La cátedra de la dignidad...·
El día que Soledad Pastorutti puso al mundo en su lugar.
18 de diciembre de 2025
Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino exceso de historia. Silencios que pesan como una mochila cargada de siglos. Silencios que anuncian que algo está a punto de romperse. Uno de esos silencios quedó suspendido en el estudio de CNN International en Miami aquella noche. No era la calma técnica antes de un corte ni la pausa amable de la televisión. Era un silencio espeso, incómodo, casi violento. El silencio previo a una verdad que no pide permiso.
Frente a las cámaras se sentaban dos figuras que no solo representaban personas, sino mundos enteros. De un lado, Derek Harrison, periodista británico, prolijo hasta el último gesto, producto refinado del establishment mediático global. Del otro, Soledad Pastorutti. “La Sole”. No una cantante invitada a promocionar un disco, sino un vendaval nacido en Arequito, síntesis viva de patios de tierra, guitarras gastadas, bombos legüeros y voces heredadas.
La pregunta cayó como caen siempre las ofensas del poder: con una sonrisa educada y una dosis precisa de veneno.
—Tu música… es esencialmente para gente de campo, sin mucha educación, ¿correcto? No es exactamente lo que la gente educada escucharía en una sala de conciertos seria.
No hubo insulto directo. Hubo algo peor: desprecio envuelto en corrección política. El viejo gesto colonial disfrazado de curiosidad periodística.
Millones de personas contuvieron el aliento. Pero lo que Harrison no sabía —lo que nadie en ese estudio sabía— era que Soledad no había ido allí a defenderse. Había ido a enseñar. Y no a enseñar música, sino algo mucho más incómodo: dignidad.
La preparación de una batalla.
Días
antes, lejos del brillo de las cámaras, Soledad había leído. No letras de
canciones, sino estudios, cifras, investigaciones. Sabía que el folklore,
cuando es atacado, no se defiende con gritos ni con golpes bajos. Se defiende
con verdad. Su manager había detectado el patrón: Harrison solía mirar con
condescendencia todo lo que no entrara en su idea estrecha de “alta cultura”.
Soledad
no se amedrentó. Vio una oportunidad. Una productora aliada le acercó datos,
papers, estadísticas. Ella los estudió con la seriedad de quien entiende que no
se representa solo a sí misma. No iba a hablar por su carrera. Iba a hablar por
los que nunca pisan un estudio de televisión, pero cargan una cultura entera en
la espalda.
No iba a responder desde la herida. Iba a responder desde el conocimiento.
Ocho segundos eternos.
De regreso en el estudio, tras la pregunta, Soledad guardó silencio. Ocho segundos. En televisión, una eternidad. No frunció el ceño. No se indignó. Sonrió. Fue la sonrisa de quien ya ganó la partida antes de mover la última ficha.
—Gracias, Derek —dijo con una calma que cortaba el aire—. Gracias por darme la oportunidad de educar a quince millones de personas sobre algo que claramente no conocés.
Ahí empezó todo.
Se levantó de la silla. Ese gesto mínimo rompió la jerarquía visual del set. Ya no estaba sentada como invitada. Estaba de pie como quien toma la palabra en nombre de otros. Las pantallas comenzaron a mostrar cifras. Datos. Hechos.
Habló del Festival de Cosquín, de esa marea humana que cada enero convierte a las sierras cordobesas en el corazón cultural del país. Medio millón de personas reunidas alrededor de una música que, según el prejuicio, sería “menor”.
—¿Medio millón de personas sin educación? —preguntó, sin elevar la voz.
Mencionó cátedras universitarias, estudios musicológicos, la complejidad rítmica de una chacarera bien tocada, capaz de poner en aprietos a músicos formados en los conservatorios más exigentes del mundo. El folklore no es simple: es profundo. No es tosco: es sofisticado. Tosco es no querer entenderlo.
Harrison comenzó a moverse incómodo. Por primera vez, el periodista parecía no tener control del relato.
Cuando los números no alcanzan.
Pero Soledad sabía que las estadísticas, solas, no conmueven. Entonces bajó la guardia académica y habló desde donde duele y desde donde importa.
Habló de su padre. Camionero. Mecánico. Manos destruidas por el trabajo. Manos honestas. Al final del día, una guitarra apoyada en las rodillas. No para exhibirse. Para respirar.
—En esas canciones —dijo— había más sabiduría sobre la vida, sobre la dignidad del trabajo y el amor por la tierra, que en muchos libros que leí después.
Habló de su abuela Ofelia. No sabía leer ni escribir. Pero sabía cantar. Doscientas canciones guardadas en la memoria. Doscientas historias transmitidas sin papel, sin tinta, sin academia. Un archivo viviente.
Ahí redefinió el concepto de educación frente a una audiencia global. Educación no es solo acumular títulos colgados en una pared. Educación es preservar la memoria, transmitir valores y saber quién sos cuando todo lo demás se pierde.
Nombró a Atahualpa Yupanqui conversando con filósofos en París. A Mercedes Sosa cantando en los escenarios más prestigiosos del mundo. El folklore no pide permiso. Entra porque trae verdad.
—El
folklore es la prueba de que a un pueblo pueden quitarle todo, menos el alma.
En el estudio, incluso los técnicos bajaron la mirada. Algunos tenían los ojos húmedos.
Ignorancia y algo peor.
El momento final fue quirúrgico. Soledad se acercó a Harrison. No para humillarlo. Para explicarle.
—La ignorancia es no saber —dijo—. Pero la estupidez es opinar con autoridad sobre lo que no se conoce.
No hubo aplausos. No hacían falta. Harrison quedó desarmado. Pidió disculpas. Y ahí apareció la verdadera estatura de Soledad: no buscó el trofeo de la humillación. Le puso una condición. Que usara su lugar para aprender. Que fuera a Cosquín. Que escuchara antes de juzgar.
Aceptó.
Lo que quedó después.
Treinta minutos de televisión generaron un impacto que cruzó fronteras e idiomas. El video se viralizó, sí. Pero lo importante ocurrió lejos de las redes. En las casas. En los pueblos. En los chicos que vieron a alguien como ellos defender su cultura en un escenario global.
Meses después, Harrison llegó a Cosquín. Caminó entre bombos, humo de choripanes y guitarras abiertas. Lloró. No de culpa. De comprensión. Entendió que el folklore no es nostalgia: es resistencia. No es pasado: es futuro.
Años más tarde, Soledad recibió un premio. No lo dedicó al éxito. Lo dedicó a su padre, a su abuela y, sorprendentemente, a Harrison. Porque tuvo el coraje de cambiar.
Esta historia no es solo sobre música. Es sobre dignidad. En un mundo que intenta uniformarnos, defender las raíces es un acto profundamente revolucionario.
La verdadera altura no se mide por la solemnidad de una sala de conciertos, sino por la profundidad de la verdad que se canta.
El folklore no es cosa del pasado. Es la voz eterna de los pueblos que se niegan, simplemente, a ser silenciados.









