¿Qué pasaría si Bullrich decidiera ser candidata?
Mientras el Presidente parece pensar en números que
no se condicen con la realidad, la senadora muestra una voz distinta.
“Yo tengo que ser sincera y decir ‘a mí no me tomen de tonta’ si estamos el día anterior en una mesa discutiendo y no nos enteramos de las cosas, yo siento que me toman de tonta” dijo Patricia Bullrich visiblemente molesta en la noche del jueves en la entrevista que le concedió a Eduardo Feinmann en A24. Ya en la mañana había hecho conocer su malestar por la falta de información en la entrevista con Ignacio Ortelli en su programa de Radio Rivadavia.
Esa falta de información era referida a los cambios ligados a la
Emergencia en Discapacidad. A esas expresiones de disgusto y desacuerdo con la
forma de conducción de los hermanos Milei, la jefa del bloque de senadores de
La Libertad Avanza le agregó, el viernes, un hecho más: la publicación de un
video en la que se la ve en su despacho revisando documentos en su notebook
junto a dos de sus colaboradores mientras suena la canción de Lali Espósito “No
me importa”. No hace falta mucho análisis para interpretar el significado de
este gesto de la senadora usando un tema de la artista a la que el Presidente
descalifica constantemente. ¿Qué pasaría si la senadora decidiera ir por su
candidatura presidencial? Todas las encuestas muestran qué, si el frente
electoral que de hecho constituyen La Libertad Avanza y el PRO se dividiese, la
reelección de Milei tendría destino de fracaso.
La falta de comunicación interna del gobierno representa un grave
problema que va en vías de agudizarse. El caso de Bullrich es, en realidad,
algo que dista mucho de una mera omisión justo con quien debe cerrar filas para
coordinar la estrategia de aprobación de las leyes en la cámara alta. Todo un
síntoma de los caprichos y desconfianzas que anidan en el poder. El aislamiento
de Javier Milei y la delegación de la gestión en su hermana se ahonda a medida
que la adversidad se hace presente con la fuerza de los hechos. El Presidente reúne
a su gente –ministros y legisladores– no para escuchar sino para arengar.
Quiere que la única voz que llegue a los oídos de la dirigencia oficialista sea
la suya. Hace acordar mucho a Cristina Fernández de Kirchner. En los años de su
apogeo se le atribuía al poderoso secretario Legal y Técnico de la Presidencia
una frase que se repetía con insistencia. Era la siguiente: “con Cristina no se
habla; a Cristina se la escucha”. Cierta o no, la frase expresaba una verdad
que sufrían ministros, secretarios, subsecretarios, gobernadores, diputados,
senadores y un largo etcétera de funcionarios peronistas que debían limitarse a
acatar sumisamente las directivas de la entonces presidenta sin tener la más
mínima posibilidad de expresar un disenso o aporte crítico. Quien se atrevía a
hacerlo era inexorablemente castigado. A CFK le tenían miedo, cosa que a ella
le encantaba. Lo hizo saber sin tapujos en una de sus tantas peroratas por la
Cadenas Nacional de Radio y Televisión el 6 de septiembre de 2012, cuando dijo sin
inmutarse: “Solo hay que temerle a Dios. Y a mí, en todo caso, un poquito”. Se
sentía todopoderosa y disfrutaba de esa forma de ejercer el poder.
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Lo mismo está ocurriendo ahora dentro del actual gobierno. Quien
despierta el temor mayor es Karina Milei, “La Jefa”. El aislamiento es uno de
los elementos clave del síndrome de Hubris que claramente afecta al jefe de
Estado. Encerrado en su micromundo, él cree que la realidad es la que él
imagina y no la que es. Una muestra de ello fue la reunión a la que convocó a
dirigentes de La Libertad Avanza a escuchar su larga verborragia del lunes.
Allí les ordenó que no se dejaran psicopatear por lo que manifiestan quienes
son críticos de su gestión. Para Milei no existen el desempleo, la caída del
consumo, las dificultades de una inmensa cantidad de gente para llegar a fin de
mes ni el cierre de empresas. El parte que difundió la Presidencia señala que
el jefe de Estado habló de un crecimiento de la economía que ya lleva 27 meses
y de un consumo privado en guarismos históricos. Y para seguir con lo
histórico, agregó que la velocidad del crecimiento económico es cuatro veces
mayor a la consignada históricamente. Es obvio que lo que él afirma no se
condice con la realidad que viven millones de personas.
Esto lo saben muchos de sus funcionarios. El problema es que, salvo la
senadora Bullrich, nadie se atreve a decírselo a los hermanos Milei. Es un
secreto a voces que Luis Caputo viene expresando en sus reuniones con diversos
sectores y funcionarios sus preocupaciones por el estancamiento de la actividad
económica. Esto mismo lo ve también el jefe de Gabinete, Diego Santilli. Los
números de las encuestas que marcan la caída de imagen y aprobación del
gobierno –al que se mencionó líneas arriba– son sostenidos. Lo cuantitativo
encierra también un fenómeno cualitativo: esa baja significa una defección de
parte del voto mileísta. Una forma directa de apreciarlo es observar lo que
pasa en las redes, universo que solía ser una usina de apoyos sostenidos y
ruidosos hacia el líder de LLA. Hoy esa intensidad ya no está.
El vocero de un funcionario técnico describió un temor creciente que
preocupa a más de uno en la estructura libertaria: “No se trata solamente de
haber perdido cierta capacidad de maniobra cuando los resultados no salen de
acuerdo a lo esperado. El problema es que el culto a ‘morir con las botas puestas’
dejó de ser un dicho pasajero de alguien convencido que está haciendo las cosas
bien, a transformarse en una posibilidad real y concreta”. Saber corregir el
rumbo a tiempo, es una cualidad absolutamente necesaria en un presidente.
Mientras tanto, las fuerzas del cielo navegan entre nubarrones que están a la
vista de todos.
























































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