Alfredo Palacios, el primer socialista en llegar al Congreso Nacional...
Fuente: Alfredo
Palacios, Nuestra América y el
imperialismo yanqui, Madrid, Historia Nueva, 1930, págs. 133-136.
Buenos Aires, 25 de noviembre de 1924.
¿Seguiremos nosotros, pueblos jóvenes, esa curva descendente?
¿Seremos tan insensatos que emprendamos, a sabiendas, un camino de disolución?
¿Nos dejaremos vencer por los apetitos materiales que han arrastrado a la
destrucción a los pueblos europeos? ¿Imitaremos a Norteamérica, que, como
Fausto, ha vendido su alma a cambio de la riqueza y el poder, degenerando en
plutocracia?
Volvamos la mirada a nosotros mismos. Reconozcamos que no nos
sirven los caminos de Europa ni las viejas culturas. Estamos ante nuevas
realidades. Emancipémonos del pasado y del ejemplo europeo, utilizando sus
experiencias para evitar sus errores.
Somos pueblos nacientes, libres de ligaduras y atavismos, con
inmensas posibilidades y vastos horizontes ante nosotros. El cruzamiento de
razas nos ha dado un alma nueva. Dentro de nuestras fronteras acampa la
humanidad. Nosotros y nuestros hijos somos síntesis de razas. No podemos, por
tanto, alimentar los viejos odios raciales, fruto de parcialidad y limitación.
Conservamos además la herencia pura de San Martín y Bolívar, dos de los héroes
más generosos que ha producido la historia. Tenemos que concebir una nueva
humanidad, dotada de una más alta conciencia. La dilatada extensión de nuestros
países, casi despoblados, hace absurda la lucha de los pueblos por la tierra.
No necesitamos disputárnosla, ni regarla con sangre fratricida, sino dividirla
entre los hombres, haciéndola fecunda por el esfuerzo, en beneficio de todos.
No necesitamos, como Europa, alimentar el odio implacable, sino
tender a su desaparición; borrar las diferencias exteriores que separan a los
hombres y sustituir la concurrencia y los antagonismos con la cooperación y la
ayuda mutua. Utilizar para el bien social todos los esfuerzos y poner al
alcance de cada uno todas las posibilidades. Debemos libertar a la mujer y
hacerla nuestra igual en los derechos, en lugar de mantenerla sometida a
perpetuo y odioso tutelaje. Es indispensable la colaboración del alma femenina
en nuestra obra civilizadora.
Y tenemos, ante todo, que exaltar la personalidad humana. Darle
al hombre conciencia de su fuerza; forjar su voluntad y su carácter. Hacerle
apto para dominar los tesoros que ha creado, en vez de constituirse, como
ahora, en siervo de ellos. Para lograr esto, habremos de realizar una incruenta
revolución: la revolución del pensamiento, la reforma educativa, para
transformar al hombre.
Vosotros, universitarios de la nueva generación, habéis iniciado
esa obra y debéis continuarla. Las posibles consecuencias de ella son
incalculables. Al emprender la reforma universitaria habéis contraído un grave
deber ante el porvenir, con vuestra propia conciencia. No basta haber reformado
los estatutos. Hay que transformar el alma de las universidades. Conseguir que,
en vez de máquinas de doctorar, se conviertan en crisol de hombres. Deben ser
laboratorios de humanidad. Focos de pensamiento renovador y de fuerzas
espirituales. Corazón y cerebro de los pueblos y guía de las futuras
generaciones. Es preciso que dejen ser exactas para ellas estas palabras que en Erewhon atribuye Samuel Butler a un
profesor influyente de la Universidad de Sinrazón:
“Nuestra misión no consiste en ayudar a los estudiantes a pensar por sí mismos…
Nuestro deber es hacer de modo que piensen como nosotros, o al menos como
nosotros creemos útil decir que pensamos”.
La renovación de la enseñanza universitaria implica la
incorporación a sus estudios de las modernas ideologías y los problemas
sociales. Debe salir de las universidades una concepción social y un espíritu
nuevo. Los universitarios deben solidarizarse con el alma del pueblo y
proponerse la elevación y la redención de la masa humana. Deben reintegrarse al
pueblo para que surja de todos la conciencia social.
Vosotros, los jóvenes universitarios, deberíais formularos el
propósito de constituiros en núcleo dirigente. Ser dirigente no significa
ocupar los puestos lucrativos o disputarse el poder, sino asumir la
responsabilidad del destino de los pueblos y consagrarse a la tarea de extirpar
sus males, resolver sus problemas y modelar su alma.
Para realizar esta obra debe ser la primera condición la de
hacer efectiva la solidaridad espiritual entre los pueblos de América Latina.
Labor tan vasta no puede emprenderla un pueblo solo. Debemos elaborar una nueva
cultura, concordante con nuestros ideales, que permanecen latentes en la raza.
Debemos ir a la acción. La cultura sin acción deriva en bizantinismo. Por el
contrario, la acción renovadora, suscitará la creación de una cultura nueva.
Por eso la tarea más inmediata sería la de trazar las líneas directivas de la
Confederación Ibero Americana. Esa empresa debe ser obra de la juventud, que se
halla libre de compromisos con el pasado y de mezquinas rivalidades. Tal labor
es también de imperiosa urgencia para contener la expansión arrolladora y
envolvente del capitalismo yanqui.
Nuestro programa de acción y de idealismo puede concretarse en
los siguientes puntos:
Alfredo L. Palacios.







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