Por una
renovada esperanza…
Hoy por la noche la Argentina tendrá un nuevo presidente. Ojalá que también se
renueve la confianza de la sociedad.
© Escrito por Nelson Castro el sábado 18/11/2023 y publicado por el
Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.
A la hora de escribir esta columna la única certeza
existente en medio de la navegación por las procelosas aguas del proceso
electoral que culmina hoy es que, gane quien gane, en el horizonte se avizoran
tiempos duros para la Argentina.
Lo saben los que vayan a votar por Sergio Massa, lo saben
los que vayan a votar por Javier Milei, lo saben
los que vayan a votar en blanco o impugnar el voto y lo saben los que no vayan
a votar. Es producto de lo que representan los dos candidatos: Milei, un salto
al vacío; Massa, la profundización del abismo. Los dos han protagonizado la
peor campaña electoral de la que se tenga memoria desde la recuperación de la
democracia en 1983. A lo largo de este fatigoso e interminable devenir
electoral hubo escasez de ideas y superabundancia de agresiones y riñas. La
última la vimos todos el domingo pasado durante el debate entre los dos
candidatos. Llamar debate a lo que se vio la noche del domingo pasado es
absolutamente incorrecto. El candidato de Unión por la Patria con su soberbia y
el libertario con sus incongruencias dieron un espectáculo penoso. Resultó ser
absolutamente incongruente con la lógica política que Milei no haya puesto sobre
la mesa el tema de la inflación, o el
tema del escándalo por el espionaje ilegal o de la corrupción en la Legislatura
de la provincia de Buenos Aires que toca a dos dirigentes de directa relación
con Massa.
Tan extraño fue que, sumado a otro burdos errores de campaña
cometidos no solo por la candidata a la vicepresidencia, Victoria Villarruel,
como así también por la diputada Lilia Lemoine, no fueron pocos los que
comenzaron a hacerse una única pregunta: ¿quiere Milei realmente ganar las
elecciones?
La opción entre dos malos candidatos define el estado de situación
de la política argentina. Es la constatación de una decadencia que, elección
tras elección, se acentúa. No es un fenómeno exclusivo de nuestro país. Lo
padecen también las grandes democracias. Esa decadencia, que tiene profundas
consecuencias sociales y económicas, atenta contra la solidez del mismísimo
sistema democrático y de los valores republicanos, dando pie así a la aparición
de líderes con aires mesiánicos cuyo principal valor es ser supuestamente
antisistema. El caso de los Estados Unidos es el más paradigmático. Donald Trump es
lo más parecido a lo que representan muchos de los dirigentes vernáculos:
corrupto, despectivo, despreciativo del orden legal, intolerante con las
críticas y ávido de alcanzar el poder absoluto. Lo notable de todo ello es el
acompañamiento social que logran, el cual se mantiene incólume no importa
cuántos delitos cometan y con cuánta evidencia se los muestre a la parte de la
sociedad que los apoya y los vota. En la primera mitad de los años 50, durante
el apogeo del general Juan Domingo Perón, circulaba un dicho que grafica a la
perfección lo antes dicho que decía así: “Aunque sea un ladrón, lo votamos a
Perón”.
Sergio Massa es un mal candidato; Javier Milei, también.
Particular encrucijada esta en la cual se encuentra la sociedad. Elegir entre
dos malos nunca puede ser bueno. La teoría del mal menor suena a consuelo vano.
Los malos son, al fin y al cabo, siempre malos.
Milei representa un salto al vacío. Hay que reconocerle que
siempre dijo lo que iba a hacer en caso de llegar al poder. Sus premisas
esenciales estuvieron expuestas desde un principio. Nunca cambiaron más allá de
algún maquillaje que hubo en el último tramo de su campaña. Lo que no dijo fue
cómo lo iba a hacer. En todas ellas hubo un dejo de disparate y de irrealidad.
Desde la dolarización hasta el tan mentado cierre del Banco Central pasando
por la venta de órganos. A ese dejo de disparate contribuyeron no solo el
candidato, sino también algunos de sus acólitos más relevantes. En esa nómina
“sobresalieron” Victoria Villarruel, candidata a vicepresidenta, Diana Mondino,
mencionada como eventual canciller y la diputada Lilian Lemoine. Para subrayar
también fue el fugaz romance político con Luis Barrionuevo, un engaño en el que
el candidato libertario cayó con la ingenuidad de un amateur.
Sergio Massa es alguien que ha hecho de la mentira un evangelio.
Es, además, el representante genuino de un fracaso: su gestión al frente del
Ministerio de Economía ha llevado al país a sufrir la peor inflación de los
últimos treinta años. Desde ese punto de vista, es un verdadero rara avis: no
hay registro de un ministro que, habiendo llevado adelante una gestión tan
mala, haya tenido la posibilidad real de ser electo presidente. A la mentira le
agrega su falta de escrúpulos. La última muestra de esto la dio el jueves en el
acto de cierre de campaña. Lo hizo en un colegio público –el Carlos Pellegrini–
con menores de edad. La degradación cultural de la Argentina es tan grande que
no muchos han advertido la dimensión de lo que eso significa. La escuela es un
lugar sagrado que nunca debe ser usado para el adoctrinamiento. El acto se
desarrolló en horario de clase con el consentimiento del rector del colegio.
Seguramente habrá entre sus alumnos quien no comulga con la ideas de Massa más
allá de simpatizar –o no– con Milei. El acto exhibió a pleno la cultura de la
apropiación del Estado que es característica del peronismo.
Elecciones: es lo que hay
El candidato de Unión por la Patria hace acordar mucho al Néstor
Kirchner de 2003, que prometía un gobierno diferente del peronismo clásico. El
tiempo mostró que eso era una mentira: al igual que Carlos Menem, su afán fue
apropiarse del poder absoluto con la idea de permanecer para siempre. Si, en
caso de ser electo hoy, Massa cumpliera con sus promesas –gobierno de unidad
nacional, Justicia independiente, órganos de control para la oposición y un
largo etcétera–, debería, lisa y llanamente, traicionar tanto a Cristina Fernández de Kirchner como
a su hijo Máximo. No es que ello sea una novedad: en el nombre de la lealtad,
la traición es en el peronismo una norma. Lo hizo Eduardo Duhalde con Menem y
luego Néstor Kirchner con el mismo Duhalde.
Al final de este largo camino electoral es imprescindible hacerse una pregunta: ¿qué es lo que ha llevado a una parte significativa de nuestra sociedad a elegir candidatos tan malos? ¿Son estos dirigentes los que representan los valores genuinos de la ciudadanía? Estas preguntas caben no solo para Milei y Massa, sino también para los otros que quedaron en el camino, muchos de ellos como producto de la soberbia y el egoísmo.
Hoy por la noche la Argentina tendrá un nuevo presidente. Ojalá, también, una nueva esperanza.
Al final de este largo camino electoral es imprescindible hacerse una pregunta: ¿qué es lo que ha llevado a una parte significativa de nuestra sociedad a elegir candidatos tan malos? ¿Son estos dirigentes los que representan los valores genuinos de la ciudadanía? Estas preguntas caben no solo para Milei y Massa, sino también para los otros que quedaron en el camino, muchos de ellos como producto de la soberbia y el egoísmo.
Hoy por la noche la Argentina tendrá un nuevo presidente. Ojalá, también, una nueva esperanza.
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