La suma de los insultos reiterados y la ira a flor
de piel...
Repercusiones políticas de las actitudes del primer mandatario en un
contexto de incertidumbre económica.
Ya ha sido dicho muchas veces en esta columna que Javier Milei
es incorregible. Su psiquis es la que es y, salvo un imponderable, nada ni
nadie la podrá cambiar. Amable y generoso con los que le dicen todo que sí.
Brutal y cruel con quienes osan contradecirlo. Esto, sumado a la enfermedad del
poder y de poder –el síndrome de Hubris–, configura un cóctel nocivo que afecta
profundamente el desempeño de quien, como en este caso, ejerce la presidencia
de la Nación.
El auditorio que el jueves escuchó el discurso que Milei dio ante los miembros de la Cámara de Comercio de los Estados Unidos en la Argentina (AmCham) no pudo salir de su azoro. Dos cosas fueron las que preocuparon: la primera, la reiteración de los insultos y las descalificaciones destinadas a los “empresarios prebendarlos” –a la cabeza de los cuales todos entendieron que estuvieron como siempre Paolo Rocca y Javier Madanes Quintanilla, a los economistas críticos y a los periodistas; la segunda, su falta de contacto y empatía con la mucha gente que la está pasando mal.
Respecto del insulto, vale la pena recordar la famosa frase de Diógenes
el cínico, nacido en Sínope en 412 a.C. y muerto en Corinto q, 2n 323 a.C., que
dice así: “El insulto deshonra a quien lo profiere, no a quien lo recibe”. Por
eso, es de sabios elevarse por sobre el lodazal en el que se sumerge quien
insulta.
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Es lo que Lope de Vega expresa en su comedia El desprecio agraviado: la
mayor venganza del que es sabio es olvidar la causa del agravio. En su tratado
moral De la ira, señala Lucio Anneo Séneca: “Saepe autern satius fuit
dissimulare qam ulcisi”, que significa: “a menudo es mejor olvidar una ofensa
que vengarse”. Al Presidente lo ayudaría mucho tomar real dimensión de cuánto
denigra a su persona y a su investidura cada vez que profiere insultos.
Lamentablemente, no parece que esto tenga visos de suceder ni ahora ni en el
futuro.
“La foto sigue siendo horrible, pero la película es la mejor de la
historia”, dijo en un momento el jefe de Estado, haciendo rememorar el “estamos
mal, pero vamos bien” que tanto supo repetir Carlos Menem durante sus
presidencias que dejaron la bomba que explotó en el gobierno de Fernando de la
Rúa. “Está viendo otra película, o se la están contando” –aseguró un empresario
del interior del país. Aun en provincias ricas en recursos naturales e
históricamente prósperas, la crisis empieza a mostrar su peor cara. En Mendoza,
por citar un ejemplo, los negocios y comercios de la calle Arístides y sus
alrededores muestran una foto con números a la baja que ni el turismo puede
revertir. En la provincia de Buenos Aires, los vecinos del segundo y tercer
cordón del Conurbano luchan por que la situación de precariedad y falta de
progreso no se normalice aún más. En cambio, quien demostró estar al tanto de
la realidad que afecta a millones de personas fue Patricia Bullrich. Le hubiera
venido muy bien al Presidente prestar atención a la frase que la senadora
posteó en la red X. “Necesitamos más velocidad en los resultados para que el
cambio se sienta en la vida cotidiana”, dijo con su estilo directo que pone
nervioso a más de uno y, sobre todo, a una. He ahí el nudo gordiano del
presente que plantea el desafío clave para el Gobierno. Si ese cambio no se
siente en la vida cotidiana de aquí al año que viene, le va a ser muy difícil
al Gobierno ganar las próximas elecciones presidenciales. Su gran ventaja sigue
siendo que, en la vereda de enfrente tiene –por ahora– a la nada misma.
A esta altura hay una coincidencia en todos los sondeos sobre la caída
de imagen y valoración positiva del gobierno. Uno de esos estudios de esta
semana mostró una caída en el sector que más fervorosamente apoyó a Milei y
propulsó su llegada a la presidencia de la Nación: los jóvenes. No es un dato
menor.
Uno de los que vienen sufriendo las consecuencias de los malos modos del
Presidente para con propios y ajenos es Diego Santilli. El jefe de Gabinete
tuvo un rol muy activo en despejar los obstáculos existentes para hacer posible
el contacto que hubo en estos días entre Karina Milei y Mauricio Macri. La
versión oficial habla de una conversación telefónica. Sin embargo, algunos de
los que conocen bien la trama de lo que ocurre en los pasillos y los despachos
del poder, sostienen que hubo un encuentro personal entre ambos. Sea como
fuere, lo que se sabe es que el ánimo que reina en el expresidente es de
desconfianza. En el oficialismo pervive el objetivo de destruir al PRO. Ese es
un objetivo de una notable insensatez que anida en el pensamiento y en el
sentimiento de Karina Milei desde el comienzo mismo del mandato de su hermano.
Es un pensamiento absolutamente ilógico pero imposible de ser
modificable hasta aquí. Los que conocen el pensamiento de Santilli señalan la
incomodidad y desacuerdo con esta actitud que va en contra de su accionar y sus
ambiciones de permanencia en el poder por un mandato más.
En esta semana, el jefe de Gabinete estuvo reunido con gobernadores del
norte que le reclamaron, entre otras cosas, el cumplimiento de las promesas
hechas por el Presidente. Una de ellas, tiene que ver con la necesidad de obra
pública que emergió como un tema de primerísima urgencia. La paciencia de los
líderes provinciales es elástica pero no infinita y, más allá de la billetera
de Nación, otros mandatarios podrían sumar su descontento.
Si el jefe de Estado no aprende a escuchar, la cuerda podría terminar
rompiéndose.








