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sábado, 18 de abril de 2026

Como el de Asís, Francisco también se acercó al pueblo y "se desnudó" frente a la gente... @elprofesorcapomasi...

 Como el de Asís, Francisco también se acercó al pueblo y "se desnudó" frente a la gente...

Papa Francisco camina por la ciudad del Vaticano. Imagen: Shutterstock.


Aunque su formación fue jesuita, los gestos de Jorge Bergoglio fueron franciscanos ni bien comenzó a transitar por el Vaticano y su estilo lo llevó incluso a la tapa de Rolling Stones. Lo que más sorprendió.

© Escrito por Mónica Martin, Editora Cultura, turismo, espectáculos, arte, sociedad. Publicado el 23/04/2025 por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

Cuando el 13 de marzo de 2013, el argentino Jorge Bergoglio fue el elegido para suceder a Benedicto XVI, que había renunciado al papado, una de las primeras cosas que dijo fue que quería ser llamado Francisco, en honor al santo italiano de Asís.

Su formación y estirpe jesuita lo ligaban ya a la austeridad y la entrega, pero el componente franciscano le agregó un nuevo matiz a su perfil. Bergoglio, que ha sido el primer papa jesuita de la historia, también eligió ser Francisco como un gesto de despojo. Cabe recordar también que su bisabuelo italiano se llamaba Francesco.


Papa Francisco. Como Francisco de Asís, su humildad lo acercó al pueblo.

“Cristo está al lado de los pobres; no a través de la violencia, de los juegos de poder, de los sistemas políticos, sino por medio de la verdad sobre el hombre, camino hacia un futuro mejor” decía el documento firmado en 1979, en Puebla, por los adeptos a la Teología de la Liberación, cuyos principales popes se habían reunido en esa ciudad mexicana, en el marco de la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano.

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¿Qué mensaje quería entonces enviar el primer Papa de la historia que había alumbrado el hemisferio sur? El del despojamiento.

San Francisco, el creador de la orden Franciscana, la orden de las Hermanas Clarisas y la Orden Franciscana Seglar, había venido al mundo en 1181, en plena edad Media, como Giovanni di Pietro Bernardone. Su padre era uno de los comerciantes de telas más prósperos y ricos de esa ciudad de la provincia de Perugia y tanto ornato terminó por sobrarle al hijo.

Su gesto fue acompañado por otro más contundente: desvestirse delante de los jueces para entregarle hasta la última de sus posesiones"


San Francisco, según el fresco de Giotto.

Francisco rechazaba los lujos innecesarios de los ministros de la Iglesia de su tiempo, cuando los señores feudales seguían siendo un instrumento de poder paralelo a la Iglesia. Eran los albores de las Cruzadas, esa extensa y oscura épica de heroísmo, caballería y cristiandad.


Lejos de todo eso, Francisco de Asís era literalmente un mendigo, un monje mendicante que había extremado los votos de pobreza, sin posesiones, sin tierras, ni propiedades terrenales de ninguna especia. Su influencia fue enorme en la mayoría de los católicos e incluso fue el marco de una nueva ética cristiana, en contraste con la exuberancia que venía demostrando impúdicamente la Iglesia. Esa línea franciscana de despojamiento continuó hasta el siglo XIV.


Si bien Francisco era el típico joven hijo de un burgués rico (hablaba latín, despilfarraba, tuvo buena educación e incluso soldado que participó en los enfrentamientos contra las tropas del Sacro Imperio Romano Germánico), un viaje por Apulia, en 1205, le cambió su percepción del mundo. Sobre todo, dicen, cuando estuvo en contacto con los leprosos.

Asís, en la provincia italiana de Perugia. Francisco fue soldado y defendió su ciudad con las armas antes de abrazar la fe.


Se dijo incluso que fue en ese mismo viaje cuando un crucifijo de la capilla de San Damián “le habló” para decirle: “Francisco, vete y repara mi iglesia, que se está cayendo en ruinas”. Cosa que hizo, tras vender su caballo y las telas de su padre, quien inmediatamente comenzó a creer que su hijo estaba loco. Entonces lo hizo apalear y lo encerró.

La madre liberó a Francisco, pero cuando el padre se enteró el doble castigo no se hizo esperar y el joven terminó en una corte eclesiástica. 

El tribunal le solicitó que devolviera el dinero de su padre, cosa que hizo delante de él y del obispo de Asís, Guido.


Dice la leyenda que su gesto fue acompañado por otro más contundente: desvestirse delante de los jueces para entregarle hasta la última de sus posesiones. Proclamó entonces a Dios como su Padre verdadero a partir de entonces. El obispo lo abrazó y envolvió su desnudez con su ropa episcopal. Desde entonces, su vestimenta fue extremadamente sencilla, casi harapienta.

Se dice que la iglesia de Porciúncula era su preferida. Allí, probablemente en 1208, escuchó las palabras del Evangelio de San Lucas“No lleven monedero, ni bolsón, ni sandalias, ni se detengan a visitar a conocidos..." el mensaje divino que lo inspiró a reconstruir iglesias desvencijadas, además de seguir predicando la austeridad.


San Francisco, según Francisco de Zurbarán (1660).

Contra lo que pensaron algunos poderosos de su tiempo, Francisco de Asís tenía gente que lo escuchara y en cuestión de meses, su orden sumó otros devotos fervientes como él.


Los frailes atendían a los leprosos –con los que nadie quería tener contacto- y no pedían donaciones a los poderosos. En grupos de a dos iban por la calle pidiendo una limosna y también de a dos predicaban el Evangelio. Para subsistir, trabajaban en huertos o hacían faenas pesadas en los monasterios y casas de familias. Para las necesidades cotidianas hacían una colecta de limosna.


En esa dirección fue Francisco, el Papa número 266 de la historia política de la Santa Sede.

Empezó su pontificado dando misa, rezando y pidiendo residir en la Casa de Santa Marta y no en el Palacio Apostólico, morada de todos los Papas anteriores desde 1903.

En las primeras audiencias públicas no recibió mandatarios sino chicos de pueblos pobres de Italia. Como los de Voltura Irpinia, que llegaron desde el sur con el cartel "¡Tutti pazzi per Francesco!” (Todos fascinados por Francisco).

La casa de San Francisco. El Papa Francisco vivió y será velado en Santa Marta (izq.), en vez de seguir la tradición de residir en el pretensioso Palacio Apostólico tradicional (der.).

Asís, la ciudad de Perugia en donde nació Giovanni di Pietro Bernardone, San Francisco de Asís, en 1182.


Francisco inspiró confianza desde el primer día, en el 84% de los italianos, según una encuesta de 2013 e incluso entre el 62% de los no católicos. No solamente en Italia sino en iglesias de otros países, ir a misa empezó a ser una salida familiar e incluso entre jóvenes, gracias a su famoso “hagan lío”, que trajo un aire juvenil en los sombríos claustros romanos.


La sencillez cotidiana que caracterizó a San Francisco, también Bergoglio quiso trasladarla a la compleja estructura de la administración vaticana.

Cuando asumió, ese día lluvioso del 13 de marzo de 2013, tenía detrás de sí la renuncia de Benedicto XVI, un Papa tildado de conservador que ejerció su cargo entre crisis económicas, sospechas de manejos fraudulentos del Banco del Vaticano (IOR), los Vati Leaks, las acusaciones de pedofilia al clero y las luchas e intrigas por el poder dentro del estado Vaticano.

Austeridad. El Papa Francisco visitó leprosos y lavó pies, como el monje franciscano.
 

A pesar de esa pesada carga, si bien no se sacó la ropa delante de quienes iban a juzgarlo (el mundo entero), como hizo Francisco en Asís, en su primer saludo público en la Plaza San Pedro, el Francisco sudamericano salió a saludar a la multitud con un sencillo “buenas noches”, sin la tradicional capa roja papal ni la enorme cruz dorada sobre el pecho, insignias pastorales. En vez del oro, como Francisco, prefirió su propia cruz de hierro y en vez de bendecir a los feligreses, se hizo bendecir por la multitud, un gesto nunca antes visto que abrió el camino de una nueva era ecuménica de a dos, como hacían por la calle los franciscanos.

El primero saludo público del Papa sudamericano fue a la multitud y con un sencillo “buenas noches”, sin la tradicional capa roja papal ni la enorme cruz dorada sobre el pecho, insignias pastorales".

El Papa Francisco impulsó reformas que impactaron en los tribunales eclesiásticos, la burocracia interna, la comunicación, la atención médica, la ayuda de la Iglesia en catástrofes naturales, los inmigrantes, la economía y las finanzas, los menores y desde luego los pobres.

Sus gestos pastorales llamaron la atención del mundo entero que, en diversas coberturas, intentaba retratar “el fenómeno Francisco”, el de “un Papa que empuja”, como refería la prensa francesa. El mismo año de su elección, en 2013, la revista Time lo incluyó entre las 100 personalidades más influyentes del año y, algo histórico, su perfil de enviado de Dios que venía a revolucionar lo hizo portada de la revista Rolling Stone, que nada tiene que ver con el mundo sacro.

LV/FL






sábado, 14 de junio de 2025

¿Quién es el nuevo Papa? - Nueva era en el Vaticano - León XIV, en el nombre de Francisco… @dealgunamanera...

¿Quién es el nuevo Papa?
Nueva era en el Vaticano - León XIV, en el nombre de Francisco…



Roma. Presentación del nuevo papa ante sus fieles en la basílica de San Pedro, este 8 de mayo. Fotografía: Getty Images.

El pontífice Robert Prevost, estadounidense y con nacionalidad peruana, se perfila para continuar el legado del argentino. Su formación religiosa, las primeras señales y la extensa agenda que le espera.

© Escrito por Washington Uranga el sábado 10/05/2025 y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

Robert Francis Prevost (69 años), León XIV según el nombre escogido como pontífice, es el nuevo papa de la Iglesia católica. Nació y se formó en Estados Unidos, pero su personalidad religiosa se forjó en Perú desde que se instaló, para diferentes tareas, desde 1985 hasta ser nombrado, en 2015, como obispo de Chiclayo. También tomó la nacionalidad peruana. «Soy peruano. Porque uno no es de donde nace… sino de donde entrega el alma», dice de sí mismo este cura que no perdió su sencillez –afirman quienes lo conocen– a pesar de sus pergaminos académicos que incluyen una tesis doctoral y la facilidad para comunicarse en seis idiomas.  

Una monja peruana que compartió con él misiones religiosas lo describe así: «La historia de Robert Prevost es un testimonio silencioso de que no se necesita haber nacido en una tierra para pertenecerle. Él no conquistó un país. Se dejó conquistar por su gente. No vino a imponer, vino a escuchar. Y eso fue lo que lo convirtió en uno de nosotros».

En los pequeños pueblos peruanos en los que realizó su tarea sacerdotal lo conocieron como «el padre Robert». Hasta que en 2014 Francisco lo nombró obispo y en 2022 prefecto (ministro) de la estratégica Congregación para los Obispos en el Vaticano. Allí pasó a formar parte del grupo de los más estrechos colaboradores del papa argentino. Una vez por semana –dos horas cada sábado por la mañana, según el mismo lo admitió– se sentaba con Francisco para definir temas relativos a su función, pero también para dialogar sobre la Iglesia, la sociedad y el mundo. Los dos se conocían desde que Bergoglio era arzobispo de Buenos Aires, antes de su elección como pontífice. 

Más allá de otras consideraciones, el resultado de la elección (por más de dos tercios) en la capilla Sixtina dejó en claro que los ultraconservadores que tanto conspiraron contra Bergoglio no lograron sumar votos a la hora de imponer un candidato que modificara el rumbo que el argentino le imprimió a la Iglesia. Tampoco pudieron bloquear la elección de un «bergogliano» como Prevost. El resultado habla también del peso que la Iglesia latinoamericana tiene en el catolicismo. 


En sintonía. Junto a su antecesor, con quien tuvo una relación muy cercana. Fotografía: NA.

Signos

La pregunta acerca de si el nuevo papa dará continuidad al proceso de reformas y aperturas iniciado por Francisco comenzó a responderse en el mismo momento en que pronunció las primeras palabras desde los balcones frente a la plaza de San Pedro.

El nombre escogido por el papa es una referencia. Lo fue con Bergoglio cuando eligió nombrarse Francisco, por Francisco de Asís, el santo de los pobres que amaba la naturaleza. León XIII (1810-1903), que inspiró al nuevo papa, fue un pontífice católico que escribió la encíclica Rerum Novarum, «Sobre la situación de los obreros», que ha dado base a la doctrina social de la Iglesia con eje en la justicia social.

En su primera alocución ante los fieles reunidos en San Pedro, León XIV dio gracias por el legado de Francisco y retomó, por lo menos en títulos, los grandes hitos de su gestión: la paz, los pobres, el diálogo, construir puentes.

En febrero pasado, Prevost tuvo palabras de elogio hacia Francisco por la carta que entonces envió a los obispos de Estados Unidos «sobre la importancia de estar cerca de los que sufren y de tener el corazón de Jesucristo», cuando el Gobierno de Donald Trump puso en marcha el programa de deportación masiva de inmigrantes ilegales y refugiados. Y en reiteradas ocasiones, siendo cardenal, el ahora papa refrendó los señalamientos críticos de Francisco respecto de la crisis ambiental y su llamado al «cuidado de la casa común».

Habrá que esperar todavía para saber si León XIV, además de los llamados a la paz, continuará con la actitud proactiva de Francisco en gestos, comprometiendo al Vaticano en negociaciones para aproximar a las partes y terminar con los conflictos y las guerras en el mundo. También si proseguirá el acercamiento con China, una cuestión central dentro de la estrategia de Bergoglio.

Otro signo. De la misma manera que lo había hecho Francisco en similares circunstancias, ahora Prevost se dirigió en italiano a la multitud reunida en San Pedro. El papa es obispo de Roma y las romanas y los romanos son su feligresía. Pero se reservó apenas un minuto para saludar en español a quienes, en su momento, lo acogieron como uno de los suyos en Chiclayo (Perú). 

Respecto de la iglesia, el papa habló de «una Iglesia sinodal, una Iglesia que busca siempre la paz, que busca estar junto a aquellos que sufren».

A nivel institucional, a León XIV le queda una extensa agenda para abordar. La iglesia sigue sin encontrar solución a problemas de abusos protagonizados por sus ministros en distintas partes del mundo. Fue este uno de los factores que llevó a Benedicto XVI a su renuncia. Francisco avanzó, pero lejos estuvo de resolverlo. Por otra parte, la Iglesia católica, el Vaticano en particular, atraviesa graves problemas financieros y los poderes económicos corporativos no están dispuestos –como sí lo hicieron en otros momentos– a contribuir con fondos a una institución que no repara en críticas hacia el sistema desigual que rige en el mundo.  

Hay otros temas que necesitan soluciones. Si bien el proceso sinodal abrió a mayor participación, las mujeres, que aumentaron su presencia en la vida de la Iglesia, siguen sin poder acceder a los ministerios ordenados (el diaconado y el sacerdocio) y las vocaciones religiosas son cada vez más escasas, mientras se mantiene el celibato obligatorio para los sacerdotes. Si el papa León decide, como en principio todo lo indica, la continuidad del proceso sinodal, estas cuestiones y otras aparecerán en las próximas asambleas sinodales. Entre tanto, el presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, el arzobispo Marcelo Colombo, quien conoció personalmente a Prevost, primero como obispo en Perú y luego en sus funciones como cardenal en Roma, sostiene que su elección como León XIV debe entenderse como «la manera de profundizar con características propias la huella trazada por Francisco».




jueves, 24 de abril de 2025

Adiós al papa Francisco… @dealgunamanera...

Adiós al papa Francisco. Referente religioso, político y cultural…

Francisco instaló desde el Vaticano una agenda destinada a exponer los problemas del mundo, entre ellos, las migraciones, el cambio climático, las guerras y la deuda externa. El legado del papa argentino y los interrogantes sobre su sucesión en la nota de la semana de Revista Acción. 

© Escrito el miércoles 23/04/2025 por Washington Uranga y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

Murió el papa Francisco. Difícil habría sido imaginar el 13 de marzo de 2013, cuando Jorge Bergoglio fue proclamado como máxima autoridad de la Iglesia católica, que este porteño nacido en el barrio de Flores y que siempre se siguió reivindicando como «cuervo» por su identificación futbolística con San Lorenzo, se convertiría en poco tiempo en uno de los máximos referentes del universo político, religioso y cultural a nivel mundial. Podrá decirse que esto sucedió –sin duda– en un escenario en el que la crisis de referentes es evidente, y el avance de las ideas conservadoras es notoria en buena parte de los países, mientras el poder económico se concentra en el capitalismo de plataformas y la sobreexplotación de los recursos naturales no se detiene ante la voracidad de la acumulación de riquezas.

Pero habrá que reconocer también que el papa argentino instaló desde el Vaticano una agenda destinada a exponer los problemas y las atrocidades del mundo presente. Por eso su primera salida de Roma fue a Lampedusa, para encontrarse allí con los inmigrantes ilegales que llegan hasta Europa buscando una tabla de salvación. Fue el primer gesto de Bergoglio para con «los descartados» del sistema, como él los ha denominado en varias oportunidades.

La posición de Francisco –que se podría considerar, de alguna manera, su «plan de gobierno» al frente de la Iglesia católica– quedó expresada en sus discursos y alocuciones públicas, también en sus gestos, pero estuvo condensada y sistematizada en dos de sus encíclicas: Laudato si, sobre el cuidado de «la casa común» y Fratelli tutti, sobre la sociedad y la convivencia humanas.

En medio de conflictos. 

En la primera, Bergoglio planteó la corresponsabilidad de todas y todos en el cuidado del mundo en que vivimos. Denunció las consecuencias del cambio climático ocasionado por el modelo económico dominante, al que criticó con dureza basado en fundamentos y precisión técnica. En la segunda se centró en la necesidad de la fraternidad entre las personas, la advertencia sobre las migraciones masivas, los pobres y descartados del mundo, condenando las guerras y su infinita capacidad destructora. 

En todos los casos el papa propuso «la cultura del encuentro», que definió como diálogo en la diferencia y entre diferentes, como manera de crear y definir alternativas al costado de los modelos económicos y políticos dominantes.


A lo largo de su pontificado, Francisco repitió estas mismas ideas en centenares de encuentros con dirigentes, autoridades y jefes de Estado de todo el mundo. También lo hizo con los líderes de las religiones monoteístas a partir del convencimiento de que estas tradiciones religiosas tienen que contribuir a la construcción de alternativas de paz en un escenario en el que –según sus propias palabras– asistimos a una guerra mundial montada en pequeños o medianos conflictos armados de orden regional por motivos territoriales, étnicos, raciales o económicos. 

En esta búsqueda, Bergoglio decidió involucrar a la estructura institucional de la Iglesia católica. Para hacerlo tuvo que cambiar reglas de juego y también personas en el Vaticano. La Santa Sede desempeñó un papel más activo en los foros internacionales y en los organismos multilaterales donde se debatió sobre el cambio climático, pero también sobre migraciones o sobre la deuda externa. El propio Vaticano, a través de la Academia Pontificia de Ciencias, se ofreció como escenario para estos intercambios. La Iglesia se comprometió –no siempre con éxito– en mediaciones frente a conflictos tales como el de Rusia y Ucrania e Israel y Palestina, para mencionar tan solo dos. Y fue el propio Francisco el que intervino para acercar posiciones entre Estados Unidos y Cuba buscando disminuir el impacto de la agresión que implica el bloqueo al país caribeño.

En Bolivia. Francisco en su visita de julio de 2015, donde ofreció un recordado mensaje en favor de la justicia social. Fotografía: Getty Images


Las tres T.

No contento con lo anterior, Francisco se convirtió en un líder en defensa de los derechos humanos y vocero de los pobres y descartados. Para ello buscó una alianza con los movimientos sociales de todo el mundo, empoderándolos en sus reclamos. Un hecho sumamente significativo, en lo simbólico y en lo político, ocurrió con ocasión de su visita a Cochabamba (Bolivia), el 9 de julio de 2015. Allí el papa se presentó ante un auditorio plural de los movimientos sociales y los animó a ser protagonistas del cambio social sobre la base de su consigna de «las tres T: tierra, techo y trabajo». De allí en más, sin distinción de tipo religioso, los movimientos sociales fueron asiduos invitados a los debates y las iniciativas en favor de la justicia social promovidas por el sumo pontífice.

Fue su permanente defensa de la justicia social lo que llevó a Bergoglio a los mayores enfrentamientos discursivos con el presidente Javier Milei, quien rechaza ese concepto como categoría y como práctica, por considerarlo una aberración y un robo para quienes tendrían que ceder parte de las riquezas acumuladas para garantizar la sobrevivencia de los más pobres.


También puso en práctica cambios en la institución católica, cuya credibilidad estaba seriamente afectada por los casos de abusos, de pedofilia y de corrupción financiera. Francisco reformó el funcionamiento de la curia y estableció sanciones. Ydio el debate definiendo una «iglesia de puertas abiertas», incorporando a las mujeres a los puestos de mando y acogiendo también a los homosexuales y a las diversidades de género. En este frente interno encontró resistencias de todo tipo: de los ultraconservadores en lo doctrinario, pero también de quienes delinquieron amparados en el poder eclesiástico. 

Una pregunta que resuena en el aire y que se hace mucha gente, católicos o no, es si la renovación y la perspectiva humanista basada en derechos de la que ha sido abanderado Francisco tendrá continuidad en la Iglesia católica tras la elección de un nuevo pontífice. Es un interrogante que hoy no tiene respuesta, porque a pesar de las previsiones tomadas por Bergoglio para asegurar en el cónclave elector a un grupo de cardenales afines a su perspectiva, esto no resulta hoy asegurado. Habrá que esperar entonces que las ideas y las propuestas sembradas por Francisco florezcan no solo en la Iglesia, sino más allá de sus límites, en otros espacios de la sociedad y para bien de la humanidad.



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sábado, 1 de junio de 2024

Los Años 70. ¿Cómo recordar sin quedar prisionero del pasado?... @dealgunamanera...

 ¿Cómo recordar sin quedar prisionero del pasado?...


Los 70. “Nuestro país vivió una década signada por la violencia”. Fuente: Cedoc

En 1995, como jefe del Ejército, en un mensaje institucional público, entre otros conceptos, expresé: “Nuestro país vivió en los 70 una década signada por la violencia, el mesianismo y la ideología, que se inició con un terrorismo contra el Estado y que desató una represión que aún hoy estremece. No debemos negar más el horror vivido (…) Asumo toda la responsabilidad del presente, e institucional del pasado…”.

© Escrito por Martín Balza (*) el viernes 31/05/2024 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.


El mensaje tuvo muy positiva acogida en nuestro país y en el exterior, excepto para los represores Massera, Videla, Viola, Galtieri, Bignone, Díaz Bessone, Harguindeguy, Riveros, Menéndez y Bussi. O el coronel Pascual Oscar Guerrieri, que amenazó, telefónicamente, de muerte a mis cuatro hijos. Todos gozaban de un indulto presidencial.

Un viejo coronel retirado –nostálgico del 55– por carta me indujo al suicidio. Y Eduardo Luis Duhalde, crítico de los militares, calificó el mensaje como “engañoso, reticente y poco ético”. En la década citada, un grupo paramilitar de extrema derecha conocido como Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) perpetró –se calcula– cerca de mil asesinatos. Las organizaciones irregulares armadas cometieron execrables crímenes, vandálicos atentados y actos terroristas.

Según Díaz Bessone: “Las FF.AA. respondieron con un innecesario golpe de Estado cívico-militar que no se debió a la lucha contra la subversión. Nada impedía eliminarla bajo un gobierno constitucional. El objetivo fue clausurar un ciclo histórico” (Quiroga y Tcach, A veinte años del golpe, pág. 127). Invocando esos hechos y principios cristianos, se concibió un terrorismo de Estado que se ejerció con total impunidad. Las organizaciones armadas cometieron actos criminales, pero más grave fue que el Estado se convirtió en criminal.

Ese período fue calificado por el cardenal Jorge Bergoglio como “una de las lacras más grandes que pesan sobre nuestra Patria. Los horrores que se cometieron se fueron conociendo con cuentagotas. Matar en nombre de Dios es una blasfemia. Pero eso no justifica el rencor, con odio no se soluciona” (Sobre el cielo y la tierra, pág. 183).

Al respecto, el rabino Abraham Skorka dijo: “Cuando se mata en nombre de Dios, duele muchísimo más. El daño es mayor ya que, amén del crimen perverso y la destrucción de la dignidad humana, se destruye la dimensión de la fe (…) Como el otro no vive como yo creo que Dios dice que hay que vivir, entonces lo puedo matar”( Op. Cit. Pág. 77 y 79).

El periodista David Rieff, en la revista The New Yorker del 23 de noviembre de 1992, escribió, a propósito de la guerra civil en la ex-Yugoslavia: “Para los serbios, los musulmanes han dejado de ser hombres”. La moraleja que extrae el filósofo estadounidense Richard Rorty es que “los serbios que matan y violan no están convencidos de cometer una violación a los derechos humanos porque los musulmanes no son seres humanos…”. Algo similar manifestó un conocido represor: en 1976, el obispo Enrique Angelelli pudo entrevistarse en Córdoba con el general Mario B. Menéndez. El prelado le sugirió rezar un padrenuestro por los perseguidos por ser los dos creyentes. Menéndez le replicó: “El padrenuestro no lo rezo por los subversivos porque no los considero hijos de Dios” (Colombo S, Clarín, 4 de agosto de 2001).

El Libro de la sabiduría (9.13-18) dice: “¿Qué hombre conoce los designios de Dios? ¿Quién puede hacerse una idea de lo que quiere el Señor?”. Se concibió un terrorismo de Estado que se apartó del orden jurídico vigente y de elementales normas morales y religiosas, una forma extrema de eugenesia que incluía a quienes se consideraba “irrecuperables”: obreros, estudiantes, empleados, docentes, políticos, sindicalistas, religiosos, mujeres, ancianos, deportistas, miembros de nuestro cuerpo diplomático y militares.

Los altos mandos –que tenían dominio del hecho y poder de decisión– nunca aceptaron su responsabilidad en la comisión de violaciones sexuales, secuestros, asesinatos, robo de bebés, saqueos de propiedades, torturas, tirar vivos o muertos prisioneros al río o al mar y desapariciones forzadas de personas. Ignoraron el derecho humanitario y que “La persona no es una cosa, sino que refleja la presencia del mismo Dios en el mundo” (cardenal Joseph Ratzinger, Dios y el mundo, pág. 126).

Al asumir, el presidente Menem dictó una catarata de indultos en favor de militares y civiles que antes habían sido procesados y condenados durante la gestión del presidente Alfonsín, “porque pretendía crear las condiciones para la reconciliación y la unión nacional”. Imponía el arrepentimiento de los beneficiados que, hasta ese momento, nunca lo habían expresado. Ninguno pidió perdón, el Ejército lo hizo el 25 de abril de 1995.

En septiembre de 2003, tres generales indultados confesaron públicamente a la periodista y cineasta francesa Marie-Monique Robin la comisión de crímenes de lesa humanidad. Todo se difundió en un documental, en Francia por Canal Plus y en la Argentina por Telefe. Ello consta en su libro Escuadrones de la muerte. La escuela francesa (Bignone, págs. 420 y 421; Harguindeguy, págs. 446 y 447, y Díaz Bessone, págs. 437, 440 y 441). Por eso no recibieron ninguna sanción ni condena.

Desde 1955 no hemos superado el concepto de “grieta”. Pero creo que los argentinos anhelamos otra palabra: reconciliación. Que es un largo camino hacia la concordia, por medio del cual un pueblo avanza de un pasado controversial a un futuro compartido. En nuestro caso, no es fácil, por la grave polarización sobre el pasado y por sectores que están muy consolidados a su propia verdad. Hemos carecido de grandes líderes y testigos que conocieran la realidad del sufrimiento, de la violencia, de la injusticia y de la bondad del hombre a la manera de una Teresa de Calcuta, de un Gandhi o de un Martin Luther King.

En Colombia, monseñor Luis Augusto Castro me recordó un concepto de Nelson Mandela: “Para poder generar una reconciliación a nivel social, cultural o político, es necesario ante todo vivir una conversión humana, profunda y muy espiritual”.

(*) Ex jefe del Ejército Argentino, veterano de la Guerra de Malvinas y exembajador en Colombia y Costa Rica.