La vida es un tablero de ajedrez donde los cuadros blancos son los días y los cuadros negros son las noches. Nosotros, somos las piezas que vamos de aquí para allá para caer al final en el cuadro de la nada... De Alguna Manera... Una Alternativa…
Líbano. Bombardeos sobre Beirut. El uso bélico de la inteligencia artificial,
debatido en el conflicto en Medio Oriente. Fotografía: Getty Images.
La IA empieza a ocupar un lugar central en el
terreno militar. La reciente disputa entre Anthropic y el Pentágono reactivó el
debate sobre los riesgos y dilemas éticos de entregar el control de armas
letales a estas herramientas.
Uno de los principales incentivos para el desarrollo tecnológico a lo largo de
la historia ha sido el uso militar. El ejemplo paradigmático es el Proyecto
Manhattan, que durante la Segunda Guerra Mundial reunió en los Estados Unidos a
los mejores cerebros y muchísimo dinero para desarrollar en solo tres años una
bomba atómica antes de que lo hiciera, como se temía, el régimen de Adolf
Hitler. El conocimiento desarrollado con apuro permitió luego, en tiempos de
paz, aprovechar la energía nuclear.
En la actualidad, la tecnología que podría compararse con ese ambicioso
proyecto es la IA generativa: países como Estados Unidos y China, sobre todo,
compiten por desarrollar sus modelos, a los que consideran clave para definir
la disputa geopolítica entre ambas potencias. Esta tecnología podría incidir en
cuestiones de distinto tipo, desde comerciales o científicas hasta logísticas o
espaciales. Pero el área en el que esta herramienta podría resultar más
determinante ‒y la más discutida‒ es la militar.
El uso bélico de la IA generativa se debate desde hace tiempo: un caso que
avivó la discusión y la instaló en un primer plano internacional ocurrió en
2024, durante el contraataque de Israel a Palestina. Durante varios días
prácticamente se delegó en una IA llamada Lavender el
bombardeo sobre presuntos blancos terroristas, a pesar del margen de error
estadístico de esta herramienta.
Ahora la discusión se reactivó en los Estados Unidos por la negativa de la
empresa Anthropic a que su herramienta de IA generativa tenga control total
sobre armas letales o sea usadas para tareas de vigilancia interior. La disputa
entre la empresa desarrolladora de Claude y el Pentágono escaló y abrió un
debate necesario sobre el uso militar de las IA.
Una empresa moral
Darío Amodei es el CEO de Anthropic, una empresa que fundó luego de abandonar
OpenAI por discrepar con su CEO, Sam Altman. Desde el punto de vista de Amodei,
la urgencia económica no daba tiempo para testear los potenciales usos
peligrosos de las herramientas. Por eso, en 2021 decidió armar su propia
compañía.
Anthropic no solo parecía la cara más «ética» de Silicon Valley, sino que lanzó
una de las herramientas mejor valoradas del mercado de IA generativa: Claude.
Gracias a su posterior asociación con Amazon, que le prestó infraestructura,
dinero y contactos, la nueva empresa pudo conseguir algunos anhelados contratos
con el Estado norteamericano, incluido el aparato militar, que le permitieron
importantes ingresos.
El dinero fue bienvenido, pero generó una fuerte
tensión con el discurso ético deAmodei,
quien se mostró independiente de su nuevo cliente, por ejemplo, criticando la
política de volver a exportar chips a China. Sobre el tema específico de la IA
generativa, denunció violaciones a acuerdos sobre el uso de una versión de Claude
retocada para uso militar que fue utilizada en el secuestro de Nicolás Maduro.
Amodei dio a conocer públicamente sus opiniones frente a un Gobierno al que no
le gusta en absoluto la disidencia.
El diálogo terminó de quebrarse el 26 de febrero cuando el CEO de Anthropic
publicó una carta abierta en la que reconocía que era el Departamento de
Guerra, «no empresas privadas, quienes toman las decisiones militares», pero
que «en algunos pocos casos, la IA puede minar, más que defender, valores
democráticos. Algunos usos también están fuera de los límites de lo que la
tecnología de hoy puede hacer de manera segura y confiable».
Al día siguiente de esta publicación se vencía el plazo para llegar a un
acuerdo con el Pentágono que exigía, según Amodei, que se quitaran todas las
salvaguardas que impedían a la IA ser usada para automatizar totalmente armas
letales o usarlas para la vigilancia interna. Como era de esperar, la
publicación fue leída como una declaración de guerra por el propio presidente
Donald Trump quien respondió en su red social Truth Social con un extenso
posteo: «Los locos izquierdistas de Anthropic acaban de cometer un ERROR
DESASTROSO intentando torcer EL BRAZO del Departamento de Guerra». En el mismo
tono escribieron otros funcionarios.
Desde el Pentágono aseguraron que su plan no era hacer ninguna de las tareas
que denunciaba Amodei, sino que simplemente querían disponer de toda la
capacidad de la herramienta en caso de urgencia. Luego, el Gobierno
de Estados Unidos declaró a Anthropic como un «riesgo para la cadena de
suministro», prohibió sus herramientas en el Estado y también contratar a
quienes tuvieran vínculos con ellas. El anuncio funcionó como una gigantesca
advertencia para una industria a la que Trump viene protegiendo como a pocas.
Empleados de distintas empresas de IA apoyaron la posición de Amodei y
convocaron a otros empresarios a imitarlo. Algunos de estos líderes, como Sam
Altman, hablaron en favor de Anthropic, pero pronto se supo que habían firmado
un contrato suficientemente ambiguo con el Pentágono como para que este pudiera
hacer lo que quisiera con sus herramientas.
Urgido, el mismo Amodei pidió reabrir las negociaciones, sin suerte, por lo que
presentó una demanda contra el Gobierno de los Estados Unidos para que se revierta
su condición de «riesgo para la seguridad nacional». Aun si consigue un fallo
favorable, su relación con los clientes más grandes quedará seriamente dañada,
al menos hasta que haya un cambio de signo político en el Gobierno
estadounidense.
Dinero y locura
La inversión en IA generativa que se está realizando en los Estados Unidos es
tan desmedida que cada vez más especialistas señalan que va a ser imposible recuperarla.
Por eso, cualquier contrato es valorado enormemente, no tanto por los ingresos
que propicia (que no llegan a modificar una ecuación muy deficitaria), sino
porque ayuda a generar un aura de sostenibilidad económica. Por eso, no resulta
extraño que OpenAI y Google se hayan alineado rápidamente para conseguir los
contratos del Estado que Anthropic acaba de perder. Negocios son los negocios.
Más allá de la problemática cuestión comercial, lo más preocupante es que el
Gobierno de los Estados Unidos considere una buena idea delegar el control
total de armas de guerra en IA generativas. Tal como explicó Amodei, estas no
dan garantías suficientes para tareas que requieren certezas.
Es que, pese a lo engañoso del nombre, la inteligencia artificial no es
inteligencia, sino estadística. Si bien resulta sorprendente lo que puede
hacer, el mecanismo probabilístico sobre el que se construye también define sus
límites. Por eso se repiten las historias en que distintas IA cometen lo que
resulta un error evidente para cualquier humano. Al ser herramientas
estadísticas que se basan en miles de millones de ejemplos, carecen de un
criterio propio y pueden generar respuestas poco sensatas en áreas para las que
no tienen suficientes datos, estos quedaron viejos o simplemente arrojan algo
«posible» pero improbable simplemente porque los datos con los que cuentan
avalan esa posibilidad.
Este límite puede no ser tan grave en casos de una tarea escolar o una receta
de cocina, pero cuando se trata de un arma letal, puede costar miles de vidas.
De hecho, se sabe que la IA Claude fue utilizada en el ataque a Irán pese a la
prohibición publicada por Trump horas antes: durante ese ataque, según denuncia
Irán, se bombardeó una escuela en la que murieron más de 170 niñas. El caso
está en discusión, pero no debería descontarse un «error estadístico» o que
estuviera basado en información vieja, como indican algunas investigaciones.
La disputa entre Anthropic y el Gobierno de los Estados Unidos es excepcional
para ilustrar la relación simbiótica entre una industria que necesita contratos
y desregulación, por un lado, y un Gobierno que busca automatizar decisiones
con IA para conseguir un aura de neutralidad ideológica que reduzca las
críticas y disidencias internas.
¿Tiene Manuel Adorni el ‘boleto picado”? No son pocos
los que dentro del mismo gobierno dicen que sí. Sobrevuela por los pasillos del
poder el fantasma del caso de José Luis Espert, al que el Presidente defendió
con uñas y dientes hasta el final de sus días como diputado tras el escándalo
que lo vinculó a Fred Machado, el empresario argentino detenido en los Estados
Unidos bajo la acusación de conspiración, lavado de activos y estafas.
Defenderlo al jefe de Gabinete se hace día tras día más difícil. La fallida conferencia
de prensa del miércoles pasado así lo demostró. Habría bastado con que Manuel
Adorni hubiese mostrado la factura del pago de los vuelos privados de ida y de
vuelta a Punta del Este para que la enmarañada riña en que acabó el ida y
vuelta con los periodistas hubiese llegado a su fin. “Acá está la factura.
Fin!” hubiera sido la frase –la única posible– que habría puesto un punto final
contundente a ese intercambio de chicanas con las que el jefe de Gabinete
intentó desacreditar a los colegas que, preguntando y repreguntando –que es lo
que los periodistas hacemos– buscaban las respuestas que nunca llegaron. “Sos
apenas un periodista”, dijo un Adorni claramente conturbado para no contestar a
uno de los colegas que, sin arredrarse insistió preguntando sobre quién había
pagado esos vuelos.
Quienes conocemos al jefe de Gabinete de su paso por los medios, sabemos
lo que hubiera dicho si un funcionario hubiese estado en su misma situación:
“Afuera. Fin”.
Es notable, pues, observar cómo el poder modifica las conductas de las
personas. Y, como se ve, eso atraviesa a casi todos los partidos y estructuras
políticas, sean de la ideología que fueren. Escudarse en la supuesta reserva
judicial para no dar a conocer el documento que hubiera aclarado el tema y
puesto fin a todo este asunto que ha generado una crisis política dentro del
oficialismo que desnuda, además, las internas brutales que lo atraviesan.
En este momento, Adorni representa un problema para el Gobierno. Ya no
le sirve porque socava sus bases de credibilidad entre sus adeptos y da pie
para que desde el peronismo kirchnerista se disfracen de honestos y paladines
de una probidad que nunca tuvieron. ¡Un verdadero disparate! El mejor servicio
y favor que Adorni le debería hacer al Presidente y al Gobierno todo es
renunciar. Sin embargo, Javier Milei y su hermana Karina han decidido
mantenerlo en su cargo cueste lo que costare, lo que constituye un grosero
error. Y, para reforzar esa defensa, el Presidente ordenó que conspicuos
integrantes del Poder Ejecutivo asistieran a la conferencia de prensa para la
que hubo mucho “coaching que, como siempre pasa cuando la verdad está ausente,
no sirvió para nada. Así se los vio en primera fila al ministro de Economía,
Luis Caputo, a la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, al “coloso”
Federico Sturzenegger y a Santiago Caputo con caras de piedra y azoro,
seguramente conscientes del barro en el que estaba metido el jefe de Gabinete
El caso Adorni reavivó las internas –feroces– entre la hermana del
Presidente y Santiago Caputo. ¡Es notable comprobar una vez más la embriaguez
que produce el poder! A ninguno de los dos parece interesarles el daño que le
hacen al Gobierno. Tampoco parece que esto le interese mucho a Javier Milei.
Penoso.
La decisión de la Corte de Apelaciones de Nueva York anulando el juicio
contra la Argentina por la expropiación de YPF no pudo haber ocurrido en mejor
momento para el Gobierno. En medio del “affaire” Adorni, la noticia –excelente–
obró como un salvavidas que, además, despejó el horizonte aún complejo de la
estrategia economía del Gobierno. Para tomar dimensión de lo que hubiera
representado un fallo adverso, basta con ponderar los siguientes datos: los 16
mil millones de dólares que había establecido la jueza Loretta Preska que, con
adicionales, hubiera llegado a 18 mil millones, equivalían a la mitad de las
exportaciones agropecuarias y superaban el total de préstamos que el Fondo
Monetario Internacional le otorgó para mantener el programa económico. Un fallo
adverso, hubiese acarreado un sin fin de problemas al país. Hay que recordar
que, ante la negativa del Gobierno de entablar una negociación, el fondo
Burford venía tratando demeter presión a nivel internacional para embargar
activos que empezaban por las acciones de YPF y seguían por las reservas de oro
del Banco Central, los aviones de Aerolíneas Argentinas, plantas de energía de
Enarsa y los satélites de Arsat.
En su mensaje en la red social X, Javier Milei le agradeció las
gestiones del Departamento de Estado –es decir del gobierno de Donald Trump– en
la defensa de la posición argentina.
Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, que fueron los
responsables de haber originado este problema mayúsculo para el país, y
Mauricio Macri salieron a reivindicar su gestión en este largo juicio, al mismo
tiempo que lo hizo Milei en su mensaje por cadena nacional. Lo de la ex
presidenta y el actual gobernador –a la sazón el ministro de Economía que
instrumentó la nacionalización de YPF– es de un cinismo que no sorprende. Ambos
deberían leer con atención el fallo de la Corte de Apelaciones que señala
explícitamente que el Estado argentino violó de manera flagrante su compromiso
con los inversores. ¡Incorregibles ambos, Jorge Luis Borges dixit!
Un
troll para representarnos ante la Unión Europea…
Un troll para representarnos ante la Unión Europea. Dibujo: CEDOC
El Gobierno designó a Fernando Iglesias como
embajador argentino ante la Unión Europea, aunque su figura se asocia más al
conflicto que a la mediación. Es una apuesta deliberada por trasladar el
conflicto ideológico interno al plano internacional.
La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un dato
administrativo ni un gesto menor de política exterior. Es una definición
estratégica que condensa una concepción del mundo. En un momento en que
el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea exige
mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta
por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.
No se trata de un error ni de una improvisación: es un mensaje político
deliberado. La Argentina no busca adaptarse a la lógica diplomática europea,
sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la
batalla cultural interna al plano internacional, aun cuando ese escenario
demanda exactamente lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una
comprensión fina de las reglas no escritas del poder.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner a la
Argentina en una escena que exige sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos
décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales,
pero también demanda una diplomacia activa para aprovechar las oportunidades
con flexibilidad. No es un momento para improvisar ni para posiciones
fundamentalistas.
La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación. Es
negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y
administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold
Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones
internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias
que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre
Estados mediante métodos distintos a la guerra”.
Nicolson no hablaba desde la abstracción académica, sino desde la
experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto
permanente conduce al colapso y que la palabra, aun débil, suele ser más eficaz
que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la
lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación,
el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.
La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política
exterior.Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los
mecanismos clásicos de mediación y consenso. Su estilo privilegia la
confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la
diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.
No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia. Negociar
implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso
público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades
absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y
negros.
El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos
y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente
a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el
alineamiento automático con Estados Unidos y replica la política exterior
impulsada por Donald Trump.
La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica
el retiro bajo un único argumento: la “alianza estratégica” con
Washington, incluso cuando esa decisión implique aislar a la Argentina de los
principales espacios multilaterales del sistema internacional. La decisión
cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones
Exteriores, y solo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para
concretarse.
Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como
un sinsentido estratégico, dado que esos organismos son plataformas
centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la
articulación global. Aun así, el Gobierno resolvió imitar la retirada de
Estados Unidos, aunque de manera parcial, para no poner en riesgo créditos y
proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos
espacios.
El repliegue genera una contradicción política de fondo:
mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo
tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para
ocupar la Secretaría General del organismo.
Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a
sus embajadas, instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son
consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el
multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas van en sentido
opuesto.
Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. La diplomacia podría pensarse como su reverso: la
política que evita la guerra por medios más sutiles. Requiere cálculo, empatía
estratégica y una comprensión fina del adversario. Nada más lejano al
registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene sus métodos
específicos que le son propios.
Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso.
Es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la
confrontación mediática, en las redes sociales y en un estilo deliberadamente
provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.
Durante el gobierno de Alberto Fernández, cobró relevancia por
la confrontación permanente en el Parlamento. Vamos a ver, a modo de ejemplo,
algunos de estos episodios. Pero primero, un testimonio de Martín Soria,
que actualmente es senador. La polémica era, en ese entonces, por la oposición
a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es
costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la
política”, decía Soria en ese momento.
Durante el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso del
1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte
clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que
restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.
En ese contexto se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO,Iglesias,
le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró
del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el
estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”,
bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el
propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún
insulto”.
En otra ocasión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del
cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía la sesión. Lejos de
dejar pasar el agravio, Moreau interrumpió el trámite parlamentario y lo
confrontó a Iglesias, exponiendo lo que el diputado del PRO decía fuera del
micrófono. "¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente 'pelotuda'
como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde",
expuso la diputada.
Otro de los hechos que causaron indignación ocurrió cuando, en una
polémica con HugoMoyano, Iglesias retuiteó una amenaza
contra el dirigente sindical. El episodio se produjo en julio de 2020,
cuando el entonces diputado nacional Iglesias replicó en su cuenta personal de
Twitter un mensaje de un usuario anónimo que incluía la imagen de un rifle y
una frase interpretada como una amenaza directa contra la familia Moyano.
El retuit se dio en el marco de un conflicto sindical entre el gremio
de Camioneros y Mercado Libre, luego de que
Iglesias publicara comentarios satíricos y críticas contra los Moyano por el
reclamo de encuadramiento gremial de los trabajadores de la empresa.
En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025,
Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de
algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo.
Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y
tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante
y vas a eso”.
Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das
dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste
nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es
algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo
principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.
Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes
sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era
Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para el ejercicio de la
diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir
una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en
Twitter, donde la atención es escasa y el conflicto es el combustible del
intercambio.
Pero la diplomacia opera en un registro exactamente inverso: acumula
matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la
diagonal común, del consenso y, muchas veces, sugiere más de lo que dice. En
definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige
discreción, escucha activa y capacidad de administrar tensiones sin
exacerbarlas.
Su trayectoria pública muestra una preferencia constante por la
confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como
capital político. Ese estilo puede haberle resultado eficaz en la arena
doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca
frontalmente con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es
fondo y donde cada palabra tiene peso diplomático.
La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni
como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que
encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a
marcar posiciones, incluso a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por
trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, aun cuando el
acuerdo Mercosur–Unión Europea exige exactamente lo contrario: paciencia, pragmatismo
y flexibilidad negociadora.
La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional:
la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una
semana después, ante la Unión Europea. El argumento del Gobierno fue el ahorro
logístico y, además, sostiene que Iglesias ejercerá el cargo sin perjuicio de
su función como embajador ante Bélgica.
El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su
paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de
Diputados y su participación en giras oficiales, pero la realidad es que, si
hablamos de trayectoria y experiencia profesional, no parece ser la mejor
opción.
¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político
está atravesado por desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la
confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el
trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de
radicalización política previo al golpe de 1976.
Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo en derechos humanos
y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la
crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo
fue alejando progresivamente de la izquierda tradicional.
Su ingreso formal a la política institucional se dio en 2007, como
diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió.
Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones
orientadas más al debate ideológico que a la construcción de consensos
legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad
de expresión y se destacó por su retórica confrontativa, que lo convirtió en
una figura mediática antes que en un articulador parlamentario.
Tras un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados
en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En
ese ciclo profundizó su perfil de polemista, especialmente en redes sociales, y
se asumió como uno de los “halcones” del espacio. Defensor
incondicional del gobierno de Mauricio Macri, incluso en sus
momentos de mayor debilidad, su figura se asoció a la idea de batalla cultural
y a una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como
adversario central.
En los últimos años, su trayectoria volvió a mutar al alinearse con
Milei y La Libertad Avanza, sin abandonar formalmente el PRO. Desde
ese lugar respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas
disruptivas en nombre de un cambio histórico.
Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede
leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y
polemista permanente a representante diplomático, en una transición que resume
tanto su itinerario político personal como la concepción
anti-diplomática del actual oficialismo.
Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura
gran parte de su discurso. Esa lectura interna, trasladada a la arena
internacional, corre el riesgo de simplificar procesos complejos y de confundir
disputas domésticas con alineamientos globales. Pero esta visión encaja con una
matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y
con sectores de la nueva derecha global.
El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con
contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza
local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o
el “comunismo”, entendido en sentido expansivo y casi metafísico.
Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o
en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense,
e igual que Milei sintetiza en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y
económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario
absoluto, incompatible con la república y la libertad.
Ese paralelismo responde a la lógica de la batalla cultural como marco
interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es una competencia
entre programas, sino una guerra civil fría entre libertad y comunismo, entre
Occidente y su disolución interna.
La política debe tornarse más agresiva porque, en su relato épico, el
riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige una
narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales.
Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo.
Exige paciencia.
El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa. Por un
lado, la Argentina celebra el acuerdo. Por otro, designa como representante a
alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal
de provocación. Nada de esto parece accidental.
Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la
diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a
Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá
confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se
juega solo en la coherencia interna del relato. Se juega en mesas de negociación
donde el estilo importa, donde una palabra mal dicha puede bloquear un
expediente durante años.
La diplomacia cultural, además, requiere sensibilidad. Europa no es un
bloque homogéneo ni un adversario ideológico. Es un entramado de intereses,
valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa
complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo
ofrece para nuestro país.
El riesgo es que la embajada se convierta en una tribuna de la batalla
cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes
locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede
subordinada a la lógica del like y la polarización.
La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar
el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará
chocando con la realidad internacional. Porque la diplomacia no perdona los
gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a
provocaciones, sino a intereses y consensos.
Producción
de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi. TV/ff.
Es difícil creerlo, pero el calendario ya nos empuja hacia 2026. Termina un año
muy duro para los sectores populares y no solo por las políticas del Gobierno
nacional. Hace apenas un año, pocos –muy pocos– imaginaban la velocidad y la
profundidad con la que el nuevo Gobierno de Estados Unidos iba a sacudir el
tablero global. El regreso de Donald Trump no fue solo un cambio de nombres en
la Casa Blanca: fue la consolidación de un giro ultraderechista que volvió a
marcar la agenda internacional, habilitó discursos que creíamos más o menos
saldados y reordenó, una vez más, el campo mediático a escala planetaria.
Desde
este lado del mundo, en la Argentina, ese temblor no se sintió como algo
lejano. Al contrario: ya estaba instalado por Milei y, con Trump, solo se
amplificó. En un país atravesado por una crisis económica persistente, con un
Gobierno que hace una bandera del desprecio y la agresión al periodismo –como
en el caso extremo del reportero gráfico Pablo Grillo–, el clima global
funciona como legitimación y combustible. Si Trump insulta a la prensa y acusa
de «enemigos» a los medios críticos, acá tiene ejecutores propios. Si las
grandes plataformas tecnológicas ajustan algoritmos, monetización y reglas
según sus intereses y los de un puñado de multimillonarios, los medios
hegemónicos locales hacen lo suyo.
El
periodismo alternativo atraviesa hoy desafíos enormes: financieros, políticos,
judiciales y también culturales. Las audiencias se achican y se fragmentan, la
precarización avanza y la presión –explícita o solapada– desde el poder se
vuelve moneda corriente. En un escenario dominado por las decisiones opacas de
big techs y por empresarios que conciben a los medios como herramientas de
disciplinamiento o negocios personales, sostener una voz crítica no es fácil.
Pero sigue siendo imprescindible.
En
ese contexto, cada mensaje de apoyo, cada suscripción nueva, cada lector que
decide bancar un proyecto periodístico serio y honesto funciona como un
recordatorio potente: aquí estamos. Hay una parte de la sociedad que entiende
que sin información confiable, sin investigación, sin preguntas incómodas, la democracia
se vacía rápido. Que el periodismo no es un lujo ni un capricho corporativo,
sino un bien público.
A
lo largo de este año cubrimos la Argentina real: la de los ajustes que no
cierran, la de los conflictos sociales, la de las discusiones culturales, la de
las resistencias pequeñas y grandes, las de la economía social y cooperativa. Y
también miramos al mundo, porque lo que pasa afuera importa, condiciona y
muchas veces anticipa lo que después aterriza acá. El avance de la ultraderecha
no es un fenómeno aislado ni una excentricidad ajena: es parte del mismo clima
de época que nos atraviesa.
Cerrar
el año es, inevitablemente, un ejercicio de balance. Y en medio de tanta
incertidumbre, hay algo que vale la pena subrayar: el periodismo alternativo
sigue en pie porque hay lectores que lo sostienen. Porque hay quienes, incluso
cansados, incluso golpeados, eligen no resignarse a la desinformación, al grito
fácil o al cinismo.
Gracias
por haber estado del otro lado en 2025. Por leer, compartir, criticar y apoyar.
Si estás festejando, o simplemente intentando descansar un poco en medio del
ruido, ojalá tengas un buen cierre de año y un respiro merecido. El año que
viene nos volveremos a encontrar, con los mismos desafíos –y la misma
convicción– de que contar lo que pasa sigue valiendo la pena.