La vida es un tablero de ajedrez donde los cuadros blancos son los días y los cuadros negros son las noches. Nosotros, somos las piezas que vamos de aquí para allá para caer al final en el cuadro de la nada... De Alguna Manera... Una Alternativa…
¿Tiene Manuel Adorni el ‘boleto picado”? No son pocos
los que dentro del mismo gobierno dicen que sí. Sobrevuela por los pasillos del
poder el fantasma del caso de José Luis Espert, al que el Presidente defendió
con uñas y dientes hasta el final de sus días como diputado tras el escándalo
que lo vinculó a Fred Machado, el empresario argentino detenido en los Estados
Unidos bajo la acusación de conspiración, lavado de activos y estafas.
Defenderlo al jefe de Gabinete se hace día tras día más difícil. La fallida conferencia
de prensa del miércoles pasado así lo demostró. Habría bastado con que Manuel
Adorni hubiese mostrado la factura del pago de los vuelos privados de ida y de
vuelta a Punta del Este para que la enmarañada riña en que acabó el ida y
vuelta con los periodistas hubiese llegado a su fin. “Acá está la factura.
Fin!” hubiera sido la frase –la única posible– que habría puesto un punto final
contundente a ese intercambio de chicanas con las que el jefe de Gabinete
intentó desacreditar a los colegas que, preguntando y repreguntando –que es lo
que los periodistas hacemos– buscaban las respuestas que nunca llegaron. “Sos
apenas un periodista”, dijo un Adorni claramente conturbado para no contestar a
uno de los colegas que, sin arredrarse insistió preguntando sobre quién había
pagado esos vuelos.
Quienes conocemos al jefe de Gabinete de su paso por los medios, sabemos
lo que hubiera dicho si un funcionario hubiese estado en su misma situación:
“Afuera. Fin”.
Es notable, pues, observar cómo el poder modifica las conductas de las
personas. Y, como se ve, eso atraviesa a casi todos los partidos y estructuras
políticas, sean de la ideología que fueren. Escudarse en la supuesta reserva
judicial para no dar a conocer el documento que hubiera aclarado el tema y
puesto fin a todo este asunto que ha generado una crisis política dentro del
oficialismo que desnuda, además, las internas brutales que lo atraviesan.
En este momento, Adorni representa un problema para el Gobierno. Ya no
le sirve porque socava sus bases de credibilidad entre sus adeptos y da pie
para que desde el peronismo kirchnerista se disfracen de honestos y paladines
de una probidad que nunca tuvieron. ¡Un verdadero disparate! El mejor servicio
y favor que Adorni le debería hacer al Presidente y al Gobierno todo es
renunciar. Sin embargo, Javier Milei y su hermana Karina han decidido
mantenerlo en su cargo cueste lo que costare, lo que constituye un grosero
error. Y, para reforzar esa defensa, el Presidente ordenó que conspicuos
integrantes del Poder Ejecutivo asistieran a la conferencia de prensa para la
que hubo mucho “coaching que, como siempre pasa cuando la verdad está ausente,
no sirvió para nada. Así se los vio en primera fila al ministro de Economía,
Luis Caputo, a la ministra de Seguridad, Alejandra Monteoliva, al “coloso”
Federico Sturzenegger y a Santiago Caputo con caras de piedra y azoro,
seguramente conscientes del barro en el que estaba metido el jefe de Gabinete
El caso Adorni reavivó las internas –feroces– entre la hermana del
Presidente y Santiago Caputo. ¡Es notable comprobar una vez más la embriaguez
que produce el poder! A ninguno de los dos parece interesarles el daño que le
hacen al Gobierno. Tampoco parece que esto le interese mucho a Javier Milei.
Penoso.
La decisión de la Corte de Apelaciones de Nueva York anulando el juicio
contra la Argentina por la expropiación de YPF no pudo haber ocurrido en mejor
momento para el Gobierno. En medio del “affaire” Adorni, la noticia –excelente–
obró como un salvavidas que, además, despejó el horizonte aún complejo de la
estrategia economía del Gobierno. Para tomar dimensión de lo que hubiera
representado un fallo adverso, basta con ponderar los siguientes datos: los 16
mil millones de dólares que había establecido la jueza Loretta Preska que, con
adicionales, hubiera llegado a 18 mil millones, equivalían a la mitad de las
exportaciones agropecuarias y superaban el total de préstamos que el Fondo
Monetario Internacional le otorgó para mantener el programa económico. Un fallo
adverso, hubiese acarreado un sin fin de problemas al país. Hay que recordar
que, ante la negativa del Gobierno de entablar una negociación, el fondo
Burford venía tratando demeter presión a nivel internacional para embargar
activos que empezaban por las acciones de YPF y seguían por las reservas de oro
del Banco Central, los aviones de Aerolíneas Argentinas, plantas de energía de
Enarsa y los satélites de Arsat.
En su mensaje en la red social X, Javier Milei le agradeció las
gestiones del Departamento de Estado –es decir del gobierno de Donald Trump– en
la defensa de la posición argentina.
Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof, que fueron los
responsables de haber originado este problema mayúsculo para el país, y
Mauricio Macri salieron a reivindicar su gestión en este largo juicio, al mismo
tiempo que lo hizo Milei en su mensaje por cadena nacional. Lo de la ex
presidenta y el actual gobernador –a la sazón el ministro de Economía que
instrumentó la nacionalización de YPF– es de un cinismo que no sorprende. Ambos
deberían leer con atención el fallo de la Corte de Apelaciones que señala
explícitamente que el Estado argentino violó de manera flagrante su compromiso
con los inversores. ¡Incorregibles ambos, Jorge Luis Borges dixit!
Un
troll para representarnos ante la Unión Europea…
Un troll para representarnos ante la Unión Europea. Dibujo: CEDOC
El Gobierno designó a Fernando Iglesias como
embajador argentino ante la Unión Europea, aunque su figura se asocia más al
conflicto que a la mediación. Es una apuesta deliberada por trasladar el
conflicto ideológico interno al plano internacional.
La designación de Fernando Iglesias como embajador argentino ante la Unión Europea no es un dato
administrativo ni un gesto menor de política exterior. Es una definición
estratégica que condensa una concepción del mundo. En un momento en que
el acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea exige
mesura, paciencia y oficio negociador, el Gobierno de Javier Milei opta
por enviar a Bruselas a una figura asociada a la confrontación y la provocación.
No se trata de un error ni de una improvisación: es un mensaje político
deliberado. La Argentina no busca adaptarse a la lógica diplomática europea,
sino tensionarla. La elección de Iglesias expresa la voluntad de trasladar la
batalla cultural interna al plano internacional, aun cuando ese escenario
demanda exactamente lo contrario: pragmatismo, flexibilidad y una
comprensión fina de las reglas no escritas del poder.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea volvió a poner a la
Argentina en una escena que exige sutileza, paciencia y oficio. Tras más de dos
décadas de negociaciones, el entendimiento reabre expectativas comerciales,
pero también demanda una diplomacia activa para aprovechar las oportunidades
con flexibilidad. No es un momento para improvisar ni para posiciones
fundamentalistas.
La diplomacia, en su sentido clásico, no es épica ni confrontación. Es
negociación, escucha, construcción paciente de consensos mínimos y
administración racional del desacuerdo. Es, como la definía Harold
Nicolson, el diplomático británico, teórico central de las relaciones
internacionales del siglo XX y partícipe directo del sistema de conferencias
que modeló la posguerra europea, “el arte de conducir las relaciones entre
Estados mediante métodos distintos a la guerra”.
Nicolson no hablaba desde la abstracción académica, sino desde la
experiencia concreta de un continente devastado que comprendió que el conflicto
permanente conduce al colapso y que la palabra, aun débil, suele ser más eficaz
que la amenaza. En esa tradición se inscriben la diplomacia europea moderna, la
lógica comunitaria de la Unión Europea y su cultura política basada en la moderación,
el lenguaje medido y la búsqueda de acuerdos graduales.
La elección de Iglesias sugiere una concepción particular de la política
exterior.Milei ha mostrado reiteradamente su desprecio por los
mecanismos clásicos de mediación y consenso. Su estilo privilegia la
confrontación, la claridad ideológica y el choque frontal. En ese marco, la
diplomacia aparece menos como una herramienta y más como un obstáculo.
No es casual que el Presidente desconfíe de la diplomacia. Negociar
implica ceder, y ceder contradice la lógica binaria que estructura su discurso
público. La diplomacia busca acuerdos imperfectos; Milei proclama verdades
absolutas. La diplomacia opera en grises; el mileísmo se mueve en blancos y
negros.
El Gobierno argentino se prepara para abandonar entre 45 y 55 organismos
y tratados internacionales, muchos de ellos vinculados directa o indirectamente
a las Naciones Unidas, en una decisión que profundiza el
alineamiento automático con Estados Unidos y replica la política exterior
impulsada por Donald Trump.
La medida surge de un expediente interno de la Cancillería que justifica
el retiro bajo un único argumento: la “alianza estratégica” con
Washington, incluso cuando esa decisión implique aislar a la Argentina de los
principales espacios multilaterales del sistema internacional. La decisión
cuenta con el aval de altos funcionarios del Ministerio de Relaciones
Exteriores, y solo resta la firma final del canciller Pablo Quirno para
concretarse.
Diplomáticos de carrera consultados describen la iniciativa como
un sinsentido estratégico, dado que esos organismos son plataformas
centrales para la política exterior, el financiamiento internacional y la
articulación global. Aun así, el Gobierno resolvió imitar la retirada de
Estados Unidos, aunque de manera parcial, para no poner en riesgo créditos y
proyectos por miles de millones de dólares que dependen de esos mismos
espacios.
El repliegue genera una contradicción política de fondo:
mientras la Argentina se dispone a salir de organismos de la ONU, al mismo
tiempo impulsa la candidatura del diplomático argentino Rafael Grossi para
ocupar la Secretaría General del organismo.
Para resolver esa incoherencia, la Cancillería envió un cable secreto a
sus embajadas, instruyendo a los diplomáticos a sostener, solo si son
consultados, que el país mantiene un “compromiso histórico con el
multilateralismo”, pese a que las decisiones concretas van en sentido
opuesto.
Carl von Clausewitz escribió que la guerra es la continuación de
la política por otros medios. La diplomacia podría pensarse como su reverso: la
política que evita la guerra por medios más sutiles. Requiere cálculo, empatía
estratégica y una comprensión fina del adversario. Nada más lejano al
registro de la provocación permanente. Cada terreno tiene sus métodos
específicos que le son propios.
Iglesias no es un diplomático de carrera ni un negociador silencioso.
Es, ante todo, un polemista. Durante años construyó su capital político en la
confrontación mediática, en las redes sociales y en un estilo deliberadamente
provocador. Su figura se asocia más al conflicto que a la mediación.
Durante el gobierno de Alberto Fernández, cobró relevancia por
la confrontación permanente en el Parlamento. Vamos a ver, a modo de ejemplo,
algunos de estos episodios. Pero primero, un testimonio de Martín Soria,
que actualmente es senador. La polémica era, en ese entonces, por la oposición
a crear nuevas universidades de cercanía. “Que te insulte Fernando Iglesias es
costumbre. Es un personaje infumable, insoportable. Es una cucaracha de la
política”, decía Soria en ese momento.
Durante el discurso de apertura de sesiones ordinarias del Congreso del
1.º de marzo de 2023, el entonces presidente Alberto Fernández generó un fuerte
clima de tensión al cuestionar duramente a la Corte Suprema por el fallo que
restituyó fondos coparticipables a la Ciudad de Buenos Aires.
En ese contexto se produjo el episodio más visible: el diputado del PRO,Iglesias,
le dio la espalda al Presidente, lo increpó a los gritos y finalmente se retiró
del recinto con su mochila, mientras Fernández le respondía con ironía desde el
estrado. “Es un enorme honor que me insulte Fernando Iglesias, me enorgullece”,
bromeó el entonces mandatario en el Congreso. En una entrevista posterior, el
propio Iglesias relató lo sucedido y afirmó: “Se me debe haber escapado algún
insulto”.
En otra ocasión, Iglesias profirió insultos contra la presidenta del
cuerpo, Cecilia Moreau, mientras ella conducía la sesión. Lejos de
dejar pasar el agravio, Moreau interrumpió el trámite parlamentario y lo
confrontó a Iglesias, exponiendo lo que el diputado del PRO decía fuera del
micrófono. "¿Qué pasa Iglesias? ¿Por qué no me decís de frente 'pelotuda'
como me estás diciendo por lo bajo? Sos un misógino maleducado. Cobarde",
expuso la diputada.
Otro de los hechos que causaron indignación ocurrió cuando, en una
polémica con HugoMoyano, Iglesias retuiteó una amenaza
contra el dirigente sindical. El episodio se produjo en julio de 2020,
cuando el entonces diputado nacional Iglesias replicó en su cuenta personal de
Twitter un mensaje de un usuario anónimo que incluía la imagen de un rifle y
una frase interpretada como una amenaza directa contra la familia Moyano.
El retuit se dio en el marco de un conflicto sindical entre el gremio
de Camioneros y Mercado Libre, luego de que
Iglesias publicara comentarios satíricos y críticas contra los Moyano por el
reclamo de encuadramiento gremial de los trabajadores de la empresa.
En una entrevista para la revista Seúl, de julio de 2025,
Iglesias habló de su estrategia de comunicación y sostuvo: “Aprendí mucho de
algo que se aprende también en Twitter, que es a decir cosas en breve tiempo.
Vos tenés tu equipo, están jugando horrible, cometen cuatro o cinco errores y
tenés 30 segundos para arreglarlo. ¿Qué hacés? Elegís lo más importante
y vas a eso”.
Y luego agrega: “Si vos das una instrucción, das una instrucción. Si das
dos instrucciones, das media instrucción. Si das tres instrucciones, no dijiste
nada. Porque cada cual agarra la que quiere, hace lo que le parece. Y eso es
algo muy importante: focalizar, detectar en el sistema de juego cuál es lo
principal que te puede ayudar a corregir el resto, hablar solamente de eso”.
Esa concepción de la comunicación, eficaz en el vértigo de las redes
sociales o en la lógica binaria del debate político confrontativo de la era
Milei, revela al mismo tiempo su límite estructural para el ejercicio de la
diplomacia. La reducción extrema del mensaje, la idea de que solo puede existir
una instrucción válida y que todo lo demás es ruido, puede funcionar en
Twitter, donde la atención es escasa y el conflicto es el combustible del
intercambio.
Pero la diplomacia opera en un registro exactamente inverso: acumula
matices, superpone capas de sentido, admite ambigüedades en busca de la
diagonal común, del consenso y, muchas veces, sugiere más de lo que dice. En
definitiva, el perfil de Iglesias resulta problemático para un cargo que exige
discreción, escucha activa y capacidad de administrar tensiones sin
exacerbarlas.
Su trayectoria pública muestra una preferencia constante por la
confrontación directa, el gesto provocador y la exposición del conflicto como
capital político. Ese estilo puede haberle resultado eficaz en la arena
doméstica, en el debate parlamentario o en la disputa mediática, pero choca
frontalmente con la cultura política de la Unión Europea, donde la forma es
fondo y donde cada palabra tiene peso diplomático.
La designación de Iglesias no puede leerse como un error de cálculo ni
como una casualidad. Milei envía a Bruselas a un representante que
encarna la anti-diplomacia, alguien que no viene a tejer consensos sino a
marcar posiciones, incluso a costa de incomodar. Es una apuesta deliberada por
trasladar el conflicto ideológico interno al plano internacional, aun cuando el
acuerdo Mercosur–Unión Europea exige exactamente lo contrario: paciencia, pragmatismo
y flexibilidad negociadora.
La designación, además, llega acompañada de una anomalía institucional:
la duplicación de cargos. Iglesias fue nombrado embajador ante Bélgica y, una
semana después, ante la Unión Europea. El argumento del Gobierno fue el ahorro
logístico y, además, sostiene que Iglesias ejercerá el cargo sin perjuicio de
su función como embajador ante Bélgica.
El Gobierno destaca la experiencia de Iglesias en política exterior, su
paso por la presidencia de la Comisión de Relaciones Exteriores de
Diputados y su participación en giras oficiales, pero la realidad es que, si
hablamos de trayectoria y experiencia profesional, no parece ser la mejor
opción.
¿Cuál fue la trayectoria de Fernando Iglesias? Su derrotero político
está atravesado por desplazamientos ideológicos, pero con una constante: la
confrontación como método. Su militancia comenzó en los años setenta en el
trotskista Partido Socialista de los Trabajadores, en el clima de
radicalización política previo al golpe de 1976.
Tras abandonar ese espacio, se vinculó al activismo en derechos humanos
y luego desarrolló una carrera intelectual y periodística centrada en la
crítica al peronismo y en la defensa de la globalización, un recorrido que lo
fue alejando progresivamente de la izquierda tradicional.
Su ingreso formal a la política institucional se dio en 2007, como
diputado nacional por la Coalición Cívica de Elisa Carrió.
Allí se consolidó como una voz dura contra el kirchnerismo, con intervenciones
orientadas más al debate ideológico que a la construcción de consensos
legislativos. Durante ese período integró comisiones vinculadas a la libertad
de expresión y se destacó por su retórica confrontativa, que lo convirtió en
una figura mediática antes que en un articulador parlamentario.
Tras un impasse legislativo, Iglesias regresó a la Cámara de Diputados
en 2017 de la mano de Cambiemos, ya alineado con el macrismo. En
ese ciclo profundizó su perfil de polemista, especialmente en redes sociales, y
se asumió como uno de los “halcones” del espacio. Defensor
incondicional del gobierno de Mauricio Macri, incluso en sus
momentos de mayor debilidad, su figura se asoció a la idea de batalla cultural
y a una lectura binaria de la política argentina, con el peronismo como
adversario central.
En los últimos años, su trayectoria volvió a mutar al alinearse con
Milei y La Libertad Avanza, sin abandonar formalmente el PRO. Desde
ese lugar respaldó el rumbo del gobierno libertario y justificó sus formas
disruptivas en nombre de un cambio histórico.
Su reciente designación como embajador ante la Unión Europea puede
leerse como la culminación de ese recorrido: de legislador combativo y
polemista permanente a representante diplomático, en una transición que resume
tanto su itinerario político personal como la concepción
anti-diplomática del actual oficialismo.
Su visión del peronismo como “el enemigo” estructura
gran parte de su discurso. Esa lectura interna, trasladada a la arena
internacional, corre el riesgo de simplificar procesos complejos y de confundir
disputas domésticas con alineamientos globales. Pero esta visión encaja con una
matriz ideológica más amplia que hoy articula a Milei con Donald Trump y
con sectores de la nueva derecha global.
El peronismo deja de ser un movimiento político nacional, con
contradicciones internas y trayectorias diversas, para convertirse en una pieza
local de un enemigo mayor: el “colectivismo”, el “estatismo” o
el “comunismo”, entendido en sentido expansivo y casi metafísico.
Del mismo modo en que Trump condensó en el “socialismo” o
en el “deep state” todas las amenazas al orden estadounidense,
e igual que Milei sintetiza en el kirchnerismo una supuesta decadencia moral y
económica, Iglesias proyecta sobre el peronismo la figura de un adversario
absoluto, incompatible con la república y la libertad.
Ese paralelismo responde a la lógica de la batalla cultural como marco
interpretativo total. Para Milei y Trump, la política ya no es una competencia
entre programas, sino una guerra civil fría entre libertad y comunismo, entre
Occidente y su disolución interna.
La política debe tornarse más agresiva porque, en su relato épico, el
riesgo es la disolución de Occidente. El acuerdo Mercosur-UE exige una
narrativa que combine apertura comercial con garantías ambientales y sociales.
Exige diálogo con actores que no comparten la visión libertaria del mundo.
Exige paciencia.
El nombramiento envía, entonces, un mensaje ambiguo a Europa. Por un
lado, la Argentina celebra el acuerdo. Por otro, designa como representante a
alguien conocido por su estilo pendenciero. Es difícil no leer allí una señal
de provocación. Nada de esto parece accidental.
Milei construye su identidad política en oposición a “la casta”, a la
diplomacia tradicional y a lo que considera consensos vacíos. Al nombrar a
Iglesias, refuerza esa narrativa: no habrá diplomacia clásica, habrá
confrontación ideológica. El problema es que la política exterior no se
juega solo en la coherencia interna del relato. Se juega en mesas de negociación
donde el estilo importa, donde una palabra mal dicha puede bloquear un
expediente durante años.
La diplomacia cultural, además, requiere sensibilidad. Europa no es un
bloque homogéneo ni un adversario ideológico. Es un entramado de intereses,
valores y temores. Representar a la Argentina allí implica comprender esa
complejidad para aprovechar las oportunidades de desarrollo que el acuerdo
ofrece para nuestro país.
El riesgo es que la embajada se convierta en una tribuna de la batalla
cultural libertaria; que el representante argentino hable más para las redes
locales que para los despachos europeos; que la política exterior quede
subordinada a la lógica del like y la polarización.
La pregunta que queda abierta es si ese estilo alcanzará para atravesar
el complejo laberinto europeo o si, una vez más, la épica doméstica terminará
chocando con la realidad internacional. Porque la diplomacia no perdona los
gestos incendiarios. Y Europa, a diferencia de Twitter, no responde a
provocaciones, sino a intereses y consensos.
Producción
de texto e imágenes: Matías Rodríguez Ghrimoldi. TV/ff.
Es difícil creerlo, pero el calendario ya nos empuja hacia 2026. Termina un año
muy duro para los sectores populares y no solo por las políticas del Gobierno
nacional. Hace apenas un año, pocos –muy pocos– imaginaban la velocidad y la
profundidad con la que el nuevo Gobierno de Estados Unidos iba a sacudir el
tablero global. El regreso de Donald Trump no fue solo un cambio de nombres en
la Casa Blanca: fue la consolidación de un giro ultraderechista que volvió a
marcar la agenda internacional, habilitó discursos que creíamos más o menos
saldados y reordenó, una vez más, el campo mediático a escala planetaria.
Desde
este lado del mundo, en la Argentina, ese temblor no se sintió como algo
lejano. Al contrario: ya estaba instalado por Milei y, con Trump, solo se
amplificó. En un país atravesado por una crisis económica persistente, con un
Gobierno que hace una bandera del desprecio y la agresión al periodismo –como
en el caso extremo del reportero gráfico Pablo Grillo–, el clima global
funciona como legitimación y combustible. Si Trump insulta a la prensa y acusa
de «enemigos» a los medios críticos, acá tiene ejecutores propios. Si las
grandes plataformas tecnológicas ajustan algoritmos, monetización y reglas
según sus intereses y los de un puñado de multimillonarios, los medios
hegemónicos locales hacen lo suyo.
El
periodismo alternativo atraviesa hoy desafíos enormes: financieros, políticos,
judiciales y también culturales. Las audiencias se achican y se fragmentan, la
precarización avanza y la presión –explícita o solapada– desde el poder se
vuelve moneda corriente. En un escenario dominado por las decisiones opacas de
big techs y por empresarios que conciben a los medios como herramientas de
disciplinamiento o negocios personales, sostener una voz crítica no es fácil.
Pero sigue siendo imprescindible.
En
ese contexto, cada mensaje de apoyo, cada suscripción nueva, cada lector que
decide bancar un proyecto periodístico serio y honesto funciona como un
recordatorio potente: aquí estamos. Hay una parte de la sociedad que entiende
que sin información confiable, sin investigación, sin preguntas incómodas, la democracia
se vacía rápido. Que el periodismo no es un lujo ni un capricho corporativo,
sino un bien público.
A
lo largo de este año cubrimos la Argentina real: la de los ajustes que no
cierran, la de los conflictos sociales, la de las discusiones culturales, la de
las resistencias pequeñas y grandes, las de la economía social y cooperativa. Y
también miramos al mundo, porque lo que pasa afuera importa, condiciona y
muchas veces anticipa lo que después aterriza acá. El avance de la ultraderecha
no es un fenómeno aislado ni una excentricidad ajena: es parte del mismo clima
de época que nos atraviesa.
Cerrar
el año es, inevitablemente, un ejercicio de balance. Y en medio de tanta
incertidumbre, hay algo que vale la pena subrayar: el periodismo alternativo
sigue en pie porque hay lectores que lo sostienen. Porque hay quienes, incluso
cansados, incluso golpeados, eligen no resignarse a la desinformación, al grito
fácil o al cinismo.
Gracias
por haber estado del otro lado en 2025. Por leer, compartir, criticar y apoyar.
Si estás festejando, o simplemente intentando descansar un poco en medio del
ruido, ojalá tengas un buen cierre de año y un respiro merecido. El año que
viene nos volveremos a encontrar, con los mismos desafíos –y la misma
convicción– de que contar lo que pasa sigue valiendo la pena.
"Fue una gran
victoria en Argentina. Quiero felicitar al vencedor, que fue un gran vencedor y
contó con mucha ayuda por nuestra parte. Contó con mucha ayuda. Le di un
respaldo, un respaldo muy fuerte", sostuvo el presidente de Estados Unidos
ante un grupo de periodistas.
Trump se refirió así al
apoyo de su país al mandatario argentino semanas antes de las elecciones
legislativas del domingo, después de que el Tesoro abriera una línea de swap o
intercambio de monedas por US$20.000 millones.
Trump celebró los
resultados del partido del presidente argentino, La Libertad Avanza, que
calificó de "inesperados".
"Fue realmente
inesperado conseguir esa victoria, algunos pensaban que sería difícil ganar. Y
no solo ganó, sino que ganó mucho. Así que, fue algo fantástico", sostuvo.
El resultado de las
elecciones de mitad de mandato, en las que el Congreso argentino renueva parte
de ambas cámaras, le da a Milei más fuerza para avanzar con una serie de
reformas estructurales de la economía.
La Libertad Avanza, el partido de Milei, obtuvo más del 40% de
los votos en las elecciones legislativas del domingo 26 de octubre.
Por su parte, Trump
mencionó al secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, quien supervisó la
asistencia financiera a Argentina; a Jamieson Greer, representante comercial de
Estados Unidos; y al secretario de Estado, Marco Rubio, no solo por su rol con
Argentina sino por la estrategia de Estados Unidos en la región.
"Estamos apoyando
a muchos países de Sudamérica. Nos centramos mucho en Sudamérica y estamos
consiguiendo un gran control en Sudamérica en muchos sentidos, incluyendo el
hecho de que no queremos sus drogas", declaró.
Nunca
se vio algo igual. La dimensión de la ayuda del gobierno de los Estados Unidos
a la Argentina no tiene parangón en la historia de las
relaciones entre los dos países. Es producto no sólo de la afinidad
ideológica entre sus dos presidentes sino también del afecto personal que Donald Trump siente por Javier Milei. Ese afecto nació en aquella visita que en
mayo de 2024 Milei le hizo a Trump cuando sus chances de ganar la elección
parecían un imposible.
Trump –en su apogeo, tras su paso relámpago y fulgurante por Medio Oriente como hacedor de la ansiada paz en esa
convulsionada región – decidió mantener en su agenda la reunión con el
presidente argentino a pesar de las opiniones de algunos de sus asesores que le
sugirieron cancelarla. El traspié generado por la respuesta de Trump ante la
pregunta de Nieves Zuberbühler, enviada
especial de TN y Canal 13, desnudó la falta de
preparación de la reunión por parte del gobierno argentino.
La euforia con que se vivió en el oficialismo todo el apoyo recibido
desde la Casa Blanca se fue desvaneciendo con el correr de los
días. Esa primera reacción de optimismo desbordante no se tradujo a los
llamados mercados. El dólar cerró la semana con tendencia
alcista a pesar de los muchos billetes inyectados a la plaza
por los bancos que están actuando como ejecutores de esta decisión del Tesoro
de los Estados Unidos. Esto es producto de algo denominado incertidumbre. Esa
incertidumbre es provocada no sólo por el difícil escenario electoral que debe
enfrentar el oficialismo sino también por sus muchos problemas internos y de
gestión. “Cuando la confianza no termina de afianzarse ocurren estas cosas. El
problema de fondo sigue siendo político” –aseguró un economista que supo ser
cercano a La Libertad Avanza.
Una de las tantas disputas internas es la que vienen sosteniendo el jefe
de Gabinete, Guillermo Francos, y Santiago Caputo.
Hoy por hoy, nadie sabe cómo pude terminar eso. Lo que sí se sabe es que la
tensión entre ellos crece día tras día. En la entrevista que le concedió
a Esteban Trebucq, el Presidente – a quien se lo vio
tenso y enojado– reconoció que después de las elecciones habrá un cargo para el
asesor estrella que, hay que señalar, tuvo mucha injerencia a
través de sus contactos clave en la administración Trump para destrabar la
instrumentación de los acuerdos de ayuda, en una negociación que tuvo ribetes
muy intensos por la urgencia que el Gobierno tenía de frenar –sí o sí– la
escalada del dólar. Una corrida previa a las elecciones hubiera herido
gravemente la performance del oficialismo.
Lo que es claro que la seguidilla de contrarios sucesos que le vienen
ocurriendo al Gobierno –el caso Spagnuolo, el caso Espert, la reversión de los
vetos presidenciales por parte del Congreso– han fortalecido a Caputo quien, a
su manera, bregó siempre por generar canales de diálogo y cooperación entre el
oficialismo y sectores de la oposición que le son afines. Precisamente, la
implementación de esos acuerdos representa otro factor de incerteza. Evidencia
acabada de ello fue el intercambio de mensajes sucedidos el jueves entre
Mauricio Macri y el asesor. El expresidente señaló que “la gente necesita dejar
atrás rápidamente el estancamiento y pasar de la estabilidad al crecimiento”,
para después agregar que se necesitará que “después del 26 el Gobierno
convoque al diálogo, con humildad y honestidad” y “que acepte
eventualmente una oposición constructiva que traerá propuestas desde cada
rincón del país para realizar las reformas necesarias que nos harán cambiar”.
La contestación de Santiago Caputo no se hizo esperar: “Esto que dijo Macri lo venimos planteando hace un año y medio, no
es el oráculo; estamos de acuerdo, pero los cambios y las reformas
las lidera Milei”. El mensaje fue claro: todos de acuerdo, pero lo que plantea
el ex presidente ya lo había propuesto el oficialismo y que quede claro que,
más allá de cualquier acuerdo, el que manda es Milei, nada de compartir cartel
o poder con otro u otros.
En la vereda de enfrente el peronismo luce cada vez más desvaído y
anacrónico. El 17 de octubre encontró a sus dirigentes separados, como tantas
otras veces. Otra muestra de esto fue la escuálida concurrencia que alteró la
tranquilidad del vecindario de Monserrat adyacente a la prisión de San José
1111, en donde Cristina Fernández de Kirchner intentó
investirse con ropajes de heroína, algo que claramente no es. Las diferencias
de la expresidenta con Axel Kicillof se
agrandan día a día. En estas horas, las confesiones del ex general
venezolano Hugo Armando Carvajal, quien fue
jefe de contrainteligencia de los gobiernos de Hugo
Chávez y de Nicolás Maduro, indicando que hubo dinero que a través
de Pdvsa el régimen bolivariano destinó para apoyar las campañas electorales
del kirchnerismo, reflota toda la trama de corrupción implementada para
permanecer en el poder indefinidamente. Un pecado que nadie que se considere
democrático debería olvidar.
La campaña del peronismo/kirchnerismo se vio sostenida únicamente por
los errores antes mencionados de los libertarios. Los candidatos del PJ se limitaron a poner el piloto automático,
no hacer nada para no cometer errores y repetir como loros algún que otro eslogan
de campaña. Nada nuevo para ofrecer a un electorado
desorientado y cada vez más desilusionado de la clase política que lo conmina a
vivir peor y con menores perspectivas de crecimiento.