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domingo, 11 de septiembre de 2016

¿Cuándo nos fuimos a la mierda?... @dealgunamanera...

¿Cuándo nos fuimos a la mierda?...

Pedraza. Tuvo que morir Mariano Ferreyra para que un sindicalista fuera preso. Foto: Cedoc

Como el personaje de Vargas Llosa de Conversación en La Catedral que se pregunta: “¿Cuándo se jodió el Perú?”, en el bar de Lima donde se sitúa la novela, o como canta Jaime Roos en Los Olímpicos sobre los uruguayos... “Uruguayos / uruguayos/ dónde fuimos a parar/ Antes éramos campeones / Les íbamos a ganar / Hoy somos los sinvergüenzas / Que caen a picotear”, si el lector de esta columna acepta un café en El Hipopótamo o en el Derby, alrededor del Parque Lezama, en algún momento nos quedaremos en silencio, mirando pasar la tarde en la ventana, pensando lo mismo, quizá en términos más vulgares, más nuestros: “¿Cuándo fue que nos fuimos a la mierda?”.

© Escrito por Carlos Ares el sábado 10/09/2016 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

¿Cuándo y por qué comenzó a importarnos todo un carajo y forzamos los límites de la convivencia hasta reventarlos? No los de la ley que se nos impone, sino los propios, los que nos hacen ser una persona. Esos que desmienten al tango, porque no es lo mismo “ser derecho que traidor”, por ejemplo. ¿En qué momento empezamos a culpar siempre a otro, a negar, a encubrirnos con el discurso de que no podíamos ser “el boludo” que se queda afuera cuando todos “entran”? 

Es probable que haya sido a causa de la última dictadura. Ya, antes, llevábamos varios años quebrando los pactos, los acuerdos, la Constitución, pero ahora hasta los golpes de Estado previos parecen dramas menores frente a lo que sucedió después. Fue en los primeros años de esos trágicos 70 cuando se despreció la vida. Matar pasó a ser un acto de justicia. Y la venganza comenzó a servirse en caliente. Secuestrar, torturar, eliminar, aniquilar, erradicar, reprimir fueron los verbos maestros del poder. Hasta el punto de “desaparecer”, “no estar”, como decía Videla, “ni vivos ni muertos”. Y desaparecimos, miles físicamente y millones como sociedad, como proyecto, como promesa, como cultura. Cultura entendida, según T.S. Eliot, “como todo aquello que hace que la vida merezca la pena ser vivida”.

A más de treinta años, esa explicación, la dictadura como causa y consecuencia, es necesaria pero no suficiente para entender todo lo que sucedió después. Hay una responsabilidad que, en parte, les cabe también a los gobiernos democráticos. Alfonsín, según admitió, no supo o no pudo echar las raíces y desarrollar la construcción de ciudadanía, el debate de ideas, los apoyos mutuos, la alternancia en el poder, la igualdad ante la ley.

Agotados por las resistencias tardías de los carapintadas, desesperados por el fracaso económico, nos saqueamos de paciencia, y en ese desencuentro con la fe democrática regresamos al peronismo, donde el discurso populista de Menem prendió en campo fértil. “La patria morena”, “la revolución productiva”, “el salariazo”. El líder que no iba a defraudar arrasó con lo poco que quedaba de esperanza. Dictó los indultos a Firmenich y Videla, entre otros, y en poco tiempo traicionó todas las palabras dadas y las promesas hechas. El mensaje que bajaba desde el poder era: “Mírenme. Vean cómo miento. Cómo hago lo contrario de lo que digo. Síganme. Todo está permitido”. 

El “favor” pedía “retorno”. 

Los barrios se cerraron. Colocamos rejas, cámaras, alambres de púa. El que no mafia no mama. La policía hizo su negocio. El narco tomó posesión de la tierra de nadie, contrató a sus “soldaditos” y comenzó la guerra. Sálvese quien pueda. El que no es un criminal es cómplice o es víctima.

Desde entonces, la muerte parece ser el único motor de nuestra historia. Tuvo que morir, violada, asesinada, María Soledad en Catamarca para terminar con el régimen feudal de los Saadi. Tuvo que morir, apaleado, el soldado Carrasco para terminar con el servicio militar obligatorio. Tuvieron que morir 52 personas en la masacre de Once para que se ocuparán de los trenes. 
Tuvieron que morir fusilados los pibes Kosteki y Santillán, durante la gobernación de Felipe Solá, para que Duhalde adelantara las elecciones.
 Tuvo que morir Mariano Ferreyra para que finalmente un sindicalista, José Pedraza, fuera preso. Costó muertos terminar con Cavallo. Y sin contar los muertos de hambre, de necesidad, de olvido, de pena, de nada, de tantos que ni siquiera movieron la aguja de la vida.


domingo, 2 de agosto de 2015

Recuerdos del futuro… @dealgunamanera...

Recuerdos del futuro…

Conduciendo a Mr. Scioli. Carlos Zannini. Foto: Pablo Temes

De Carlos S. Menen a Cristina Fernández de Kirchner. El escenario de fin de ciclo, con recesión y Brasil en baja, se parece al pre De la Rúa. Qué hacen los candidatos.

El dato más fuerte que surge de la actualidad política ocurrirá dentro de una semana. Ese día –domingo 9–, con los resultados del engorroso escrutinio provisional que se prevé, marcará el comienzo del fin de Cristina Fernández de Kirchner en el poder.

Aquejada de una faringolaringitis aguda –es una afección que la padece a repetición debido a un reflujo gastroesofágico que actúa como factor predisponente– descargó sus rabietas y exhibió sus obsesiones a través de sus tuits. Emergió en ellos su particular interpretación de la realidad vernácula e internacional. En lo referente a los acuerdos entre los Estados Unidos e Irán y a su posible semejanza con el memorándum entre este último país y el nuestro afloró una mezcla de peras con manzanas notable e inquietante. El atentado terrorista contra la AMIA es un hecho de una naturaleza absolutamente distinta al pacto que signaron las potencias mundiales con el régimen de Teherán.

La campaña electoral es de una pobreza más que franciscana. Todo pasa por la figura del candidato y su contacto personal con la gente. Casi no hay más. Las ideas faltan. Los debates, también. En las últimas dos semanas, Daniel Scioli se la pasó anunciando nuevos ministerios; hasta ahora van cuatro: Derechos Humanos, Economía Popular, Transporte, Ciudad y Territorialidad. ¿Cuántos más habrá? ¡Qué fácil sería gobernar si la solución para cada uno de los problemas que afectan a un país dependiera de la creación de un ministerio! Lo que sí se puede asegurar es que esas nuevas estructuras representarán una mayor cantidad de empleados públicos. Un dato curioso: el nombre del Ministerio de Economía Popular tiene reminiscencias de aquella economía popular de mercado con la que Carlos Menem bautizó al plan económico engendrado bajo los auspicios de Bunge y Born a comienzos de su primer mandato.

Superados el susto de la elección en la Ciudad de Buenos Aires y el cimbronazo del cambio de discurso del PRO, Mauricio Macri enfrenta el desafío de remontar la empinada cuesta que constituye la provincia de Buenos Aires. Aun equivocándose mucho, todas las encuestas lo muestran con una enorme dificultad para penetrar y revertir significativamente la tendencia a favor del oficialismo. El sistema de boletas y sus dimensiones alejan muchísimo la posibilidad del corte de boleta, hecho que favorece objetivamente a Scioli.

Al día de hoy, Sergio Massa viene tercero y lejos. Su rol variará dependiendo de si hay segunda vuelta o no. Esa es una alternativa en la que Scioli no quiere pensar y mucho menos hablar.

Males propios y ajenos. Mientras tanto, los avatares de la economía están sacudiendo crecientemente esta última parte de la gestión del actual gobierno. Sobre los males propios se han agregado los provenientes de la crisis que se vive en el Brasil. Este condimento le ha incorporado mayor zozobra al presente. El gobierno de Dilma Rousseff atraviesa una difícil situación política, siendo ello producto de una encrucijada en la que confluyen dos elementos determinantes: la corrupción y el ajuste. A partir de esa conjunción se han generado dos consecuencias malas para su administración: un desorden cambiario que ha llevado a una devaluación significativa del real y a una conflictividad política que pone a Rousseff a tiro de un eventual juicio político, hecho que en el Brasil tiene historia.

Sobre ese contexto complejo del principal vecino comercial del país cabalga hoy en día nuestra economía. El problema que amenaza con agravar las cosas es que de aquí al 10 de diciembre venidero no será tomada ninguna medida de fondo en busca de alguna corrección. El Gobierno se mantendrá en sus postulados y defenderá su accionar a capa y espada. La tarea pesada quedará para el próximo presidente. Se habrá de repetir así un escenario muy similar al que se produjo entre el gobierno de Carlos Menem y el de la Alianza. Fernando de la Rúa recibió una crisis en ciernes impulsada por el desequilibrio de las cuentas fiscales y la devaluación del real que, a manera de una bomba de tiempo y sumada a la impericia de aquella administración, generaron las condiciones para el estallido ocurrido en 2001.

En la semana habló Axel Kicillof. “Será un diputado más”, responde Scioli cuando le preguntan por el futuro del actual ministro de Economía. Algunas de las cosas que dijo el futuro diputado crearon tal confusión que al día siguiente debió salir a aclararlas. En uno de sus párrafos, Kicillof habló del “club de los devaluadores”, y pidió a empresarios, banqueros, e industriales que no hablen de retraso cambiario porque cuando lo hacen “joden a la gente”. Es verdad que hay algún sector del empresariado argentino que aún cree que todos los problemas de la economía local se resuelven con una devaluación. Otros, en cambio, ya se han dado cuenta de que esa medida aislada no sirve para ninguna otra cosa que para ahondar los problemas. Lo curioso de Kicillof es que, al hablar, lo hizo como si él nada tuviera que ver con un marco devaluatorio, cuando, en verdad, las cosas son exactamente al revés. Primero porque él era ya ministro cuando se produjo la fuerte devaluación de 2014, que, como fue realizada sin el acompañamiento de una cohorte de medidas destinadas a corregir la inflación, no sirvió para reactivar la economía. Segundo, porque el Gobierno devalúa el dólar oficial todos los días.

Tercero, porque forma parte de la gestión de Cristina Fernández de Kirchner, que ha producido, a lo largo de sus ya casi ocho años al frente del Poder Ejecutivo, una fuerte devaluación de la moneda argentina. Cuando la Presidenta llegó al poder, el valor del dólar se ubicaba alrededor de los tres pesos. Hoy, el dólar oficial –difícil de conseguir– está a 9,20. En el llamado “relato” del kirchnerismo, la mentira es la verdad.

Producción periodística: Guido Baistrocchi.

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© Escrito por Nelson Castro el domingo 02/08/2015 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.