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martes, 20 de octubre de 2026

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes... @elprofesorcapomasi...

Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes, por María Elena Walsh…

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

© Escrito por Felipe Pigna y Publicado por sito El Historiador de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

El 24 de marzo de 1976, una junta militar integrada por los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas derrocó al gobierno constitucional de Isabel Perón. Pronto el jefe del Ejército, Jorge Rafael Videla, fue designado presidente de la Junta y presentado por la prensa oficial como “un profesional moderado y militante católico”.

Este nuevo golpe a la democracia, el sexto que tuvo lugar en menos de cincuenta años, fue la dictadura más sangrienta de la historia del país, con miles de muertos y desaparecidos, decenas de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en Malvinas, la multiplicación por cinco de la deuda externa, el vaciamiento de empresas públicas y la destrucción de gran parte del aparato productivo del país.

Los crímenes cometidos por los militares son hoy denominados en el derecho internacional como “delitos de lesa humanidad”. Treinta mil desaparecidos, 400 niños robados y un país destruido fue el saldo más grave de la ocupación militar.

En el ámbito cultural, la censura -a la que el gobierno de facto llamó “servicio gratuito de lectura previa”- fue moneda corriente. Llegó a todos los órdenes, desde los medios masivos de comunicación hasta la vida cotidiana. Fueron cerradas las carreras universitarias de Psicología y Antropología y, en la provincia de Córdoba, llegó a prohibirse la enseñanza de la matemática moderna por considerársela subversiva. Las proscripciones iban desde la música de Mercedes Sosa hasta la lectura de Saint-Éxupery, autor de El Principito. También “desaparecieron” escritores, como Haroldo Conti y Roberto Santoro, el cineasta Raymundo Gleyzer y el historietista Héctor Oesterheld. Muchos otros se vieron obligados a exiliarse.

La escritora, música y poetisa María Elena Walsh se refería a esta situación en un artículo publicado en Clarín en agosto de 1979, en el que comparaba a la Argentina de la dictadura con un jardín de infantes. “Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. (…) El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas”, resumía la autora de tantos clásicos infantiles, que se instaló con su música y su poesía en el corazón de varias generaciones de argentinos.

Fuente: “Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes”, por María Elena Walsh, Diario Clarín, 16 de agosto de 1979; en  María Elena Walsh, Desventuras en el País Jardín-de-Infantes, Buenos Aires, Sudamericana, 1993, págs. 13-18.

Si alguien quisiera recitar el clásico «Como amado en el amante / uno en otro residía…» por los medios de difusión del País-Jardín, el celador de turno se lo prohibiría, espantado de la palabra amante, mucho más en tan ambiguo sentido.

Imposible alegar que esos versos los escribió el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren a Personas de la Santísima Trinidad. Primero, porque el celador no suele tener cara (ni ceca). Segundo, porque el celador no repara en contextos ni significados. Tercero, porque veta palabras a la bartola, conceptos al tuntún y autores porque están en capilla.

Atenuante: como el celador suele ser flexible con el material importado, quizás dejara pasar «por esa única vez» los sublimes versos porque son de un poeta español.

Agravante: en ese caso los vetaría sólo por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.

El celador, a quien en adelante llamaremos censor para abreviar, suele mantenerse en el anonimato, salvo un famoso calificador de cine jubilado que alcanzó envidiable grado de notoriedad y adhesión popular.

El censor no exhibe documentos ni obras como exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse su currículum y en qué necrópolis se doctoró. Sólo sabemos, por tradición oral, que fue capaz de incinerar La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho) Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena como para recordar que Stendhal escribió dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas son sospechosas es dato folklórico y nos resultaría temerario atribuírselo.

Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja a sueldo, por vocación, porque la vida lo engañó o por mandato de Satanás.

Lo que sí sabemos es que existe desde que tenemos uso de razón y ganas de usarla, y que de un modo u otro sobrevive a todos los gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como el Gato Félix. Y que fueron ¡ay! efímeros los períodos en que se mantuvo entre paréntesis.

La mayoría de los autores somos moralistas. Queremos —debemos— denunciar para sanear, informar para corregir, saber para transmitir, analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras palabras, que son las del diccionario. Y con nuestras ideas, que son por lo menos las del siglo XX y no las de Khomeini.

El productor-consumidor de cultura necesita saber qué pasa en el mundo, pero sólo accede a libros extranjeros preseleccionados, a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas (…) que significativamente el correo no distribuye.

Un autor tiene derecho a comunicarse por los medios de difusión, pero antes de ser convocado se lo busca en una lista como las que consultan las Aduanas, con delincuentes o «desaconsejables».  (…)

Hace tiempo que somos como niños y no podemos decir lo que pensamos o imaginamos. Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna vez sucumbirá demolido por una autopista! estaremos decrépitos y sin saber ya qué decir. Habremos olvidado el cómo, el dónde y el cuándo y nos sentaremos en una plaza como la pareja de viejitos del dibujo de Quino que se preguntaban: «¿Nosotros qué éramos…?»

El ubicuo y diligente censor transforma uno de los más lúcidos centros culturales del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador de embelecos que sólo pueden abordar lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo histórico pasado por agua bendita. Ha convertido nuestro llamado ambiente cultural en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias, intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva, un estafador de energías, un ladrón de nuestro derecho a la imaginación, que debería ser constitucional.

La autora firmante cree haber defendido siempre principios éticos y/o patrióticos en todos los medios en que incursionó. Creyó y cree en la protección de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento del núcleo familiar. Pero la autora también y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor. Mira con amor la realidad de su país, por fea y sucia que parezca a veces, así como una madre ama a su crío con sus llantos, sus sonrisas y su caca (¿se podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud de familias ilegalmente desarticuladas porque el divorcio no existe porque no se lo nombra, y viceversa. (…)

Si incursiona en la TV —da lo mismo que sea como espectador, autor o «invitado»— hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera.

El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla —o apaga— no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo.

Cuando ya nos creíamos libres de brujos, nuestra cultura parece regida por un conjuro mágico; no nombrar para que no exista. A ese orden pertenece la más famosa frase de los últimos tiempos: «La inflación ha muerto» (por lo tanto no existe). Como uno la ve muerta quizás pero cada vez más rozagante, da ganas de sugerirle cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann, que se limite a ser bello y callar.

Sí, la firmante se preocupó por la infancia, pero jamás pensó que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes. Menos imaginó que ese país podría llegar a parecerse peligrosamente a la España de Franco, si seguimos apañando a sus celadores. Esa triste España donde había que someter a censura previa las letras de canciones, como sucede hoy aquí y nadie denuncia; donde el doblaje de las películas convertía a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente el incesto.

Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos. No sería justo erigirnos a nuestra vez en censores de una tarea que sabemos intrincada y de la que somos beneficiarios. Pero eso ya no justifica que a los honrados sobrevivientes del caos se nos encierre en una escuela de monjas preconciliares, amenazados de caer en penitencia en cualquier momento y sin saber bien por qué.

Nuestra historia —con sus cabezas en picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes guerras civiles— nos ha estigmatizado quizás con una propensión latente represiva-intervecinal que explota al menor estímulo y transforma la convivencia en un perpetuo intercambio de agravios y rencores. (…)

Quienes desempeñan la peliaguda misión de gobernarnos, así como desterraron —y agradecemos— aquellas metralletas que nos apuntaban por doquier en razón de bien atendibles medidas de seguridad, deberían aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan del Mundial?) con el pretexto de que la libertad lo sumiría en el libertinaje, la insurrección armada o el marxismo frenético. (…)

Creo necesario aunque obvio advertir que en las democracias donde la libertad de expresión es absoluta la comunidad no es más viciosa ni la familia está más mutilada ni la juventud más corrompida que bajo los regímenes de exagerado paternalismo. Más bien todo lo contrario. Delito e irregularidad son desgraciadamente productos de nuestra época (y de otras) y se dan en casi todos los países excepto los comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal? (…)

El abuso puede ser controlable mediante una coherente reglamentación, pero es preferible mil veces correr los riesgos que entraña la libertad, por lo mucho de positivo que engendra, que asustarnos a priori para ser pobres pero honrados, niños pero atrasados, que no es lo mismo que puros.

En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan preventivamente la cultura sí contaminan y achatan a toda la familia social y no sólo le vedan el acceso a las grandes ideas sino que generan fracaso, reyertas e hipocresía… vicios poco recomendables para una familia.

En lugar de presentar certificados de buena conducta o temblar por si figuramos en alguna «lista» creo que deberíamos confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco millones de sospechosos de querer pensar por nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizarnos creativamente, por peligroso que les parezca a bienintencionados guardianes. (…)

Veinticinco millones, sí, porque los niños por fortuna no se salvan del pecado. Aunque se han prohibido libros infantiles, los pequeños monstruos siguen consumiendo historias con madrastras-harpías, brujas que comen niños, hombres que asesinan a siete esposas, padres que abandonan a sus hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo tierra sin permiso de mamá. Entonces ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder ese «sentido de familia» que se nos quiere inculcar escolarmente… y con interminables avisos de vinos.

Ésta no es una bravuconada, es el anhelo, la súplica de una ciudadana productora-consumidora de cultura. Es un ruego a quienes tienen el honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás influyan en alguna decisión así como contribuyen al bienestar público con sus admirables tareas benéficas): déjennos crecer. Es la primera condición para preservar la paz, para no fundar otra vez un futuro de adolescentes dementes o estériles.

Como aquella pobre modista negra llamada Rosa Parks, encarcelada por haberse negado a cederle el asiento a un pasajero blanco en un autobús según la obligaba la ley, la autora declararía a quien la acusara de sediciosa: «No soy una revolucionaria, es que estaba muy cansada».

Pero Rosa Parks, en un país y una época (reciente) donde regían tales leyes en materia de «derechos humanos», era adulta y, ayudada por sus hermanos de raza, pudo apelar a otro ámbito de la justicia para derrotar a la larga la opresión y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.

Nosotros, pobres niños, a qué justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros encapuchados y fascistas espontáneos, para desbaratar listas que vienen de arriba, de abajo y del medio, para derogar fantasmales reglamentos dictados quizás por ignorancia o exceso de celo de sacristanes más papistas que el Papa.

Sólo podemos expresar nuestra impotencia, nuestra santa furia, como los chicos: pataleando y llorando sin que nadie nos haga caso.

La autora «está muy cansada», no por los recortes que haya sufrido porque volverán a crecerle como el pelo y porque de ellos la compensa el infinito privilegio de integrar la honorable familia de sus compatriotas, sino por compartir el peso de la frustración generalizada. Porque es célula de todo un organismo social y no aislada partícula. (…)

Y porque no es una revolucionaria pero está muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar sentada en el cordón de la vereda, con un único consuelo: el de los zonzos. Está rodeada de compañeritos de impecable delantal y conducta sobresaliente (salvo una que otra travesura). De coeficiente aceptable, pero persuadidos a conducirse como retardados y, pese a su corta edad, muñidos de anticonceptivos mentales.

Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal goma de borrar ya incrustada en el cerebro. Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso río de mocos que va a dar a la mar de lágrimas y sangre que supimos conseguir en esta castigadora tierra.

Fuente: www.elhistoriador.com.ar




viernes, 13 de marzo de 2026

Alfredo Palacios, el primer socialista en llegar al Congreso Nacional... @elprofesorcapomasi...

 Alfredo Palacios, el primer socialista en llegar al Congreso Nacional...


El 13 de marzo de 1904 se produjo un hecho trascendental. Ese año Alfredo Palacios fue electo diputado por el barrio de La Boca, convirtiéndose de esa manera en el primer legislador socialista de toda América. Un gran logro para aquel letrado que había colocado en la puerta de su casa la siguiente placa: “Abogado. Atiende gratis a los pobres”.

© Escrito por Felipe Pigna y publicado en el Sitio de Divulgación Histórica “El Historiador”, en la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina.

Desde su banca, el flamante diputado socialista impulsaría varios proyectos que se convertirían en ley, como el descanso dominical, la protección del trabajo de las mujeres y de los niños y la ley de la silla, que obligaba a los patrones a disponer de aquel simple objeto para el descanso de los empleados de comercio.

Muchos otros proyectos de avanzada para su tiempo no lograron la sanción por parte de un Congreso dominado por los conservadores. Entre aquéllos, se destacan la jornada de ocho horas, la abolición de la pena de muerte, el divorcio absoluto, y los proyectos de accidentes de trabajo, de derechos civiles de la mujer o contra la trata de blancas, todos ellos presentados en la primera década del siglo XX.

Además de la protección de los derechos del trabajador, Palacios levantó otras banderas. Escribió en defensa de la soberanía de Malvinas, apoyó entusiastamente a los estudiantes en el movimiento a favor de la reforma universitaria que estalló en Córdoba en 1918 y bregó incansablemente por la unión de América Latina.

Transcribimos a continuación el Mensaje a la juventud iberoamericana, del 25 de noviembre de 1924, en el que Alfredo Palacios propone la unión de estos pueblos, a la vez que una renovación educativa y la elaboración de una nueva cultura.


A la juventud universitaria de Iberoamérica

Fuente: Alfredo Palacios, Nuestra América y el imperialismo yanqui, Madrid, Historia Nueva, 1930, págs. 133-136.

Buenos Aires, 25 de noviembre de 1924.


Nuestra América hasta hoy ha vivido de Europa, teniéndola por guía. Su cultura la ha nutrido y orientado. Pero la última guerra ha hecho evidente lo que ya se adivinaba: que en el corazón de esa cultura iban los gérmenes de su propia disolución. Su ciencia estaba al servicio de las minorías dominantes y alimentaba la lucha del hombre contra el hombre. Ciencia sin espíritu, sin alma, ciega y fatal como las leyes naturales, instrumento inconsciente de la fuerza, que no escucha los lamentos del débil y el humilde; que da más a los que tienen y remacha las cadenas del menesteroso; que desata en la especie los instintos primarios contra los más altos fines de la humanidad. Tal nos aparece hoy la cultura europea, que amenaza desencadenar una guerra interminable, capaz de hundir en el caos la civilización de Occidente.

¿Seguiremos nosotros, pueblos jóvenes, esa curva descendente? ¿Seremos tan insensatos que emprendamos, a sabiendas, un camino de disolución? ¿Nos dejaremos vencer por los apetitos materiales que han arrastrado a la destrucción a los pueblos europeos? ¿Imitaremos a Norteamérica, que, como Fausto, ha vendido su alma a cambio de la riqueza y el poder, degenerando en plutocracia?

Volvamos la mirada a nosotros mismos. Reconozcamos que no nos sirven los caminos de Europa ni las viejas culturas. Estamos ante nuevas realidades. Emancipémonos del pasado y del ejemplo europeo, utilizando sus experiencias para evitar sus errores.

Somos pueblos nacientes, libres de ligaduras y atavismos, con inmensas posibilidades y vastos horizontes ante nosotros. El cruzamiento de razas nos ha dado un alma nueva. Dentro de nuestras fronteras acampa la humanidad. Nosotros y nuestros hijos somos síntesis de razas. No podemos, por tanto, alimentar los viejos odios raciales, fruto de parcialidad y limitación. Conservamos además la herencia pura de San Martín y Bolívar, dos de los héroes más generosos que ha producido la historia. Tenemos que concebir una nueva humanidad, dotada de una más alta conciencia. La dilatada extensión de nuestros países, casi despoblados, hace absurda la lucha de los pueblos por la tierra. No necesitamos disputárnosla, ni regarla con sangre fratricida, sino dividirla entre los hombres, haciéndola fecunda por el esfuerzo, en beneficio de todos.

No necesitamos, como Europa, alimentar el odio implacable, sino tender a su desaparición; borrar las diferencias exteriores que separan a los hombres y sustituir la concurrencia y los antagonismos con la cooperación y la ayuda mutua. Utilizar para el bien social todos los esfuerzos y poner al alcance de cada uno todas las posibilidades. Debemos libertar a la mujer y hacerla nuestra igual en los derechos, en lugar de mantenerla sometida a perpetuo y odioso tutelaje. Es indispensable la colaboración del alma femenina en nuestra obra civilizadora.

Y tenemos, ante todo, que exaltar la personalidad humana. Darle al hombre conciencia de su fuerza; forjar su voluntad y su carácter. Hacerle apto para dominar los tesoros que ha creado, en vez de constituirse, como ahora, en siervo de ellos. Para lograr esto, habremos de realizar una incruenta revolución: la revolución del pensamiento, la reforma educativa, para transformar al hombre.

Vosotros, universitarios de la nueva generación, habéis iniciado esa obra y debéis continuarla. Las posibles consecuencias de ella son incalculables. Al emprender la reforma universitaria habéis contraído un grave deber ante el porvenir, con vuestra propia conciencia. No basta haber reformado los estatutos. Hay que transformar el alma de las universidades. Conseguir que, en vez de máquinas de doctorar, se conviertan en crisol de hombres. Deben ser laboratorios de humanidad. Focos de pensamiento renovador y de fuerzas espirituales. Corazón y cerebro de los pueblos y guía de las futuras generaciones. Es preciso que dejen ser exactas para ellas estas palabras que en Erewhon atribuye Samuel Butler a un profesor influyente de la Universidad de Sinrazón: “Nuestra misión no consiste en ayudar a los estudiantes a pensar por sí mismos… Nuestro deber es hacer de modo que piensen como nosotros, o al menos como nosotros creemos útil decir que pensamos”.

La renovación de la enseñanza universitaria implica la incorporación a sus estudios de las modernas ideologías y los problemas sociales. Debe salir de las universidades una concepción social y un espíritu nuevo. Los universitarios deben solidarizarse con el alma del pueblo y proponerse la elevación y la redención de la masa humana. Deben reintegrarse al pueblo para que surja de todos la conciencia social.

Vosotros, los jóvenes universitarios, deberíais formularos el propósito de constituiros en núcleo dirigente. Ser dirigente no significa ocupar los puestos lucrativos o disputarse el poder, sino asumir la responsabilidad del destino de los pueblos y consagrarse a la tarea de extirpar sus males, resolver sus problemas y modelar su alma.

Para realizar esta obra debe ser la primera condición la de hacer efectiva la solidaridad espiritual entre los pueblos de América Latina. Labor tan vasta no puede emprenderla un pueblo solo. Debemos elaborar una nueva cultura, concordante con nuestros ideales, que permanecen latentes en la raza. Debemos ir a la acción. La cultura sin acción deriva en bizantinismo. Por el contrario, la acción renovadora, suscitará la creación de una cultura nueva. Por eso la tarea más inmediata sería la de trazar las líneas directivas de la Confederación Ibero Americana. Esa empresa debe ser obra de la juventud, que se halla libre de compromisos con el pasado y de mezquinas rivalidades. Tal labor es también de imperiosa urgencia para contener la expansión arrolladora y envolvente del capitalismo yanqui.

El destino os ha impuesto esa misión que no es menos gloriosa y trascendente, aunque sí menos ardua, que la llevada a término por nuestros próceres de la gesta libertadora.

Emprendamos resueltos el camino de la nueva era de América Latina. No defraudemos a Europa, a los mejores hombres de Europa, que esperan de nosotros la conquista de nuevos horizontes para el progreso del mundo. Nadie tiene a su disposición condiciones más propicias que las nuestras. Renovemos las antiguas glorias en bien de la humanidad. Seamos dignos de la herencia de audacia y energía que nos impusieron los conquistadores y del heroísmo ejemplar que nos legaron los autores de nuestra independencia.

Nuestro programa de acción y de idealismo puede concretarse en los siguientes puntos:

Renovación educativa.
Solidaridad con el alma del pueblo.
Elaboración de una cultura nueva.
Federación de los pueblos iberoamericanos.
A la obra, pues.

Alfredo L. Palacios.




miércoles, 13 de diciembre de 2023

13 de Diciembre. ¡Feliz (nuevo) Día del Periodista!... @dealgunamaneraok...

¡Feliz (nuevo) Día del Periodista!...


José Ignacio López, ejerció su derecho a preguntar y repreguntar, aun en medio de la peor dictadura, frente a Jorge Rafael Videla. Fotografía: Captura Archivo Histórico RTA.

Un día como hoy, de hace 44 años, José Ignacio López, ejerció su derecho a preguntar y repreguntar, aun en medio de la peor dictadura. Un ejercicio que los periodistas no debemos olvidar.

© Escrito por Gustavo González (*) el miércoles 13/12/2023 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

El 13 de diciembre de 1979, hace 44 años, un día como hoy, el país atravesaba la peor dictadura de su historia. El presidente de facto era un general llamado Jorge Rafael Videla. Como había asumido tres años antes diciendo que los políticos eran los culpables de todo, la mayoría de ellos estaban escondidos, detenidos, exiliados, muertos o se había dedicado a otra cosa.  

Aunque los medios no lo informaran, en el país existían centros clandestinos de detención y había miles de personas cuyos paraderos se desconocían. Estaban “desaparecidos”, una palabra prohibida.  

A comienzos de ese año, el fundador de esta editorial, Jorge Fontevecchia, había sido uno de ellos, mientras permaneció detenido en uno de esos campos, El Olimpo, en plena ciudad de Buenos Aires. Sobrevivió porque un periodista, Bob Cox, director de un diario escrito en inglés, El Buenos Aires Herald, se había atrevido a dar la noticia que enseguida tuvo resonancia internacional. 

A la par de esa represión, el gobierno impulsaba un modelo económico que se decía inspirado en la ultra ortodoxia de Milton Friedman, quien venía de obtener el Premio Nobel de Economía. Sin embargo, siguiendo sus consejos la dictadura nunca pudo bajar la inflación ni lograr el crecimiento del Producto Bruto.  

Era el mismo Friedman en cuyo honor Javier Milei le puso “Milton” a uno de sus perros clonados. “Milton”, de acuerdo a la interpretación esotérica del Presidente, es el encargado de mostrarle el futuro (cada mastín tiene su especialidad, según su creencia).   

Un día muy particular    

Pero aquel 13 de diciembre, en medio de esos días oscuros en los que no era bueno dar malas noticias, pasaron dos cosas extrañas. Una fue que Videla concedió una conferencia de prensa. La otra es que un periodista se animó a hacerle una pregunta en serio.    

El periodista era José Ignacio “Nacho” López. Y le preguntó lo siguiente: “El último domingo de octubre, el papa Juan Pablo II se refirió a la Argentina de distintas maneras y, entre otras cosas, habló de los desaparecidos y de los detenidos sin causa, sin proceso. Le quiero preguntar si usted le ha contestado reservadamente al Papa y si hay algunas medidas en estudio".   

En las imágenes de archivo se puede ver que Videla no sale de su asombro por lo que acababa de escuchar, pero improvisa una respuesta para no responder: “El Papa le habla al mundo, no a la Argentina. Para defender la dignidad del hombre, la Argentina tuvo que enfrentar esta guerra, los argentinos no tenemos nada que ocultar ni nada de qué avergonzarnos…”   

Videla siguió con su no-respuesta unos instantes más, suponiendo que López había entendido el mensaje. No le dijo “señor periodista, esto es una dictadura, ya desaparecieron decenas de periodistas, me imagino que usted no quiere ser el próximo, pasemos a otro tema”. No le dijo eso, pero estaba claro que pretendía eso.  

El problema es que aquel 13 de diciembre de 1979, Videla se encontró con un periodista. Nacho hizo lo que suelen hacer los periodistas cuando están comprometidos con su profesión. Repreguntó:     

-Yo le preguntaba si había otras medidas que pudiera estar estudiando el gobierno. Porque el Papa hizo una solicitud para solucionar este grave problema…  

Entonces, ese militar que encabezaba un gobierno que decidía sobre la vida y la muerte de las personas, no tuvo más alternativa que responder. Lo hizo con su conocido giro argumentativo que con los años se volvería en signo de aquella época trágica: “Frente al desaparecido, en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido. Si el hombre apareciera tendría un tratamiento equis. Y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tendría un tratamiento zeta. Pero mientras sea un desaparecido, no puede tener ningún tratamiento especial, es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo. Está desaparecido". 


Nuevo día  

Hasta ahora, el Día del Periodista se celebra el 7 de junio, recordando la salida del primer número de La Gazeta de Buenos Aires, el periódico oficial de la Primera Junta de Gobierno. Un medio que hoy llamaríamos de militancia oficialista, aunque sería un error historiográfico ver al pasado con ojos del presente. 

Desde hace tiempo, en la Academia Nacional de Periodismo (de la que Nacho López es miembro) y en otros ámbitos periodísticos, venimos planteando la necesidad de reivindicar aquel instante de grandeza de nuestro colega. 

Creemos que la mejor forma de hacerlo es que la nueva fecha de celebración para los periodistas argentinos sea cada 13 de diciembre. Con el objetivo de recordarnos, a la sociedad y a nosotros los periodistas, que esta profesión tiene la obligación de mantener siempre una mirada crítica e independiente de los poderes de turno. Incluso en los momentos más difíciles. Incluso a contrapelo de lo que puedan pretender las audiencias.     

Fíjense su importancia. 

Al día siguiente de aquel 13 de diciembre de hace 44 años, ningún medio mencionó en tapa el tema de los desaparecidos que se tocó en aquella conferencia de prensa. Apenas alguna mención en sus notas, pero sin citar el diálogo entre Videla y López. Sólo el diario La Prensa de la ciudad de Buenos Aires y, quizá, algún otro del interior del país, mencionaron el intercambio entre el dictador y el periodista. 

Pero dos días después, el 15 de diciembre, los diarios sí debieron llevar en sus tapas el tema de los desaparecidos. Porque la Iglesia Católica argentina, que nunca había sido crítica de esa dictadura, no tuvo más remedio que hacerse eco de la pregunta del periodista que traía a colación la voz del Papa.   

Por primera vez, la palabra “desaparecido” llegaba a las portadas de los grandes medios. Y fue responsabilidad de un hombre que eso sucediera. Un periodista que está con vida y es un orgullo para todos los que ejercemos esta profesión.  

Por eso, hoy, 13 de diciembre, ¡Feliz Día del Periodista! 

(*) Gustavo González, Presidente de editorial Perfil y miembro de la Academia Nacional de Periodismo.


 

lunes, 29 de abril de 2019

Los campos de concentración de la “conquista del desierto”... @dealgunamanera...

Los campos de concentración de la “conquista del desierto”


© Fuente: Felipe Pigna, Los mitos de la historia argentina 2, Buenos Aires, Planeta. 2004, págs. 317-321, adaptado para El Historiador.

Los sobrevivientes de la llamada “Conquista del Desierto” fueron “civilizadamente” trasladados, caminando encadenados 1.400 kilómetros, desde los confines cordilleranos hacia los puertos atlánticos.

A mitad de camino se montó un enorme campo de concentración en las cercanías de Valcheta, en Río Negro. El colono Galés John Daniel Evans recordaba así aquel siniestro lugar: “En esa reducción creo que se encontraba la mayoría de los indios de la Patagonia. (…) Estaban cercados por alambre tejido de gran altura; en ese patio los indios deambulaban, trataban de reconocernos; ellos sabían que éramos galeses del Valle del Chubut. Algunos aferrados del alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco de castellano y un poco de galés: ‘poco bara chiñor, poco bara chiñor’ (un poco de pan señor)”.1

La historia oral, la que sobrevive a todas las inquisiciones, incluyendo a la autodenominada “historia oficial” recuerda en su lenguaje: “La forma que lo arriaban…uno si se cansaba por ahí, de a pie todo, se cansaba lo sacaban el sable lo cortaban en lo garrone. La gente que se cansaba y…iba de a pie. Ahí quedaba nomá, vivo, desgarronado, cortado. Y eso claro… muy triste, muy largo tamién… Hay que tener corazón porque… casi prefiero no contarlo porque é muy triste. Muy triste esto, dotor, Yo me recuerdo bien por lo que contaba mi pobre viejo paz descanse. Mi papa; en la forma que ellos trataban. Dice que un primo d’él cansó, no pudo caminar más, y entonces agarraron lo estiraron las dos pierna y uno lo capó igual que un animal. Y todo eso… a mí me… casi no tengo coraje de contarla. Es historia… es una cosa muy vieja, nadie la va a contar tampoco, ¿no?…único yo que voy quedando… conocé… Dios grande será… porque yo escuché hablar mi pagre, comersar…porque mi pagre anduvo mucho… (…)”. 2

De allí partían los sobrevivientes hacia el puerto de Buenos Aires en una larga y penosa travesía, cargada de horror para personas que desconocían el mar, el barco y los mareos. Los niños se aferraban a sus madres, que no tenían explicaciones para darles ante tanta barbarie.

Un grupo selecto de hombres, mujeres y niños prisioneros fue obligado a desfilar encadenado por las calles de Buenos Aires rumbo al puerto. Para evitar el escarnio, un grupo de militantes anarquistas irrumpió en el desfile al grito de “dignos”, “los bárbaros son los que les pusieron cadenas”, en un emocionado aplauso a los prisioneros que logró opacar el clima festivo y “patriótico” que se le quería imponer a aquel siniestro y vergonzoso “desfile de la victoria”.

Desde el puerto los vencidos fueron trasladados al campo de concentración montado en la isla Martín García. Desde allí fueron embarcados nuevamente y “depositados” en el Hotel de Inmigrantes, donde la clase dirigente de la época se dispuso a repartirse el botín, según lo cuenta el diario El Nacional que titulaba “Entrega de indios”: “Los miércoles y los viernes se efectuará la entrega de indios y chinas a las familias de esta ciudad, por medio de la Sociedad de Beneficencia”.3                                     

Se había tornado un paseo “francamente divertido” para las damas de la “alta sociedad”, voluntaria y eternamente desocupadas, darse una vueltita los miércoles y los viernes por el Hotel a buscar niños para regalar y mucamas, cocineras y todo tipo de servidumbre para explotar.

En otro artículo, el mismo diario El Nacional describía así la barbarie de las “damas” de “beneficencia”, encargadas de beneficiarse con el reparto de seres humanos como sirvientes, quitándoles sus hijos a las madres y destrozando familias: “La desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos para en su presencia regalarlos, a pesar de los gritos, los alaridos y las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres indias. En aquel marco humano unos se tapan la cara, otros miran resignadamente al suelo, la madre aprieta contra su seno al hijo de sus entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia”.

Los promotores de la civilización, la tradición, la familia y la propiedad, habiendo despojado a estas gentes de su tradición y sus propiedades, ahora iban por sus familias. A los hombres se los mandaba al norte como mano de obra esclava para trabajar en los obrajes madereros o azucareros.

Dice el Padre Birot, cura de Martín García: “El indio siente muchísimo cuando lo separan de sus hijos, de su mujer; porque en la pampa todos los sentimientos de su corazón están concentrados en la vida de familia”.4

Se habían cumplido los objetivos militares, había llegado el momento de la repartija del patrimonio nacional.

La ley de remate público del 3 de diciembre de 1882 otorgó 5.473.033 de hectáreas a los especuladores. Otra ley, la 1552 llamada con el irónico nombre de “derechos posesorios”, adjudicó 820.305 hectáreas a 150 propietarios. La ley de “premios militares” del 5 de septiembre de 1885, entregó a 541 oficiales superiores del Ejército Argentino 4.679.510 hectáreas en las actuales provincias de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut y Tierra del Fuego. La cereza de la torta llegó en 1887: una ley especial del Congreso de la Nación premió al general Roca con otras 15.000 hectáreas.

Si hacemos números, tendremos este balance: La llamada “conquista del desierto” sirvió para que entre 1876 y 1903, es decir, en 27 años, el Estado regalase o vendiese por moneditas 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes vinculados estrechamente por lazos económicos y/o familiares a los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período.

Desde luego, los que pusieron el cuerpo, los soldados, no obtuvieron nada en el reparto. Como se lamentaba uno de ellos, “¡Pobres y buenos milicos! Habían conquistado veinte mil leguas de territorio, y más tarde, cuando esa inmensa riqueza hubo pasado a manos del especulador que la adquirió sin mayor esfuerzo ni trabajo, muchos de ellos no hallaron –siquiera en el estercolero del hospital– rincón mezquino en que exhalar el último aliento de una vida de heroísmo, de abnegación y de verdadero patriotismo”.5

Los verdaderos dueños de aquellas tierras, de las que fueron salvajemente despojados, recibieron a modo de limosna lo siguiente: Namuncurá y su gente, 6 leguas de tierra. Los caciques Pichihuinca y Trapailaf, 6 leguas. Sayhueque, 12 leguas. En total, 24 leguas de tierra en zonas estériles y aisladas.

Ya nada sería como antes en los territorios “conquistados”; no había que dejar rastros de la presencia de los “salvajes”. Como recuerda Osvaldo Bayer, “Los nombres poéticos que los habitantes originarios pusieron a montañas, lagos y valles fueron cambiados por nombres de generales y de burócratas del gobierno de Buenos Aires. Uno de los lagos más hermosos de la Patagonia, que llevaba el nombre en tehuelche de “el ojo de Dios”, fue reemplazado por el Gutiérrez, un burócrata del ministerio del Interior que pagaba los sueldos a los militares. Y en Tierra del Fuego, el lago llamado “Descanso del horizonte” pasó a llamarse “Monseñor Fagnano”, en honor del cura que acompañó a las tropas con la cruz” 5.

Referencias:

1 Walter Delrio, “Sabina llorar cuando contaban. Campos de concentración y torturas en la Patagonia”, ponencia presentada en la Jornada: “Políticas genocidas del Estado argentinos: Campaña del Desierto y Guerra de la Triple Alianza”, Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Poder Autónomo, Buenos Aires, 9 de mayo de 2005. Citado por Fabiana Nahuelquir en “Relatos del traslado forzoso en pos del sometimiento indígena a fines de la conquista al desierto”, publicado en: http://www.elhistoriador.com.ar/articulos/republica_liberal/sometimiento_indigena_conquista_al_desierto.php.

2 Testimonio recogido en Perea Enrique: “Y Félix Manuel dijo”, Fundación Ameghino, Viedma, 1989. Citado por Fabiana Nahuelquir, op. cit.

3 El Nacional, Buenos Aires, 31 de diciembre de 1878.

4 Álvaro Yunque, Historia de los argentinos, Buenos Aires, Anfora, 1968.

5 Manuel Prado, La guerra al malón, Buenos Aires, Eudeba, 1966.

6 Osvaldo Bayer, “Rebelde amanecer”, Buenos Aires, Página/12, 8 de noviembre de 2003.