La cátedra de
la dignidad...·
Soledad Pastorutti.
Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino exceso de historia. Silencios que pesan como una mochila cargada de siglos. Silencios que anuncian que algo está a punto de romperse. Uno de esos silencios quedó suspendido en el estudio de CNN International en Miami aquella noche. No era la calma técnica antes de un corte ni la pausa amable de la televisión. Era un silencio espeso, incómodo, casi violento. El silencio previo a una verdad que no pide permiso.
© Escrito por Roberto Arnaiz, Escritor e Historiador, el viernes 26/12/2025 y publicado en robertoarnaiz.com/blog en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
El día que Soledad Pastorutti puso al mundo en su
lugar.
18 de diciembre de 2025
Hay
silencios que no son ausencia de sonido, sino exceso de historia. Silencios que
pesan como una mochila cargada de siglos. Silencios que anuncian que algo está
a punto de romperse. Uno de esos silencios quedó suspendido en el estudio de
CNN International en Miami aquella noche. No era la calma técnica antes de un
corte ni la pausa amable de la televisión. Era un silencio espeso, incómodo,
casi violento. El silencio previo a una verdad que no pide permiso.
Frente
a las cámaras se sentaban dos figuras que no solo representaban personas, sino
mundos enteros. De un lado, Derek Harrison, periodista británico, prolijo hasta
el último gesto, producto refinado del establishment mediático global. Del
otro, Soledad Pastorutti. “La Sole”. No una cantante invitada a promocionar un
disco, sino un vendaval nacido en Arequito, síntesis viva de patios de tierra,
guitarras gastadas, bombos legüeros y voces heredadas.
La
pregunta cayó como caen siempre las ofensas del poder: con una sonrisa educada
y una dosis precisa de veneno.
—Tu
música… es esencialmente para gente de campo, sin mucha educación, ¿correcto?
No es exactamente lo que la gente educada escucharía en una sala de conciertos
seria.
No
hubo insulto directo. Hubo algo peor: desprecio envuelto en corrección política.
El viejo gesto colonial disfrazado de curiosidad periodística.
Millones
de personas contuvieron el aliento. Pero lo que Harrison no sabía —lo que nadie
en ese estudio sabía— era que Soledad no había ido allí a defenderse. Había ido
a enseñar. Y no a enseñar música, sino algo mucho más incómodo: dignidad.
La preparación de una batalla.
Días
antes, lejos del brillo de las cámaras, Soledad había leído. No letras de
canciones, sino estudios, cifras, investigaciones. Sabía que el folklore,
cuando es atacado, no se defiende con gritos ni con golpes bajos. Se defiende
con verdad. Su manager había detectado el patrón: Harrison solía mirar con
condescendencia todo lo que no entrara en su idea estrecha de “alta cultura”.
Soledad
no se amedrentó. Vio una oportunidad. Una productora aliada le acercó datos,
papers, estadísticas. Ella los estudió con la seriedad de quien entiende que no
se representa solo a sí misma. No iba a hablar por su carrera. Iba a hablar por
los que nunca pisan un estudio de televisión, pero cargan una cultura entera en
la espalda.
No
iba a responder desde la herida. Iba a responder desde el conocimiento.
Ocho segundos eternos.
De
regreso en el estudio, tras la pregunta, Soledad guardó silencio. Ocho
segundos. En televisión, una eternidad. No frunció el ceño. No se indignó.
Sonrió. Fue la sonrisa de quien ya ganó la partida antes de mover la última
ficha.
—Gracias,
Derek —dijo con una calma que cortaba el aire—. Gracias por darme la
oportunidad de educar a quince millones de personas sobre algo que claramente
no conocés.
Ahí
empezó todo.
Se
levantó de la silla. Ese gesto mínimo rompió la jerarquía visual del set. Ya no
estaba sentada como invitada. Estaba de pie como quien toma la palabra en
nombre de otros. Las pantallas comenzaron a mostrar cifras. Datos. Hechos.
Habló
del Festival de Cosquín, de esa marea humana que cada enero convierte a las
sierras cordobesas en el corazón cultural del país. Medio millón de personas
reunidas alrededor de una música que, según el prejuicio, sería “menor”.
—¿Medio
millón de personas sin educación? —preguntó, sin elevar la voz.
Mencionó
cátedras universitarias, estudios musicológicos, la complejidad rítmica de una
chacarera bien tocada, capaz de poner en aprietos a músicos formados en los
conservatorios más exigentes del mundo. El folklore no es simple: es profundo.
No es tosco: es sofisticado. Tosco es no querer entenderlo.
Harrison
comenzó a moverse incómodo. Por primera vez, el periodista parecía no tener
control del relato.
Cuando los números no alcanzan.
Pero
Soledad sabía que las estadísticas, solas, no conmueven. Entonces bajó la
guardia académica y habló desde donde duele y desde donde importa.
Habló
de su padre. Camionero. Mecánico. Manos destruidas por el trabajo. Manos
honestas. Al final del día, una guitarra apoyada en las rodillas. No para
exhibirse. Para respirar.
—En
esas canciones —dijo— había más sabiduría sobre la vida, sobre la dignidad del
trabajo y el amor por la tierra, que en muchos libros que leí después.
Habló
de su abuela Ofelia. No sabía leer ni escribir. Pero sabía cantar. Doscientas
canciones guardadas en la memoria. Doscientas historias transmitidas sin papel,
sin tinta, sin academia. Un archivo viviente.
Ahí
redefinió el concepto de educación frente a una audiencia global. Educación no
es solo acumular títulos colgados en una pared. Educación es preservar la
memoria, transmitir valores y saber quién sos cuando todo lo demás se pierde.
Nombró
a Atahualpa Yupanqui conversando con filósofos en París. A Mercedes Sosa
cantando en los escenarios más prestigiosos del mundo. El folklore no pide
permiso. Entra porque trae verdad.
—El
folklore es la prueba de que a un pueblo pueden quitarle todo, menos el alma.
En
el estudio, incluso los técnicos bajaron la mirada. Algunos tenían los ojos
húmedos.
Ignorancia y algo peor.
El
momento final fue quirúrgico. Soledad se acercó a Harrison. No para humillarlo.
Para explicarle.
—La
ignorancia es no saber —dijo—. Pero la estupidez es opinar con autoridad sobre
lo que no se conoce.
No
hubo aplausos. No hacían falta. Harrison quedó desarmado. Pidió disculpas. Y
ahí apareció la verdadera estatura de Soledad: no buscó el trofeo de la
humillación. Le puso una condición. Que usara su lugar para aprender. Que fuera
a Cosquín. Que escuchara antes de juzgar.
Aceptó.
Lo que quedó después.
Treinta
minutos de televisión generaron un impacto que cruzó fronteras e idiomas. El
video se viralizó, sí. Pero lo importante ocurrió lejos de las redes. En las
casas. En los pueblos. En los chicos que vieron a alguien como ellos defender
su cultura en un escenario global.
Meses
después, Harrison llegó a Cosquín. Caminó entre bombos, humo de choripanes y
guitarras abiertas. Lloró. No de culpa. De comprensión. Entendió que el
folklore no es nostalgia: es resistencia. No es pasado: es futuro.
Años
más tarde, Soledad recibió un premio. No lo dedicó al éxito. Lo dedicó a su
padre, a su abuela y, sorprendentemente, a Harrison. Porque tuvo el coraje de
cambiar.
Esta
historia no es solo sobre música. Es sobre dignidad. En un mundo que intenta
uniformarnos, defender las raíces es un acto profundamente revolucionario.
La
verdadera altura no se mide por la solemnidad de una sala de conciertos, sino
por la profundidad de la verdad que se canta.
El
folklore no es cosa del pasado. Es la voz eterna de los pueblos que se niegan,
simplemente, a ser silenciados.