Entrevista a Miguel Bein…
“TODA
MI VIDA me dediqué a proyectar el futuro. Tengo una ansiedad y un desasosiego
en mi vida respecto de tratar de entender lo que pasa y escudriñar qué es lo
que va a pasar.”
“Cuando se trata del país, que es un transatlántico, no
lo hagas chocar con el iceberg para cambiar al capitán”. Reportaje de Jorge Fontevecchia al economista que elogia
a CFK. Es una de las voces más autorizadas del país, dice que terminó el ciclo
de empujar el consumo con aumentos de salarios y que no se puede esperar
crecimiento. Habla de Moreno, Fábrega y "complots de mercado".
—¿Puede fundamentar con la mayor
precisión posible por qué cree que “hubo un intento de desestabilización
financiera”?
—Trabajo con una interlocución muy fuerte con diversos sectores del mercado de
capitales. En algunos, la visión a mediados de enero era que el Gobierno no
llegaba a fin de marzo. Día a día las noticias aparecían casi reiterativamente
en las tapas de los diarios. Cuando no era la caída de reservas, era la suba
del dólar paralelo en las tapas. Y eso generó un clima de que el Gobierno no
llegaba y un clima de que iban a vaciar al Banco Central, y ese clima exacerbó
la compra de dólares en el convencimiento de que el Banco Central no llegaba a
la liquidación de exportaciones. Hay una encuesta en Infobae, de hace diez
días, cuyo título era “El 65% no cree que haya una desestabilización
financiera”; una cosa así. Muy interesante, porque cuando uno lo veía, las
preguntas eran: “¿Usted cree que Cristina debería irse ahora?”. El 29% decía
que sí. Entonces uno decía: “Para mí el título es el otro”. Me hubiera
imaginado que en un país, después de todos los años de democracia, eso daba 7 u
8%. Digo, si en esa proporción uno tiene que salir a explicar por qué hay
sectores que quisieron desestabilizar financieramente al Gobierno, lo explico.
Pero, obviamente, no era el sistema financiero el que quería desestabilizar al
Gobierno. La experiencia en la Argentina es que los gobiernos caen cuando se
quedan sin reservas. La correlación entre caídas de gobiernos con la pérdida de
reservas en el Banco Central es apabullante. Es difícil encontrar caídas de
gobiernos si previamente no hay una situación de extrema debilidad en las
reservas del Banco Central. Incluso la contrafáctica es apabullante y
efectivamente eso sucedía.
—Entonces, ¿la desestabilización
financiera no provenía del sistema financiero, sino de una conjunción de
sectores?
—Obviamente, entre los cuales, hay muchos operadores del mercado de capitales,
donde el Gobierno tiene una intención de voto bajísima.
—Pero con el ritmo de devaluaciones
diarias más acelerado a partir de que Juan Carlos Fábrega asumió el Banco
Central, ¿no se habría llegado a fin de febrero con el dólar oficial también a
8 pesos?
—Esto se discutió. El ministro de Economía prefería mover un peso el tipo de
cambio cuando asumió, y tuvo resistencia política: “Cuidado, esto puede llegar
a ser interpretado como un shock inflacionario, que a su vez puede ser interpretado
como un mini Rodrigazo”. Entonces, intentaron este camino que durante un mes
fue efectivo porque, como no lo avisaron, devalúa 7% en diciembre mientras
mucha gente seguía discutiendo si esto era una política a futuro, o si era
coyuntural que terminaba en diciembre. La propia incertidumbre respecto de lo
que estaba haciendo el Banco Central le generó una posibilidad de éxito. Cuando
empezó enero, y siguió la devaluación al mismo ritmo, quienes ahorran,
invierten, o tienen empresas descubrieron que había un patrón de comportamiento
que iba a seguir un mes más. Y ese patrón o se compensaba con una tasa de
interés en pesos enorme para retener el ahorro en pesos, o iba a generar un
aumento explosivo de la demanda de dólares por las vías por donde se puede dar,
dado que no había un mercado donde se podía acceder, pero se accedía desde la
demora en la liquidación de dólares de exportación, o en el aumento en los
pedidos de importaciones, o en la subfacturación de exportaciones y, por lo
tanto, en un momento la caída de reservas se aceleró de tal manera que no se
pudo sostener la estrategia de devaluación gradual que estaba prevista hasta
fin de febrero o mediados de marzo.
—Le voy a leer lo que usted escribió en
el informe a sus clientes en diciembre: “Un nuevo rumbo económico orientado a
corregir más rápido de lo previsto el atraso del tipo de cambio (…) enfrenta
dos riesgos significativos, el primero tiene que ver con las lógicas decisiones
de la tesorería de las firmas y familias que anticipan su demanda de dólares
para importación de bienes y servicios y al mismo tiempo postergan la salida
exportadora.”
—Claro. De lo que yo decía se dieron cuenta un mes tarde. Yo me di cuenta
antes.
—Era obvio, y ése es su trabajo.
—No sé si es mi trabajo. Mirar primero es una actitud. Estaba claro. Ahora, el
otro riesgo de no hacerlo así era el shock.
—Lo lógico es suponer que como el equipo
económico quería devaluar y la Presidenta no, fueron por el gradualismo
sabiendo que cuando el mercado se diera cuenta, se impondría ese peso a más.
—Presumiblemente.
—Logró pasar más desapercibido en
diciembre por las fiestas, el fin de año y las vacaciones.
—Y no se sabía cuál era el tipo de cambio que se buscaba, por lo cual todo el
mundo decía “Hasta acá llegó”. Y todos los días subía. Hasta que cuando arrancó
enero, se coordinó la noción de que esto seguía.
—Por tanto, así como usted se dio cuenta
en diciembre, es obvio que el ministro de Economía y el presidente del Banco
Central tenían que saber que ese sistema de devaluar por día a cinco veces la
velocidad de lo que se venía devaluando en el pasado iba a funcionar un mes,
pero después se iba a dar cuenta todo el mundo.
—Muchas veces la política económica choca contra la lógica de la política.
Devaluar, para un político, es la peor decisión. Por eso, normalmente, devalúan
los ministros de Economía de los nuevos gobiernos porque nadie quiere devaluar
antes de irse. En la salida de la convertibilidad, nunca nadie se hizo cargo de
la devaluación. Jorge Remes se hizo cargo del 1,40, porque a él le tocó la
parte de 1 a 1,40. Después dijo: “Yo no tuve nada que ver”. Para un político
devaluar es algo a lo que le huye. El motivo es que las consecuencias políticas
de una devaluación, si bien a veces remedian problemas mayores de la economía,
siempre son desfavorables.
—Concretamente: ¿le resulta más
verosímil el escenario en el que a la Presidenta no le gustaba devaluar de
golpe un peso, y entonces Fábrega, experto, dijo: “OK, vayamos con las
devaluaciones aceleradas y progresivas”, sabiendo que, finalmente, iba a llegar
al mismo lugar pero, por lo menos, no era él quien se peleaba con la
Presidenta, sino el mercado, o que por impericia Fábrega creyera que podía
llegar a fin de febrero a $ 8 sin saltos?
—No creo que sea por una cosa ni por la otra. Ellos pensaron que la caída de
reservas iba a ser más suave. Tenían previsto perder 3 mil millones de dólares
hasta fin de marzo, y tenían la forma prevista de financiarlos: esperando a la
soja. La pérdida fue más rápida. Por lo tanto, apareció como una espada de
Damocles la responsabilidad institucional. Cuando se gatilló la caída de las
reservas fuertemente por abajo de los 30 mil millones, el proceso se empezó a
acelerar. La suba del paralelo y la caída de reservas había que cortarlos de
cuajo. La única forma de haber llegado era con una fuente de financiamiento
adicional que hubiera aparecido en ese momento. Es decir, 2 mil millones de
dólares de crédito al Banco Central, que hubieran aumentado las reservas en
forma inmediata, habrían permitido que ese puente se alcanzara en forma más
gradual.
—Lo que no hay que perder de vista es la
cuestión de fondo: el equipo económico quería el dólar a 8 pesos a fin de
febrero.
—Había un equipo económico nuevo. No es un dato menor. Antes, con Guillermo
Moreno y Mercedes Marcó del Pont, no había un equipo económico. Porque las
cosas que se hacían muchas veces carecían de la lógica imprescindible y
necesaria para transmitir medidas de política económica. Lo que hay desde
noviembre es un equipo económico.
—Creo que el equipo económico sabía lo
que pasaría y eligió ese camino porque además de que a la Presidenta no le
gustaba lucir ella devaluadora, creándose su propia corrida pueden echarle la
culpa al mercado de una devaluación que ellos querían producir.
—Así funciona el Gobierno, los presidentes de la Nación están por encima de los
presidentes de los bancos centrales. No creo que el Banco Central de la
República Argentina pueda tener domicilio en Champs Elysées. Nunca estuve de
acuerdo con esa tesitura. Y lo expresé muy fuertemente cuando fue la crisis que
terminó en la salida de Martín Redrado del Banco Central. Cuando se planteó el
uso de las reservas para pagar deuda, que yo apoyé en su momento porque era una
muy buena medida en la coyuntura, cuando lo que se perdía eran reservas para
pagar deudas, se llenaba de vuelta con el superávit externo. Medida de seguir
pagando deuda con reservas que no apoyé en 2012 ni en 2013. Entonces, me parece
que está claro que sucedió algo parecido a esto. Ningún equipo económico va a aconsejar
devaluar en cuatro cuotas mensuales, a una tasa equivalente al triple de la
tasa de interés en la moneda local. Pone a cinco tendencias de economistas,
sentados en distintas salas, les hace las mismas preguntas, y todos le dicen:
“No”. Si uno anuncia que va a devaluar mucho más rápido que lo que rinde
cualquier inversión en la moneda local, durante tres o cuatro meses, lo que va
a tener es un aumento en la demanda de la moneda.
—Pero, por el futuro, es importante
dilucidar si fue a propósito o por impericia.
—Lo que tiene también que entender uno es cuánta es la gente que entiende que
va a pasar esto, en una democracia, en enero. Muy bien, ¿quién no se va a dar
cuenta? Digo, en un padrón de 25 millones de personas, probablemente, hubo 15
millones de personas que no tenían ni idea de lo que se les estaba hablando.
Entonces, muchas veces, la política dialoga con ese sector mayoritario del
padrón electoral. Lo cual no está ni bien ni mal, forma parte del trabajo de
los políticos.
—Quizás también la Presidenta,
consciente o inconscientemente, supiera lo que terminaría decidiendo pero
políticamente reduce daños al aparecer como víctima.
—Lo que es interesante es lo que usted dice, que algunos sectores muy afines al
Gobierno tomaron esto como una derrota.
—Carta Abierta.
—En economía hay victorias y hay derrotas. Si el aumento del salario en dólares
de 50% acumulado durante 2010 y 2011, lo que yo denominé el macrocidio de la
economía argentina, fue considerado una victoria, esa victoria fue diez veces
mayor que la derrota del salario real que estamos viendo ahora en términos de
dólares. Aquella, además, terminó con un éxito político sensacional,
descomunal.
—Pero no se lo explica así.
—De hecho, hay sectores que dijeron: “El mercado le torció el brazo al Gobierno”.
Eso no lo puede decir si está en el Gobierno, porque quiere decir que uno no
gobierna.
—¿Y cómo se explica su visión de
desestabilización financiera?
—Hubo una aceleración de la corrida con algunos personajes que pintaban
panoramas apocalípticos. Tipos que vienen del exterior de vacaciones y dicen:
“El dólar va a valer 40 pesos”. Esas cosas me indignan. No tolero a quien,
montado sobre un escenario difícil, tira nafta.
—Habiendo estado en los gobiernos de
Alfonsín y de De la Rúa, ¿le quedó fobia o estrés postraumático ante las
corridas financieras y ante los síntomas reacciona emocionalmente?
—Sí. Yo estuve en el Banco Central en abril del ’89, cuando Adolfo Canitrot,
gran tipo y gran economista, dijo: “Perdimos el crédito del Banco Mundial”.
Alguien había fogoneado que no había que prestarle al gobierno de Alfonsín.
Cuando se trata del país, que en el fondo es un transatlántico, no lo hagas
chocar con el iceberg para cambiar al capitán.
—A comienzos de 2013, el tipo de cambio
real bilateral con el dólar había llegado prácticamente al valor del uno a uno
de diciembre de 2001, previo a la salida de la convertibilidad. ¿No era
imprescidible para la competitividad del país que hubiera esa mayor
devaluación?
—Uno puede tener un tipo de cambio contra el dólar parecido, pero si los
precios de exportación de la Argentina aumentaron el 60%, y los de importación,
25%, en diez años, en este caso fue mucho más, uno puede tener el mismo tipo de
cambio bilateral y la competitividad no se ve erosionada. Esto un poco es lo
que pasó en la economía argentina. Cuando uno toma el tipo de cambio
multilateral, el que influye al real, al euro y al yen, o el bilateral
corregido por la capacidad de compra de las exportaciones, no era un mal tipo
de cambio. Tenía un atraso, en todo caso, del 15%, que tampoco era la gran
cosa. Con otra situación financiera, y de vínculo con el mercado internacional
de capitales, Argentina no necesariamente iba a una devaluación brusca.
—Brasil devaluó.
—Brasil tuvo mucho más atraso cambiario que la Argentina. Y cuando se le acabó
el excedente de dólares de la cuenta corriente de la balanza de pagos, se
financió con algo más de crédito.
—Concretamente, en la situación a la que
habíamos llegado, ¿devaluar un peso, o sea ese 15% que usted está marcando,
traía más beneficios que perjuicios?
—Depende... si uno devalúa y no va a vender mucho más al mundo porque en este
mundo nadie compra más. El comercio mundial crece a un ritmo del 3,5%. Pero si
uno quita el comercio entre los países asiáticos, el resto da cero. No hay
dinamismo. Si uno puede devaluar, mejora la competitividad, y es muy difícil
aumentar las ventas al exterior. Lo que sí es muy fácil, cuando uno devalúa, es
lo que está pasando. Que para eso se devalúa. Uno no puede devaluar y quejarse
de que caen las ventas de electrónica, de consumo, que son mayormente
importadas, o de motos, que son ensambladas en la Argentina con componentes
mayormente importados, o la venta de autos. Como uno debió asombrarse en su
momento de cómo aumentaban las ventas de autos, de motos, de acondicionadores
de aire, de celulares, de notebooks, cuando el salario en dólares en la
Argentina aumentó, en 2010 y en 2011, 50%. Sectores enormes de la población,
que no tienen por qué entender esta dinámica, creyeron que esto era sostenible.
¿Qué pasó ahí? El salario se movió un año 26%, al otro año 32%. Y el dólar, un
año 4%, y al otro año, 8%. Entonces, los precios en pesos de los productos
dolarizados iban mucho más despacito que el salario. Obviamente, se volaba la
demanda. Y sí, se perdió, junto con ese boom automotor y de la industria, el
superávit de combustible, y ahí se terminó con el superávit del sector externo.
Ahí el Gobierno cometió un error no menor. Porque, con el éxito político
sensacional de esos dos años, la Presidenta obtiene el 54% de los votos.
Evidentemente, había un grupo importante de la población argentina que pensaba
que esa situación económica de aumento del salario en dólares, no respaldado
por aumentos en la productividad, era sostenible. El Gobierno debió haber
devaluado en ese momento, con el apoyo del 54%, en vez de haber puesto el cepo
para restringir la demanda de dólares. Esa equivocación la pagó cara en 2013.
—¿Devaluar era necesario?
—Sí.
—Si era necesario, no fue malo.
—No. Pero nadie quiere pagar los costos.
—¿Había otra alternativa?
—Era mejor conseguir 25 mil millones de crédito a 25 años al 1% anual. Eso
permitía no devaluar y seguir con el banjo durante los próximos cinco, seis
años. No hacía falta devaluar. Lo que no se conseguía por el sector externo
comercial se conseguía financieramente. Australia no devalúa. Y todos los años
tiene cuatro puntos del producto de déficit, hace veinticinco años.
—Comercial.
—Sí, más amplio. Incluyendo balanza de turismo, fletes, seguros e intereses
cobrados y pagados por la deuda. Una cuenta mayor. Pero en la cuenta comercial
es el 70% de eso que se llama cuenta corriente externa. Y están con déficits de
cuatro puntos. Argentina, en cuanto tuvo un déficit de un punto, ya todo el
mundo dijo “van a tener que devaluar”. Porque no quieren, porque es una
estrategia, por virtud o por necesidad, no tiene crédito internacional largo y
a tasas bajas. Ahora, si lo tuviera, podría seguir de largo, como siguió de
largo Brasil, cuatro años más de lo necesario, hasta que, finalmente, en 2011
se empezó a mover. Como siguió de largo Chile, o Uruguay, el tipo de cambio. En
una familia, si se maneja con la caja pura, no tiene tarjetas de crédito y no
tiene crédito a largo plazo, se come hasta el día que alcanzó. Y después hay que
ir a la libreta del almacenero. Y si no, pide préstamos usurarios. Bueno, acá
pasa lo mismo. La devaluación es la consecuencia lógica de un país que no tiene
una fuente de aprovisionamiento de dólares largos a las tasas que el mundo los
ofrece hoy.
—¿Pero usted recomendaría endeudarse
para comprar más autos, electrodomésticos y turismo exterior?
—Para consumir, no. Se puede endeudar para invertir, para ampliar la capacidad
productiva, para que todas las pymes compren maquinaria. Se puede endeudar a
treinta años para hacer infraestructura.
—Independientemente de consideraciones
éticas como estafar a la generación siguiente, ¿es sostenible endeudarse para
mantener los salarios en dólares más altos que lo que productividad permite?
—No, porque eso termina mal… Aunque no siempre. Si uno tiene la moneda de
reserva mundial, no termina mal. O a lo mejor termina mal porque uno abusa,
como los Estados Unidos, que gasta tres puntos más del PBI de lo que produce
desde hace treinta años y, bueno, se financia emitiendo la moneda de reserva.
Australia tiene las inversiones asiáticas de largo plazo, hasta que alguien se
dé cuenta, dentro de cincuenta años, quién va a gobernar Australia. No sabemos.
—Específicamente, para un país en la
situación de la Argentina, ¿es mejor devaluar que tomar crédito para consumo?
—Este país tiene que tener un tipo de cambio suavemente depreciado. No estoy de
acuerdo con el tipo de cambio recontraalto y estable porque pienso que eso es
una imposibilidad fáctica. La propia definición de tipo de cambio real alto
define que es inestable, y que se va a apreciar hasta buscar un equilibrio.
Pero sí pienso que uno puede hacer lo posible para que, girando alrededor de un
equilibrio hipotético, el tipo de cambio sea más bien un poquito caro que un
poquito barato, digamos.
—Ibamos en otra dirección.
—Claro. La alternativa era seguir vendiendo dólares. Que en las tapas de los
diarios todos los días los títulos fueran más grandes anunciando que aumentaba
más el paralelo, bajaban más las reservas, que más gente corriera a comprar
dólares, que los tipos que querían desestabilizar al Gobierno dijeran “No llega
a marzo”. Pero decían “No llega a marzo” no como descripción aséptica de la
situación. Decían “No llega a marzo”, y después decían “¡Vamos, todavía!”. Eso es
lo que hizo que yo dijera lo de la desestabilización. Porque los vi, porque los
conozco a muchos de ellos, por mi privilegiada posición con algunos
interlocutores, con los que no comulgo para nada en sus posiciones políticas.
—Mencione los nombres.
—No. A esta altura no es un tema personal.
—En el libro “Stabilizing an unstable
economy”, Hyman Minsky, el mayor economista poskeynesiano de Estados Unidos,
escribió que lo normal en el capitalismo es “su natural inclinación a la
inestabilidad”, o sea que la “especulación financiera es la norma” por eso los
gobiernos deben intervenir profilácticamente para impedir que se creen las
condiciones de que “la inestabilidad inherente pueda ocurrir, porque si puede
ocurrir, ocurrirá. (...) El sistema financiero oscila entre la robustez y la
fragilidad, y esa oscilación es parte integrante del proceso que genera los
ciclos económicos”.
—Los bancos, por definición, tienen diez veces más —en algunos casos, en
Europa, quince veces o treinta— activos que capital. Entonces, inevitablemente,
dependen de la confianza, de que los depósitos nunca caigan más de 5%. Porque
si por algún motivo, coordinados por alguna tapa de diario, los depositantes
quisieran llevarse sus fondos, los bancos estarían quebrados de forma
inmediata. Normalmente, cuando la coordinación de expectativas es tan negativa
es porque hubo un uso y un abuso de los fundamentos, al punto de que ya ninguna
cara bonita convence a nadie.
—Ahí iba: entonces cuando hay una
“desestabilización financiera” es porque previamente el gobierno erró.
—El gobierno o la economía mundial. A uno le puede pasar que la soja valga 120
dólares en el año 2000. Entonces, salir de la convertibilidad era la
probabilidad más alta. No había equipo económico que nos sacara de una
situación en que la soja valiera 120 dólares. O, ¿cómo sacaban a Chile de la
situación en que estaba en febrero del ’98, cuando el cobre valía 800 dólares
la tonelada? Todos los chicos argentinos que van a Chile vuelven sorprendidos
por los éxitos del país hermano en el avance de las instituciones, y nos dicen:
“Santiago, vas a Las Condes y estás en California. ¡Qué diferencia con
nosotros!”. Sí, con el cobre a 7.000 parece California. Y con el cobre a 800…
—La responsabilidad de no cubirse de la
inestabilidad inherente no se extingue por “mala suerte”. Pero siguiendo con su
ejemplo no es lo mismo el cobre a 800 que a 7.000, como tampoco es lo mismo el
petróleo a 10 dólares el barril que a 100, y si usted va a Chile y a Venezuela
ve que ambos países administraron diferente tanto su riqueza como su estrechez.
—El caso venezolano es más serio todavía, porque sus reservas de petróleo son
gigantescas. Uno puede hasta atenuar las críticas respecto de la situación
argentina porque lo que hubo es una caída en la productividad natural de los
pozos de petróleo, y hubo falta de nuevas reservas hasta que apareció Vaca
Muerta. Argentina es un país que produce petróleo, no es un país petrolero. Las
reservas de petróleo y gas en Venezuela son de las mayores del mundo. Podría
haber pasado de 2.300.000 a 3.3000.000, y tener una situación en la que podría
estar importando 50% más, una vez que decidió que no tiene industria de nada, y
que todo es importado, igual que en Chile, salvo el pescado, la madera, la
fruta, la ropa, el vino y el cobre, ¿no? Venezuela es un caso similar de
dependencia brutal de la exportación de un recurso natural. En el caso de
Venezuela es el 90%. En el caso del cobre, en Chile sólo el 60%. Y no todo el
60 es estatal en Chile. Un 60% del 60% es estatal, o sea, un 36%.
—¿Sería una mala idea desdoblar el
mercado cambiario?
—No es mala, es pésima. Eso es poner el dólar financiero en el nivel que el
mercado paralelo, y a los cambistas del mercado paralelo, más cuatro o cinco
economistas, les gustaría traer sus dólares a la Argentina sin violar las
leyes. Pero esto, directamente, lo que haría es poner todos los precios en ese
dólar. Y hoy los precios no están en ese dólar. Porque quien diga que los
insumos del campo están a precio del dólar paralelo, miente. Yo tengo campo, y
me dedico a la agricultura, y compro todos los productos del campo, y no están
a dólar paralelo. Que algún vivo de pronto le agregue un 5%, un 8% al oficial,
puede ser porque muchas veces un mayorista de agroquímicos se cubre de una
devaluación acelerada y agrega un 10%. Nadie agrega un 50%. Nadie vende un
tractor, o una sembradora, en la Argentina a precio del dólar paralelo. Estas
son macanas. Cada vez que hubo mercado de cambio desdoblado, siempre se da en
los cambios de gobierno, el comercial confluía con el financiero: todo el mundo
empieza a fijar sus precios internos por el financiero. ¿Por qué? ¿Cuál es la
mecánica de confluencia? Pongo un dólar financiero. Lo dejo flotar. Vale lo
mismo que el dólar de la Bolsa, 10 pesos. Entonces, uno lo pone. A la semana,
tiene veinte pedidos de audiencia. La cámara de fabricantes de carteras, los
fabricantes de zapatos, los fabricantes de aceite en soja, los fabricantes de
autos, los fabricantes de autopartes, los fabricantes de matrices, de motores,
los fabricantes de muebles desarmados que venden en Estados Unidos, los
fabricantes de pisos cerámicos, los fabricantes de ladrillos huecos, los
fabricantes de revistas que se exportan al Uruguay o a Chile, todos los
fabricantes…
—Pedirán que una parte sea por dólar financiero.
—Que aunque sea una pequeña parte, se pueda liquidar de esos dólares de
exportación por el financiero. Y... la verdad, nunca vi un gobierno que después
de dos meses les dijera que no a todos. Cuando les dice que sí a los primeros
cuatro, a los de la leche en polvo, al otro mes, los otros 16 consiguieron
reuniones con la Presidenta de la Nación directamente. Entonces, a los seis
meses, el régimen tiene 35 de las exportaciones que van con el 10; los que
están con el 10 piden el 20. Ahí pasan a todo el mundo a un régimen del 10, y
hay algunos con el 20. Todos los diarios empiezan a decir que se escuchan cosas
feas alrededor de los que tienen el 20 porque, encima, hay tres sectores que
consiguieron el 30, y que hay denuncias de corrupción en la fiscalía, y en la
Procelac, y en la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos porque ¿cómo
hicieron tres empresas patagónicas para conseguir el 30? Alguien termina
poniendo orden a ese deporte y unificando los tipos de cambio. Como los
empresarios saben que esto es así, en el momento que se desdobla, todo el mundo
empieza a fijar los precios del año que viene en función, no de lo que va a
valer el dólar el año que viene, sino de lo que vale el financiero hoy. Porque
si ese financiero hoy, además, convive con un aumento desmesurado de la emisión
monetaria, que le agregue algunos puntos a la inflación, uno encima calcula que
ese dólar financiero dentro de un año, además, va a valer 25% o 30% más, o lo
que fuera. Por eso me opongo tan fuertemente. Los que hablan de esto no tienen
idea de lo que es estar hablando de política económica concreta. Hablan de
soluciones que aparentemente no presentan contras. En todo caso, dicen: “Bueno,
pero nosotros podríamos compensar esta dificultad con el ingreso de dólares financieros”.
¿Para qué quiero el ingreso de dólares financieros si no cambié el régimen de
la política económica, y lo que me va a entrar no es inversión para ampliar la
capacidad productiva sino que me entra inversión de corto plazo para aprovechar
algunos negocios especulativos y después volver a irse? Digo: ¿dónde tengo que
poner la tasa de interés cuando tengo el dólar financiero y una inflación, como
la que voy a tener en 2014, de entre 33% y 34%?
—Usted critica que la cotización del
dólar blue se haya construido basándose en el precio que debería estar el dólar
para que las reservas del Banco Central pudieran recomprar todo el circulante
de pesos.
—Una estupidez fenomenal. Pero uno no puede adjudicar las estupideces
fenomenales a que hay cuarenta agentes de Bolsa que son pelotudos. Voy a usar
esta palabra, espero, por única vez en el reportaje. Porque los comportamientos
colectivos son hijos de las experiencias colectivas. En muchos países hay gente
que mete la cabeza bajo el agua en un río y cree que se purificó. Jamás diría
que esa gente es estúpida, pero yo no lo haría. En la Argentina, la gente
empieza a ahorrar fuertemente en dólares en la década del 50, porque hasta ese
momento la clase media argentina ahorraba en joyas. Había más joyerías de
barrio que bancos de barrio. Mis abuelos eran joyeros, primero en Ucrania, pero
después en Caballito, a media cuadra del Café La Humedad, de Gaona y Boyacá. Y
había vendedores de pequeñas joyas de oro, que tocaban timbre casa por casa, y
la gente compraba un anillito y después lo pagaba en cuotas. Así se ahorraba en
los 40, y yo le diría, todavía, en buena parte de los 50. Era lo que, en el
idioma de mis abuelos, se llamaba los cuentenicks. Cuentenicks viene del
inglés, de contar nickels. Es el vendedor que vendía de a centavitos. Un país
que se acostumbró a que le cambien la moneda, que le cambien los ceros, y a
perder, no juega y no invierte y no se mueve con la moneda nacional, que es
tradicionalmente licuada. Salvo algunos años, como en la convertibilidad, pero que
después terminó en una licuación muy superior. Entonces, la gente que puede
ahorrar ahorra en propiedades, o amplía la casa, o compra una casita…
—O compra dólares.
—O compra dólares y chau. Que tampoco es una buena inversión porque Estados
Unidos también tiene 2% de inflación promedio, y quien guarde sus dólares en
una caja fuerte, dentro de cincuenta años va a tener la mitad.
—¿Los cambistas que siguieron la lógica
de reservas por masa monetaria se quedaron con una falacia de la
convertibilidad?
—Es una estupidez que instaló la convertibilidad como una verdad económica.
Dicho sea de paso, hoy esa tasa de cambio da como 16. Pero ningún país cubre ni
el 50% de la base monetaria con sus reservas. La mayoría cubre 25%, 30%. Si uno
tiene acceso al crédito internacional, ¿para qué necesita tantas reservas? Uno
busca tantas reservas cuando sabe que, frente a lo que se llama un sudden-stop,
un shock de freno al ingreso de capitales, se le van los capitales, y uno
necesita. Brasil tenía 370 mil millones de dólares en el Banco Central, y se lo
llevaron puesto por los flujos de salida que hubo el último año. Cuando empezó
el amague de cambio de la política monetaria norteamericana, Brasil puso 80 mil
millones de las reservas explícitamente a disponibilidad de los que se las
quisieran llevar, con lo cual paró la devaluación del real en 2,40 reales por
dólar. Cuando uno no tiene acceso al crédito, o cuando no tiene un socio
estratégico, un garante, como tiene México... A México no le pasó nada de lo
que le pasó a Brasil, Ecuador, Colombia, Chile, Perú, Uruguay o Argentina. A
México, en estos movimientos, ni se le movió la tasa de interés porque todo el
mundo sabe que por la plata que se va a México, cuando México necesita –ya pasó
en el ’94–, le firman un cheque de garantía del tesoro americano y le cubren el
faltante.
—¿Lo inverso sería que el renminbi
tuviera que sobrevaluarse diez veces porque las reservas chinas cubren decenas
de veces su circulante?
—Pero, claro, pasa que China con sus reservas empezó a hacer cosas más
inteligentes. La mayoría de los argentinos no sabía bien lo que hacía.
—¿Salir a comprar empresas por el mundo?
—Se enteraron ayer de lo que ya vienen haciendo (N de R: Nidera fue comprada
por una empresa estatal agropecuaria china). Vi algún periodista, tampoco lo
voy a citar con nombre y apellido, pero me llamó la atención porque es un tipo
culto y que habla en la radio, y que dijo: “La verdad que esto es muy raro, que
venga semejante empresa china a invertir en la Argentina, con los problemas que
hay en la economía de este país, con la falta de instituciones que nosotros
tenemos, con la falta de seguridad jurídica que nosotros tenemos, que venga
semejante empresa y haga semejante operación”.
—Cuando Martín Redrado presidía el Banco
Central, publicaba la lista de los pronósticos de las consultoras económicas y
luego quiénes habían logrado más aciertos. En esas listas, usted acumuló mayor
cantidad de aciertos y eso consolidó su fama de buen economista. ¿Por qué usted
acertaba más que los demás?
—Porque yo me dedico a esto mucho antes de que existiera la encuesta. Toda mi
vida me dediqué a proyectar el futuro. Tengo una ansiedad y un desasosiego en
mi vida respecto a tratar de, por un lado, entender lo que pasa, pero por otro
lado, tratar de escudriñar qué es lo que va a pasar. El futuro fue parte de mis
obsesiones desde que tenía cuatro años; ya leía el diario a los cuatro años. Y
tuve un entrenamiento muy superior al de los que no se dedicaban a esto. Yo me
dedicaba a esto aunque no tuviera una consultora, siempre imaginando para dónde
van las economías. Yo soy un especulador financiero a nivel personal. No es lo
único que hago. Pero soy un especulador financiero, en el sentido de usar un
razonamiento especulativo para otros temas que no tienen que ver con lo
financiero.
—Cuando dice “un especulador
financiero”, ¿se refiere al Banco Industrial de la familia Meta, que…?
—No, el Banco Industrial es un cliente mío, como tengo muchos bancos que son
clientes y no los puedo nombrar.
—Pero en el caso del Banco Industrial,
es casi el factótum intelectual, no simplemente un cliente.
—Eso no me corresponde a mí decirlo, les corresponde a los accionistas. En
otros bancos, los accionistas siguen bastante al pie de la letra algunas de mis
recomendaciones y otras no. En el caso de la familia Meta, tampoco siguen mis
recomendaciones al pie de la letra. Algunas sí y otras no. Lo que tengo es un
track récord de estar cerca... Cuando uno analiza la realidad, debe tener una
humildad mayúscula. Desde del punto de vista de los pronósticos, el estado de
la ciencia económica hoy es muy parecido al de la meteorología del siglo XIX,
no la meteorología por satélite. Con lo cual hay bolsones enormes de
imprevistos. Lo que uno puede intentar hacer es tratar de no chocar contra las
tendencias. Es tratar de interpretarlas y de interpretar las acciones de
gobierno. Siempre me puse en posición del drama que significa gobernar
Argentina, o Brasil, o países donde yo tengo que opinar. Si me pregunta qué va
a hacer la Reserva Federal, lo primero que hago es: cierro los ojos y me pongo
en su lugar por cinco minutos antes de hablar. Y lo que contesto es lo que yo
haría. Tengo una suerte maravillosa en mi carrera profesional; mucha gente en
los gobiernos hace cosas que yo haría en situaciones de crisis.
—¿Cuánto le cuesta la corrupción al país
como porcentaje del PBI? Por ejemplo, especialistas en energía estiman que los
precios que Argentina paga por la importación de petróleo y gasoil de países
todos de bajo accountability son 15% mayores que los que se obtendrían si se
hiciera una licitación internacional. De ser correcto, ahí solo habría algo no
muy lejano a 1.000 millones de dólares por año, que es lo que construye
suposiciones de que los Kirchner y sus más cercanos allegados tienen fortunas
ocultas de miles de millones de dólares.
—No es un tema que yo siga de cerca. Lo único que sí le puedo decir de cuánto
cuesta la corrupción es que no sé cuánto cuesta. Porque tampoco sé cuánto
cuesta en la economía mundial, en algunos países asiáticos. El costo visible de
la corrupción es cuando convive con la ineficiencia o con las decisiones
equivocadas respecto de la gestión del país y el rumbo. En los países que
tienen buena gestión y buen rumbo, los senadores son todos multimillonarios y
todos tienen estancias espectaculares. Pero, obviamente, no las consiguieron
con la dieta de senadores. O los gobernadores estatales. La corrupción es el
tema que florece en la opinión pública cuando la economía anda mal, y es el
tema que a nadie le importa cuando la economía anda bien. Cuando la economía
anda bien, el lema de la clase media argentina es “roban pero hacen”. Cuando la
economía anda mal, usted que tiene apellido italiano, ¿cuál es?
—¿“Piove, governo ladro. Non piove,
governo ladro”?
—Ecco. Es que es así. Ahora, en los momentos en que hay corrida cambiaria, está
todo mal, los sueldos no alcanzan, es todo mentira, los maestros no llegan a
fin de mes, hay que aumentar los sueldos 60%, el gobierno es un... Por eso en
la democracia cambian los gobiernos cuando la economía anda mal, y reeligen a
los gobiernos cuando la economía anda bien.
—Desde su perspectiva, y por su
experiencia en distintos gobiernos, ¿dice que no es la corrupción un factor de
reducción de riquezas más importante que la ignorancia? ¿Lo preocupan más los
errores?
—Sí. Me preocupa la corrupción del puente que no se hace, no la corrupción del
puente que se hace y cuesta 40% más.
—Usted prevé una caída del 1,5% del
producto bruto y otra del 3% del consumo, mientras que el año pasado hubo un
crecimiento del 4% en ambos casos, pero sus pronósticos para 2014 mejoran la
balanza comercial más de 50% porque de 9 millones de dólares salta a más de 15
mil con un aumento de las reservas por sobre las actuales de 3 mil millones de
dólares. ¿Es todo consecuencia del enfriamiento de la economía?
—Obviamente. Cuando uno devalúa, ¿para qué devalúa? Salvo que uno esté en un
mundo maravilloso donde el comercio mundial crezca al 7% anual, que era como
crecía antes de 2007: el comercio chino crecía al 13,5% anual y las importaciones
europeas crecían al 4%. En ese mundo, uno podría decir: “Voy a devaluar para
aumentar las exportaciones”. En el mundo de hoy, uno devalúa para achicar las
importaciones, para encarecer los productos importados, para que se importen
menos autopartes, menos autos, menos motores de motos, menos equipos de aire
acondicionado frío/calor, donde estamos en el récord histórico desde el
nacimiento de la nación argentina: 1.700.000 aires acondicionados frío/calor.
Teléfonos celulares, que no compran los ricos; los compran los pobres en la
Argentina. Uno devalúa para eso, para hacer caer las importaciones, para hacer
caer el salario en dólares, no necesariamente para hacer caer igual el salario
en pesos. Aunque, inevitablemente, por la conexión que hay entre los productos
que se venden al mercado interno y que, al mismo tiempo, podrían exportarse
–salvo que exista la prohibición de exportar–, los precios se transmiten.
Naturalmente, con la devaluación se produce una presión inmediata, que no viene
tanto por los costos sino por los precios de paridad de lo que yo podría como
empresa vender al exterior.
—Productos transables.
—Exactamente. Una persona que a mí me resulta bastante simpática es Alberto
Samid porque dice cosas divertidas, no porque diga cosas… El planteaba
triplicarles el precio de la soja a los chinos, y si no, no vendérsela.
Espectacular. Lo que dijo la vez pasada fue: “¿Por qué tiene que aumentar el
precio del ganado en pie? ¿Las vacas comen dólares?”. No, pero aumenta por este
mismo motivo. Si uno permite la exportación de carne, los precios de paridad
del mercado interno se acomodan al nuevo tipo de cambio. Ahora, si uno prohíbe
la exportación de carne, él tiene razón.
—Usted también prevé un mejoramiento de
las cuentas públicas con un resultado primario que, sin los intereses de la
Anses, pasa de 20 mil millones negativos en 2013 a 30 mil millones positivos en
2014.
—Sí, 50 mil millones de pesos positivos arroja el cálculo fino del resultado
fiscal de la consecuencia fiscal de la devaluación, incluyendo allí los
aumentos de la recaudación de los derechos de importación, las retenciones a la
exportación, el IVA aduana, el IVA de la DGA. Pero, además, el efecto de la
mayor inflación, que también genera una percepción mayor, si se quiere, del impuesto
inflacionario; eso, contrabalanceado con lo que uno tiene que pagar de más por
los combustibles, por el subsidio a los combustibles importados, no da lo
mismo. Los economistas que dicen que da lo mismo no hicieron la cuenta; en su
mayoría no hicieron las cuentas, y lo que tienen en su discurso, que dice que
en realidad no mejora la situación fiscal porque una cosa equilibra a la otra
y, por lo tanto, fiscalmente hay que seguir trabajando duro y bajando el gasto
público porque si no con la devaluación la tasa de inflación la va a agarrar...
O sea, los economistas que están pugnando por un fuerte ajuste fiscal dicen que
la devaluación no tiene ningún impacto fiscal positivo. No es verdad.
—Entonces, ¿podría explicarle a Carta
Abierta que, en realidad, el Gobierno quería devaluar porque le convino?
—Yo no tengo que darle consejos a nadie y menos a gente pensante. Lo único que
sí recomiendo fervientemente es seguir algún tipo de comportamiento, que en
general tiene que ver con usar la sinapsis cerebral que uno tiene para los
temas en los que uno fue entrenado y escuchar a los que tienen esa sinapsis
entrenada en los temas en los que uno no fue entrenado. No voy a discutir
Gramsci con Horacio González. Lo leo con alegría porque es una mente, no diría
solamente despabilada... aunque, viniendo de mí, “despabilado” es un adjetivo
sensacional. Es una persona con una inteligencia brillante y, sobre todo, de un
conocimiento de cuestiones profundas. Y, además, con un intento genuino y hasta
apasionado por entender lo que pasa. Pero de economía no sabe nada. Qué
necesidad tiene de saber de economía, que le hubiera llevado 25 años aprenderla
y se hubiera perdido los 20 o 35 o 40 de los que él se dedicó a reflexionar
sobre temas de mucha mayor profundidad. Cuando fui al Gobierno, una cosa
completamente impensada a los 36 años, como subsecretario de la Pequeña y
Mediana Empresa...
—Con Alfonsín.
—... sí, y como siempre fui un tipo bastante desacartonado en mi forma de
relacionarme con la gente cuando asumí, puse un cartel en la puerta de mi
despacho: “Antes de entrar, abra la puerta”, y pegué otro en el frente del
escritorio, donde se sentaban los que me venían a ver: “Antes de hablar,
piense”. Tengo la tendencia a exigirles en el mundo intelectual, a los que hablan,
que hablen de las cosas para las cuales fueron más entrenados. Porque a mí me
encanta escuchar a los tipos que fueron entrenados para temas que yo desconozco
por completo.
—En un programa de Van der Kooy se
refirió a “estos jóvenes que intentan hacer llover de abajo hacia arriba”. ¿A
quiénes se refería?
—A gente que escribe en algunos medios y que intenta demostrar qué sé yo. La
última teoría es que, si uno vive en consumo, siempre que uno amplía el consumo
se amplía la inversión. La teoría del acelerador o keynesiana.
—Demanda agregada.
—Sí, de Harrod. Y nunca dicen que eso es verdad mientras exista una
rentabilidad tal que justifique la nueva inversión. Por eso creen que cualquier
aumento o intento de aumento en la demanda agregada anterior a la devaluación
igual iba a generar inversión. Y no generaba. Porque lo que generaba era
aumento de precios del lado de los empresarios para ver si podían recomponer la
rentabilidad que se les había aplastado en la década. Habían ingresado a la
década con una rentabilidad exorbitante, yo diría, muy superior a la media
mundial y a la histórica argentina; habían pasado por los promedios y había una
rentabilidad muy fina. Cuando se llega ahí, lo que hay que tener es una
política para mejorar la rentabilidad, que puede ser a través de la
productividad o cualquier otro mecanismo. Ya no es más con el aumento del
consumo sólo generado por medidas de la política económica. Bueno, eso es el
intento de hacer llover de abajo para arriba. Los heterodoxos, y yo me
considero un heterodoxo, y a veces hasta de los más de borde, lo que intentamos
es hacer llover de costado. O cuando decimos: “Quiero un tipo de cambio algo
adelantado”. Bueno, lo más adelantado posible, pero que el auto no pistonee.
Nadie entiende nada de todo esto porque el distribuidor en los autos lo conoce
la gente de mi edad, nada más.
—Se entiende igual.
—Lo que uno no puede hacer es poner un tipo de cambio arriba, como el de 2003,
2004, 2005, y pretender que ese tipo de cambio real se mantenga estable, o sea,
que el salario real se mantenga bajo en forma estable mientras uno hace
aumentar el empleo. Porque cuando uno hace aumentar el empleo aumenta la
capacidad de negociación de los sindicatos y van generando aumentos de salario
por encima de la productividad hasta que, llegado el caso, si no hay un
gobierno inteligente que ordene esa puja distributiva, vamos a tener un
problema, y el problema es político. Y es que la alianza de clases nacional y
popular, que arrancó con tanta alegría como los soldados que van a la guerra
cantando, y que considera o consideraba a los aumentos de salario una fuente
dinamizadora del mercado interno, llega un punto en el que empieza a considerar
los aumentos de salario como un aumento inadmisible de los costos, que es lo
que está pasando en los últimos tiempos en la economía argentina; o sea, se
terminó el ciclo en que uno podía empujar el nivel de actividad aumentando los
salarios por encima del aumento de la productividad.
—Su previsión de inflación para 2014 es
del 33%, siete puntos más que en 2013, cuando la estimó en 25,5%. ¿Podría
decirse que los salarios tendrán que subir por debajo de la inflación sea cual
fuere el incremento que obtengan los sindicatos en la paritarias: si fuera 25,
la inflación será un 30, y si fuera un 30, la inflación será un 35%?
—Sí. Definitivamente.
—¿Hoy las paritarias son el ancla?
—Si son un ancla, son un ancla inflable. Después de diez años de obtener
aumentos de salarios por encima de la inflación, hay sindicatos que pueden
tener aumentos de salario cinco puntos por debajo de la inflación: los
mecánicos, los camioneros, los petroleros; no quiero seguir nombrando para no
ir bajando mi nivel de popularidad aceleradamente, digamos. En cambio, hay
otros que no.
—¿En servicios?
—En algunos servicios y en algunos empleados públicos, aunque son empleos de
medio tiempo, o empleos de tres cuartos de tiempo, de seis horas en
administraciones provinciales, o de cuatro horas los maestros, más lo que
trabajan en la casa. Igual, no es de ocho horas, porque de hecho hay maestros
que tienen dos turnos. En los maestros uno podría decir que es de seis horas,
por llamarlo de alguna manera. Bueno, ahí hay sectores que ganan realmente
poco, y que están muy al borde de cubrir sus necesidades básicas. Entonces, no
es lo mismo 24% de aumento para los mecánicos, que ganan 15 mil pesos, que para
un maestro de grado que gana 3.500 recién iniciado, aunque eso sea un
porcentaje bajísimo de los maestros. A lo mejor a ese maestro de grado recién
iniciado hay que pagarle 4 o 5% más en el arranque e incluso diferenciarlo de
los escalones más altos para darle una compensación un poquito mayor.
—Su previsión es que habrá una caída del
salario real a lo largo de 2014. Y aun así, prevé además un aumento del
desempleo del 6,9% en 2013 al 8,5 en 2014.
—Si ahora es 6,4, irá al 7,5 o el 7,7.
—Y en ese contexto, ¿no es razonable
pensar que haya disturbios sociales?
—En la Argentina es razonable pensar que haya disturbios sociales siempre.
Cuando hay 6,5 de desempleo, el problema es el salario. Si el desempleo fuera
el 5%, el problema serían otras demandas plenamente justificadas de segunda
generación. Si el salario fuera el 50% más alto, la demanda en la fábrica sería
que no hay lugar suficiente para estacionar los autos. Ese problema ya existe
en muchas empresas de alta productividad en la zona norte, donde los
trabajadores van en auto como no fueron nunca en su vida, o van en moto. Eso
depende de cómo se maneje políticamente, y si uno desde el poder consigue
explicar la lógica de la situación. A la gente hay que explicarle qué es lo que
pasa. Lo que pasa es que las exportaciones no dan para que las importaciones
sigan creciendo. Y para que el consumo crezca, las importaciones tienen que
crecer. Porque todo lo que se consume en la Argentina tiene componente
importado. Después de crecimientos tan violentos, es obvio que esto iba a
converger; el desafío es que esto no termine en una caída mayor y que el
aterrizaje hacia el nuevo equilibrio del sector externo se pueda hacer con
suavidad.
—¿Qué les aconsejaría a los líderes
sindicales en este contexto?
—Como economista nacido en la clase media baja, de origen judío, la verdad es
que no soy quién para aconsejarle nada a nadie. Lo único que puedo hacer es
explicar lo que pasa para ver si ellos pueden llegar a entender algo más de lo
que está pasando. No hay una mano negra tratando de cagar a los compañeros. Los
que piensan eso están en ese grupo que va a hacer disturbios siempre, es el
equipo de “cuanto peor, mejor”. El resto sabe cuándo a las empresas les va un
poco mejor, un poco peor, cuando las empresas tienen un poco más o un poco
menos de margen. Saben cuánto se llevaron las empresas los últimos años en
dividendos, cuanto reinvirtieron en las compañías. Los sindicalistas saben
todo.
—Los salarios representan la mitad del
total de gasto público de los gobiernos provinciales y sólo el 5% del del
gobierno nacional, y cada 1% de aumento representa 2.500 millones de pesos de
mayor costo, o sea que los gobernadores de las provincias están en una
situación muy compleja. ¿Qué les aconsejaría después de que tuvieron que
aumentar el 40% a los policías?
—Muchos de ellos también aumentaron los planteles 40% en ocho años; tal vez
podrían haberlos aumentado el 25% en vez de 40%, porque, obviamente, hay que
aumentar los planteles. Son presos de una situación en la que el Estado
Nacional tiene una capacidad de recaudación mayor y la Ley de Coparticipación
Federal estima que parte de los gastos de los gobiernos provinciales son
asistidos por la nación en forma de transferencia o por ración con el fondo
sojero. Siempre están en situación difícil. Muchos gobernadores cobran muy
pocos impuestos a la propiedad; debo decir que la provincia de Buenos Aires los
cobra mucho y bien. Pero hay provincias donde a nivel rural los productores no
pagan impuesto inmobiliario rural durante años y nadie les ejecuta los campos y
nadie les hace pagar los impuestos. Hay situaciones de administración
completamente distintas, pero en un país con la distribución poblacional y de
recursos que tiene la Argentina, naturalmente hay provincias que son
sistemáticamente deficitarias para dar los servicios básicos, como la provincia
de Buenos Aires si va a dar los servicios básicos del Gran Buenos Aires. Y
otras que son superavitarias porque tienen baja población y muchos recursos
naturales, como puede ser la provincia de La Pampa, o la de Salta, para poner
ejemplos no conflictivos.
—Si la inflación desapareciese mañana,
¿cuál sería la pérdida del Estado de dejar de contar con el impuesto
inflacionario? ¿Qué pasaría, por ejemplo, con las “ganancias” de 22 mil
millones de pesos de intereses de la Anses, los 63 mil millones de pesos de
diferencia de cambio del Banco Central?
—Es contrafactual. Si por los buenos motivos desapareciera la inflación rápido,
probablemente el ingreso de capitales que habría haría que el Banco Central
tuviera un problema enorme para recibir los dólares, 170 mil millones que los
argentinos tienen en el exterior, que son algo así como 40 puntos del producto,
que nos constituyen a los argentinos en el país con más proporción de fondos en
el exterior. Y donde muchas de las familias discuten una vez por mes si se van
a quedar a vivir en la Argentina o se van a ir a vivir a otro lado, tipo de
conversación que en la cena uno no escucha en Australia o en Canadá. La
inflación no desaparece si no desaparecen un montón de prácticas. Ahora, si me
pregunta cuál es el impuesto inflacionario, diría que hoy hay entre 2 y 3
puntos del PBI de impuesto inflacionario, algo así como 50, 60 mil millones de
pesos de impuesto que el Gobierno recauda por la inflación.
—¿Se podría decir que si el Gobierno no
tuviese el impuesto inflacionario tendría que reducir un tercio de los
subsidios?
—Sí, o debería conseguir una fuente de financiamiento alternativa, un crédito.
—Ya debatimos que no era conveniente
endeudarse para consumir…
—U otro gasto, o crear impuestos nuevos. En compensación de la caída del
impuesto inflacionario, se podría generar un impuesto del 3% del PBI a la
estabilidad. Perdón: ja-ja, ja-ja.
—Usted sabe que el nivel de gasto
público es de 40%...
—Sí, el 38.
—Es casi imposible hacerlo crecer, llegó
al techo.
—Hoy la presión impositiva es alta. La recaudación tributaria y el gasto
crecieron 12 puntos en términos de PBI en 2002 digamos, ¿no? Es alto, y la
presión tributaria que recae sobre los que pagamos impuestos también es muy
alta. Y no necesariamente el gasto público tiene la mejor calidad. En Clarín me
preguntaron hace un mes qué habría que hacer con el gasto público. Y lo primero
que dije fue bajar los subsidios a los sectores medios y altos que no los
necesitan y utilizar esos fondos en transferirles recursos a los sectores más
vulnerables frente al aumento inflacionario inevitable que trae la devaluación.
Yo no habría guardado los fondos en un arcón; habría aumentado más la
asignación por hijo y más la jubilación mínima. Y más el Plan Progresar.
Dedicaría 50 mil millones más a los sectores más vulnerables en la sociedad
argentina, que son los que están más golpeados por el aumento mayor de precios
de febrero.
—Cuando Lavagna sale del ministerio, al
año y medio, recuerdo haber escrito una columna titulada “Querida inflación”,
donde sostenía que el Gobierno quería la inflación, y que no era algo que le
sucedía.
—Y ha estado muy bien, y en esa época era realmente revolucionario lo que el
Gobierno hacía. Yo apoyaba fervientemente que tenía que haber un poquito de
inflación, que es lo que pasa en Europa. Todos se le murieron de risa en la
cara a Raúl Alfonsín cuando decía “No viene mal un poquito de inflación”, decía
5%, y los economistas de FIEL le saltaron a la yugular, riéndose. Y bueno, ¿qué
está haciendo Europa? Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, dice:
“Estamos atentos y vigilantes frente al problema de la inflación”. Y uno diría
¡ah! No, de que se nos caiga demasiado la tasa de inflación y se nos ponga en
negativa. ¿O qué hizo la Reserva Federal de Estados Unidos si no es una
política de intentar aumentar la inflación desde 0 hasta 2 en los últimos cinco
años? Uno, cuando tiene el riesgo de la deflación o cuando tiene el riesgo de
la depresión económica, tiene que tener una política proinflacionaria. Y cuando
tiene una inflación que empieza a carcomer el proyecto de largo plazo de
construcción de una moneda nacional, uno tiene que tener una política
antiinflacionaria.
—Nuestro tema no es una inflación de 5%
anual o una deflación.
—A mediados de 2006 llegó al 12%. Yo ahí decía: “Uno por ciento mensual es
fácil, si logramos mantenernos estables acá, vamos fenómeno, porque todo el
mundo entiende”.
—Es cuando sale Lavagna, y se pasa del
6% al 12% al año siguiente.
—Todavía teníamos capacidad ociosa cuando Roberto se va. El desempleo era
todavía muy alto, la capacidad de negociación en los sindicatos todavía no era
la que es ahora, el sindicalismo estaba unido y el jefe de la central obrera
tenía una visión constructiva respecto del Gobierno y, por lo tanto, ejercía
también una función de moderador y regulador de...
—¿De la conflictividad?
—Implícito, tácito, de las paritarias en una jugada completamente distinta.
Después lo que tuvimos fue un aumento sistemático en los precios de los
alimentos a nivel mundial que generó un aumento de la tasa de inflación no
menor…
—En algún momento otros niveles de
inflación fueron vistos por el Gobierno como una herramienta.
—Algunos sectores pensaban que la inflación generaba un poquito más de consumo.
¡Es que es verdad! Pero, si estamos hablando de 2006, 2007, el pecado original
fue lo del Indec, que fue una grosería inconcebible. Ese sí es un problema
institucional no menor, porque cuando uno se mete tan a fondo a falsear
estadísticas, quiere decir que uno puede estar mintiendo a todos. Por suerte es
algo que ahora se estaría corrigiendo.
—Volviendo a este año: hay quienes
dicen, o piensan, que las decisiones de política económica fueron parte de una
estrategia del Gobierno de aplicar un ajuste y enfriar en 2014 para volver a
disponer de fondos y ser más distributivo en 2015 para la campaña electoral.
¿Ve posible que en 2015 la situación económica mejore a tal punto?
—No sé. Todavía 2015 está un poco lejos. Lo único que podría decir es que la
situación en 2015 va a ser de estabilidad financiera como la que tenemos hoy,
que la tasa de inflación eventualmente podría ser o cinco puntos más baja o
cinco puntos más alta. Ninguna de las dos me mueve del amperímetro de mi
valuación de corto plazo de la economía argentina, ni si la inflación el año
que viene es 40 ni si es 27. Probablemente, el año que viene, si el Gobierno
tiene éxito en abrir la agenda al crédito a nivel internacional, la devaluación
que necesite el tipo de cambio sea más baja que la de este año, y por lo tanto
pueda aspirar a tener un año donde el salario real no caiga y que el salario en
dólares no caiga. O que el salario se mueva por arriba de la tasa de
devaluación. Hay decisiones políticas que el Gobierno saliente tendrá que tomar
cuando falten cinco meses para su finalización.
—¿Por ejemplo?
—Si se va a ir dando un aumento doble a los jubilados o manteniendo el
cumplimiento estricto de la ley de movilidad jubilatoria. Depende de cómo se
quiera ir respecto de su recuerdo de corto plazo con algunos sectores. Yo no sé
ni nadie lo sabe, lo único que sí tengo la sensación es de que, dado el
contexto internacional, donde la tasa de interés recién va a empezar a subir, a
lo mejor a fin del año que viene y no todavía, la situación de disponibilidad
de fondos internacionales es buena.
—Sigamos con 2015.
—Los precios de las materias primas van a ser buenos, aunque sean un poco más
bajos que los actuales. La situación del sector externo no va a ser holgada,
digo que la producción de autos no va a crecer 35% el año que viene porque
después de una caída del 18% este año, puede subir tres o cuatro. El año que
viene la economía puede que crezca dos o tres, perfectamente.
—Con todo el margen de error, ¿le asigna
más posibilidades a que 2015 sea un poquito mejor que 2014?
—Es que cuando uno tiene una devaluación brusca, el PBI no sube nunca. Alguien
me tendría que mostrar un ejemplo donde uno devaluó y el resultado de la
devaluación en los seis meses siguientes es un aumento del producto. Nunca. En
la convertibilidad, lo que pasó fue el aumento del producto una vez que el tipo
de cambio se clavó. Y mientras se estaba devaluando, la actividad se deshacía.
Mientras uno va devaluando o mientras las expectativas de devaluación están
altas, la actividad se deshace. Y cuando el tipo de cambio empieza a tener una
perspectiva o de estabilidad total o un crawling peg anunciado: “1% mensual
vamos a mover el tipo de cambio hasta octubre o hasta diciembre de 2015”. En
ese caso, si uno es creíble y logra mantener ese paso, puede tener crecimiento
económico, pero cuando uno tuvo una devaluación fuerte, lo que tiene
inmediatamente es un shock inflacionario que puede ser mayor o menor, de
acuerdo con la capacidad para administrar la puja. Por eso hoy todo el Gobierno
está peleando con los formadores de precios porque aspira a que no sea más de
10 o 12%, lo que se deslicen los precios en tres meses, pero es inevitable que
en estos tres o cuatro meses de precios nuevos y salarios viejos, antes de las
paritarias, el consumo se derrita.
—¿Qué posibilidades hay de volver a los
mercados financieros internacionales?
—Esa es una pregunta para el Gobierno, no es para mí. Depende de lo que hagan.
¿Qué tasa están dispuestos a pagar ellos? YPF es un caso raro en el que una
empresa puede volver y el soberano no. YPF mañana aprieta un botón y consigue 2
mil millones al 8%. Se los podría vender al Banco Central en forma inmediata y
se terminaría todo el problema, toda esta estupidez y este debate, y la mitad
de este reportaje sería algo así como para la serie Todo es historia. ¿De qué
depende? Depende de cómo se mueva el Gobierno para conseguir los dólares que
andan girando por el mundo.
—¿Y sería posible un acuerdo con el Club
de París sin que el Fondo Monetario haga su informe?
—No creo. Argentina está más débil ahora, entonces el Club de París está un
poquitito más envalentonado. Es más: a los países del Club de París la deuda
argentina les importa poco y nada. En todo caso, si hay que castigar a la
heterodoxia, vamos a castigar un poquito al gobierno argentino para que
entienda que el Club de París no cambia de idea. En ese caso, al Club de París
le digo: “Nos vemos en 2016. ¿Sabés qué? Vos tampoco me importás demasiado”.
Francamente, es demasiada la esperanza que se pone respecto de una solución del
Club de París para acceder a los mercados. Podemos firmar con el Club de París,
y los mercados lo único que van a mirar es nuestra situación fiscal y cómo estamos
con las reservas y en el sector externo. El resto les importa tres pepinos.
—Si el Gobierno consiguiese llegar en
forma más o menos ordenada al fin de su mandato...
—Va a llegar.
—¿Cómo imagina que será la herencia que
le queda al próximo gobierno?
—La Argentina tuvo una década muy exitosa porque es la que nos llevó de
hiperdesempleo al pleno empleo. Es la que llevó de 120 mil autos por año a 900
mil, y de 200 mil aparatos de aire acondicionado frío calor a 1.700.000 por
año. Argentina está en el nivel más alto de consumo de los sectores populares
de su historia como nación. Y hablo de los sectores populares, no de los que
siempre viajaron a Europa con la vaca en el vapor. La gente protesta, putea, la
clase media protesta por el tránsito, por la inflación y por la inseguridad,
por el colegio de los chicos, por los seguros, por un montón de cuestiones. En
general, no protesta por falta de laburo, ni se queja demasiado de que gana muy
mal y los trabajadores lo mismo. Diría que los trabajadores se quejan tal vez
un poco menos, lo cual no quiere decir que no quieran tener más, ganar más,
vivir mejor o poder tener una hipoteca. Una de las deudas enormes de la década
es que no se pueda tener una hipoteca a 15 años, siendo un matrimonio joven,
para comprarse un departamentito o una casita en la zona rural. Lo que digo es
que una situación inicial de fábricas vacías y gente afuera de la fábrica, sin
trabajo, era la foto de 2002. Si alguien no entiende esto cuando lo lea en su
diario, que no lea más su diario. No sé, que aprenda a leer y escribir. En
serio digo esto. La foto esa era del 25% de personas desempleadas, 25% de
fábricas paradas y 50% de personas que ganaban lo mismo en pesos que cinco o
seis meses atrás después que la inflación dio un gran salto colocando debajo de
la línea de la pobreza a millones de argentinos. Cuando se tiene esta situación
inicial, y además los bancos cerrados y la base monetaria es así chiquitita
porque se desmonetizó el país, lo único que hay que hacer es abrir los bancos,
imprimir dinero, dar crédito a las empresas y dar aumentos de sueldos. Esa no
era una agenda populista de un infeliz, era la agenda de un tipo que había
entendido lo que había que hacer, que se llamaba Néstor Kirchner. Lo que iba en
serio era eso, ninguna otra estupidez.
—Pero yo le pregunto cómo va a ser la
próxima década.
—Ese proceso de ir del hiperdesempleo al pleno empleo del seis y medio. Seis y
medio en la Argentina es pleno empleo. Hay dos, tres puntos del llamado
desempleo de gente que no está entrenada, que hay que reentrenarla para que
consiga trabajo. No hay falta de demanda en las empresas. Entonces una vez que
se llegó al pleno empleo, se levantó el consumo, yo diría, por arriba de lo
aconsejable; yo habría parado a fines de 2011. Con el triunfo electoral, habría
dicho como decía Perón en el 52: “Hasta acá llegamos, no se puede comprar más
electrodomésticos”. Lo dijo Perón así: “Ya nos compramos, todo el mundo tiene
su electrodoméstico”. Cristina podría haber dicho algo parecido y reordenar el
balance del sector externo de la Argentina, devaluando en ese momento. No se
hizo. Es una década donde llegaron a generar el pleno empleo de los factores
productivos y a un coeficiente de roce donde se pasaron dos años. Si hubieras
puesto la bandera de llegada a fin de 2011, habría sido de un timing
sensacional. Bueno, el conductor del proceso a fines de 2011 no estaba bien, no
sé si se hubiera dado cuenta de que había que cambiar, porque eso sí que es
recontrafáctico. El ciclo para llegar del hiperdesempleo al pleno empleo es el
tren bala. Ahora, la agenda que viene es la del desarrollo. Al desarrollo se
viaja en tren lechero, para en todas las estaciones y lleva dos generaciones,
no una. Los que dicen que tenemos que discutir 15 años, no saben de qué hablan.
Les recomendaría que vayan a Corea del Sur, donde hubo un plan de
industrialización que arrancó en 1963 y logró poner sus primeras dos marcas en
el mercado de los Estados Unidos como productos baratos, 15 o 18 años después.
El Polo Hyundai era el auto más barato, era el segundo auto de la clase media
baja norteamericana. Y demoran una generación y media más en construir sus
marcas de primera línea. Cuando empezaron las primeras pantallas de cristal
líquido, la gente en la Argentina no quería Samsung, todos querían Sony o
Philips. Hoy todos quieren Samsung. Quienes compraba camionetas cuatro por
cuatro no querían Hyundai, hoy la gente compra Hyundai. El Smartphone de
Samsung pelea palo y palo con el Iphone de Apple. Eso llevó cincuenta años con
grupos industriales bien definidos, con crédito casi ilimitado de largo plazo
para invertir y aumentar la calidad. Industrializarse a fondo para ser un
jugador mundial es una decisión estratégica que lleva dos generaciones.
—¿El tren bala sería crecer un promedio
del 7% anual, y el tren lechero crecer al 3,5%?
—Sí, 3,5%, 4,3%. No es el ejemplo frenético de China, donde se invierten 45
puntos del producto; en Corea, se invierten 32, 33. Entonces, Corea puede
crecer el 6%, 5,5%, no al 8% o 9%.
—Hablemos del largo plazo. Si se hiciera
realidad Vaca Muerta y continuaran los altos precios internacionales para los
granos, ¿cómo imagina el futuro del país y de la industria en un contexto de
abundancia que hiciera caer el tipo de cambio? Los riesgos de convertirnos en
Chile, lo que dice que se importa todo porque pasamos a sentirnos cómodos en el
papel de exportador de commodities.
—Es una pregunta compleja y muy completa. Completa en cuanto a la última parte.
La última parte de la pregunta alude al riesgo de la enfermedad holandesa. Si
yo le empiezo a contestar cuáles son los riesgos de que nos vaya demasiado
bien... que en los próximos veinte años en Vaca Muerta logremos sacar mucho más
petróleo del que nos imaginamos, hoy va a ser un programa cómico. La pregunta
es muy inteligente, y la administración futura que hay que hacer de ese recurso
tiene que ser extremadamente cuidadosa y requiere de consensos mayores que un
presidente de YPF haciendo lo que se le antoje. Estamos hablando de si nos
vamos a convertir en algo parecido a Noruega, un fondo gigantesco acumulado por
su petróleo offshore. Mucho antes tenemos que pasar los próximos dos años y ver
si el sector externo se equilibra y si podemos mantener más o menos a salvo el
empleo aunque sea con algún pequeño aumento de la desocupación. Esos son los
problemas del desarrollo, los problemas que tenemos cuando llegamos a
consensos, cuando tenemos sentados a los trabajadores a la misma mesa. La
Argentina no tiene hoy consensos largos sobre la distribución del ingreso.
Todas las personas que trabajan piensan que tienen que ganar más, todas las
empresas piensan que tienen que ganar más y el Gobierno piensa que tiene que
gastar más. No hay consenso. Hay otros países de América latina donde el
consenso distributivo es mayor y el nivel de la puja distributiva es peor.
—¿Reduciría la inflación de forma
gradual o con un tratamiento de shock?
—Lo mejor es en forma gradual. No me voy a posicionar como posible ministro de
Economía de nadie. Francamente, no me interesa. De modo que si uno no tuviera
el problema de tener que lidiar con la popularidad del político que dirige el
país, lo ideal es un tratamiento de shock, y después un manejo de las
expectativas sistemático durante mucho tiempo, de manejo de la política
monetaria, de la política fiscal y de la política de crisis, que no tiene por
qué ser restrictivo en la actividad económica ni mucho menos, pero tampoco
tiene que acelerar la actividad económica al doble de lo que permite el
desarrollo de la productividad y la incorporación de nuevos factores productivos.
Lo puede acelerar algo para mejorar la distribución del ingreso de los
trabajadores de forma sistemática. Uno puede hacer un montón de cosas para ir
mejorando la distribución del ingreso. La verdad es que en el caso de la
Argentina es muy difícil bajarla de a poco, porque nadie quiere dar el primer
paso. Como es una economía indexada hoy al 25%/30%, uno usa el ancla nominal
del tipo de cambio como ancla antiinflacionaria, con lo cual lo único que hace
es que la economía siga al 25% de inflación, y a los dos años hay que devaluar
de vuelta. En general, los mejores tratamientos han sido los de shock. Son
abordaje integral con cierre monetario, fiscal y consenso en la política de
ingresos, porque nunca más quiero para la Argentina que venga un gobierno
militar a apretar sindicalistas. El día que las centrales sindicales digan
“vamos a darles la oportunidad a estos muñecos que acaban de asumir, vamos a
dos años de tregua con un grupo de empresarios confiables que digan ‘nosotros
somos los líderes de los precios en Argentina, somos cien empresas y vamos a la
tregua de verdad’”, y el Gobierno de verdad cumpla su rol en que la expansión
monetaria sea consistente, que la expansión del gasto sea consistente, y los
trabajadores cumplan su rol de pedir un aumento de salario real de dos puntos
por año o tres puntos por año consistente con la mejora en la distribución y la
productividad y no 50% en dólares en dos años. El día que tengamos esas
condiciones, que son políticas...
—Culturales.
—... vamos a tener un país espectacular porque así como la gente se la llevó,
el día que los argentinos no discutan más en las cenas si se quedan o se van y
decidan que se quedan, la Argentina va a ser Australia, y la va a pasar por
arriba en dos generaciones.
—¿Volvería a formar parte de un
gobierno?
—Sí, bajo las condiciones que le acabo de dar en ese tipo de país con ese tipo
de consenso podría ayudar.
—¿Cómo le afectó en lo profesional, en
lo personal, la mención de la Presidenta elogiándolo?
—Una conmoción importante, porque lo estaba viendo. Además, estaba tomando mate
con mi mujer, con Olguita, en el living. Estaba viendo al Barcelona. De pronto
eran las siete y media y dije: “Va a haber cadena”. Nunca sabés qué te
anuncian. Y de pronto escucho esa mención y la verdad que me conmocionó, porque
la presidenta de la Nación te menciona en términos elogiosos, la presidenta de
la democracia, además, en términos elogiosos por la cadena nacional. Además,
Cristina, que no tiene un elogio fácil, empezó a hablar de que iba a haber unas
declaraciones. Mi mujer se asustó porque el estilo a veces es la crítica, ¿no?
De la Presi. Yo sabía que no había de qué asustarse porque sabía lo que había
dicho y que era importante. No sé si merecía semejante mención, pero era
importante porque lo dije a tiempo, en soledad, en un momento realmente
difícil.
—¿Cree que usted ayudó lo que dijo?
—Ayudó y mucho. Hoy en el mercado de capitales argentino, mi voz se escucha. No
sé cuánto, pero se escucha. Cuando veo que hay maniobras, que hay tipos
tratando de desestabilizar gobiernos, que hay tipos tratando de llevarse puesto
al Banco Central, cuando hay tipos como el que escribe en el Wall Street
Journal una nota que es un asco, un analfabeto yo te diría, para el botín de
oro del analfabeto mundial, un señor que se llama Cohen, que fue reproducido en
La Nación en el suplemento de economía. La Nación no tiene ninguna
responsabilidad, porque no son sus periodistas, ningún periodista de La Nación
habría escrito semejante tontería. Sí está la picardía de evitarlo, pero la
verdad es que ese tipo de visión de la Argentina me causa gracia. Ahora voy a
hablar de periodismo. Si esos tipos pueden escribir en el Wall Street Journal,
estamos en problemas, Fontevecchia. El Wall Street Journal es la meca del
periodismo, tiene una altísima credibilidad en los temas financieros en Estados
Unidos, en Nueva York. Es de una grosería, pero sobre todo de un analfabetismo
maravilloso que, además, está siendo repetido por infelices en las radios
argentinas. Están buscando disciplinar o, lo que es lo mismo, desestabilizar la
agenda de gobierno ahora que el Gobierno giró y tiene una agenda para mejorar
su vínculo con algunos países, con institutos de crédito multilaterales, con
los holdouts, usando fondos de inversión en el medio para ver si con el
gobierno americano... pagando las deudas en el Ciadi, y viendo si el
Departamento de Estado puede interceder ante la Corte de Justicia americana
para tomar el caso nuestro de los holdouts. El Gobierno está en todo eso.
Además, devalúa porque tenía que devaluar, pone la tasa de interés en pesos más
parecida a la tasa de inflación, pone la expansión monetaria en el 20% en vez
del 40% y trata de mantener las negociaciones paritarias en una zona de
racionalidad. Cuando hace todo eso, le pegan duro diciendo que así no vale,
porque lo hace por necesidad y no por convencimiento. Entonces, este tipo de
cosas a mí me irritan. Yo tengo un defecto desde chiquitito: cada vez que la
Argentina tuvo alguien en frente, yo siempre estuve con la Argentina. Nunca analicé
mucho si la causa era lógica o era ilógica. Nunca estuve contra la Guerra de
Malvinas; sin embargo, entendía perfectamente que era delirante lo que el
gobierno militar estaba haciendo. Pero había soldados argentinos allí, y yo
estaba con mi banderita. Cuando me acerco al Fondo Monetario, estoy con la
banderita mía. Cuando tengo que discutir con un periodista extranjero, yo tengo
la banderita mía. No hago el papel de pelotudo de decir “usted tiene la razón”.
No hago eso y no lo voy a hacer nunca.
—¿Hay algo que no le haya preguntado que
quieras agregar sobre algún tema?
—Me parece que no. Esto se pasó de la raya, en realidad. Es un reportaje de
alta peligrosidad para mí. Si fuera famoso, me haría más famoso después de esto.
©
Escrito por Jorge Fontevecchia el Domingo 03/03/2014 y publicado por el Diario
Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.