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lunes, 19 de enero de 2026

Un troll para representarnos ante la Unión Europea… @elprofesorcapomasi...

Un troll para representarnos ante la Unión Europea…

Un troll para representarnos ante la Unión Europea. Dibujo: CEDOC

El Gobierno designó a Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea, aunque su figura se asocia más al conflicto que a la mediación. Es una apuesta deliberada por trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional. 

© Escrito por Jorge Fontevecchia el lunes 19/01/2026 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un dato administrativo ni un gesto menor de política exterior. Es una definición estratégica que condensa una concepción del mundo. En un momento en que el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea exige mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.

No se trata de un error ni de una improvisación: es un mensaje político deliberado. La Argentina no busca adaptarse a la lógica diplomática europea, sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la batalla cultural interna al plano internacional, aun cuando ese escenario demanda exactamente lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una comprensión fina de las reglas no escritas del poder.

El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner a la Argentina en una escena que exige sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales, pero también demanda una diplomacia activa para aprovechar las oportunidades con flexibilidad. No es un momento para improvisar ni para posiciones fundamentalistas.

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La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación. Es negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre Estados mediante métodos distintos a la guerra”.

Nicolson no hablaba desde la abstracción académica, sino desde la experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto permanente conduce al colapso y que la palabra, aun débil, suele ser más eficaz que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación, el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.

La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política exterior. Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los mecanismos clásicos de mediación y consenso. Su estilo privilegia la confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.

No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia. Negociar implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y negros.

El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el alineamiento automático con Estados Unidos y replica la política exterior impulsada por Donald Trump.

La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica el retiro bajo un único argumento: la “alianza estratégica” con Washington, incluso cuando esa decisión implique aislar a la Argentina de los principales espacios multilaterales del sistema internacional. La decisión cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones Exteriores, y solo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para concretarse.

Javier Milei nombró a Fernando Iglesias como embajador argentino en Bélgica.

Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como un sinsentido estratégico, dado que esos organismos son plataformas centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la articulación global. Aun así, el Gobierno resolvió imitar la retirada de Estados Unidos, aunque de manera parcial, para no poner en riesgo créditos y proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos espacios.

El repliegue genera una contradicción política de fondo: mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para ocupar la Secretaría General del organismo.

Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a sus embajadas, instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas van en sentido opuesto.

Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de la política por otros medios. La diplomacia podría pensarse como su reverso: la política que evita la guerra por medios más sutiles. Requiere cálculo, empatía estratégica y una comprensión fina del adversario. Nada más lejano al registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene sus métodos específicos que le son propios.

Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso. Es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la confrontación mediática, en las redes sociales y en un estilo deliberadamente provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.

Durante el gobierno de Alberto Fernández, cobró relevancia por la confrontación permanente en el Parlamento. Vamos a ver, a modo de ejemplo, algunos de estos episodios. Pero primero, un testimonio de Martín Soria, que actualmente es senador. La polémica era, en ese entonces, por la oposición a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la política”, decía Soria en ese momento.

Durante el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso del 1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.

En ese contexto se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO, Iglesias, le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”, bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún insulto”.

En otra ocasión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía la sesión. Lejos de dejar pasar el agravio, Moreau interrumpió el trámite parlamentario y lo confrontó a Iglesias, exponiendo lo que el diputado del PRO decía fuera del micrófono. "¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente 'pelotuda' como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde", expuso la diputada.

Otro de los hechos que causaron indignación ocurrió cuando, en una polémica con Hugo Moyano, Iglesias retuiteó una amenaza contra el dirigente sindical. El episodio se produjo en julio de 2020, cuando el entonces diputado nacional Iglesias replicó en su cuenta personal de Twitter un mensaje de un usuario anónimo que incluía la imagen de un rifle y una frase interpretada como una amenaza directa contra la familia Moyano.

El retuit se dio en el marco de un conflicto sindical entre el gremio de Camioneros y Mercado Libre, luego de que Iglesias publicara comentarios satíricos y críticas contra los Moyano por el reclamo de encuadramiento gremial de los trabajadores de la empresa.

En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025, Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo. Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante y vas a eso”.

Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.

Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para el ejercicio de la diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en Twitter, donde la atención es escasa y el conflicto es el combustible del intercambio.

Pero la diplomacia opera en un registro exactamente inverso: acumula matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la diagonal común, del consenso y, muchas veces, sugiere más de lo que dice. En definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige discreción, escucha activa y capacidad de administrar tensiones sin exacerbarlas.

Su trayectoria pública muestra una preferencia constante por la confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como capital político. Ese estilo puede haberle resultado eficaz en la arena doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca frontalmente con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es fondo y donde cada palabra tiene peso diplomático.

Acuerdo UE–Mercosur: oportunidades y beneficios para la Argentina.

La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a marcar posiciones, incluso a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, aun cuando el acuerdo Mercosur–Unión Europea exige exactamente lo contrario: paciencia, pragmatismo y flexibilidad negociadora.

La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional: la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una semana después, ante la Unión Europea. El argumento del Gobierno fue el ahorro logístico y, además, sostiene que Iglesias ejercerá el cargo sin perjuicio de su función como embajador ante Bélgica.

El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de Diputados y su participación en giras oficiales, pero la realidad es que, si hablamos de trayectoria y experiencia profesional, no parece ser la mejor opción.

¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político está atravesado por desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de radicalización política previo al golpe de 1976.

Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo en derechos humanos y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo fue alejando progresivamente de la izquierda tradicional.

Su ingreso formal a la política institucional se dio en 2007, como diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió. Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones orientadas más al debate ideológico que a la construcción de consensos legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad de expresión y se destacó por su retórica confrontativa, que lo convirtió en una figura mediática antes que en un articulador parlamentario.

Tras un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En ese ciclo profundizó su perfil de polemista, especialmente en redes sociales, y se asumió como uno de los “halcones” del espacio. Defensor incondicional del gobierno de Mauricio Macri, incluso en sus momentos de mayor debilidad, su figura se asoció a la idea de batalla cultural y a una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como adversario central.

En los últimos años, su trayectoria volvió a mutar al alinearse con Milei y La Libertad Avanza, sin abandonar formalmente el PRO. Desde ese lugar respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas disruptivas en nombre de un cambio histórico.

Ursula von der Leyen prometió que el acuerdo traerá "oportunidades, empleo y prosperidad" a ambas partes.

Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y polemista permanente a representante diplomático, en una transición que resume tanto su itinerario político personal como la concepción anti-diplomática del actual oficialismo.

Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura gran parte de su discurso. Esa lectura interna, trasladada a la arena internacional, corre el riesgo de simplificar procesos complejos y de confundir disputas domésticas con alineamientos globales. Pero esta visión encaja con una matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y con sectores de la nueva derecha global.

El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o el “comunismo”, entendido en sentido expansivo y casi metafísico.

Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense, e igual que Milei sintetiza en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario absoluto, incompatible con la república y la libertad.

Ese paralelismo responde a la lógica de la batalla cultural como marco interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es una competencia entre programas, sino una guerra civil fría entre libertad y comunismo, entre Occidente y su disolución interna.

La política debe tornarse más agresiva porque, en su relato épico, el riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige una narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales. Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo. Exige paciencia.

El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa. Por un lado, la Argentina celebra el acuerdo. Por otro, designa como representante a alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal de provocación. Nada de esto parece accidental.

Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se juega solo en la coherencia interna del relato. Se juega en mesas de negociación donde el estilo importa, donde una palabra mal dicha puede bloquear un expediente durante años.

La diplomacia cultural, además, requiere sensibilidad. Europa no es un bloque homogéneo ni un adversario ideológico. Es un entramado de intereses, valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo ofrece para nuestro país.

El riesgo es que la embajada se convierta en una tribuna de la batalla cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede subordinada a la lógica del like y la polarización.

La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará chocando con la realidad internacional. Porque la diplomacia no perdona los gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a provocaciones, sino a intereses y consensos.

Producción de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi. TV/ff.






domingo, 12 de mayo de 2024

Nada cambió. El Ferrocidio sigue ahí… @dealgunamanera...

Nada cambió. El Ferrocidio sigue ahí…

Bienvenidos al tren, Javier Milei. Dibujo: Pablo Temes

Tras el accidente de Palermo, es obvio que nadie sabe a ciencia cierta cuál es el nivel de acción de los organismos de control del Estado.

© Escrito por Nelson Castro el domingo 12/05/2024 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

La tragedia estuvo a punto de enseñorearse otra vez en el atribulado devenir de la Argentina. De milagro no se produjeron víctimas fatales, luego del tremendo choque de trenes ocurrido en la media mañana del viernes pasado en las vías del Ferrocarril San Martín a la altura del puente que cruza la avenida Figueroa Alcorta. Víctimas fatales es un eufemismo que se usa para evitar hablar de muertos. La baja velocidad a la que iba el tren de pasajeros que embistió a “La Liviana” –nombre con que se denomina en la jerga ferroviaria a la formación compuesta por una locomotora y un furgón que estaba reparando un tramo de la vía, que viene desde la estación de Retiro– hizo que sólo hubiera heridos y politraumatizados. 

El recuerdo de la Tragedia de Once, sucedida el 22 de febrero de 2012 a las 8.36 de la mañana, fue y es inevitable. Es menester recordar que allí la historia terminó de la peor manera ya que perdieron la vida 51 personas. Falta de mantenimiento, ausencia de controles, obsolescencia del material rodante y corrupción fueron las causas que llevaron a ese desenlace. Fueron la crónica de una tragedia anunciada. Pasaron 12 años, dos meses y 20 días de aquella jornada lúgubre, y, como se ve, nada ha cambiado. Todo sigue igual lo que, en los hechos significa peor.

Desde el nefasto momento en que el expresidente Carlos Menem junto a su ministro de Economía, Domingo Cavallo, hicieron aquel anuncio –lamentable y erróneamente celebrado por muchos–, que postulaba  “ramal que para, ramal que cierra”, se ha vivido un deterioro imparable de gran parte de la vasta red ferroviaria de nuestro país. Se cerraron más de seiscientas estaciones sólo en la provincia de Buenos Aires, hiriendo de muerte a pueblos enteros que quedaron incomunicados y fueron condenados al abandono y la desaparición. Aquel hecho fue el pasaporte que dio paso a ese verdadero disparate. La red ferroviaria debió haber sido cuidada como un verdadero tesoro. 

Hoy en día, los países que marchan a la cabeza del desarrollo privilegian al tren como un medio de transporte altamente seguro y amigable para el medio ambiente. Recuperar lo que se perdió es lisa y llanamente imposible. Hace ya cinco años un informe de la Asociación Latinoamericana de Ferrocarriles determinó que el transporte en camión es dos veces más caro. En Argentina sólo el 5% de la carga comercial se transporta por vía ferroviaria. Esos números se mantienen inalterables. ¿Cómo se explica semejante atraso con cálculos tan elocuentes? Aquí calza perfecto la figura y el imperio que el sindicalista de camioneros Hugo Moyano supo construir al calor y con la complicidad del poder.

El clan Moyano y el grupo de obsecuentes y patoteros que lo rodea ha servido como fuerza de choque y contención de varios de los gobiernos peronistas. Los Moyano son uno o varios grupos empresariales, beneficiados por el poder de turno. Representan la figura perfecta del sindicalista empresario que se posiciona de ambos lados del mostrador. Compañías de servicios de salud, empresas de construcción, negocios en el fútbol, son sólo una muestra de su imperio. Basta con una pregunta para correr el velo al entramado de negocios sucios y poder: ¿Quiénes son los clientes de estas empresas? La respuesta es muy sencilla: la obra social de Camioneros, el sindicato de Camioneros, la Federación de Camioneros, la mutual de Camioneros, el Club de Fútbol Camioneros y el Club Independiente (durante el lapso en que Moyano fue presidente de esa institución cuyo final fue vergonzoso. 

En la actualidad el conspicuo integrante de la casta sindical conserva suficiente poder para imponerse con sus caprichos y decisiones. El mejor ejemplo fue la reforma laboral que no pudo ser convertida en ley tal cual estaba pensada. Efectivamente el corazón de la reforma laboral se fue a la basura. Los sindicatos festejaron la continuidad de los aportes solidarios que cada trabajador debe hacer a su gremio aunque no esté afiliado. Lo mismo ocurrió con la ausencia de sanciones a los bloqueos empresariales, una práctica llevada adelante por la patota de Camioneros en reiteradas oportunidades. Entre otras cosas, la llamada caja sindical ha quedado intacta. Ésta es una descripción de una pequeña parte de la realidad que estanca el crecimiento y la prosperidad de la Argentina como Nación. El final de los trenes que se inició con la soberbia de un expresidente, siguió adelante con la complicidad de los que lo sucedieron en el poder.

El robo de cables y los déficits de mantenimiento del Ferrocarril San Martín –y seguramente de las otras líneas– viene siendo denunciado desde mediados del año pasado. El tema del robo de cables en particular, habla de la degradación social que se vive desde hace ya demasiados años en nuestro país. El riesgo de morir electrocutado en el intento es un ejemplo de la inconsciencia y la marginalidad de quienes cometen tamaño vandalismo. Tan solo queda imaginar la desesperada situación y la falta de apego a la vida de quienes se embarcan en esa locura. Circula en las redes un video de un trabajador ferroviario que, en julio del año pasado, lo explicó y denunció con todas las letras. Sin embargo, durante el gobierno de Alberto Fernández, Cristina Fernández de Kirchner y Sergio Massa, nada se hizo, tanto para evitar esto como para subsanar sus consecuencias. Nada parece haberse hecho tampoco en este gobierno para enmendar esta realidad.

Nadie sabe a ciencia cierta cuál es el nivel de acción y/o eficacia de los organismos de control del Estado. Se recuerda siempre que, en los meses previos a la Tragedia de Once, la Auditoría General de la Nación había emitido un informe donde alertaba sobre la posibilidad de accidentes graves en el Ferrocarril Sarmiento, al que nadie prestó atención. Nada parece mostrar que en el presente las cosas sean diferentes. Asistimos impávidos a lo que Juan Carlos Sena describió a la perfección en su libro como: “El Ferrocidio”.



domingo, 23 de octubre de 2022

Las peligrosísimas imprecisiones y vaguedades de Mauricio Macri... @dealgunamaneraok...

 Las peligrosísimas imprecisiones y vaguedades de Mauricio Macri...



El ex presidente Mauricio Macri. Fotografía: Nicolás Stulberg.

En todas sus intervenciones, el ex presidente es muy enfático cuando se trata de despotricar contra el kirchnerismo y el populismo. Pero, ¿qué va a hacer cuando llegue al poder, si es que le toca? ¿Cuáles serán las medidas concretas?

© Escrito por Ernesto Tenembaum el domingo 23/10/2022 y publicado por el Diario Digital Infobae de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

Hace muy poquito tiempo, apenas siete años, la sociedad argentina -o una enorme parte de ella- estaba cansada de 
Cristina Kirchner. En todos los estudios de opinión se expresaba una mayoritaria voluntad de cambio. Luego de un trabajo constante, valiente y muy esforzado, Mauricio Macri logró transformarse en la expresión política de ese deseo. Así, llegó a Presidente de la Nación. Algo parecido intenta ahora. En cada una de sus apariciones vocifera en contra del actual estado de cosas. Se trata de un método que ya le funcionó hace unos años. ¿Por qué no iría a funcionarle ahora que la voluntad de cambio es mucho más fuerte?

En aquel 2015, Macri también era bastante 
ambiguo respecto de lo que haría cuando llegara al poder. Casi nadie le preguntaba demasiado, porque la sociedad privilegiaba su necesidad de cambio. Y a él no le convenía ser muy preciso. Al fin y al cabo, el deseo de cambio unía desde Hugo Moyano hasta Elisa Carrió. Las precisiones, en cambio, podían dividirle al electorado. Sin embargo, había algo que tenía en claro: eliminaría el control de cambios -el famoso cepo- apenas asumiera. El “cepo” era un símbolo rechazado por los argentinos y el candidato se aprovechaba de eso para consolidar votos.

Mucha gente seria le advirtió que no lo hiciera. Los escépticos tenían argumentos muy razonables. Existía una demanda de 
dólares que había sido reprimida durante cuatro años. Si levantaba el cepo los dólares volarían y él tendría que tomar deuda a corto plazo y alto interés para cubrir el bache. Ese escenario sería explosivo. Ante cualquier inconveniente, habría una corrida. Macri respondía que él generaría la confianza necesaria para que eso no ocurriera.

Se confirmaron los peores vaticinios. No fue casualidad. Fue una 
catástrofe muy previsible. Había mucho material escrito sobre qué ocurre cuando se elimina livianamente un régimen de control de cambios. Solo era cuestión de escuchar a economistas diferentes a aquellos que creen que todo se resuelve con un “presupuesto equilibrado”, esos que el prestigioso director de Fiel, Fernando Navajas, describe como “monetaristas de una sola neurona”.

Dado ese antecedente, la pregunta es obvia: ¿la Argentina no estará por 
repetir esa experiencia? ¿Hay algún elemento que permita deducir que, esta vez, las cosas se están pensando con más seriedad?

Alfonso Prat-Gay, ministro de Economía de Cambiemos, juntos al ex presidente Mauricio Macri y al ex jefe de Gabinete Marcos Peña (AP)

En todas sus intervenciones, Macri es muy enfático cuando se trata de despotricar contra el kirchnerismo, denunciar la falacia de las ideas progresistas, luchar por lo que él define como libertad y contra el populismo. De esta manera, intenta interpretar, como en aquel entonces, el espíritu de la época. Pero, ¿qué va a hacer cuando llegue al poder, si es que le toca? ¿Cuáles serán las medidas concretas? ¿Cómo lo va a hacer?

En la gira mediática que hizo para presentar su libro, el ex presidente ofreció indicios preocupantes. En una entrevista con Jonatan Viale, Macri explicaba con soltura que la Argentina no puede vivir con tantos tipos de cambio, que así nadie va a invertir nunca y que en un país normal hay un solo tipo de cambio.

Cierto.

Viale entonces le preguntó:

-Si unificás el tipo de cambio quiere decir que vas a devaluar el oficial. O sea: si ustedes son Gobierno, ¿eso quiere decir que va a haber una devaluación?

Era una pregunta sencilla para un hombre con tanta experiencia. Se trataba apenas de responder con un monosílabo: sí o no. Tal vez con una aclaración posterior. La respuesta completa de Macri es muy ilustrativa de que algunos temas centrales no están resueltos.

-Primero hay que restablecer la confianza con una idea clara de lo que vamos a hacer…

Así arrancó: de la devaluación, nada.

--…Por eso el “para qué” (muestra la tapa de su libro titulado de esa manera)…¿Para qué vas a usar el poder? Para que se sepa que vamos a lograr en la Argentina tener un presupuesto sano. Eso significa que no vamos a gastar más de lo que ingresa…

¿Y el dólar, ingeniero? ¿Qué va a hacer con el dólar?

Para qué, el segundo libro de Mauricio Macri 

Sigue Macri:

--…Vamos a cobrar impuestos razonables. Vamos a hacer una emergencia laboral para que la gente pueda entrar al mercado en blanco. Hoy más de la mitad de la gente está en negro…

Eso, sin duda, es un problema. Pero no era la pregunta.

Continúa el candidato:

--…Acá siguen defendiendo el privilegio de unos poquitos dejando afuera a una mayoría de argentinos. Y vamos a tratar de tener una justicia ordenada porque nadie va a invertir en un país si un juez laboral saca un fallo que hunde a una Pyme. Y eso pasa todos los días. Entonces todas esas cosas las tenemos que arreglar…

A estas alturas ya era inútil tener la esperanza de que Macri iba a aclarar cómo unificaría el tipo de cambio.

Pero él seguía:

--…Dejame decirte una cosa. De vuelta, para la positividad. He viajado mucho por Medio Oriente. He viajado por los Estados Unidos, por Europa, en China mantengo las relaciones…

Ajá.

--…Todos siguen pensando, más después de la guerra, que una zona de paz como América Latina para proveerse de alimentos y energías es estratégica. Ahora: no están dispuestos a darnos más plata para que despilfarremos el dinero en corruptelas, no están dispuestos a poner plata en un país donde ellos, sus ciudadanos se ajustan el cinturón y nosotros no estamos dispuestos a pagar las tarifas que corresponden. Están dispuestos a financiar a un país con gente normal…

Macri hizo, como quien dice, un gran firulete pero evitó responder un planteo sencillo y definitorio. Si el cepo está mal, ¿va a 
unificar? ¿eso significa que va a devaluar? Es un problema complejísimo: si no unifica deberá seguir conviviendo con múltiples tipos de cambio; si lo hace la inflación puede ser tremenda. Por eso son necesarias más explicaciones. Algo más que eso al menos. Un pequeño esfuerzo que aclare, al menos, que entiende el problema, que reconozca que no basta con principios generales para gobernar.

-El levantamiento del cepo: ¿inmediato? ¿A mediano plazo?
—le preguntó Diego Shenkman unos días después.

Macri hizo una pausa.

-Va a depender de…de qué…de cuál es la situación de partida, de cuál es el apoyo externo que se va a tener, que va a ser poco…y además, de cuan profundo sea el…el…el…el vértice…o la fuerza fiscal, ¿no? Nosotros tenemos que lograr el equilibrio fiscal en el momento cero. No puede esperarse gradualmente. Eso tiene que ser desde el momento cero. Nosotros tenemos que decirle al mundo que nos curamos. No somos más borrachos.

Recorrida de Mauricio Macri junto al diputado Cristian Ritondo por San Nicolás

Pareciera ser, entonces, que si no hay dólares, Macri no levantaría el cepo. Pero, entonces, sería necesario explicar cómo se conseguirían esos dólares y en cuánto tiempo. Las cosas, como se ve, se empiezan a complejizar. No son tan sencillas. Al parecer, además, Macri vincula el levantamiento del cepo con el equilibrio fiscal. Si no hay déficit, eso generaría confianza y eso permitiría levantar el cepo. ¿Será así? Hay economistas muy serios que no ven una relación tan lineal entre ambas cosas. ¿No sería mejor explicarlo mejor?

Hay otro problema con las propuestas generales de Macri. Esta misma semana, el mundo se estremeció con la renuncia de 
Elizabet Truss como primera ministra británica, apenas 45 días después de haber asumido el cargo. Para conseguir su nombramiento, Truss propuso una drástica reducción de los impuestos, entre ellos, de los impuestos a las personas más ricas (“impuestos razonables”, en la jerga de Macri) y un “presupuesto equilibrado”. En un célebre debate, su competidor -el ex ministro de Finanzas conservador, Rishi Sunak- se burló: “Pero Liz, si haces eso, van a subir las tasas de interés y vas a mandar a la quiebra a miles de familia”. Liz no escuchó, como Macri en el 2015 al levantar el cepo y, al mismo tiempo, reducir las retenciones. Los mercados reaccionaron violentamente cuando percibieron los efectos fiscales del recorte de impuestos. Subió la tasa de interés. La libra se devaluó. Truss renunció.

Lograr un 
presupuesto equilibrado –mucho más en un marco de reducción de impuestos- es una operación muy sofisticada, que puede salir mal. Truss ahora, como Macri entonces, asumieron con una retórica pro mercado pero fueron abandonados, justamente, por los mercados. Si un gobierno recorta gastos puede ocurrir que provoque una recesión y que eso reduzca la recaudación. Así las cosas, no se reduciría el déficit: sería una medida dolorosa e inútil a la vez. Macri propone en su último libro abrir la economía y que las empresas que no puedan competir cierren. “Ya les dimos demasiado tiempo”, advirtió. “No puede ser que los argentinos paguen precios más altos porque las industrias son ineficientes”. Eso significaría que habría que importar lo que se dejaría de producir acá. Pero no hay dólares. ¿Y entonces?

Las 
imprecisiones vaguedades de Macri además, aparecen en todos los ámbitos. Macri explicó, por ejemplo, que hay que darles más facultades a las Fuerzas Armadas para que los “pseudomapuches” no interfieran con el desarrollo de Vaca Muerta. Es confuso: Vaca Muerta está viviendo en estos meses un proceso de crecimiento explosivo. Nadie está frenando eso. O sea, que mandaría militares para solucionar a tiros un conflicto que, al menos en los términos en que lo plantea, no existe.

Macri dijo que se pone a llorar cada vez que ve cómo los jóvenes argentinos se van al exterior. “Antes del 2019 se iban los narcos, ahora se van ellos”, dijo. Desde la dirección de Migraciones le respondieron con estadísticas concretas. Antes del 2015, emigraban 50 personas por día, ahora solo 18.

Tal vez esos números estén fraguados.

Puede ser que Macri tenga razón.

O no.

Pero, ¿Cuáles son sus números concretos?

Ninguno.

El libro que acaba de publicar Macri es un ejemplo muy elocuente de esas limitaciones. En la anteúltima página (258) se lee textualmente: “He dejado para el final el tema de la 
educación porque es el más importante de todos”. Pero le dedica apenas un párrafo de 10 líneas. Su experiencia en la presidencia de Boca Juniors, en cambio, mereció 80 páginas. Apenas diez páginas, en cambio, alcanzan para que Macri explique todo lo que hay que hacer en el país. En ningún lugar el libro da cuenta de las dificultades, de la complejidad de cada medida, de las posibilidades de que, aún con las mejores intenciones, todo termine con más inflación y más pobreza, como sucedió en su mandato anterior. Tal vez no tuvo ganas de dedicarle mayor esfuerzo. Seguramente le resultaban más atractivas las anécdotas que compartió con Riquelme, Palermo, Bianchi o el eterno ajuste de cuentas con su padre ya fallecido. Las páginas pasan y pasan. Macri está siempre en el centro de la escena como un líder inteligente, tolerante, humano, con capacidad de aprendizaje. Pero en ese recorrido el país, sus problemas, sus desafíos aparecen apenas como telón de fondo.

Mauricio Macri, ex presidente de la Nación

En este contexto, hay una oración que ubica a Macri en uno de los lugares más extremos de la historia del pensamiento capitalista. Javier Milei aún no llegó tan lejos. Los debates serios acerca de la participación del Estado en la economía han sido siempre muy complejos porque las economías capitalistas, en general, son mixtas. El ejemplo clásico para disuadir a las concepciones más opuestas a la participación estatal es el chileno, donde el Estado es el principal exportador de cobre. Sin embargo, es cierto que algunos teóricos consideran que el Estado solo debería tener cuatro funciones: salud, seguridad, justicia y educación. Macri va aún más allá que ellos. Escribe textualmente: “Pasar de la lógica de un Estado paternalista a uno que se ocupe solo de sus funciones esenciales como son la seguridad, la educación y la justicia requiere un apoyo profundo y un compromiso explícito por parte de los ciudadanos”. ¿No falta una de las funciones esenciales? ¿No se olvidó de la salud pública? ¿Cuál sería la propuesta concreta? ¿Qué se desmantelen todos los servicios de salud que brinda el Estado? ¿No merece un poquito más de desarrollo una idea tan novedosa? ¿Lo haría el primer día como sugiere que hay que hacer todo?

Durante una campaña electoral, es sencillo evitar respuestas complicadas y reemplazarlas por esloganes y banderas ideológicas. Si se quiere, es una de los elementos que se le atribuyen habitualmente al 
populismo, sea de derecha –como en este caso- o de izquierda. Se elige un enemigo real o ficticio y se lo ataca. Eso llena páginas y páginas de libros y minutos y minutos de entrevistas. El enemigo tal cosa y tal otra. Pero, después, llega el momento de gobernar y pasan cosas. Ahora, ¿no será al revés? ¿No ocurrirá que esas heroicas banderas se levantan como una cortina de humo para no tener que explicar demasiado lo que va a hacer?

En las últimas décadas, la Argentina ha pagado un costo muy alto por votar a personas que llegaban con discursos a favor de la justicia social y la distribución del ingreso, pero no sabían cómo alcanzar esos objetivos y provocaban un desastre. Y a otras que llegaban proponiendo construir una economía normal que asegurara la estabilidad y el crecimiento, pero tampoco tenían idea de cómo llegar hasta allí y provocaban otro desastre. Cada tantos años, los argentinos votamos a unos para sacarse de encima a los otros, o viceversa. Siempre con el mismo resultado.

Macri quiere volver al poder envuelto en banderas antipopulistas.

Pero cuando le preguntan qué va hacer con el dólar responde que ha viajado mucho por Medio Oriente.

Qué tranquilidad.