SERPICO: DENUNCIA DE LA
CORRUPCION...
Sérpico era un agente de policía de civil que
trabajaba en Brooklyn, el Bronx y Manhattan para denunciar el crimen organizado
relacionado con el vicio. En 1967, presentó pruebas creíbles de
© Escrito por el profesor Ricardo Miguel Fessia el martes 0/02/2026
y publicado en su muro de Facebook en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires,
República Argentina.
I – Denunció la corrupción
policial, así que sus propios compañeros lo “regalaron” para que muriera… y
luego declaró desde su cama de hospital con fragmentos de bala alojados cerca
del cerebro.
Brooklyn, 3 de febrero de 1971.
El agente Frank Serpico subió las escaleras de un piso donde se traficaba con
drogas en Williamsburg junto a otros policías. En teoría, iba a ser una
detención de rutina. Pero Frank Serpico ya sabía que, en su vida, nada era “de
rutina”.
Durante años, había sido de los
pocos en su entorno que se negaban a aceptar sobornos. Mientras otros agentes
recibían sobres con dinero de narcotraficantes, proxenetas y casas de apuestas,
Serpico se daba la vuelta y se iba.
No intentaba ser un héroe. Solo
quería hacer el trabajo para el que se había alistado. Pero en el NYPD de los
años 60, ser honesto te convertía en un objetivo.
II - Francesco Vincent “Frank”
Serpico nació en Brooklyn, Nueva York, el 14 de abril de 1936, hijo menor de
Vincenzo y Maria Giovanna Serpico, inmigrantes italianos de Marigliano,
Nápoles, Campania. Sus tres hermanos mayores, Pasquale, Salvatore y Tina, también
nacieron en Brooklyn. Serpico asistió a la escuela secundaria en la prestigiosa
St. Francis Preparatory School y se graduó en 1954. Ese mismo año, con apenas
17 años, se alistó en el Ejército de los Estados Unidos y estuvo destinado
durante dos años en Corea del Sur como soldado de infantería. Después de su
servicio en el ejército, trabajó como investigador privado a tiempo parcial y
como consejero juvenil mientras asistía al Brooklyn College. Luego logró una
licenciatura en Ciencias del City College de Nueva York.
III – El 11 de septiembre de 1959
ingresó Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD) con la bisoña
idea de servir y proteger. Patrulló en Brooklyn, trabajó de paisano y en
operativos de narcóticos. Le encantaba ese trabajo.
El 5 de marzo de 1969 lo elevaron
a patrullero de tiempo completo y fue asignado al distrito 81 y luego trabajó
para la Oficina de Identificación Criminal (BCI) durante dos años. Como
estrategia de la policía, se había conformado un grupo de trabajo encubierto de
civil. En ese espacio pudo advertir lo que realmente pasaba y finalmente expuso
la corrupción generalizada.
Agentes extorsionando a
comerciantes. Plantando pruebas. Cobrando para mirar hacia otro lado. Y la
corrupción subía por la cadena de mando: sargentos, tenientes, capitanes…
demasiados con la mano extendida.
Serpico lo denunció a sus
superiores. Le dijeron que se callara.
Subió más arriba. La misma
respuesta. Fue incluso a instancias políticas de la ciudad. Sus quejas
terminaron enterradas. El mensaje era claro: acepta el dinero y cállate.
Serpico se negó. Y eso lo
convirtió en uno de los hombres más incómodos dentro del NYPD.
Sus compañeros dejaron de
hablarle. Evitaban patrullar con él en servicios peligrosos. Corrieron rumores:
que estaba loco, que era un soplón, que no se podía confiar en él.
Empezaron las amenazas. Llamadas
anónimas de madrugada. Notas en su taquilla.
Pero Serpico ya había tomado una
decisión. En 1970, su caso llegó a The New York Times. El periódico publicó una
historia en primera plana sobre la corrupción extendida en el NYPD.
La ciudad estalló. El alcalde
John V. Lindsay se vio obligado a crear la Comisión Knapp para investigar al
NYPD.
Serpico se convirtió en testigo
clave. Y aun así seguía trabajando en la calle, rodeado de policías que lo
detestaban.
IV - Cuatro agentes del comando
policial de Brooklyn Norte habían recibido un aviso de que estaba a punto de
concretarse un tráfico de drogas. Ese 3 de febrero de 1971 se constituyeron en
el número 778 de la avenida Driggs, en Williamsburg, Brooklyn.
Dos policías, Gary Roteman y
Arthur Cesare, se quedaron afuera, mientras que el tercero, Paul Halley, se
quedó frente al edificio de apartamentos. Serpico subió por la escalera de
incendios, entró por la puerta de emergencia, bajó las escaleras, escuchó la
contraseña y luego siguió a dos sospechosos afuera.
La policía arrestó a los jóvenes
sospechosos y encontró que uno de ellos tenía dos bolsas de heroína. Halley se
quedó con los sospechosos, y Roteman le dijo a Serpico, quien hablaba español,
que fingiera una compra para que los narcotraficantes abrieran la puerta. La
policía fue al rellano del tercer piso. Serpico llamó a la puerta, manteniendo
la mano en su revólver. La puerta se abrió unos centímetros, justo lo
suficiente para que su cuerpo quedara atrapado. Serpico pidió ayuda, pero sus
compañeros lo ignoraron. Serpico recibió entonces un disparo en la cara del
sospechoso con una pistola LR del calibre 22, bala chica pero muy dañina.
La bala impactó justo debajo de
su ojo, alojándose en la parte superior de la mandíbula. Devolvió el fuego,
alcanzando a su agresor. Luego cayó al suelo y comenzó a sangrar profusamente.
Sus compañeros policías se negaron a dar un aviso de " 10-13 " a la
jefatura de policía, indicando que un agente había recibido un disparo. Un
anciano que vivía en el apartamento contiguo llamó a los servicios de
emergencia, informando que un hombre había recibido un disparo, y se quedó con
Serpico.
Cuando llegó un coche de policía,
conscientes de que Serpico era un compañero, lo transportaron en el coche
patrulla al Hospital Greenpoint.
La bala le cortó el nervio
auditivo, dejándolo sordo de un oído, y desde entonces sufre de dolor crónico
causado por los fragmentos de bala alojados cerca del cerebro. Al día siguiente
del tiroteo, recibió la visita del alcalde John V. Lindsay y del comisionado de
policía Patrick V. Murphy, y el departamento de policía lo acosó con revisiones
cada hora. Posteriormente, testificó ante la Comisión Knapp.
V - Meses después, todavía
recuperándose, Serpico declaró ante la Comisión Knapp. Con bata de hospital y
vendajes cubriéndole media cara, contó toda la verdad. Dio nombres. Describió
el sistema. Explicó cómo funcionaba la corrupción: desde agentes de calle hasta
mandos de comisaría, y cómo el departamento protegía a los suyos. La ciudad
quedó en shock.
La investigación de la Comisión
Knapp se prolongó durante años. Destapó corrupción que alcanzaba niveles altos
del NYPD. Hubo detenciones. Cambiaron políticas. El “muro azul del silencio” se
resquebrajó, aunque no desapareció.
VI - Nunca se recuperó del todo.
Quedó sordo de un oído. Vivió con dolor crónico. Los fragmentos de bala
permanecieron en su cráneo, porque retirarlos podía causar más daño.
Serpico se retiró el 15 de junio
de 1972, un mes después de recibir el mayor honor del Departamento de Policía
de la Ciudad de Nueva York, la Medalla de Honor. No hubo ceremonia; según
Serpico, simplemente se la entregaron por encima del escritorio “como un
paquete de cigarrillos”. Había servido menos de 13 años.
Se mudó a Suiza durante casi una
década y luego vivió en los Países Bajos. Necesitaba alejarse de la ciudad que,
según él, lo había dejado morir.
Con el tiempo regresó a Estados
Unidos y se instaló en el norte del estado de Nueva York, llevando una vida
discreta, lejos del cuerpo que lo había traicionado.
VII - En 1973, Al Pacino lo
interpretó en la película Serpico, de su historia llegó a millones y se
consagró como una estrella del cine con la dirección Sidney Lumet.
La biografía de Peter Maas,
titulada “Serpico”, vendió más de 3 millones de ejemplares.
La fama llegó, pero Serpico nunca
la buscó. Solo quería ser un buen policía.
Hoy, Frank Serpico tiene 89 años.
Vive en el norte del estado de Nueva York. Y cuando le preguntan, sigue
hablando sobre la corrupción policial. Por supuesto que carga las secuelas de
aquel disparo.
Serpico demostró algo que muchos
no querían que se demostrara: que una sola persona honesta puede exponer un
sistema entero.
Perdió su carrera. Perdió el
oído. Casi pierde la vida. Pero no perdió su integridad.
En 2022, el NYPD finalmente le
hizo llegar el reconocimiento formal que durante décadas le faltaba, más de
medio siglo después de su testimonio y de la herida que casi lo mata.
Llegó tarde. Pero él lo recibió
con la misma calma y firmeza que mostró durante todo su calvario.
Porque Frank Serpico no levantó
la voz por aplausos. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo. De alguna forma
demostró que la verdad no muere solo porque intenten enterrarla.




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