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martes, 20 de octubre de 2026

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes... @elprofesorcapomasi...

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes, por María Elena Walsh…

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

© Escrito por Felipe Pigna y Publicado por sito El Historiador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

Este nuevo golpe a la democracia, el sexto que tuvo lugar en menos de cincuenta años, fue la dictadura más sangrienta de la historia del país, con miles de muertos y desaparecidos, decenas de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en Malvinas, la multiplicación por cinco de la deuda externa, el vaciamiento de empresas públicas y la destrucción de gran parte del aparato productivo del país.

Los crímenes cometidos por los militares son hoy denominados en el derecho internacional como “delitos de lesa humanidad”. Treinta mil desaparecidos, 400 niños robados y un país destruido fue el saldo más grave de la ocupación militar.

En el ámbito cultural, la censura -a la que el gobierno de facto llamó “servicio gratuito de lectura previa”- fue moneda corriente. Llegó a todos los órdenes, desde los medios masivos de comunicación hasta la vida cotidiana. Fueron cerradas las carreras universitarias de Psicología y Antropología y, en la provincia de Córdoba, llegó a prohibirse la enseñanza de la matemática moderna por considerársela subversiva. Las proscripciones iban desde la música de Mercedes Sosa hasta la lectura de Saint-Éxupery, autor de El Principito. También “desaparecieron” escritores, como Haroldo Conti y Roberto Santoro, el cineasta Raymundo Gleyzer y el historietista Héctor Oesterheld. Muchos otros se vieron obligados a exiliarse.

La escritora, música y poetisa María Elena Walsh se refería a esta situación en un artículo publicado en Clarín en agosto de 1979, en el que comparaba a la Argentina de la dictadura con un jardín de infantes. “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas”, resumía la autora de tantos clásicos infantiles, que se instaló con su música y su poesía en el corazón de varias generaciones de argentinos.

Fuente: “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, por María Elena Walsh, Diario Clarín, 16 de agosto de 1979; en  María Elena Walsh, Desventuras en el País Jardín-de-Infantes, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, págs. 13-18.

Si alguien quisiera recitar el clásico «Como amado en el amante / uno en otro residía…» por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar «por esa única vez» los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (…) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o «desaconsejables».  (…)

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?»

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. (…)

Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o «invitado»— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: «La inflación ha muerto» (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores. (…)

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. (…)

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal? (…)

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustarnos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna «lista» creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizarnos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes. (…)

Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese «sentido de familia» que se nos quiere inculcar escolarmente… y con interminables avisos de vinos.

Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.

Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: «No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada».

Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de «derechos humanos», era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.

Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.

Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.

La autora «está muy cansada», no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. (…)

Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, muñidos de anticonceptivos mentales.

Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar




sábado, 13 de diciembre de 2025

Montgomery, 1955: historia de un asiento vacío… @dealgunamanera...

Montgomery, 1955: historia de un asiento vacío… 

Rosa Parks. La activista en un autobús con el periodista de United Press, Nicholas Chriss, un año después del comienzo del boicot. Fotografía: Getty Images.

Derechos Civiles en los Estado Unidos. Hace 70 años, en Alabama, una mujer afroamericana se negó a cederle su lugar en el colectivo a un hombre blanco. En la nota de la semana de Revista Acción, la historia de Rosa Parks y de una lucha colectiva que ilumina las injusticias del presente.


© Escrito por Federico Lorenz el 05/12/2025 y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
 

El 5 de diciembre de 1955 comenzó una protesta en apariencia modesta: hombres y mujeres afroamericanos de la ciudad de Montgomery, en Alabama, Estados Unidos, decidieron no subir a los autobuses. No había pancartas en cada esquina ni cámaras registrando el inicio de una huelga que cambiaría el siglo. Solo un ausentarse silencioso, casi doméstico, de un espacio cotidiano. Pero ese vacío ‒los asientos sin pasajeros, las paradas sin las figuras habituales que esperaban el transporte‒ fue un golpe político de una contundencia inesperada.

La chispa había sido la detención de Rosa Parks unos días antes, después de negarse a ceder su asiento de colectivo, reservado a los pasajeros «de color», a un hombre blanco. La imagen suele simplificarse en la iconografía pública: la mujer, costurera, serena, aferrada a su dignidad. Sin embargo, alrededor de ese gesto gravitaban siglos de humillaciones, estrategias de organización y una comunidad entera que venía madurando la idea de convertirse en protagonista de su propia historia. La fortaleza de Parks no surgió del instante, sino de una trama compleja de resistencias cotidianas, esas que brotan en las sobremesas familiares, en las conversaciones entre vecinas, a la salida del trabajo. Esas reuniones silenciosas de grupos que comprenden que el cambio solo llega si se arriesga algo propio.

Cuando el joven pastor Martin Luther King Jr. tomó la palabra ante la multitud que se reunió para definir los pasos del boicot, no habló desde la soberbia de quien guía, sino desde la responsabilidad de quien sabe que está siendo elegido para encarnar una demanda que lo excede. Su discurso inicial fue una mezcla de prudencia y audacia, de llamado a la dignidad y advertencia contra la violencia. Lo notable ‒lo que aún hoy sorprende‒ es que aquella multitud, cansada de décadas de segregación, apostó por un camino disciplinado y paciente. El boicot duró 381 días, sostenido por redes de solidaridad, por autos compartidos, por caminatas interminables, por la convicción colectiva de que la vida podía ser distinta.

Es fácil, desde la distancia, romantizar esa lucha. Convertirla en una epopeya ordenada, poblada de líderes luminosos y victorias inevitables. Pero quienes participaron recuerdan otra cosa: el cansancio, el miedo, la posibilidad permanente del fracaso. Cada paso hacia el trabajo, los colectivos semivacíos, eran un recordatorio de que el Estado y buena parte de la sociedad blanca estaban dispuestos a hacerlos retroceder por cualquier medio. Aun así, la comunidad sostuvo la presión, y el sistema legal ‒ese mismo que tantas veces los había traicionado‒ terminó reconociendo la inconstitucionalidad de la segregación en el transporte público.

Lo que ganaron entonces no fue solo un asiento en un medio de transporte, sino el derecho a ocupar el espacio público sin renunciar a la dignidad. Fue, también, una lección sobre cómo los sujetos comunes pueden torcer el curso de una estructura injusta sin armas ni privilegios. En ese sentido, el boicot de Montgomery sostiene su poder como espejo incómodo: nos recuerda que el poder no es un bloque monolítico, sino un entramado vulnerable cuando se quiebra la obediencia cotidiana. 

Prontuario. Parks tras su segundo arresto, en febrero de 1956, durante una huelga que cambiaría el siglo. Fotografía: Getty Images.

Hoy, en un mundo donde resurgen proyectos autoritarios y políticas que buscan reducir derechos conquistados, la experiencia de Montgomery ilumina debates contemporáneos. Tanto en Estados Unidos como en muchos otros países, América Latina incluida, emergen Gobiernos que se presentan como salvadores mientras erosionan instituciones, desfinancian políticas sociales y criminalizan la protesta. Frente a ese avance, es tentador imaginar que la resistencia debe ser inmediata y ruidosa, o que requiere figuras heroicas capaces de concentrar todas las expectativas. Sin embargo, el ejemplo de 1955 muestra otra vía: la persistencia organizada, la solidaridad artesanal, la construcción lenta pero firme de un «nosotros».

En Argentina, por ejemplo, no faltan coyunturas en las que amplios sectores sociales sienten que se los empuja hacia la marginalidad mientras se glorifica un orden que los excluye. Las tensiones entre un Gobierno que concentra decisiones y una sociedad que intenta defender sus derechos no son nuevas. Lo singular del presente es la velocidad con la que se pretende desarmar consensos democráticos construidos a lo largo de décadas. En ese escenario, las luchas del movimiento por los derechos civiles ofrecen un recordatorio urgente: las transformaciones profundas se sostienen en la participación, y los retrocesos solo se frenan cuando las personas comunes se reconocen mutuamente como protagonistas.

Hay algo especialmente poderoso en la imagen de miles de habitantes de Montgomery caminando para ir a trabajar, día tras día, mientras los colectivos circulaban casi vacíos. Es una metáfora de la terquedad colectiva, de la dignidad que avanza a pie, sin atajos. En tiempos en que los discursos del odio buscan fragmentar comunidades y convertir al vecino en enemigo, recuperar esa persistencia puede resultar vital. No se trata de imitar literalmente aquello ‒cada lucha tiene sus particularidades‒, sino de entender que la resistencia se construye más en la obstinación cotidiana que en los grandes gestos.

Al final, lo que comenzó con una mujer que decidió no ceder su asiento terminó revelando una verdad que ninguna política represiva logra borrar: cuando una comunidad se organiza y confía en su propia fuerza, incluso las estructuras más rígidas pueden resquebrajarse. Y esa certeza, setenta años después, sigue siendo un faro para quienes enfrentan Gobiernos autoritarios, proyectos antipopulares o intentos de restringir libertades. La historia de Montgomery no pertenece al pasado, es un recordatorio persistente de que cada asiento vacío puede convertirse en un espacio para imaginar un mundo más justo. 


2025, Año Internacional de las Cooperativas.

En junio de 2024, la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas declaró al 2025 como Año Internacional de las Cooperativas, una resolución que por segunda vez (ya lo había hecho en 2012) las reafirma como aliadas estratégicas en la construcción de un futuro sostenible e inclusivo.

Entre los fundamentos del documento difundido por el organismo, se destaca que «las cooperativas, en sus distintas formas, promueven la máxima participación posible en el desarrollo económico y social de las comunidades locales y de todas las personas, incluidas las mujeres, la juventud, las personas de edad, las personas con discapacidad y los pueblos indígenas».

Para difundir el rol de estas entidades, se realizarán actividades, reuniones y conmemoraciones en todo el mundo, con el fin de visibilizar y sensibilizar sobre los beneficios de no poner el centro en el lucro, sino en el bienestar de las comunidades.

El reconocimiento de la ONU llega en un momento crítico a nivel global, donde urge encontrar respuestas a los desafíos económicos, políticos y climáticos del presente, para construir un futuro mejor.