vaticano. En la madrugada del 29 de septiembre de 1978, apenas 33 días después de su elección, fue encontrado sin vida en su cama por las religiosas Margherita Marin y Vincenza Taffarel. Como se consideró inconveniente –y hasta escandaloso– que dos monjas hubiesen entrado a la habitación papal, se falsearon los hechos y se les ordenó guardar silencio absoluto. Eso, sumado a la negativa a realizar una autopsia, dejó un sinfín de rumores y sospechas que nunca se aclararon.

Juan Pablo II, en su larga agonía, marcó un primer cambio. Todos vimos ese calvario que el propio pontífice quiso que fuese visto por el mundo. Hubo conferencias de prensa de sus voceros y explicaciones profusas que, de todos modos, no siempre fueron consonantes con el cuadro clínico. Tal vez para evitar esa penuria, Benedicto XVI decidió renunciar cuando sintió que le faltaban fuerzas para seguir con las obligaciones de su cargo.

El caso de Francisco.

La salud fue un tema central en la elección de Francisco. Cuando Jorge Mario Bergoglio quedó como máximo favorito desde las primeras votaciones del cónclave de marzo de 2013, sus adversarios argumentaron que le faltaba un pulmón. Tras la fragilidad que habían exhibido Juan Pablo II y Benedicto XVI, se imponía alguien con buena salud. Fue el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, quien le preguntó directamente por su salud. Cuando Bergoglio respondió que lo que le habían extirpado hacía más de cincuenta años era un lóbulo del pulmón derecho, la cuestión quedó zanjada, y también la elección.

En agosto de 2013 recibí en mi casa una carta manuscrita de Francisco en la que, entre otras cosas, me decía que sería interesante que escribiese un libro sobre la salud de los papas. Lo tomé como un comentario gentil de quien sabía que había leído mi libro “Enfermos de poder”. Y ahí quedó. Nunca imaginé que cuatro años después, el 25 de octubre de 2017, en plena plaza de San Pedro, me diría: “Usted tiene una deuda conmigo. Ya le dije que debe escribir un libro sobre la salud de los papas, empezando por mí, para contarle de mis neurosis”.

Lo que siguió fue un torbellino hasta el momento único –que aún hoy me parece increíble– de estar sentado en el despacho papal del Palacio Apostólico para la entrevista en la que, por primera vez en la historia, un pontífice hablaba clara y abiertamente sobre su salud física y psíquica, abriendo una puerta sin retorno.

La salud de los papas, libro que sigue dando la vuelta al mundo, representa un hito en la historia del papado no por mí, sino por quien me pidió que lo hiciera: Francisco. Sin eso, tal vez no hubiésemos visto lo que sucedió el domingo pasado, cuando León XIV sorprendió al mundo al anunciar que debía operarse de un nódulo en el pulmón. Fue escueto pero preciso. Era un cuadro delicado, y la cirugía y la biopsia intraoperatoria confirmaron las sospechas: el papa tenía un cáncer de pulmón. Es una noticia impactante. León XIV es ahora un paciente oncológico que deberá someterse a controles periódicos durante los próximos cinco años.

“Cuando un papa se enferma de algo delicado, siempre hay aires de cónclave”, dijo Francisco en 2021 en una entrevista con la COPE. La frase, que refleja el clima de intriga permanente que se vive en el Vaticano, cobra en estas horas una notable y cruel vigencia.

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Los problemas de salud de los pontífices.

Juan XXIII

Fue diagnosticado con cáncer de estómago en 1962, cuando la enfermedad ya se encontraba en un estadio avanzado.

Mantuvo su actividad al frente de la Iglesia mientras su estado de salud permanecía en reserva.

Murió en 1963 a causa de una peritonitis provocada por la perforación del tumor gástrico.

Pablo VI

En 1967 fue sometido a una intervención quirúrgica por un agrandamiento de la próstata. Durante la década siguiente, una artrosis crónica que afectaba especialmente la rodilla derecha y las vértebras cervicales redujo progresivamente su movilidad. Murió en 1978, tras apartarse de la vida pública.

Juan Pablo I

Tuvo antecedentes de hipertensión arterial y problemas circulatorios. Durante su juventud padeció tuberculosis, lo que le dejó secuelas.

Fue encontrado sin vida en su dormitorio tras apenas 33 días de pontificado.

El diagnóstico del equipo médico oficial del Vaticano atribuyó su muerte a un infarto agudo de miocardio.

Juan Pablo II

Soportó varias secuelas físicas por el intento de asesinato de 1981. En 1992 le extirpación de un tumor de colon benigno. Además, soportó múltiples fracturas y cirugías de cadera y rodilla.

La enfermedad de Parkinson progresiva que mermó de manera notable su capacidad motora y del habla en sus últimos años.

Benedicto XVI

Experimentó dificultad para caminar y dolores articulares asociados a la edad, lo que influyó decisivamente en su renuncia histórica en 2013. Un mes después, el Vaticano confirmó que llevaba un marcapasos. Ya como papa emérito, padeció una infección facial identificada como erisipela.

Francisco

La resección parcial de pulmón en la juventud le acarreó algunas secuelas. Sufrió ciática crónica y problemas en la rodilla derecha, requiriendo uso de silla de ruedas y bastón en los últimos años. En 2021 padeció diverticulitis y una operación de colon. Cuadros agudos de bronquitis y neumonía bilateral en sus últimos años.





Liga Profesional - Torneo Clausura - Huracán 1 vs. Gimnasia y Esgrima de la Plata 2... @elprofesorcapomasi...

 El Lobo desinfló el Globo con un zarpazo en el descuento...


Gimnasia venció a Huracán en Parque Patricios por 2-1 con gol a los 52 minutos del segundo tiempo de Germán Conti y se convirtió en el nuevo líder de la Zona "B".

© Publicado el jueves 15/10/2026 por el Diario Jornada de la Ciudad de Trelew, Provincia del Chubut, República Argentina.


Gimnasia La Plata jugó un buen primer tiempo y sentenció el partido de forma agónica, para ganarle como visitante por 2 a 1 a Huracán y compartir la punta de la zona B del Torneo Clausura 2026, con una temporada que lo ilusiona con la clasificación a la Copa Libertadores.  

El experimentado mediocampista Ignacio “Nacho” Fernández abrió el marcador en el estadio Tomás Adolfo Ducó, a los 18 minutos del primer tiempo y, tras la igualdad parcial de Jordy Caicedo en 38 del segundo y de penal, Germán Conti cerró el partido de cabeza, en el sexto minuto de descuento.


El triunfo deja al equipo de Ariel Pereyra igualado en la primera posición del grupo B junto a Rosario Central, Belgrano y Argentinos Juniors, con 22 puntos, mientras que el “Globo” marcha sexto con 19 unidades.


En la próxima fecha, el “Lobo” será local ante Sarmiento el viernes 23 de octubre a las 19, mientras que los dirigidos por Diego Martínez visitarán a Rosario Central el sábado 24 desde las 21:30.


En un primer tiempo cambiante, el local arrancó mejor y tuvo la primera llegada de riesgo, a los cinco minutos, en la que un remate pinchado de Facundo Waller superó al arquero Harlen Castillo e impactó en su poste izquierdo.


A los 14 minutos de la primera parte, Caicedo bajó dentro del área un centro que venía desde la izquierda y permitió un nuevo remate de Waller, que le puso el empeine a su remate bajo, que Castillo desvió sobre su palo izquierdo.


Gimnasia abrió el marcador y comenzó a dominar a los 18 minutos, cuando una mala salida desde el fondo de Huracán permitió que Lucas Janson cruce un centro, que encontró a “Nacho” Fernández completamente solo en el área rival, conectando un cabezazo goleador de “palomita”.


En 24 minutos, “Nacho” filtró una pelota para habilitar al delantero Agustín Auzmendi, cuyo remate bajo buscaba el poste derecho del arquero Hernán Galíndez, que lo pudo contener.


La primera llegada del complemento fue del conjunto platense, a los 12 minutos y mediante un tiro libre cercano al borde del área, en el que Auzmendi no logró sorprender a Galíndez a pesar de rematar por debajo de la barrera.


Huracán no tuvo acercamientos hasta los 31 minutos, con una buena pelota de Juan Bisanz al segundo palo para que Caicedo defina a la carrera, dentro del área chica, aunque Castillo achicó los espacios y pudo adivinarle las intenciones.


El local consiguió la igualdad a los 38 minutos de la segunda parte y mediante un penal, luego de que el arquero Harlen Castillo derribara a César Ibáñez dentro del área: Jordy Caicedo se hizo cargo y cruzó un derechazo letal al ángulo, para el 1-1.


Solo un minuto después, un tiro libre fue peinado de cabeza para llegar al segundo poste y ser rematado por el defensor Germán Conti, que se llevó la pelota por delante y la mandó por encima del travesaño.


A los 40 minutos, un centro desde la izquierda le llegó al lateral Lucas Blondel al borde del área, que metió un gran derechazo cruzado aunque no pudo superar la excelente estirada de Castillo.


Cuando ya iban seis minutos de descuento y el partido parecía morirse empardado, Ignacio Fernández dio una demostración de su talento inigualable y, aunque estaba con la boca abierta del cansancio, cruzó un tiro libre al segundo palo para ponerle la pelota en la cabeza a Conti, que llevó el triunfo para La Plata con un frentazo goleador.


Síntesis:

Minuto a minuto.