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domingo, 18 de octubre de 2026

La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas… @elprofesorcapomasi...

La salud de los papas como política de Estado: del alta sorprendente de León XIV a las muertes misteriosas…

Alta médica. El papa León XIV sale de la clínica Gemelli tras la operación, acompañado del cirujano Stefano Margaritora. Fotografía:  Gza Metrotel.

Por pedido de Francisco, el periodista, médico y escritor escribió un libro esencial sobre el tema. Hoy, ante la decisión de su salida del hospital, comenta que el posoperatorio de este tipo de situaciones suele ser doloroso y que la voluntad de Robert Francis Prevost podría ser un hecho relevante. Además, hace una historia de cómo los diferentes pontífices vivieron situaciones complejas y la reacción de la Santa Sede en cada caso. Desde la muerte misteriosa de Juan Pablo I hasta la de Jorge Bergoglio, que quiso “contarle de mis neurosis”, según sus propias palabras.

El alta de León XIV fue una decisión sorpresiva. A apenas cinco días de una compleja operación de pulmón, que incluyó la extirpación de una parte del órgano, quienes siguieron el caso, aun desde Italia, no esperaban que todo sucediera tan rápido. Los protocolos médicos sugieren otra conducta: hay protocolos ingleses que hablan de posoperatorios de muchos más días. Y quienes hayan atravesado una situación como la del Pontífice saben que es algo muy doloroso y que requiere cuidados. Pero también es cierto que quienes lo conocen saben que su voluntad de hacer el viaje de más de diez días a Sudamérica es esencial para él. Aun así, hay que esperar la evolución más allá de esta novedad.

No hay que olvidar lo que dijimos hace unos días: la operación fue un éxito; el diagnóstico, no. Tiene un cáncer, un tumor maligno de pulmón que se le extirpó en un estadio muy inicial, lo que le da una perspectiva muy buena.

Sin duda habrá novedades sobre cómo continúa la evolución. La cirugía ha sido curativa, aunque todavía faltan detalles. Le extirparon el lóbulo inferior del pulmón derecho, es decir: una cirugía que anduvo bien, pero que exige una recuperación con cuidado y tranquilidad. Por eso también es importante revisar cómo trató la Santa Sede, a lo largo del tiempo, la salud de los pontífices.
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La operación de León XIV fue un éxito; el diagnóstico, no

Dudas. Sucesores de Pedro en la Tierra, por siglos los papas murieron ocupando su trono. Por eso, siempre un halo de misterio rodeó su salud y su aptitud física y psíquica para gobernar. Sin embargo, en los últimos años distintas circunstancias pusieron en duda que la capacidad para llevar adelante el complejísimo gobierno de la Iglesia se mantuviera hasta el último minuto de sus vidas. Que no se hablara públicamente del asunto no significa que la salud de los papas no fuera un factor primordial en la dinámica del poder dentro de la Iglesia.

Después del largo papado de Pío IX –duró 31 años–, los cardenales del cónclave determinaron que su sucesor debía ser alguien con una expectativa de vida mucho menor, para propiciar una renovación más activa y evitar los males del poder ejercido en administraciones tan prolongadas. Así eligieron a Gioacchino Pecci, que adoptó el nombre de León XIII. Al ser elegido, en 1878, tenía 67 años, una edad avanzada para la expectativa de vida de la época. Pero esa norma no se cumplió: el papa vivió 25 años más y murió el 20 de julio de 1903, a los 93. Durante su pontificado hubo una infinidad de rumores sobre su salud. Para desmentirlos se lo filmó caminando: fue el primer papa registrado por una cámara de cine.

Pío XII fue un hipocondríaco incorregible, rasgo que se acentuó con los años; seguía los temas médicos de forma obsesiva. Designó como médico personal a Riccardo Galeazzi-Lisi, cuyo comportamiento absolutamente antiético generó uno de los escándalos más resonantes de la historia del Vaticano: la venta a la revista Paris Match de fotos del papa agonizante en su lecho.

Juan XXIII tuvo un pontificado breve: apenas cinco años. El 23 de mayo de 1963, tras muchos cabildeos y rumores, la Santa Sede comunicó al mundo que padecía un cáncer de estómago. Fue su secretario, Loris Capovilla, quien hizo saber que la enfermedad había sido diagnosticada en septiembre de 1962. Se le propuso operarse, opción que rechazó por temor a que sus adversarios internos aprovecharan para frenar el Concilio Vaticano II.

Tumor de próstata. Pablo VI debió someterse a una cirugía por un tumor de próstata. La operación, exitosa, se realizó el 4 de noviembre de 1967. Se planteó entonces dónde hacerla: no había antecedentes de una situación así en la historia del papado, y para evitar cualquier exposición del ilustre paciente se improvisó un quirófano en el Palacio Apostólico, lo que lo expuso a un riesgo absolutamente evitable. Antes de la cirugía, el pontífice dejó cartas con indicaciones por si no se recuperaba de la anestesia o quedaba con alguna secuela física o mental.

El misterioso final de Juan Pablo I.

La muerte súbita de Juan Pablo I dio pie a una de las historias de intriga más intensas y novelescas dentro y fuera del Vaticano. En la madrugada del 29 de septiembre de 1978, apenas 33 días después de su elección, fue encontrado sin vida en su cama por las religiosas Margherita Marin y Vincenza Taffarel. Como se consideró inconveniente –y hasta escandaloso– que dos monjas hubiesen entrado a la habitación papal, se falsearon los hechos y se les ordenó guardar silencio absoluto. Eso, sumado a la negativa a realizar una autopsia, dejó un sinfín de rumores y sospechas que nunca se aclararon.

Juan Pablo II, en su larga agonía, marcó un primer cambio. Todos vimos ese calvario que el propio pontífice quiso que fuese visto por el mundo. Hubo conferencias de prensa de sus voceros y explicaciones profusas que, de todos modos, no siempre fueron consonantes con el cuadro clínico. Tal vez para evitar esa penuria, Benedicto XVI decidió renunciar cuando sintió que le faltaban fuerzas para seguir con las obligaciones de su cargo.

El caso de Francisco.

La salud fue un tema central en la elección de Francisco. Cuando Jorge Mario Bergoglio quedó como máximo favorito desde las primeras votaciones del cónclave de marzo de 2013, sus adversarios argumentaron que le faltaba un pulmón. Tras la fragilidad que habían exhibido Juan Pablo II y Benedicto XVI, se imponía alguien con buena salud. Fue el cardenal Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga, arzobispo de Tegucigalpa, quien le preguntó directamente por su salud. Cuando Bergoglio respondió que lo que le habían extirpado hacía más de cincuenta años era un lóbulo del pulmón derecho, la cuestión quedó zanjada, y también la elección.

En agosto de 2013 recibí en mi casa una carta manuscrita de Francisco en la que, entre otras cosas, me decía que sería interesante que escribiese un libro sobre la salud de los papas. Lo tomé como un comentario gentil de quien sabía que había leído mi libro “Enfermos de poder”. Y ahí quedó. Nunca imaginé que cuatro años después, el 25 de octubre de 2017, en plena plaza de San Pedro, me diría: “Usted tiene una deuda conmigo. Ya le dije que debe escribir un libro sobre la salud de los papas, empezando por mí, para contarle de mis neurosis”.

Lo que siguió fue un torbellino hasta el momento único –que aún hoy me parece increíble– de estar sentado en el despacho papal del Palacio Apostólico para la entrevista en la que, por primera vez en la historia, un pontífice hablaba clara y abiertamente sobre su salud física y psíquica, abriendo una puerta sin retorno.

La salud de los papas, libro que sigue dando la vuelta al mundo, representa un hito en la historia del papado no por mí, sino por quien me pidió que lo hiciera: Francisco. Sin eso, tal vez no hubiésemos visto lo que sucedió el domingo pasado, cuando León XIV sorprendió al mundo al anunciar que debía operarse de un nódulo en el pulmón. Fue escueto pero preciso. Era un cuadro delicado, y la cirugía y la biopsia intraoperatoria confirmaron las sospechas: el papa tenía un cáncer de pulmón. Es una noticia impactante. León XIV es ahora un paciente oncológico que deberá someterse a controles periódicos durante los próximos cinco años.

“Cuando un papa se enferma de algo delicado, siempre hay aires de cónclave”, dijo Francisco en 2021 en una entrevista con la COPE. La frase, que refleja el clima de intriga permanente que se vive en el Vaticano, cobra en estas horas una notable y cruel vigencia.

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Los problemas de salud de los pontífices.

Juan XXIII

Fue diagnosticado con cáncer de estómago en 1962, cuando la enfermedad ya se encontraba en un estadio avanzado.

Mantuvo su actividad al frente de la Iglesia mientras su estado de salud permanecía en reserva.

Murió en 1963 a causa de una peritonitis provocada por la perforación del tumor gástrico.

Pablo VI

En 1967 fue sometido a una intervención quirúrgica por un agrandamiento de la próstata. Durante la década siguiente, una artrosis crónica que afectaba especialmente la rodilla derecha y las vértebras cervicales redujo progresivamente su movilidad. Murió en 1978, tras apartarse de la vida pública.

Juan Pablo I

Tuvo antecedentes de hipertensión arterial y problemas circulatorios. Durante su juventud padeció tuberculosis, lo que le dejó secuelas.

Fue encontrado sin vida en su dormitorio tras apenas 33 días de pontificado.

El diagnóstico del equipo médico oficial del Vaticano atribuyó su muerte a un infarto agudo de miocardio.

Juan Pablo II

Soportó varias secuelas físicas por el intento de asesinato de 1981. En 1992 le extirpación de un tumor de colon benigno. Además, soportó múltiples fracturas y cirugías de cadera y rodilla.

La enfermedad de Parkinson progresiva que mermó de manera notable su capacidad motora y del habla en sus últimos años.

Benedicto XVI

Experimentó dificultad para caminar y dolores articulares asociados a la edad, lo que influyó decisivamente en su renuncia histórica en 2013. Un mes después, el Vaticano confirmó que llevaba un marcapasos. Ya como papa emérito, padeció una infección facial identificada como erisipela.

Francisco

La resección parcial de pulmón en la juventud le acarreó algunas secuelas. Sufrió ciática crónica y problemas en la rodilla derecha, requiriendo uso de silla de ruedas y bastón en los últimos años. En 2021 padeció diverticulitis y una operación de colon. Cuadros agudos de bronquitis y neumonía bilateral en sus últimos años.





jueves, 24 de abril de 2025

Adiós al papa Francisco… @dealgunamanera...

Adiós al papa Francisco. Referente religioso, político y cultural…

Francisco instaló desde el Vaticano una agenda destinada a exponer los problemas del mundo, entre ellos, las migraciones, el cambio climático, las guerras y la deuda externa. El legado del papa argentino y los interrogantes sobre su sucesión en la nota de la semana de Revista Acción. 

© Escrito el miércoles 23/04/2025 por Washington Uranga y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

Murió el papa Francisco. Difícil habría sido imaginar el 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Bergoglio fue proclamado como máxima autoridad de la Iglesia católica, que este porteño nacido en el barrio de Flores y que siempre se siguió reivindicando como «cuervo» por su identificación futbolística con San Lorenzo, se convertiría en poco tiempo en uno de los máximos referentes del universo político, religioso y cultural a nivel mundial. Podrá decirse que esto sucedió –sin duda– en un escenario en el que la crisis de referentes es evidente, y el avance de las ideas conservadoras es notoria en buena parte de los países, mientras el poder económico se concentra en el capitalismo de plataformas y la sobreexplotación de los recursos naturales no se detiene ante la voracidad de la acumulación de riquezas.

Pero habrá que reconocer también que el papa argentino instaló desde el Vaticano una agenda destinada a exponer los problemas y las atrocidades del mundo presente. Por eso su primera salida de Roma fue a Lampedusa, para encontrarse allí con los inmigrantes ilegales que llegan hasta Europa buscando una tabla de salvación. Fue el primer gesto de Bergoglio para con «los descartados» del sistema, como él los ha denominado en varias oportunidades.

La posición de Francisco –que se podría considerar, de alguna manera, su «plan de gobierno» al frente de la Iglesia católica– quedó expresada en sus discursos y alocuciones públicas, también en sus gestos, pero estuvo condensada y sistematizada en dos de sus encíclicas: Laudato si‘, sobre el cuidado de «la casa común» y Fratelli tutti, sobre la sociedad y la convivencia humanas.

En medio de conflictos. 

En la primera, Bergoglio planteó la corresponsabilidad de todas y todos en el cuidado del mundo en que vivimos. Denunció las consecuencias del cambio climático ocasionado por el modelo económico dominante, al que criticó con dureza basado en fundamentos y precisión técnica. En la segunda se centró en la necesidad de la fraternidad entre las personas, la advertencia sobre las migraciones masivas, los pobres y descartados del mundo, condenando las guerras y su infinita capacidad destructora. 

En todos los casos el papa propuso «la cultura del encuentro», que definió como diálogo en la diferencia y entre diferentes, como manera de crear y definir alternativas al costado de los modelos económicos y políticos dominantes.


A lo largo de su pontificado, Francisco repitió estas mismas ideas en centenares de encuentros con dirigentes, autoridades y jefes de Estado de todo el mundo. También lo hizo con los líderes de las religiones monoteístas a partir del convencimiento de que estas tradiciones religiosas tienen que contribuir a la construcción de alternativas de paz en un escenario en el que –según sus propias palabras– asistimos a una guerra mundial montada en pequeños o medianos conflictos armados de orden regional por motivos territoriales, étnicos, raciales o económicos. 

En esta búsqueda, Bergoglio decidió involucrar a la estructura institucional de la Iglesia católica. Para hacerlo tuvo que cambiar reglas de juego y también personas en el Vaticano. La Santa Sede desempeñó un papel más activo en los foros internacionales y en los organismos multilaterales donde se debatió sobre el cambio climático, pero también sobre migraciones o sobre la deuda externa. El propio Vaticano, a través de la Academia Pontificia de Ciencias, se ofreció como escenario para estos intercambios. La Iglesia se comprometió –no siempre con éxito– en mediaciones frente a conflictos tales como el de Rusia y Ucrania e Israel y Palestina, para mencionar tan solo dos. Y fue el propio Francisco el que intervino para acercar posiciones entre Estados Unidos y Cuba buscando disminuir el impacto de la agresión que implica el bloqueo al país caribeño.

En Bolivia. Francisco en su visita de julio de 2015, donde ofreció un recordado mensaje en favor de la justicia social. Fotografía: Getty Images


Las tres T.

No contento con lo anterior, Francisco se convirtió en un líder en defensa de los derechos humanos y vocero de los pobres y descartados. Para ello buscó una alianza con los movimientos sociales de todo el mundo, empoderándolos en sus reclamos. Un hecho sumamente significativo, en lo simbólico y en lo político, ocurrió con ocasión de su visita a Cochabamba (Bolivia), el 9 de julio de 2015. Allí el papa se presentó ante un auditorio plural de los movimientos sociales y los animó a ser protagonistas del cambio social sobre la base de su consigna de «las tres T: tierra, techo y trabajo». De allí en más, sin distinción de tipo religioso, los movimientos sociales fueron asiduos invitados a los debates y las iniciativas en favor de la justicia social promovidas por el sumo pontífice.

Fue su permanente defensa de la justicia social lo que llevó a Bergoglio a los mayores enfrentamientos discursivos con el presidente Javier Milei, quien rechaza ese concepto como categoría y como práctica, por considerarlo una aberración y un robo para quienes tendrían que ceder parte de las riquezas acumuladas para garantizar la sobrevivencia de los más pobres.


También puso en práctica cambios en la institución católica, cuya credibilidad estaba seriamente afectada por los casos de abusos, de pedofilia y de corrupción financiera. Francisco reformó el funcionamiento de la curia y estableció sanciones. Ydio el debate definiendo una «iglesia de puertas abiertas», incorporando a las mujeres a los puestos de mando y acogiendo también a los homosexuales y a las diversidades de género. En este frente interno encontró resistencias de todo tipo: de los ultraconservadores en lo doctrinario, pero también de quienes delinquieron amparados en el poder eclesiástico. 

Una pregunta que resuena en el aire y que se hace mucha gente, católicos o no, es si la renovación y la perspectiva humanista basada en derechos de la que ha sido abanderado Francisco tendrá continuidad en la Iglesia católica tras la elección de un nuevo pontífice. Es un interrogante que hoy no tiene respuesta, porque a pesar de las previsiones tomadas por Bergoglio para asegurar en el cónclave elector a un grupo de cardenales afines a su perspectiva, esto no resulta hoy asegurado. Habrá que esperar entonces que las ideas y las propuestas sembradas por Francisco florezcan no solo en la Iglesia, sino más allá de sus límites, en otros espacios de la sociedad y para bien de la humanidad.



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domingo, 25 de mayo de 2014

Hipocresía vaticana... De Alguna Manera...


Hipocresía vaticana...

Guillermo Karcher sostiene el micrófono papal. Foto: Cedoc

Si no fuera porque parecería un presuntuoso juego de enredo lingüístico, el título de esta columna sobre la “carta robada al Papa” debería haber sido: “Inconmensurabilidad interparadigmática”. Las abuelas lo llamarían “vivir en dos mundos diferentes”, pero para los epistemólogos relativistas, la insuficiencia de la razón a la hora de razonar es resultado de la inconmensurabilidad interparadigmática.

Es racional que los pensamientos sean determinados por las evidencias. Y que quien fundamenta sus creencias en las evidencias sea una persona racional. Pero los relativistas creen que hay múltiples formas de ser racional y que, cambiando simplemente lo que se considera evidencia, es posible llegar a creencias justificadas contrapuestas. Por ejemplo, para Galileo lo que se percibía al mirar por el telescopio era evidencia de que la Tierra giraba alrededor del Sol. Mientras que el prominente cardenal Belarmino rechazaba la invitación de Galileo a mirar por el telescopio porque él tenía una fuente mucho mejor de evidencia, que era la palabra de Dios expresada en las escrituras sagradas de la Biblia. Ninguno de los dos estaba siendo ilógico: Galileo y Belarmino operaban con sistemas epistémicos fundamentalmente diferentes.

Quizás no sea casual que nuevamente un representante del Vaticano, siempre en contacto con verdades sagradas no expuestas a pruebas de la realidad –en este caso el ‘ceremoniero’ pontificio, Guillermo Karcher–, no haya dudado un instante en calificar la carta del Papa como apócrifa.

Para él, la palabra del santo padre debe ser palabra santa (como la Biblia para Belarmino), y al preguntarle a Bergoglio si había escrito alguna carta de salutación a Cristina Kirchner y éste haberle respondido que no, nunca pudo imaginar que el Papa podía estar distraído al darle la respuesta, que se podía haber olvidado o que podía no saber que se había enviado esa carta en su nombre, y arremetió como un cruzado suponiendo que esa carta era “trucha” y un “collage” hecho con “muy mala leche”. El tema no son el lenguaje y las formas de Karcher, quien si hubiera creído que alguien estaba haciéndose pasar por el Papa podría haberse ofuscado (con “buena leche”), sino cómo cada uno cree lo que cree.

Que tal cosa sea evidencia de otra depende del paradigma en el que se esté, porque cualquier conocimiento debe su estatus a la aprobación que le conceden nuestros valores sociales contingentes.

Lo mismo nos sucedió a los medios que, entre los dichos del Vaticano (representado por Karcher) y el gobierno argentino, no dudamos en creer que quien había cometido un error era el Gobierno. Pocas veces como con la –primero apócrifa y luego real– carta del Papa a Cristina Kirchner quedó en evidencia cómo podemos ser nosotros y no la realidad los responsables de lo que conocemos y que no hay muchas normas de racionalidad libres de contexto o supraculturales. Los miembros de un grupo, al compartir valores sociales y políticos, perdemos conciencia de cómo éstos pueden influenciar la forma en que ellos conducen nuestro trabajo, qué observaciones realizamos y cuán bien evaluamos la evidencia con que contamos. No es inhabitual estar inclinados por los valores a creer cosas para las que hay evidencia insuficiente.

También tú.

Después vino la hipocresía vaticana, que no pidió claramente disculpas por el error de calificar de falsa una carta verdadera del Papa. ¿Creerán su infalibilidad? No reconocer el error para no darle más trascendencia puede ser una estrategia de comunicación, pero éticamente es reprochable en una institución que hace de la moral su razón de ser. En el diálogo aclaratorio de Guillermo Karcher con Nelson Castro por radio Continental al día siguiente, el representante del Vaticano habló con una soberbia y un tono cortante que hacían recordar más a un dictador militar que a un ‘ecumenista’. Salvando obviamente las siderales distancias, vale recordar que a Galileo recién le pidió disculpas Juan Pablo II, 400 años después.

La Iglesia demuestra con estos hechos –no podría ser de otra forma– su condición humana tan llena de fragilidades compartidas con todas las religiones, más allá de su utilidad social. Para ellas, muchas veces los hechos terminan siendo descripción-dependientes. Y el esquema que adopten para describir el mundo dependerá de sus necesidades e intereses. Así, el mundo “es” en relación con la teoría que tengan acerca de él.

Y luego aparece la hipocresía del propio Gobierno que, una vez aclarado el episodio y a través de su embajador en la Santa Sede, en su texto oficial exculpa totalmente de responsabilidad al Vaticano por el papelón al que lo expuso durante un día y se queja de “los que sembraron dudas de la autenticidad de la carta”; en lugar de criticar al ‘ceremoniero’ pontificio, menciona el fastidio del Papa “con algunos medios que quisieron sacar agua de la tierra árida para generar conflicto sin tener el rigor de informar con la verdad a la sociedad”. 

Pero con el Papa no se metieron, haciendo lo opuesto de lo que antes hacían cuando era arzobispo de Buenos Aires.

Es cierto que los medios tratan de “sacar agua de tierra árida”. Y es un gran mérito cuando lo logran de verdad. Desgraciadamente, aquellos que hicieron columnas de opinión explicando por qué la carta del Papa era apócrifa quedaron desnudos revelando cuántas veces hablamos como si supiéramos de cosas que ignoramos (problema inmanente de todos los periodistas). 

Y en el caso del biógrafo “oficial” de Bergoglio, el periodista Sergio Rubin, esa desnudez fue aun más patética porque se lo presuponía un verdadero especialista, pero desde el Vaticano explicó que “cualquier persona conocedora de la Iglesia se hubiera percatado –como dijo Karcher– de que una carta del Papa no podía llevar el membrete de la Nunciatura, sino del Vaticano, salvo que la embajada papal transmitiera un mensaje del Pontífice. Pero el de marras llevaba la firma del Papa. Esto, más allá del tuteo a la Presidenta y los errores ortográficos”.

Pobre Rubin. Para él también la palabra del Vaticano debe ser palabra santa, y cayó en la misma trampa epistémica de considerar evidencia (irrefutable) lo que decía el ‘ceremoniero’ pontificio.

© Escrito por Jorge Fontevecchia el Domingo 25/05/2’14 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.