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lunes, 17 de agosto de 2020

Responsabilidad Social por Mario Portugal,,, @dealgunamanera...

Responsabilidad Social…


El mensaje más repetido en el mundo entero para combatir el virus Covid 19 es apelar a la Responsabilidad Social.

© Editorial de Mario Portugal del programa "Semanario con Vos" del domingo 16/08/2020, emitido por Radio con Vos (89.9 MHz.), de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos.


Se repite desde todos los sectores, instituciones, políticos, sanitaristas.

Aludir a la acción responsable es el centro del discurso enviado a la opinión pública.

Todos los gobernantes y mandatarios del planeta la usaron en alguna ocasión en estos últimos meses, y la demanda se incrementa cuando salimos a la calle.

Las sociedades del Planeta han tenido diversas reacciones.


Las orientales, con la obediencia; las escandinavas, con un compromiso civilizado; y otras, las más cercanas, con un cierto desaire e indiferencia.

Es claro que esta llamada generalizada a la responsabilidad choca frontalmente con la filosofía de vida de muchas sociedades y desentona en nuestro tiempo posmoderno, o como queramos llamar a este momento de la historia que nos toca vivir.

Un tiempo centrado en el ocio y el entretenimiento, en el que todo debe ser divertido, porque de lo contrario, no sirve.

El confinamiento y la posterior “nueva normalidad” se dibujan sobre una ciudadanía que mayoritariamente necesita diversión y consumismo acelerado. Y aquí surge el conflicto.

El filósofo alemán, Immanuel Kant, hablaba de una libertad individual que siempre vinculó a la responsabilidad. Una no tenía sentido sin la otra. La una respondía, limitaba, acotaba a la otra.

Hoy las sociedades, los individuos, carecemos de un relato moral estable, y a la vez vivimos en un creciente individualismo.

La crisis que estamos sufriendo en 2020 nos demuestra que circulamos por la vida con una mayor fragilidad y con cierta soledad existencial.

La responsabilidad es una respuesta racional ante algo que nos interpela y que va a repercutir en nuestro modo de actuación. Una actitud con la que tomamos conciencia de lo que hacemos, asumiendo también sus consecuencias.

Pero la responsabilidad, una idea que como hemos señalado camina asociada a la de la libertad individual, también tiene su efecto en el mundo y las personas que nos rodean.

La responsabilidad es el hilo que conecta nuestras decisiones con los demás. Es la toma en consideración de que nuestros actos tienen una repercusión, directa o indirecta, en la vida de los otros.

Esta pandemia lo evidencia porque nuestra acción responsable es a la vez un acto de solidaridad para con los demás.

La responsabilidad individual no goza de buena fama y se presenta devaluada.

Probablemente, la responsabilidad no es un concepto de tinte progresista, sino más bien se sitúa en parámetros ideológicamente más conservadores.

Pero es un ejercicio de madurez humana, de asumir nuestras acciones y de que éstas construyen un tipo de sociedad determinado. Una persona que se siente y actúa responsablemente, aunque lo formule desde su libertad individual, lo está haciendo a favor de toda su comunidad.

¿Ahora, cabe preguntarnos…?

¿Nos han educado para actuar con responsabilidad frente a la pandemia?

El ejercicio y la práctica de la responsabilidad también se aprende y se adquiere.

Y la educación se encuentra en la base de ese aprendizaje. Uno se apropia de los elementos básicos para ser responsable a través de la educación, a través de la incorporación de ciertos valores que ayudan a discernir y actuar en conciencia en la edad madura.

Este momento de emergencia y crisis nos pide responsabilidad, escuchar a nuestra voz interior, para actuar en conciencia.

Pero nuestra responsabilidad es frágil e inmadura.

¿Quién se ha preocupado de educar nuestra conciencia?

¿Alguien se ha preguntado si desde niños fuimos capaces de armar de principios sólidos y solidarios nuestras decisiones?

¿Quién nos ha enseñado a actuar responsablemente en libertad?

¿Qué importancia otorgan nuestras instituciones y nuestros gobiernos a la educación?

¿Qué papel juega en el sistema educativo la formación en valores? ¿Tiene algún sentido apelar hoy a la responsabilidad de emergencia si durante décadas no cultivamos una responsabilidad sosegada y madura?

Preguntas…. Que quedan flotando en medio de la pandemia…






domingo, 14 de junio de 2020

Aislamiento social y privación del acceso a la Justicia… @dealgunamanera...

Aislamiento social y privación del acceso a la Justicia…

Corte Suprema de Justicia de la Nación

El abogado y querellante en la causa ESMA, Ariel Noli, analiza la parálisis del Poder Judicial decidido por la Corte Suprema de Justicia de la Nación y qué significa una privación del derecho de acceso a la Justicia.

© Escrito por el Doctor Ariel Noli (*) el sábado 13/06/2020 y publicado por Portal de Info Nativa Periodismo Nacional y Digital de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos. 

Desde el 20 de marzo pasado, fecha en que el Poder Ejecutivo Nacional dispuso el ASPO (Aislamiento Social Preventivo Obligatorio), la Corte Suprema de Justicia de la Nación ha decretado un feria judicial extraordinaria, la cual se viene prorrogando en la medida que el Poder Ejecutivo prorroga el ASPO y que implica concretamente el cierre del acceso a los tribunales de la Nación.

Entiendo que ante dicha circunstancia la pregunta que corresponde hacerse es:
¿El acceso a la Justicia un servicio esencial? ¿Resulta razonable y/o lógico, sostener que uno de los Poderes del Estado resulta no esencial?

El acceso a la Justicia como servicio esencial

Entiendo que no cabe la menor duda que el acceso a la justicia resulta un servicio esencial. A mi parecer resulta una obviedad.

Sin embargo, no resulta menos obvio y no podemos dejar de señalar, que el acceso a la justicia de gran parte del pueblo argentino ya estaba vedado con anterioridad al Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio.

No se entiende el motivo por el cual la sociedad acepta sin mayores resquemores que los Jueces nos digan que el acceso a la Justicia se encuentra cerrado por la pandemia de Covid – 19

Es más, haciendo un análisis más fino aún, llamar “Justicia” a los Tribunales argentinos, es un absurdo. JUSTICIA es otra cosa

No existe en la Argentina nada más alejado de la problemática del pueblo argentino que la “justicia” que imparten nuestros jueces.

No obstante lo señalado, en este caso, dejaremos para otra oportunidad esos debates sin dejar de manifestar que hay que tenerlos en algún momento y he de ceñirme al análisis de la situación de la “Justicia en cuarentena”, dado que ese alejamiento del Poder Judicial respecto de la problemática de gran parte del pueblo argentino se ha generalizado y hoy día abarca a todas y todos.

No existe argumento lógico y/o jurídico que pueda justificar la no esencialidad de uno de los tres Poderes del Estado.

Podemos válidamente discutir sobre distintas formas de gobierno, pero si entendemos que la forma de gobierno elegida por la Nación Argentina, como señala nuestra Constitución Nacional, es la representativa, republicana y federal, según mi parecer no podemos discutir la esencialidad de uno, o mejor dicho, de cada uno de los tres poderes del Estado.

Establecida la esencialidad y contrastando con la realidad objetiva de la situación actual del ASPO en la ciudad de Buenos Aires, debemos decir que resulta cuanto menos un absurdo que en la C.A.B.A. se encuentre a la fecha prácticamente todo habilitado a excepción del Poder Judicial, los colegios y las reparticiones del Estado.

Entiendo que resulta cuanto menos paradójico que se establezcan como excepciones al aislamiento, por poner algunos ejemplos, la venta de flores, las casas de juegos de azar o las jugueterías y no se establezcan como excepciones verdaderas actividades esenciales como el acceso a la justicia o la educación primaria que, en otro contexto, hasta habilitarían la intervención federal de una provincia.

Quiero dejar expresamente aclarado que lo señalado anteriormente no implica de ninguna manera una crítica al modo en que el Gobierno Nacional ha decidido enfrentar la pandemia de Covid – 19, esto es el ASPO.

Haciendo un análisis más fino aún, llamar “Justicia” a los Tribunales argentinos, es un absurdo. JUSTICIA es otra cosa

Sino una crítica concreta a las prioridades otorgadas a las excepciones previstas a dicho aislamiento y al “rotulado” por decirlo de algún modo de lo que son, o que no son, actividades esenciales.

Vale decir establecido que el acceso a la justicia resulta un servicio esencial para el pueblo en su conjunto, no se puede comprender que los Jueces se nieguen a prestarlo en debida forma.

Tampoco se comprende el motivo por el cual gran parte de la sociedad acepta sin mayores inconvenientes, que los Jueces se nieguen a garantizar el acceso a la justicia por la existencia de la pandemia.

Considero que la pregunta que la sociedad debería formularse es, ¿aceptaríamos que una enfermera o un médico nos dijera que no va a prestar el servicio de salud porque estamos en pandemia? ¿Aceptaríamos que un chofer de una línea de colectivos nos dijera que no va a prestar el servicio de transporte público porque estamos en pandemia? ¿Aceptaríamos que un conductor de ambulancias nos dijera que no va a prestar el servicio porque estamos en pandemia? Claramente no.

Pues entonces no se entiende el motivo por el cual la sociedad acepta sin mayores resquemores que los Jueces nos digan que el acceso a la Justicia se encuentra cerrado por la pandemia de Covid – 19

Otra discusión que deberíamos darnos en algún momento, es la razonabilidad que los jueces en promedio ganen arriba de $400,000 mensuales y los docentes o los trabajadores de la salud no alcancen en su gran mayoría a un 20% de dicho ingreso.

El acceso a la Justicia como resguardo de los derechos

La Argentina venía sumida en una profunda crisis económica previo a la pandemia. Las medidas sanitarias dispuestas por el Poder Ejecutivo indudablemente tienen como consecuencia no querida la profundización de dicha crisis económica, tal como pasa en todo el mundo.

Hoy el aumento desmedido e injustificado de precios, miles despidos, merma en el pago y pérdida del poder adquisitivo de salarios, argentinos que no llegan a obtener un plato de comida, son una realidad incontrastable.

Sostenemos que el acceso a la justicia resulta un elemento indispensable para el resguardo de los derechos de los trabajadores y el pueblo en su conjunto.

Las medidas adoptadas por el Gobierno Nacional intentando morigerar dichos efectos, tales como la imposición de la doble indemnización por despidos y la prohibición de despidos resultan medidas abstractas en tanto el acceso a la justicia le sea negado a los despedidos y/o a quienes les redujeron el salarios de hecho.

Es por ello, entre otras cosas, que sostenemos que el acceso a la justicia resulta un elemento indispensable para el resguardo de los derechos de los trabajadores y el pueblo en su conjunto.

Es que la realidad siempre supera a la teoría, y si bien en teoría en la argentina están prohibidos los despidos, la realidad cotidiana nos marca que los despidos existen y que las personas que se quedaron sin trabajo ( y como consecuencia de ello sin obra social en medio de la pandemia) no tienen acceso al reclamo judicial para hacer valer sus derechos, debiendo aguardar con absoluta desprotección para efectuar su reclamo, el fin de la pandemia o que la Corte Suprema de Justicia, se decida a dar cumplimiento de su obligación de garantizar el servicio de justicia.

Del mismo modo sucede con las víctimas del terrorismo de estado, que siguen esperando una reparación de la justicia a través de los juicios de lesa humanidad que hasta la fecha han quedado “paralizados” en su mayoría, o los miles de jubilados, que están a la espera de la resolución de sus ajustes previsionales.

El alejamiento del poder judicial en general, y de los jueces en particular, con las problemáticas sociales y populares, se viene acrecentando año tras año, pero desde el 20 de marzo de 2020 dicho alejamiento se ha convertido directamente en la negación del acceso del pueblo a la defensa de sus derechos ante los tribunales.

Será entonces el desafío del momento, lograr en lo inmediato la apertura de los tribunales y en el mayor corto plazo posible producir una reforma estructural del poder judicial que pueda acortar el alejamiento actual del poder judicial con las problemáticas sociales del pueblo argentino.

(*) Ariel Noli es abogado, querellante en la causa ESMA e integrante de la lista Mariano Moreno del CPACF. 




lunes, 25 de mayo de 2020

Barbijos fantasmas. Hableme de choreos... @dealgunamanera...

Barbijos fantasmas. Cómo se hicieron con $60,5 millones y nunca entregaron los insumos médicos…

Los barbijos traen dolores de cabeza al Gobierno de la Ciudad. Fotografía: Cedoc

La Justicia detuvo e indagó a un comerciante que cobró por entregar 5.000.000 de barbijos descartables para los hospitales de la Ciudad y nunca cumplió. Arrastraba una probation y no tenía los papeles en regla. Perfil accedió al intercambio de comunicaciones entre los empresarios involucrados. Cómo se hicieron con $60,5 millones y nunca entregaron los insumos médicos.

© Escrito por Emilia Delfino el sábado 23/05/2020 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos.


¿Cómo un comerciante con una probation, una empresa que funcionaría como un sello de goma y que ni siquiera tiene la documentación en regla pudo engañar a empresarios y funcionarios y hacerse con $ 60.500.000 de fondos públicos? El caso de Damián Andrés Nevi, responsable de la compañía Medinsumo S.R.L. y detenido e indagado esta semana por la jueza Paula González aún no desentraña la incógnita, pero sí demuestra que algo en el sistema no funciona. 

El 30 de marzo, el Ministerio de Salud de la Ciudad de Buenos Aires adjudicó una compra directa a la empresa E-ZAY S.R.L. para adquirir 5 millones de barbijos descartables por  $ 340.000.000. Iban a destinarse al personal de salud de los hospitales que combaten el SARS-COV-2. 

Sin embargo, este proveedor nunca contó con los barbijos, actuó como intermediario y subcontrató a Damián Andrés Nevi, responsable de la compañía Medinsumo S.R.L., quien nunca entregó los insumos. El gobierno porteño había pagado por adelantado, según consta en el expediente.

Perfil accedió a la transcripción de los mensajes y audios de WhatsApp que Nevi intercambió con E-ZAY S.R.L. durante abril. Las comunicaciones que analiza la jueza exponen un derrotero de gestiones truncas en la pelea por hacerse de barbijos en plena pandemia. Los diálogos fueron aportados por E-ZAY S.R.L. en su denuncia.

El mismo 30 de marzo, Medinsumo S.R.L. escribió al apoderado de E-ZAY S.R.L.: “Los barbijos ya están pedidos”. Al día siguiente, el responsable de Medinsumo S.R.L. se comprometió a entregar los primeros 100.000 barbijos para el 3 de abril; 1.500.000 para el 10 del mismo mes; y otros 3.500.000 para el 20 de abril.

Para concretar la compra, el 2 de abril, la Ciudad transfirió $ 162.350.000 como anticipo de pago a E-ZAY S.R.L. Horas después, E-ZAY S.R.L. transfirió $ 60.500.000 a la cuenta de Nevi por la compra de barbijos. 

Al día siguiente, comenzaron los problemas. Nevi escribió: La Anmat intervino Dimex”, proveedora local de barbijos. Eso supuestamente demoraba la operación. Los insumos debían ser importados de China, entonces.

El 10 de abril, Nevi envía un nuevo mensaje: “El cargamento está llegando hoy a las 16 horas. Lunes retiramos a las 10”. Pero los barbijos nunca aparecieron. Dos días después, Nevi volvió a comunicarse: “Ayer aterrizó en Ezeiza pasadas las 12 de la noche”.

El 13 de abril, Nevi dijo que estaban avanzando con los trámites en Aduana. E-ZAY S.R.L. dice que entonces envió un camión para retirar la mercadería del aeropuerto. Pero tras varias horas, el camión regresó vacío.


Prueba de vida

La mañana del 16 de abril, siempre según las comunicaciones aportadas por E-ZAY S.R.L., Nevi envió a la empresa fotos de un camión y dos patentes vehiculares anunciando que finalmente la carga estaba en tránsito. “Las cosas ya están saliendo de Ezeiza. Tus cosas te van a estar llegando tipo 12, 13 horas”. 

A las 19:18, Nevi dio un nuevo reporte: “Pasó el peaje y no pude comunicar más”. Ese día, empleados y funcionarios de Salud esperaron los camiones de los barbijos fantasmas hasta las 21, según la denuncia. Nunca llegaron.

El 17 de abril, Nevi informó por la mañana: “Estoy en la comisaría yendo a denunciar el robo de los dos camiones”. Más tarde, envía una imagen de una transferencia por $ 60.500.000 a la cuenta de E-ZAY S.R.L. Estaba, dijo, devolviendo el dinero de los barbijos, pero la compañía asegura que la transferencia nunca llegó a su cuenta.

El 19 de abril, Nevi reapareció: “Los barbijos están gracias a Dios en mi galpón. Tengo 3,5 millones de barbijos mañana. Apenas abre el banco espero la transferencia -reclamaba nuevamente los $ 60,5 millones- y nos juntamos ambos con abogados y cerramos esto”.

Pero E-ZAY S.R.L. sostiene que nunca recibió el dinero. El 21 de abril, Nevi volvió a enviar una foto del supuesto cargamento de barbijos. Para entonces la Ciudad ya había intimado a E-ZAY S.R.L. y Nevi no daba pruebas de entrega del dinero o los barbijos.

Perfil se comunicó con el abogado de Nevi para ampliar su versión de los hechos, pero al cierre de esta edición su cliente no había autorizado hacer declaraciones a la prensa.

Durante su indagatoria, Nevi negó los cargos por presunta estafa. La jueza González ordenó que siga detenido por el momento. Además, la magistrada inmovilizó $60.500.000 que Neví aún mantenía en una cuenta corriente a su nombre.

Nevó tiene otras dos causas, según consta en la investigación. Fue denunciado por la empresa Dimex S.R.L., fabricante de barbijos, por supuestamente hacer uso indebido de su marca. Además, el comerciante tiene una probation por presuntamente hacerse pasar por farmacéutico cuando sólo sería “técnico en farmacia”, de acuerdo al expediente. E-ZAY S.R.L. es investigada en otro expediente tras la denuncia de la Ciudad por el caso de los barbijos.

¿Cuánto sale un barbijo descartable?
De acuerdo al expediente, E-ZAY S.R.L. vendió cada barbijo a la cartera porteña de Salud a $ 68. Nevó declaró que recibía apenas $ 30 por unidad (más IVA). En su denuncia, E-ZAY S.R.L. sostuvo que la diferencia entre ambos precios se debe a los “costos adicionales” (enumeró: impuestos, logística, gastos administrativos, acondicionamiento, embalaje y empaquetado, seguros y entrega). Agregó que la utilidad neta del negocio iba a ser de 9,14% (es decir, alrededor de $ 31.000.000).

Una de las incógnitas del caso es cómo Nevi logró hacer este negocio. Otra cuestión que aún la Justicia no tiene del todo clara es cómo E-ZAY S.R.L. llegó a conseguir el contrato con el gobierno porteño. La compañía se dedica al rubro informático y educativo.

La empresa sostuvo ante la Justicia que se inscribió ante la AFIP para vender insumos médicos ante la pandemia y la caída de su negocio original.

En la cartera de Salud explicaron que ninguna de las dos empresas -ni E-ZAY S.R.L. ni Medinsumo S.R.L.- tienen antecedentes como proveedores de la Ciudad, pero que “la Emergencia Sanitaria permite contratar de forma directa a compañías sin antecedentes en el registro de proveedores estatales”.

En el ministerio de Salud porteño sostienen que convocaron a más de 100 proveedores oficiales y ninguno ofertó para vender los barbijos.

Allegados a E-ZAY S.R.L. sostienen que la Ciudad no habría perdido sus fondos debido a que la compañía “adquirió un seguro de caución por la totalidad del contrato más un 10% de contingencias”

La Ciudad, sin embargo, se quedó sin la cantidad necesaria de barbijos que requerían los hospitales para garantizar a los trabajadores de la salud la prevención de covid-19. “De los 5.000.000 que debía haber entregado, pudo proveer una quinta parte que debió adquirir a otros proveedores”, aseguraron fuentes del caso.

La falta de barbijos quirúrgicos o descartables es uno de los reclamos centrales del personal sanitario. Hay al menos 27 amparos judiciales de médicos, enfermeros y otros trabajadores de la salud de hospitales públicos y privados en la Ciudad que reclaman la falta de provisión de suficientes barbijos quirúrgicos (descartables), de acuerdo a los fallos judiciales que analizó este medio.





sábado, 2 de mayo de 2020

"No hay que achatar la curva de la pandemia, sino aplastarla"… @dealgunamanera…

"No hay que achatar la curva de la pandemia, sino aplastarla", asegura un investigador del Conicet…

Roberto Etchenique. 

El químico e investigador de Conicet Roberto Etchenique elaboró un modelo de testeo que permitiría detectar personas con Covid-19 en curso con el mínimo posible de pruebas de PCR para minimizar los riesgos de contagio.

© Escrito por Natalia Concina el Miércoles 2904/2020 y publicado por la Agencia Telam de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos.

El químico e investigador de Conicet Roberto Etchenique afirmó hoy que "no hay que no conformarse con que la curva epidemiológica no crezca mucho, sino que hay que llevarla al mínimo posible" y para eso elaboró un modelo de testeo que permitiría detectar personas con Covid-19 en curso con el mínimo posible de pruebas de PCR.

Investigador del Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía (INQUIMAE) y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, Etchenique dijo a Télam que "todas las medidas que se están tomando fueron efectivas para achatar la curva", pero ante el costo económico y social del aislamiento desarrolló junto a otros científicos un modelo que busca hacer más "eficiente" esa medida.

Télam: ¿Cuál es la diferencia entre "achatar" la curva y "aplastarla"?
Roberto Etchenique: La diferencia es mínima, pero es un montón en cantidad de vidas. En términos epidemiológicos consiste en llevar el R a menos de uno. El R es la tasa de replicación, a cuántas personas le transmite el virus alguien infectado. Si R es mayor que uno cada vez hay más infectados, si es menor que uno cada vez hay menos.

En muchos países de Europa ya se logró que el R fuera menor que uno. Y esto se traduce en que comienza a bajar el número de personas con la infección activa. Estas personas son las que pueden pasar el virus a otros.


T: ¿De qué depende el R?
R.E: Sin intervención de ningún tipo, lo que se llama el R0, esa tasa depende de la característica del virus por un lado y de la sociedad por el otro. Por ejemplo, el R0 de Europa era 3, pero hay que tener en cuenta que la gente allá se maneja mucho más fría que acá en la relación personal diaria con desconocidos, sacando algunos países.

En Argentina esto es completamente diferente, saludamos con un beso a cualquier persona y ni que hablar de que compartimos el mate. Entonces, cuando recién llegó el virus, nuestro R0 fue de 5. Luego vinieron las medidas del Gobierno y una toma de conciencia por parte de la gente y entonces el R bajó abruptamente. En este momento nuestro R está por encima de 1 pero muy poco. Los casos suben pero muy lentamente.


T: ¿Esto implica que tenemos una subida lineal y no exponencial de la curva?
R.E: No. Lo de lo lineal es un mito. Cuando la cantidad de casos crece, siempre es exponencial. Cuando lo exponencial es lento se parece a una línea, pero no es lo mismo. Muchas veces se usa lo exponencial como sinónimo de rápido y eso es incorrecto. Exponencial significa que en lugar de que haya una suba constante por día, sube en proporción. Por ejemplo, sube un 1% por día, entonces hoy tenés 100, mañana 101, pasado un poco más de 102, etc. Lo que hoy tenemos es una subida exponencial pero muy suave.

T: ¿Qué se necesitaría para aplastar la curva, es decir, para volver el R a menos que uno?
R.E: Un poquito más, pero socialmente ese poquito más es imposible porque cuesta muchísimo.

Para lograrlo de la forma más eficientemente posible habría que pensar lo siguiente. Cada no infectado que sale a la calle no genera ningún problema, el tema es que se puede infectar. La cuarentena es para aislar a los infectados asintomáticos. Y es necesario que todos estemos en cuarentena porque nadie sabe quién está infectado.

La propuesta que nosotros estamos haciendo es tratar de identificar a los infectados con la menor cantidad de reactivos posibles para poder hacer aislamientos sólo de esas personas.

T: ¿Y cómo se lograría esto sin hacer 40 millones de testeos por PCR (que busca el virus activo)?
R.E: La idea es la siguiente: supongamos que en el Área Metropolitana de Buenos Aires tenemos unos 15 mil infectados que es un número razonable. Teniendo en cuenta que hay unos 15 millones de habitantes, eso sería salir a buscar 1 cada 1.000, lo que al azar es imposible. Pero sí se pueden rastrear entre los que estuvieron en contacto con los confirmados positivos. Por cada positivo buscás familiares, vecinos, el almacenero, es decir, a todos los que estuvo en contacto.

T: Pero no hay reactivos ni capacidad operativa para hacer PCR a toda esa red...
R.E: No, claro. No se puede hacer una prueba por persona. Nuestro método consiste en hacer las pruebas PCR pero en lotes. Es decir, usar material de muestra de una cantidad de personas y hacer una sola prueba, si da negativo quiere decir que ninguna lo tenía; si al menos una persona tiene el virus todo el lote saldrá positivo y ahí habrá que analizar de nuevo muestra por muestra.

No estamos descubriendo la pólvora, es un método que se utilizó y se utiliza para varias cosas, de hecho en Argentina se usó en el VIH al comienzo. Lo que nosotros hicimos fue ajustarlo de modo tal que, por ejemplo, entre 4.000 personas con 120 test podrían detectar si hay cuatro infectados.


T: ¿Y esto es posible en la situación actual epidemiológica de Argentina?
R.E: Como estamos hoy, sí. No en caso de que la enfermedad se dispare, porque en una situación como estuvo China o Europa todo el mundo tuvo exposición al virus.

El método también puede tener usos muy concretos, por ejemplo, en los centros de salud. Se podría una vez por semana hacer un estudio en lote de todo el personal, y si uno detecta que hay positivo comienza a ir caso por caso. Lo mismo puede hacerse en las provincias con pocos casos o en conglomerados.

Nosotros ya presentamos la propuesta pero este tipo de métodos requieren validaciones particulares según la población que se vaya aplicando. Ojalá sirva como aporte.









viernes, 1 de mayo de 2020

Buen salvaje... @dealgunamanera...

Buen salvaje... 


La certeza de la incertidumbre, la decisión como necesidad. El autoritarismo como amenaza, como temor latente inscripto en el poder y la política. ¿Autoritario es el que manda? ¿Autoritarios somos todos?

© Escrito por Julián Melo (*) el jueves 30/04/2020 y publicado por La Vanguardia Digital de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos.

Terra monótona. Días iguales. El tiempo que pasa sin pasar y no pide permiso. La mirada clavada en un horizonte que nadie sabe dónde está. La radio, la tele, el celular, todas estalactitas frágiles que rodean, todas lianas que permiten ir a ver qué está pasando sin ponerse el barbijo y caminar a distancia. Todos escapes que son, más tarde o más temprano, encierros. Son enojos y a veces mimos, son destratos y a veces cariños. Son todo lo que se puede en tiempos donde nada se sabe y entonces se sobre actúa claridad. Es un tiempo donde está muy fácil enojarse con muchos o con alguien, donde ya casi no faltan excusas válidas para tal cosa, pues el confinamiento achata no sólo curvas, achata quizás un poco la capacidad de cada uno para reaccionar. No es que éramos una sociedad bella y un virus nos envileció; es simplemente que éramos lo que somos pero sin tanta premura como para demostrarlo.

Entre la maleza de esa Terra monótona y el fragor de las lianas que nos llevan y nos traen desde múltiples estados de ánimo hay variables sencillamente inmanejables, hay un reflujo constante de afirmaciones y contra afirmaciones que, a veces, dejan mal parado hasta al más avispado. Algo en todo ello es profundamente increíble: ¿por qué cuando el agobio cotidiano del trabajo, la presión diaria por cumplir con obligaciones que ya se demostraron inútiles, por qué cuando más tiempo tenemos para pensar es que reaccionamos igual o peor que siempre? No hay excusa de apuros y obligaciones, la única obligación es quedarse en casa. Los lugares comunes son comprensibles cuando estamos corriendo de un lado para el otro todo el día: ¿por qué no tomar un rato del tiempo que hoy sobra para mirar antes de vociferar? ¿Por qué no aprovechar la monotonía del tiempo pandémico para revisar esos espacios sobre los que siempre nos posamos con comodidad y autosuficiencia?

La información, el circo de datos y opiniones están a una velocidad inaudita. Una velocidad que atrapa y expulsa a la vez, una velocidad que obliga a mirar y, en algún momento, a creer. Lo único que acolcha el desmadre mental que produce la lluvia de meteoritos informativos es construir una creencia. Sensación de muerte, de fragilidad constante, de cuidarse, de desinfectar hasta los atados de cigarrillos que empiezan a escasear. Una especie de tempestad de persecución y de necesidad de sentir que no nos va a pasar nada. Algún acolchado, algún freno hay que encontrar. Para mí, ese freno tiene casi siempre la forma de una creencia, de una certeza que no requiere demasiada explicación en orden a parar la expoliación que produce la marea endemoniada de sensaciones cruzadas. Hay que buscar un ancla y no mucho más.

No es que éramos una sociedad bella y un virus nos envileció; es simplemente que éramos lo que somos pero sin tanta premura como para demostrarlo.

Entonces fluye el juego de sensibilidades en medio de mundiales de vedettes argentinas y de canciones del Indio Solari, encuestas de millones de cosas, recomendaciones de series y películas para ver, canciones y discos para escuchar, miles y miles de fotos de gatos y de comidas caseras preparadas con fruición. Video-llamadas, clases online, Zoom para todos. Y en el costado del juego casi todo se sigue moviendo, hay política, hay decisiones, hay otros más buscando la forma de aguantar el desmadre. Ese lugar de la decisión, ese lugar tan preciado para muchos, tan lejano para otros, ese lugar de la decisión que es normalmente el objetivo más atacado desde tiempos inmemoriales; ese lugar tan hablado y redefinido por siglos, parece ser el lugar más común de nuestras reacciones, parece ser el lugar que no podemos revisar aun teniendo todo el día a disposición.

Nuestras anclas significantes allende la política, allende la decisión, son las de siempre pero para una situación que no es la de siempre, para una situación que, para muchos, hace que siempre sea ya algo que dejó de ser.

En el revuelo por momentos inclasificable de albedríos confinados aparecen, paradójicamente, patrones de argumentación. La denuncia, a veces algo vaga, a veces algo enérgica, de la violación de los derechos individuales, la potencial amenaza a la propiedad privada. Para los más intelectualmente holgazanes siempre está el ancla de Venezuela, Cuba, comunismo, zurditos y otras defecciones que ya todos conocemos. Lo cual configura, a mi gusto, algo que, a más de pintoresco, es un patamar inevitable de todo el debate público al menos y no sólo en Argentina: la relación entre derechos y excepción.

Me parece un elemento profundamente básico en la discusión que hoy profesamos aun hasta cuando recomendamos música. Y, a mi entender, es un elemento básico pues tiene una historia de conquista detrás, que no merece el destrato de la contestación chicanera y supuestamente contundente. Cada uno busca sus anclas personales en tiempos de confinamiento, el tema es que hacen falta anclas colectivas: el ancla colectiva central en Argentina, y en otros lados también, es la defensa de los derechos civiles básicos.

Es obvio que ya hasta esa mínima afirmación es polémica pero no porque lo que afirma es demasiado creativo o porque se me ocurrió algo totalmente nuevo: es polémico pues porque aun sobre lo que nos anuda como un “algo” social todos tenemos opiniones diferentes. El tema es que, justamente, esa diversidad es el bien más preciado dentro de aquello que podría ser el ancla común. Y aun así, seguimos siempre buscando un alguien extraño, exterior, a quién vanagloriar o denostar: las dos actitudes son lógicamente iguales.

Hay un temor, al menos, que es proclamado desde múltiples foros: el temor al autoritarismo. Se blanden banderas de libertad, algunas desteñidas por cierto, contra las posibles consecuencias autoritarias de un contexto pandémico. Se reclama con vehemencia la plena vigencia y el normal funcionamiento del Congreso de la Nación, y de todas las instancias de control. Se ensambla, con diverso poderío teórico argumental por supuesto, la posibilidad de una deriva política autoritaria en la maleza del COVID 19. Con resuelta sagacidad se contesta, desde las antípodas, ¿y cuánto sesionó el Congreso en 2019? ¿Y cuántos decretos de Macri se revisaron sin pandemia? Y la deuda, y el cierre de pymes, y el desempleo y el hambre.

Ad infinitum el juego chicanero asume su lugar en el debate público, entretiene y deja ir. El problema, para mí, es que eso deja justamente demasiado lugar para ir a la exageración, la sobre actuación y, fundamentalmente, la ausencia de preguntas. Nadie se pregunta por lo que lo que pregunta pero, mucho peor, nadie se pregunta por lo que afirma pues sólo necesitamos anclas, acolchados. Es increíble que lo que tranquilice sea la afirmación y no la interrogación.


La pregunta sería o, mejor dicho, una posible pregunta sería: ¿estamos hoy ante el riesgo de un desvío autoritario del poder político? A lo cual, obviamente, cabría contra interrogar: ¿alguna vez no estamos frente a esa posibilidad? Asumamos que no necesitamos entrar en esa polémica pero atendamos al temor. Temor infundido por un líder que toma la palabra propia como “la de todos”, como alguien que habla por “nosotros”. Pensemos autoritarismo quizás como una forma de Estado que monopoliza la posibilidad del uso de la violencia física para satisfacer los deseos del Único, del dueño de la palabra de todos, del Líder.

Concibamos autoritarismo como una forma de avasallamiento de toda forma de control de las decisiones de política pública, como la eliminación de toda mediación en la construcción de esas decisiones. Avancemos todavía más, y definamos al autoritarismo como la presentación de Uno que demuele Múltiples, de Uno que sabe todo, de Uno que se presenta como salvaguardia de lo que somos como comunidad. Uno que clausura cualquier vía posible de discusión porque-ya-sabe lo que hay que hacer, que no consulta y agrede si lo consultan, Uno que se presenta por encima de cualquier interés particular porque se cree en sí mismo el interés general.

El temor al Uno es muchas veces genuino y compartido. La pregunta es: ¿estamos hoy en Argentina, en medio del horror mundial, ante ese riesgo?

Fluyen las estalactitas revoleadas por el aire. Asombra el griterío de los confinados. “Sí, Alberto se cree que me va a decir lo que puedo o no hacer”, “El Congreso está cerrado”, “Gobiernan por DNU”, “atrás de todo esto está la Cámpora y está Cristina”, “Albertítere” y demases. “Noooo, Alberto es crack, es docente”, “Alberto es el hombre, imagináte esto con Macri”, “estos caraduras lloran autoritarismo y nos pedían DNI sin flagrancia”. En el medio de ese quilombo de cruces cancelatorios alguien tiene que definir y decidir, alguien tiene que mandar.

En la Quilombificación, como supo teorizar un amigo maravilloso, alguien tiene que agarrar el timón. El punto, para no dar más vueltas: lo que confunden las sobreactuaciones es Mando con Autoritarismo. Y, tras de eso, confunden el Lugar dónde preguntar.

Cada uno busca sus anclas personales en tiempos de confinamiento, el tema es que hacen falta anclas colectivas: el ancla colectiva central en Argentina, y en otros lados también, es la defensa de los derechos civiles básicos.

Hay alguien que manda. Sí. Hay mando porque hay lazo. Hay juegos de obediencia porque hay política, hay hegemonía ensayada desde todos lados; hay política porque hay lazo, un entrecejo que funde a Distintos en algo más o menos igual. Hay política porque no importa quién manda ni quién obedece pues ambos son polos de un lazo que se construye entre múltiples. Hay política porque la pregunta central no tiene que ver con el titular del Poder sino con el proceso sociocultural (y político) que se pone en juego frente a algo que “nadie ve”. La palabra es lazo y lo que nunca se ve, ni se toca ni se ocupa es el Poder.

Hay un estigma representacional que ninguno de los que avalan o de los que despotrican puede evitar: la imagen no existe. Siempre existe el riesgo autoritario, siempre existe el riesgo de la sobreactuación. Pero alguien manda, y el mando no es ni puede ser un reflejo puro. No hay espejos en la política, hay solamente riesgos, hay lazos. Que haya mando no supone sí o sí que haya autoritarismo. Ese oscuro pasado denunciado, ese horizonte siempre negro y detestable de años de plomo, debe ser quizás reservado para momentos en los que efectivamente la Voz de Uno solo nos amenace como Ser Comunitario. Y digo ser comunitario aun a riesgo de otras críticas sobreactuadas: ser comunitario nunca es homogéneo y total, es simplemente mayoritario, siempre está en discusión. Rousseau no es uno solo, ninguno de nosotros lo es.


A todo esto, entonces, ¿Por qué cuando un Presidente de la Nación se presenta públicamente para explicar las bases de sus decisiones se teme autoritarismo? ¿Por qué se reduce eso a un simple cálculo electoral cuando siquiera se sabe cuántos de nosotros vamos a morir, o sea, cuántos vamos a votar? ¿Por qué cuando un Presidente de la Nación, que hace política y para eso se le paga, dice que descentraliza decisiones en gobiernos locales olemos autoritarismo? ¿Por qué cuando un Presidente de la Nación se ubica en comunicación cuasi total con todo tipo de organizaciones, industriales, “del campo”, más grandes, más pequeñas, y todo eso lo consumimos en los medios todos los días auguramos autoritarismo? ¿Por qué cuando un Presidente de la Nación se presenta diciendo que consultó una decisión con cincuenta actores distintos nos corre el frío ardor del autoritarismo por la espalda? No interesa vanagloriar la chicana tonta de que este Presidente no manda a tomar lavandina o inocularse Lysoform, mucho menos que dice que somos una raza fuerte y que el virus no nos va a hacer nada. 


Interesa, para mí, ¿por qué no aceptamos que colectivamente hay un límite que un tipo, en este caso un Presidente, sabe aceptar? De última, ¿por qué nos enojamos con un tipo que flexibiliza una cuarentena y le reclamamos “Mando” cuando ese “Mando” sí o sí nos va a parecer autoritario? Alabamos a una señora que viola el aislamiento y toma sol pero después reclamamos medidas estrictas. Y pedimos que la policía no se zarpe. Y no queremos milicos en la calle. No queremos uniformes verdes a la vista. Reclamamos mando pero cuando alguien Manda denunciamos autoridad. Reclamamos orden y cuando alguien ordena presentamos recursos de amparo. ¿De qué nos amparamos? Éticamente, es muy discutible que todo aquello que no nos gusta deba ser sí o sí tildado de autoritario. Hay miles de otras descalificaciones posibles. Ese juego retórico, por más que parezca inútil, es básico para cualquier modus convidendi.

Mezclar decisión y mando con autoritarismo de buenas a primeras es un problema más viejo que el agua. Siempre reclamamos que no nos griten, que no nos digan lo que tenemos que hacer, que no nos digan qué ropa usar según el clima. Somos erizos ante la presentación de cualquier posible sojuzgamiento. Pero reclamamos autoridad ante la angustia y le tememos a esa autoridad. Mucho más aún, cuando esa autoridad se presenta de alguna manera amistosa, se presenta decidiendo pero compartiendo esa decisión, encendemos las alarmas de la violencia. 


Corremos despavoridos a cubrirnos en el refugio de la historia para denunciar con vehemencia vanguardista los peligros del Uno Malo que decide. Eso anuda a enormes conglomerados ideológicos, los hermana. Nadie escapa al lugar común. Nadie jamás escapa a denunciar con superioridad moral cualquier forma de poder político cuando, al mismo tiempo, le reclama a ese Poder que haga “lo que yo digo”. 

Nadie jamás escapa del autoritarismo.


Nadie escapa al lugar común. Nadie jamás escapa a denunciar con superioridad moral cualquier forma de poder político cuando, al mismo tiempo, le reclama a ese Poder que haga “lo que yo digo”. Nadie jamás escapa del autoritarismo.

El problema, al final, es que siempre reclamamos que nadie nos diga violentamente qué hacer y cuando alguien hace una propuesta no violenta, y afirma que depende no de él sino de nosotros, la respuesta es lapidariamente negativa. Siempre pedimos que el Mandatario no hable por nosotros pero cuando el Mandatario dice que la responsabilidad es nuestra lo vilipendiamos. Nunca quisimos que un líder nos robe la voz pero cuando dice que su propia voz es construida por nosotros, nos enojamos. Mucho más, cuando dice que la “voz definitiva” es la “nuestra”, arrecian los vilipendios. En esa contradicción se aloja una monstruosidad bien obvia: queremos ser nosotros, siempre y cuando ese nosotros seamos cada uno. Y, si el líder no se roba ninguna voz, los argumentos tradicionalmente preparados por nuestra sana centro-izquierda y nuestra derecha de buenos modales (que son, ahí sí, lo mismo) se quedan perplejas: sólo les queda la chance de encontrar un error, cualquier error, y decir que tenían razón.


De allí, para finalizar, hay una posibilidad más que latente respecto a que mi letra sea una defensa oculta, o quizás no tanto, de la actuación del Presidente argentino. Lo cual quizás podrá albergar elogios de una parte, rechazo de otra, quizás indiferencia de la gran mayoría. Yo tengo mi opinión como cualquier otro ciudadano. Miro como cualquiera. “Yo miro vivir”. Y no necesito, como cualquiera de nosotros, permiso para defender o atacar a nadie. Miro que hay un drama fundamental que nos acosa, o quizás solo me acosa a mí y estoy exagerando: no aceptamos que algo nos puede salir bien entre muchos (si sale mal, los responsables son obvios). 


No aceptamos que quizás hay un camino común en la divergencia absoluta. No queremos liderazgo acaparador y jetón pero pedimos medidas estrictas. No aceptamos medidas estrictas y denunciamos autoritarismo. El drama, en el fondo, es que no aceptamos un nosotros, la pregunta nunca es por nosotros; el drama es que no aceptamos lo que siempre pedimos: ser parte de la decisión, ser parte de la apuesta, tener voz. No aceptamos un mesías pero pedimos salvación.

(*) Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Sociales (UBA). Investigador Adjunto del CONICET (IDAES-UNSAM) y Docente en la UNSAM