La felicidad en tiempos adversos...
Menos de la mitad de los
argentinos se siente feliz con su vida. En un contexto cada vez más complejo,
las formas de medir y entender esta forma del bienestar individual y social
están en discusión. Una mirada a los malestares y esperanzas de la época.
© Escrito por María Carolina Stegman el miércoles
14/10/2026 y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos
Aires, República Argentina.
La felicidad de la población está en
estudio. Ya son clásicas las publicaciones que buscan a los «países más felices
del mundo», podio que detentan, desde hace años, las naciones nórdicas. Los
indicadores que miden esa supuesta felicidad son específicos: se evalúan la
economía y los niveles de acceso a la salud y a la educación, pero también
destacan los niveles de cooperación entre las personas, la posibilidad de tener
una vida relajada y el acceso a cuestiones tan simples como una caminata en la
naturaleza, disfrutar un café o pasar tiempo con amigos.
A nivel local, una encuesta reciente
de la consultora Management & Fit reveló que para el 71,8% de la población
las principales inquietudes se vinculan a cuestiones económicas. Otro
relevamiento, dado a conocer en abril de este año y llevado a cabo por el
Observatorio de Psicología Social de la UBA, dice que el 58,69% de los
encuestados asegura sufrir alteraciones del sueño y que el 52,40% considera
estar atravesando una crisis personal o vital, a la que atribuyen en su mayoría
vínculos con preocupaciones económicas.
Otro reporte, realizado por la
Universidad Siglo XXI, se mete de lleno en el concepto de felicidad y asegura
que desde que iniciaron la medición, en 2018, los y las argentinas alcanzaron
su punto más bajo: menos de la mitad de la población, el 46,8%, se siente feliz
con su vida, esto significa una baja del 1,5% respecto de 2025. También dice
que el 31% se siente triste, deprimido o sin esperanzas varios días de la
semana.
Bienestar emocional.
Hasta aquí, sin dudas la variable económica parece prevalecer al momento
de hablar de felicidad o bienestar emocional, pero, ¿qué es la felicidad? ¿Solo
se vincula a lo material? ¿Se es feliz solo o en comunidad? ¿Cuál es el rol de
la esperanza?
Para Micaela Cuesta, investigadora,
doctora en Ciencias Sociales y socióloga que se desarrolla en la Universidad de
Buenos Aires y la Universidad Nacional de San Martín, una concepción más
crítica de la felicidad debería evitar asociarla a un estado, a un objeto o a un
bien. «Se puede definir la felicidad por lo que no es: no se agota en el
alcance de un objeto», dice. Y suma: «Se debería evitar, desde una perspectiva
crítica, que esa felicidad quede asociada a algo que se puede alcanzar a través
del mercado. Los bienes de lujo también entran acá, porque supuestamente
garantizarían haber alcanzado un determinado estado que redundaría en
felicidad. Entonces, ni la mediación a través del mercado ni a través de la
sociedad, tal como está estructurada actualmente, que es no igualitaria, sino
asimétrica y mediada por formas de dominación y violencia, pueden definir la
felicidad».
¿Entonces es correcto hablar de
felicidad o infelicidad o habría que buscar otras formas de definición de lo
que se experimenta? «No hablaría tanto de infelicidad sino de malestares, de
formas de sufrimiento social que pueden ser interrumpidas por algunos momentos
de felicidad», asegura Cuesta e identifica a su vez los posibles orígenes de
dichos sufrimientos: «Los malestares contemporáneos tienen múltiples fuentes:
están producidos por la incertidumbre, la falta de seguridad en el mundo del
trabajo que se traduce en modalidades de precarización, explotación,
pluriempleo que redundan en sentimiento de agotamiento que hacen casi invivible
la vida», asevera.
Nadie es feliz solo.
Desde esta mirada, la felicidad no parece estar tampoco vinculada a un
repliegue en la interioridad, en el yo, que es lo que promuevan muchas de las
ideologías del emprendedurismo actuales que se traducen en formas de autoayuda.
Esto es así porque no es difícil darse cuenta de que hay pocas cosas que las
personas pueden resolver solas. «Somos sujetos interdependientes y casi todas
nuestras prácticas vitales están sujetas a esa interdependencia, que no es,
como se nos quiere hacer creer, empobrecedora, sino potencializadora,
habilitante –dice Cuesta–. Siempre se nos muestra una cara ominosa de la
interdependencia, se dice que depender de otro «limita» la capacidad de
expansión, de libertad o de existencia, cuando en realidad ocurre casi lo
contrario: solo podemos realizarnos porque existen otros, otras, no solo
sujetos sino también instituciones que permiten que podamos llevar a cabo
aquello que identificamos con ser felices, o interrumpir formas de
sufrimiento», advierte la investigadora.
Para legitimar este pensamiento basta
con pensar en las formas de trabajo. «Desde el feminismo podemos afirmar, a
partir de investigaciones y prácticas, que no habría ninguna posibilidad de
trabajar o vender fuerza de trabajo en el mercado si no existiera antes un
trabajo no reconocido y mal remunerado que son los de cuidado y reproducción de
la vida cotidiana», expone Cuesta. Históricamente, los griegos pensaban a la
felicidad como un bien público, que la felicidad estaba asociada a la vida
pública. Claro que quienes podían acceder a esa vida pública eran muy pocos:
varones en general y pertenecientes a ciertos estratos sociales; el resto
estaba excluido. Una de las primeras exclusiones, además de los esclavos, eran
las mujeres.
Según señala Cuesta, hay algo de la
vida política y de la participación en una comunidad que nos aproxima a la
felicidad, cierto encuentro con lo diferente en uno que nos sorprende o nos
hace reflexionar respecto de algo que no habíamos reflexionado antes, que
involucran a un otro o al orden de la otredad. Lo cierto es que, desde su
mirada, cuando las formas de vida posible se cierran sobre sí mismas o parecen
agotarse, esto no puede conducir más que a formas de sufrimiento; cuanto más se
empobrecen las expectativas de estilos de vida posible, más padecimientos
ocurren en la vida de los sujetos. «En momentos de crisis, como los actuales,
cuando se obturan esas expectativas, cuando reina la incertidumbre, cuando no
se encuentran caminos viables para transitar las diversas biografías, es cuando
más se habla de la felicidad, pero menos practicable se vuelve», advierte.
Sin resignación y con esperanza
activa.
Otro de los tópicos que aparece discursivamente, sobre todo en la dirigencia
política, es la cuestión del «sacrificio» para luego alcanzar la supuesta
felicidad, una especie de tierra prometida cuya conquista justificaría todo el
malestar previo, un discurso ligado a cierta retórica religiosa, de carácter
mitológico. Cuesta propone «pensar en otro sentido de la religión en el que sí
exista algo del orden de la esperanza, más vinculada a volver a comunicarse con
otros, religarse y generar comunidades no sacrificiales, sino igualitarias,
donde la esperanza esté alojada en prácticas concretas, no como una sala de
espera o una antesala de un estado futuro de salvación, sino como un hacer
activo».
«La instalación del malestar en la
sociedad solo puede beneficiar a los que dominan. Porque en general, esa
instalación provoca la resignación, y la resignación lleva a una suerte de
renuncia a la voluntad de transformación de aquello que causa el malestar. Es
una forma de la indiferencia y, en algunos casos, de despolitización, o de
politización reactiva o autoritaria. Quienes ocupan posiciones de formación de
la opinión pública deberían cuidarse mucho de alentar esas formas de instalarse
en el malestar, de promover cierto escepticismo o nihilismo ‒concluye la
investigadora‒. La resignación solo puede llevar agua hacia el molino del statu quo,
de las asimetrías, de las modalidades de dominación vigentes que son unas de
las fuentes de donde brotan los malestares de la sociedad».






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