Triunfos políticos, pero sin derrame en la economía…
Fue el
fin de año soñado para el Gobierno. Inimaginable tan solo tres meses y medio
atrás. Aquel 6 de septiembre fue un día de pesadilla no solo para el
oficialismo, sino también para el país. La aplastante victoria electoral del
peronismo en las elecciones para la Legislatura provincial y los concejos
deliberantes en las intendencias en la provincia de Buenos Aires representaron
un golpe tremendo para La Libertad Avanza que dejó al desnudo los gruesos
errores cometidos por Karina Milei tanto en el armado de las listas de
candidatos como en la estrategia de campaña.
“Tenemos
que aprender de los errores cometidos”, dijo con rostro adusto el Presidente en
su discurso en el que reconoció la derrota. No está claro cuánto de ello –el
reconocimiento de los errores propios– ocurrió en la campaña. Lo que quedó
claro fue que ocurrieron dos cosas que permitieron revertir ese resultado de
catástrofe para el oficialismo: la primera fue la soberbia que exhibió el
kirchnerismo ante la posibilidad de su reverdecer, lo que generó el espanto de
un sector de la sociedad que, habiendo decidido no ir a votar en la elección
provincial, tuvo clara conciencia del abismo al que otra vez se asomaba la
Argentina si el peronismo ganaba y, aun discrepando de muchas de las ideas y
medidas adoptadas por el Gobierno, cambió de parecer y fue a sufragar en la
elección del 26 de octubre para frenar cualquier posibilidad de una vuelta a
esa espantosa gestión que terminó con una inflación anual del 211,4%.
Para
completar ese alineamiento de los planetas favorable al Gobierno, es menester
incluir el escándalo de corrupción que sacude los cimientos de la Asociación
del Fútbol Argentino que, a la manera de un poderoso viento de cola, ha ayudado
– y seguramente lo seguirá ayudando– al oficialismo a surfear diciembre y enero
sin ningún sobresalto, a contramano de lo que habían predicho los líderes de la
decadente CGT, algunos dirigentes de la izquierda y los gerentes de la pobreza
En el peronismo, por su parte, son cada vez más los que empiezan a inquietarse
con las revelaciones que sobre este asunto se van produciendo a diario. La
trama permite enmarcar al “Afagate” como un caso de corrupción y lavado de
dinero. Se ha abierto ante los ojos de la opinión pública un encadenamiento de
hechos y personajes que muestran cómo esa máquina de generar dinero turbio y
usarlo para objetivos también turbios –que se remonta a la época del
Grondonato– continuó hasta el presente, con metodologías más sofisticadas y,
hasta hoy, con lo misma impunidad.
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Las
revelaciones de esta semana pusieron en el centro de la escena a Javier Faroni,
que supo ser un exitoso productor teatral en Mar del Plata, quien, de la noche
a la mañana, sorprendió apareciendo como miembro del directorio de Aerolíneas
Argentinas en los albores de la presidencia de Alberto Fernández, siendo que no
tenía ningún antecedente dentro de la actividad aerocomercial. Debió dejar este
cargo en 2022 en medio de denuncias por bienes no declarados en el exterior y
acrecentamientos patrimoniales. Se lo recuerda porque en los años de la
pandemia se encargó de organizar los vuelos de repatriación de futbolistas. Ese
fue el comienzo de su relación con Claudio Tapia.
La foto,
pues, muestra una situación política absolutamente favorable para el Gobierno.
La consolidación de su poder en las dos cámaras del Congreso le garantizan la
gobernabilidad, es decir, la posibilidad de implementar las medidas necesarias
para llevar adelante su gestión. Esta circunstancia tiene, en principio, dos
consecuencias: la primera es que aparece otra vez la peligrosa tendencia del
oficialismo a gobernar por decretos de necesidad y urgencia; la segunda, que
Javier Milei no podrá adjudicar al kirchnerismo ser la causa de los eventuales
problemas, errores, dificultades o malos resultados de su gestión.
Desde el
punto de vista de la economía, el año que pasó dejó expuesta una dualidad cuya
solución representa el principal desafío del Gobierno: la macroeconomía se
ordenó, pero eso no representó en paralelo una mejoría para el bolsillo de la
gente de a pie. Ese “derrame” aún no llegó.
La
reforma de la ley de Inteligencia, formalizada el viernes a la mañana a través
del decreto 941/2025 publicado en el Boletín Oficial, representa un ejemplo
claro de lo arriba expresado. Es, claramente, una violación flagrante de los
principios establecidos en la Constitución Nacional. Una reforma de este tipo
debe hacerse exclusivamente por medio de una ley, es decir, debe ser aprobada
por el Congreso. Constitucionalistas destacados de diversas corrientes
ideológicas han coincidido en su crítica. Como muy bien lo señaló con absoluta
contundencia y claridad el Prof. Dr. Daniel Sabsay, este decreto “concede
facultades extraordinarias al Presidente. Entre otras aberraciones, un
funcionario podrá detener a personas en la vía pública. Espero que la Justicia
declare la inconstitucionalidad”. Si esto lo hubiera hecho el kirchnerismo,
todos los integrantes de este gobierno, con Javier Milei a la cabeza, lo
estarían criticando severamente.
El
relativismo moral es uno de los grandes males de la política en la Argentina y
en el mundo. Si Milei quisiera convertirse en un verdadero estadista, no
debería permitir tales avasallamientos.





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