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sábado, 7 de febrero de 2026

Serpico: Denuncia de la Corrupción... @elprofesorcapomasi

SERPICO: DENUNCIA DE LA CORRUPCION...


Sérpico era un agente de policía de civil que trabajaba en Brooklyn, el Bronx y Manhattan para denunciar el crimen organizado relacionado con el vicio. En 1967, presentó pruebas creíbles de corrupción policial sistémica y no vio ningún efecto hasta que conoció a otro agente, David Durk, quien lo ayudó.

© Escrito por el profesor Ricardo Miguel Fessia el martes 0/02/2026 y publicado en su muro de Facebook en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. 

I – Denunció la corrupción policial, así que sus propios compañeros lo “regalaron” para que muriera… y luego declaró desde su cama de hospital con fragmentos de bala alojados cerca del cerebro.

Brooklyn, 3 de febrero de 1971. El agente Frank Serpico subió las escaleras de un piso donde se traficaba con drogas en Williamsburg junto a otros policías. En teoría, iba a ser una detención de rutina. Pero Frank Serpico ya sabía que, en su vida, nada era “de rutina”.

Durante años, había sido de los pocos en su entorno que se negaban a aceptar sobornos. Mientras otros agentes recibían sobres con dinero de narcotraficantes, proxenetas y casas de apuestas, Serpico se daba la vuelta y se iba.

No intentaba ser un héroe. Solo quería hacer el trabajo para el que se había alistado. Pero en el NYPD de los años 60, ser honesto te convertía en un objetivo.

II - Francesco Vincent “Frank” Serpico nació en Brooklyn, Nueva York, el 14 de abril de 1936, hijo menor de Vincenzo y Maria Giovanna Serpico, inmigrantes italianos de Marigliano, Nápoles, Campania. Sus tres hermanos mayores, Pasquale, Salvatore y Tina, también nacieron en Brooklyn. Serpico asistió a la escuela secundaria en la prestigiosa St. Francis Preparatory School y se graduó en 1954. Ese mismo año, con apenas 17 años, se alistó en el Ejército de los Estados Unidos y estuvo destinado durante dos años en Corea del Sur como soldado de infantería. Después de su servicio en el ejército, trabajó como investigador privado a tiempo parcial y como consejero juvenil mientras asistía al Brooklyn College. Luego logró una licenciatura en Ciencias del City College de Nueva York.

III – El 11 de septiembre de 1959 ingresó Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York (NYPD) con la bisoña idea de servir y proteger. Patrulló en Brooklyn, trabajó de paisano y en operativos de narcóticos. Le encantaba ese trabajo.

El 5 de marzo de 1969 lo elevaron a patrullero de tiempo completo y fue asignado al distrito 81 y luego trabajó para la Oficina de Identificación Criminal (BCI) durante dos años. Como estrategia de la policía, se había conformado un grupo de trabajo encubierto de civil. En ese espacio pudo advertir lo que realmente pasaba y finalmente expuso la corrupción generalizada.

Agentes extorsionando a comerciantes. Plantando pruebas. Cobrando para mirar hacia otro lado. Y la corrupción subía por la cadena de mando: sargentos, tenientes, capitanes… demasiados con la mano extendida.

Serpico lo denunció a sus superiores. Le dijeron que se callara.

Subió más arriba. La misma respuesta. Fue incluso a instancias políticas de la ciudad. Sus quejas terminaron enterradas. El mensaje era claro: acepta el dinero y cállate.

Serpico se negó. Y eso lo convirtió en uno de los hombres más incómodos dentro del NYPD.

Sus compañeros dejaron de hablarle. Evitaban patrullar con él en servicios peligrosos. Corrieron rumores: que estaba loco, que era un soplón, que no se podía confiar en él.

Empezaron las amenazas. Llamadas anónimas de madrugada. Notas en su taquilla.

Pero Serpico ya había tomado una decisión. En 1970, su caso llegó a The New York Times. El periódico publicó una historia en primera plana sobre la corrupción extendida en el NYPD.

La ciudad estalló. El alcalde John V. Lindsay se vio obligado a crear la Comisión Knapp para investigar al NYPD.

Serpico se convirtió en testigo clave. Y aun así seguía trabajando en la calle, rodeado de policías que lo detestaban.

IV - Cuatro agentes del comando policial de Brooklyn Norte habían recibido un aviso de que estaba a punto de concretarse un tráfico de drogas. Ese 3 de febrero de 1971 se constituyeron en el número 778 de la avenida Driggs, en Williamsburg, Brooklyn.

Dos policías, Gary Roteman y Arthur Cesare, se quedaron afuera, mientras que el tercero, Paul Halley, se quedó frente al edificio de apartamentos. Serpico subió por la escalera de incendios, entró por la puerta de emergencia, bajó las escaleras, escuchó la contraseña y luego siguió a dos sospechosos afuera.

La policía arrestó a los jóvenes sospechosos y encontró que uno de ellos tenía dos bolsas de heroína. Halley se quedó con los sospechosos, y Roteman le dijo a Serpico, quien hablaba español, que fingiera una compra para que los narcotraficantes abrieran la puerta. La policía fue al rellano del tercer piso. Serpico llamó a la puerta, manteniendo la mano en su revólver. La puerta se abrió unos centímetros, justo lo suficiente para que su cuerpo quedara atrapado. Serpico pidió ayuda, pero sus compañeros lo ignoraron. Serpico recibió entonces un disparo en la cara del sospechoso con una pistola LR del calibre 22, bala chica pero muy dañina.

La bala impactó justo debajo de su ojo, alojándose en la parte superior de la mandíbula. Devolvió el fuego, alcanzando a su agresor. Luego cayó al suelo y comenzó a sangrar profusamente. Sus compañeros policías se negaron a dar un aviso de " 10-13 " a la jefatura de policía, indicando que un agente había recibido un disparo. Un anciano que vivía en el apartamento contiguo llamó a los servicios de emergencia, informando que un hombre había recibido un disparo, y se quedó con Serpico.

Cuando llegó un coche de policía, conscientes de que Serpico era un compañero, lo transportaron en el coche patrulla al Hospital Greenpoint.

La bala le cortó el nervio auditivo, dejándolo sordo de un oído, y desde entonces sufre de dolor crónico causado por los fragmentos de bala alojados cerca del cerebro. Al día siguiente del tiroteo, recibió la visita del alcalde John V. Lindsay y del comisionado de policía Patrick V. Murphy, y el departamento de policía lo acosó con revisiones cada hora. Posteriormente, testificó ante la Comisión Knapp.

V - Meses después, todavía recuperándose, Serpico declaró ante la Comisión Knapp. Con bata de hospital y vendajes cubriéndole media cara, contó toda la verdad. Dio nombres. Describió el sistema. Explicó cómo funcionaba la corrupción: desde agentes de calle hasta mandos de comisaría, y cómo el departamento protegía a los suyos. La ciudad quedó en shock.

La investigación de la Comisión Knapp se prolongó durante años. Destapó corrupción que alcanzaba niveles altos del NYPD. Hubo detenciones. Cambiaron políticas. El “muro azul del silencio” se resquebrajó, aunque no desapareció.

VI - Nunca se recuperó del todo. Quedó sordo de un oído. Vivió con dolor crónico. Los fragmentos de bala permanecieron en su cráneo, porque retirarlos podía causar más daño.

Serpico se retiró el 15 de junio de 1972, un mes después de recibir el mayor honor del Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York, la Medalla de Honor. No hubo ceremonia; según Serpico, simplemente se la entregaron por encima del escritorio “como un paquete de cigarrillos”. Había servido menos de 13 años.

Se mudó a Suiza durante casi una década y luego vivió en los Países Bajos. Necesitaba alejarse de la ciudad que, según él, lo había dejado morir.

Con el tiempo regresó a Estados Unidos y se instaló en el norte del estado de Nueva York, llevando una vida discreta, lejos del cuerpo que lo había traicionado.

VII - En 1973, Al Pacino lo interpretó en la película Serpico, de su historia llegó a millones y se consagró como una estrella del cine con la dirección Sidney Lumet.

La biografía de Peter Maas, titulada “Serpico”, vendió más de 3 millones de ejemplares.

La fama llegó, pero Serpico nunca la buscó. Solo quería ser un buen policía.

Hoy, Frank Serpico tiene 89 años. Vive en el norte del estado de Nueva York. Y cuando le preguntan, sigue hablando sobre la corrupción policial. Por supuesto que carga las secuelas de aquel disparo.

Serpico demostró algo que muchos no querían que se demostrara: que una sola persona honesta puede exponer un sistema entero.

Perdió su carrera. Perdió el oído. Casi pierde la vida. Pero no perdió su integridad.

En 2022, el NYPD finalmente le hizo llegar el reconocimiento formal que durante décadas le faltaba, más de medio siglo después de su testimonio y de la herida que casi lo mata.

Llegó tarde. Pero él lo recibió con la misma calma y firmeza que mostró durante todo su calvario.

Porque Frank Serpico no levantó la voz por aplausos. Lo hizo porque alguien tenía que hacerlo. De alguna forma demostró que la verdad no muere solo porque intenten enterrarla.



viernes, 24 de abril de 2020

¿En algo hay que creer?... @dealgunamanera...

¿En algo hay que creer?...

Una mujer con mascarilla transita por las calles casi vacías de Nueva York el 22 de abril Credit...Agence France-Presse — Getty Images

El miedo se ha convertido en el factor ordenador de la sociedad global en la pandemia. Pero ¿cómo orientarnos ahora que el miedo está desnudo?

© Escrito por Martín Caparrós el jueves 23/04/2020 y publicado por el Diario The New York Times, de la Ciudad de Nueva York, Estados Unidos del Norte de América.

Madrid — Fracasamos. Nos creíamos tan poderosos y un virus nos deshizo. Estamos encerrados, muertos de miedo, vivos de miedo, sin más recursos que dejar de hacer lo que hacemos, de ser lo que somos —y esperar que la desgracia tampoco nos toque—.

Fracasamos, y es una suerte que así sea.

Acabo de publicar una novela, Sinfín, en que la condición para acceder a la vida después de la muerte es aceptar el aislamiento eterno; la realidad, más modesta, nos pide este aislamiento transitorio como condición para seguir vivos unos años. Y este aislamiento nos convierte a todos en una especie rara, pre-enfermos, casi-enfermos, enfermos-to-be. Que no tenemos nada malo o anómalo en el cuerpo pero debemos quedarnos encerrados esperando, acechando con miedo el momento en que quizá tosamos, nos sintamos febriles, esas señales que dirían, si aparecen, que todo se derrumba.

Todo sería tan diferente si los viéramos. Si hubiera alguna forma de dejar de sentir que nos rodean unas presencias invisibles, intocables, portadoras de la muerte. Si pudiéramos abandonar el examen permanente, paranoico: del entorno por si tiene bichos, de nuestros cuerpos por si tienen síntomas.

Pero están, y nos llenan de miedo. Tengo miedo en España, donde estoy encerrado; lo tengo en Argentina, donde están encerrados los que quiero. Son mis dos países y en los dos tengo miedo.

Un gran avance: la sociedad global te permite tener miedo en varios sitios. Y el virus justifica: llevamos semanas y semanas dedicadas a tener miedo, a encerrarnos por causa del miedo, a dejar mucho de lo que hacemos, mucho de lo que somos por el miedo.

Somos el miedo. No hay nada más antiguo, más natural que el miedo. Cualquier animal tiene miedo; por él dejamos de ser animales y buscamos las formas de evitarlo: acumular comida para combatir el miedo al hambre, domesticar el fuego para calmar el miedo a los ataques, inventar dioses para luchar contra el miedo a la muerte, y así de seguido.

El miedo siempre estuvo presente en nuestras vidas, en nuestras sociedades. Pero nunca como en estos días.

La Vía Layetana, en Barcelona, el 21 de abril Credit...Samuel Aranda para The New York Times

Calles vacías, escuelas clausuradas, trabajos cerrados: encerrados, nos concentramos en temer. Vivimos bajo el influjo de la paranoia de Estado. El Estado —los estados, cada estado— nos dice que debemos tener miedo y lo tenemos. Por supuesto, nuestro miedo es lógico: la amenaza es real. Pero estos días sirven también para enseñarnos a obedecer los imperativos que ese miedo produce. No hay nada que los Estados usen más para controlar a sus súbditos que el miedo. Y el miedo los justifica: explica que, entre otras cosas, les permitamos ejercer su violencia sobre nosotros por nuestro propio bien, porque ellos saben lo que necesitamos.

El mecanismo es clásico: tenemos miedo de algo — siempre tenemos miedo de algo: de quedarnos sin comida, de que nos mate el enemigo, de envejecer, de los vecinos— y entonces el Estado nos protege y alguna religión nos protege. Para eso tenemos que creer: creer que hay un buen rey o presidente o líder que sabe lo que hace y nos guiará del otro lado del Mar Rojo, que hay un dios que nos quiere y nos cuida y es más fuerte que el dios de los del otro lado.

Ahora nuestro miedo está desnudo: no sabemos en qué cuernos creer.

Ahora los dioses no funcionan. La gran novedad de esta plaga es que, en Occidente, por primera vez en miles de años, a nadie se le ocurrió pedir a algún dios que nos preserve y cure. Y los jefes se equivocan todo el tiempo y no confiamos y no nos gustan y no los respetamos: no les creemos, no creemos en ellos. Y el capitalismo y el consumo desaforado aparecen, en tiempos de zozobra, como un exceso innecesario y se vuelve difícil creer en eso. Y los que se empeñaban ya ni siquiera pueden creer en Estados Unidos, que era otro artículo de fe, la guía del mundo libre y todo eso: resignó su liderazgo y se volvió, para muchos, artículo de risa. El gran referente, la gran creencia, en estos días en que todas caen, debería ser la ciencia. 

Un miembro del ejército español desinfecta la residencia de ancianos San José, en Ourense, España.Credit...Brais Lorenzo/EPA vía Shutterstock 

Un bacteriólogo muestra el proceso para hacer una prueba para el coronavirus en un laboratorio militar en Bogotá.Credit...Raúl
Arboleda/Agence France-Presse — Getty Images

Hubo tiempos, decíamos, en que un hecho como este habría sido asunto de religiones y otras magias. Ahora está copado por la ciencia: medicalizado. Son ellos supuestamente los que saben, debemos escucharlos, hacerles caso, creer en ellos. Y, sin embargo, desde que empezó la enfermedad se dedican a contradecirse. 

Dijeron que los asintomáticos no contagiaban, después dijeron que sí contagiaban; dijeron que no había que usar mascarillas, después que sí; dijeron que los curados no se contagiarían, después que quién sabe; dijeron que sí, que no, que no, que sí. 

Empezamos siendo fieles seguidores de sus órdenes; poco a poco nos convertimos en testigos asustados —aterrados— de sus contradicciones: cómo creerles hoy si no se sabe lo que dirán mañana.

No sabemos cuántos nos hemos contagiado, cuántos ya lo pasamos, cuántos podríamos andar por ahí sin ningún miedo porque ya lo tuvimos.

(La ciencia, además, es rehén de la administración y los dineros. Le faltan datos, medios, trabaja a oscuras como en las épocas oscuras. Somos una sociedad del conocimiento sin conocimiento, y eso no ayuda a desarmar el miedo).

Y aún así intentamos creer en la ciencia. Pero lo intentamos de forma equivocada: como si fuera una creencia. Querríamos una ciencia infalible como una religión. La ciencia es lo contrario de la religión: no está hecha para creer sino para dudar. Para creer que no se puede creer en nada, salvo en que creer es una tontería.

Es lo que nuestros clásicos llaman “método científico”: el ensayo y error, intentarlo, saber que uno puede equivocarse, intentarlo otra vez, equivocarse menos, saber que se puede seguir estando equivocado. En estos términos es difícil creer. Se puede, si acaso, confiar; creer es otra cosa.

Así que la creencia en la ciencia, en estos días de pruebas, no funciona, y nos hemos quedado levemente desnuditos. Blandiendo como queja la máxima de mi tía Porota: en algo hay que creer.

No tenemos en qué. Podría ser una oportunidad, si no tuviéramos tanto miedo.

¿Una oportunidad para reemplazar la creencia por la duda, por el pensamiento, por el deseo sin garantías? Eso sí que requiere valor. Eso sí que sería un cambio.

Así que, en principio, no lo hacemos.

Y vivimos asustados y, según toda previsión, viviremos asustados demasiado tiempo: socialmente distanciados, encerrados, teletrabajando, telerreuniéndonos, teleligando, rigiendo nuestras vidas por ese miedo. 

Ahora creemos en el miedo, sobre todo: es el principio ordenador. Y tratamos de pensar el futuro miedoso y hablamos de las consecuencias en los grandes rasgos y no pensamos —intentamos no pensar— que vamos a tener vidas muy distintas: la “nueva normalidad”, como empiezan a llamarla. 

Por supuesto, las diferencias también van a ser desiguales. Los privilegiados, por ejemplo, no vamos a poder viajar durante mucho tiempo; los jodidos, por ejemplo, no van a poder trabajar durante mucho tiempo. Y todos, unos y otros, tendremos tanto miedo.

Nos convencieron, con razones, de que todo es temible. Que debemos aislarnos: que el peligro es el otro, cualquier otro, que el infierno es el otro. Es esa danza en el supermercado, donde nos retorcemos para alejarnos del más próximo, donde compiten máscaras y los cuerpos se esquivan y cualquier roce es el horror. Hablamos de solidaridad pero nos tememos unos a otros como a la peste. Ahora cualquier persona es la amenaza: todas las personas.

La belleza del truco consiste en que cada cual es temible aunque no quiera. No es necesario ser un terrorista para sembrar el terror: alcanza con ser un ser humano —o un picaporte o una caja de ravioles—.

El miedo se ha instalado como un reflejo fuerte. Mucho de lo que pase de ahora en más dependerá de que sepamos olvidarlo.

Olvidar el miedo a los demás, los demás miedos.

Deshacernos del miedo y sus efectos y aprender a vivir con la duda. 

Los grandes momentos de la historia solían consistir en que el mundo se movilizaba para matar personas; este consiste en que el mundo se detiene para salvar personas. Aparece, entonces, la idea de que detener puede ser un arma tan fuerte como movilizar. Sobre todo si se trata de salvar. Todo consistirá, quizás, en moverse para detener ciertas movidas, ciertos movimientos: la acumulación y el despilfarro. Detenerse es moverse.

Y dudar en lugar de creer: repensar en vez de repetir. No temer a la duda sino a la certeza. O seguiremos insistiendo en el mismo fracaso, y fracasar no habrá servido para nada.

(*) Martín Caparrós (@martin_caparros) es periodista y escritor. Sus libros más recientes son el ensayo Ahorita y la novela Sinfín, que transcurre en 2070.