Mostrando las entradas con la etiqueta Mercedes Sosa. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Mercedes Sosa. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de enero de 2026

La cátedra de la dignidad... @elprofesorcapomasi...

La cátedra de la dignidad...·   

Soledad Pastorutti. 
   
Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino exceso de historia. Silencios que pesan como una mochila cargada de siglos. Silencios que anuncian que algo está a punto de romperse. Uno de esos silencios quedó suspendido en el estudio de CNN International en Miami aquella noche. No era la calma técnica antes de un corte ni la pausa amable de la televisión. Era un silencio espeso, incómodo, casi violento. El silencio previo a una verdad que no pide permiso.

© Escrito por Roberto Arnaiz, Escritor e Historiador, el viernes 26/12/2025 y publicado en robertoarnaiz.com/blog en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

El día que Soledad Pastorutti puso al mundo en su lugar.

18 de diciembre de 2025

Hay silencios que no son ausencia de sonido, sino exceso de historia. Silencios que pesan como una mochila cargada de siglos. Silencios que anuncian que algo está a punto de romperse. Uno de esos silencios quedó suspendido en el estudio de CNN International en Miami aquella noche. No era la calma técnica antes de un corte ni la pausa amable de la televisión. Era un silencio espeso, incómodo, casi violento. El silencio previo a una verdad que no pide permiso.

Frente a las cámaras se sentaban dos figuras que no solo representaban personas, sino mundos enteros. De un lado, Derek Harrison, periodista británico, prolijo hasta el último gesto, producto refinado del establishment mediático global. Del otro, Soledad Pastorutti. “La Sole”. No una cantante invitada a promocionar un disco, sino un vendaval nacido en Arequito, síntesis viva de patios de tierra, guitarras gastadas, bombos legüeros y voces heredadas.

La pregunta cayó como caen siempre las ofensas del poder: con una sonrisa educada y una dosis precisa de veneno.

—Tu música… es esencialmente para gente de campo, sin mucha educación, ¿correcto? No es exactamente lo que la gente educada escucharía en una sala de conciertos seria.

No hubo insulto directo. Hubo algo peor: desprecio envuelto en corrección política. El viejo gesto colonial disfrazado de curiosidad periodística.

Millones de personas contuvieron el aliento. Pero lo que Harrison no sabía —lo que nadie en ese estudio sabía— era que Soledad no había ido allí a defenderse. Había ido a enseñar. Y no a enseñar música, sino algo mucho más incómodo: dignidad. 

La preparación de una batalla.

Días antes, lejos del brillo de las cámaras, Soledad había leído. No letras de canciones, sino estudios, cifras, investigaciones. Sabía que el folklore, cuando es atacado, no se defiende con gritos ni con golpes bajos. Se defiende con verdad. Su manager había detectado el patrón: Harrison solía mirar con condescendencia todo lo que no entrara en su idea estrecha de “alta cultura”.

Soledad no se amedrentó. Vio una oportunidad. Una productora aliada le acercó datos, papers, estadísticas. Ella los estudió con la seriedad de quien entiende que no se representa solo a sí misma. No iba a hablar por su carrera. Iba a hablar por los que nunca pisan un estudio de televisión, pero cargan una cultura entera en la espalda.

No iba a responder desde la herida. Iba a responder desde el conocimiento. 

Ocho segundos eternos.

De regreso en el estudio, tras la pregunta, Soledad guardó silencio. Ocho segundos. En televisión, una eternidad. No frunció el ceño. No se indignó. Sonrió. Fue la sonrisa de quien ya ganó la partida antes de mover la última ficha.

—Gracias, Derek —dijo con una calma que cortaba el aire—. Gracias por darme la oportunidad de educar a quince millones de personas sobre algo que claramente no conocés.

Ahí empezó todo.

Se levantó de la silla. Ese gesto mínimo rompió la jerarquía visual del set. Ya no estaba sentada como invitada. Estaba de pie como quien toma la palabra en nombre de otros. Las pantallas comenzaron a mostrar cifras. Datos. Hechos.

Habló del Festival de Cosquín, de esa marea humana que cada enero convierte a las sierras cordobesas en el corazón cultural del país. Medio millón de personas reunidas alrededor de una música que, según el prejuicio, sería “menor”.

—¿Medio millón de personas sin educación? —preguntó, sin elevar la voz.

Mencionó cátedras universitarias, estudios musicológicos, la complejidad rítmica de una chacarera bien tocada, capaz de poner en aprietos a músicos formados en los conservatorios más exigentes del mundo. El folklore no es simple: es profundo. No es tosco: es sofisticado. Tosco es no querer entenderlo.

Harrison comenzó a moverse incómodo. Por primera vez, el periodista parecía no tener control del relato. 

Cuando los números no alcanzan.

Pero Soledad sabía que las estadísticas, solas, no conmueven. Entonces bajó la guardia académica y habló desde donde duele y desde donde importa.

Habló de su padre. Camionero. Mecánico. Manos destruidas por el trabajo. Manos honestas. Al final del día, una guitarra apoyada en las rodillas. No para exhibirse. Para respirar.

—En esas canciones —dijo— había más sabiduría sobre la vida, sobre la dignidad del trabajo y el amor por la tierra, que en muchos libros que leí después.

Habló de su abuela Ofelia. No sabía leer ni escribir. Pero sabía cantar. Doscientas canciones guardadas en la memoria. Doscientas historias transmitidas sin papel, sin tinta, sin academia. Un archivo viviente.

Ahí redefinió el concepto de educación frente a una audiencia global. Educación no es solo acumular títulos colgados en una pared. Educación es preservar la memoria, transmitir valores y saber quién sos cuando todo lo demás se pierde.

Nombró a Atahualpa Yupanqui conversando con filósofos en París. A Mercedes Sosa cantando en los escenarios más prestigiosos del mundo. El folklore no pide permiso. Entra porque trae verdad.

—El folklore es la prueba de que a un pueblo pueden quitarle todo, menos el alma.

En el estudio, incluso los técnicos bajaron la mirada. Algunos tenían los ojos húmedos. 

Ignorancia y algo peor.

El momento final fue quirúrgico. Soledad se acercó a Harrison. No para humillarlo. Para explicarle.

—La ignorancia es no saber —dijo—. Pero la estupidez es opinar con autoridad sobre lo que no se conoce.

No hubo aplausos. No hacían falta. Harrison quedó desarmado. Pidió disculpas. Y ahí apareció la verdadera estatura de Soledad: no buscó el trofeo de la humillación. Le puso una condición. Que usara su lugar para aprender. Que fuera a Cosquín. Que escuchara antes de juzgar.

Aceptó. 

Lo que quedó después.

Treinta minutos de televisión generaron un impacto que cruzó fronteras e idiomas. El video se viralizó, sí. Pero lo importante ocurrió lejos de las redes. En las casas. En los pueblos. En los chicos que vieron a alguien como ellos defender su cultura en un escenario global.

Meses después, Harrison llegó a Cosquín. Caminó entre bombos, humo de choripanes y guitarras abiertas. Lloró. No de culpa. De comprensión. Entendió que el folklore no es nostalgia: es resistencia. No es pasado: es futuro.

Años más tarde, Soledad recibió un premio. No lo dedicó al éxito. Lo dedicó a su padre, a su abuela y, sorprendentemente, a Harrison. Porque tuvo el coraje de cambiar.

Esta historia no es solo sobre música. Es sobre dignidad. En un mundo que intenta uniformarnos, defender las raíces es un acto profundamente revolucionario.

La verdadera altura no se mide por la solemnidad de una sala de conciertos, sino por la profundidad de la verdad que se canta.

El folklore no es cosa del pasado. Es la voz eterna de los pueblos que se niegan, simplemente, a ser silenciados.



domingo, 10 de enero de 2021

A 10 años de la muerte María Elena Walsh... @dealgunamanera...

 A 10 años de la muerte María Elena Walsh, la inigualable artista argentina…

 

Un día como hoy nos dejaba una de las referentes de la cultura nacional que plasmó en su arte su pasión por la vida, su militancia feminista y su inalterable compromiso social.

© Publicado el domingo 10/010/2021 por Filo News de la Ciudad Autónoma de los Buenos Aires, República de los Argentinos.   

Un día como hoy, hace diez años, fallecía la gran María Elena Walsh, una de las mayores exponentes de la cultura argentina. Se dedicó a las letras en múltiples formas: fue poetisa, escritora, cantautora, dramaturga y compositora. 

Si bien ganó enorme popularidad por ser escritora de cuentos y canciones infantiles que marcaron a varias generaciones y aún viven en la memoria popular -como "El Reino del Revés" o "Cuentopos de Gulubú"- María Elena fue mucho más que eso.

 

Nació el 1 de febrero de 1930 en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires. Estudió en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, en Buenos Aires y desde los catorce años comenzó a publicar sus poemas en el diario La Nación, Los Anales de Buenos Aires, que dirigía Jorge Luis Borges, o Sur, de Victoria Ocampo. 

A sus 17 años publicó su primer libro "Otoño imperdonable" (1947), consagrándose como una de las voces más importantes de su generación. El mismísimo Pablo Neruda estuvo entre sus primeros lectores entusiastas.

 

En la década del 50 emigró a Europa junto a su amiga tucumana, Leda Valladares, también poeta, con la que formaron el dúo vocal "Leda y María". Juntas lograron convertirse en una de las propuestas artísticas más originales de esos años y tocaron música argentina en los clubes más importantes del viejo continente. 

La enorme Mercedes Sosa se encargó de llevar a lo más alto del repertorio nacional las letras de María Elena que, interpretadas por la voz de "La Negra", se convirtieron en símbolos de la cultura argentina. "Serenata para la tierra de uno" y "Como la cigarra" son piezas de folclore que lograron conjugar a dos de las más grandes artistas nacionales. 

Mercedes Sosa. Serenata para la tierra de uno.

También se dedicó al teatro y escribió grandiosas obras en las que plasmó su militancia feminista y su protesta contra la injusticia social. En 1978, en plena dictadura cívico militar, harta de la censura y la persecución decidió dejar definitivamente el teatro. Pero su compromiso con el cambio social no iba a terminar allí. 

Refugiada en el periodismo gráfico, durante los años más oscuros de la reciente historia de nuestro país, escribió artículos como "Desventuras en el País-Jardín-de-Infantes" (1979) en el que, a pesar de la nula libertad de expresión, comparaba al régimen dictatorial de Argentina con un jardín de infantes.

 

En 1981 enfermó de cáncer, por lo que tuvo que enfrentar un largo tratamiento que duró hasta 1983, justo cuando la democracia retornaba en nuestro país. Fue una nueva etapa para la Argentina y también para María Elena que se comprometió, a través de su arte, a restaurar la democracia en los ámbitos más diversos. 

Durante la década del 90 siguió publicando muchas obras como "Novios de antaño" (1991), una novela autobiográfica sobre la niñez en época de la década infame. Entre 1997 y 2004 presenta los libros infantiles: "Manuelita, ¿dónde vas?"; "Hotel Pioho’s Palace" y "¡Cuánto cuento!" y en 2008 publica su último libro: "Fantasmas en el parque".

 

Recibió innumerables reconocimientos nacionales e internacionales: Ciudadana Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, Premio Konex de Platino y de Honor en Letras; Highly Commended del Premio Hans Christian Andersen de la IBBY (Dinamarca), el Premio Honor del FNA; Doctor Honoris Causa de la Universidad de Córdoba, entre otros. 

Falleció el 10 de enero de 2011 en Buenos Aires, dejando un legado inabarcable de obras, poemas, libros y canciones que ya son parte definitiva de la memoria colectiva y constituyen un tesoro invaluable para la cultura nacional.





domingo, 4 de octubre de 2009

Mercedes Sosa... De Alguna Manera

Mercedes Sosa


Estaba internada desde el 18 de septiembre en el Sanatorio Trinidad. Desde el jueves recibía asistencia respiratoria mecánica. La tucumana, la voz del pueblo, falleció como consecuencia de un problema hepático pulmonar.

La gran cantante argentina Mercedes Sosa -quizás, para muchos, la mejor de la historia del país- falleció este domingo a las 5.15 en el Sanatorio Trinidad de la Ciudad de Buenos Aires. La tucumana tenía 74 años, sufría un problema hepático pulmonar y se encontraba en coma farmacológico, con asistencia respiratoria mecánica, desde el jueves.

Haydée Mercedes Sosa -ese era su nombre completo- había comenzado el 2009 con reiterados problemas de salud. El 30 de marzo debió suspender la presentación ante la prensa de su último disco, Cantora. Al principio se habló de una gripe, pero luego se confirmó una neumonía. "Mi madre tiene 73 años, es una persona mayor y necesita ciertos cuidados especiales", declaró entonces Fabián Mathus, su hijo.

En julio último, pocos días después de cumplir 74, "La Negra" volvió a ser internada en el Sanatorio Trinidad, y luego de que le dieran el alta, la recuperación no fue tan buena como se esperaba.

Fabián, otra vez y como lo hizo hasta el último día, intentó explicar lo que sucedía: "Cuando salió de la clínica los médicos dijeron que necesitaba mucho descanso, nada de actividad laboral y seguir tomando antibióticos. Pero la verdad es que esto se está haciendo muy largo y los resultados no son los que los médicos anunciaban en un primer momento". Este viernes el Padre Farinello le dio la extramaunción.

El último 18 de septiembre, Mercedes entró por última vez al Sanatorio Trinidad. Su estado fue reservado desde la primera noche y, con el correr de los días, la partida de "La Negra" ya parecía inevitable. El jueves, con algo de resignación y anticipando el final, Fabián Mathus solamente pudo decir: "Es momento de oración".

Trajo a un pueblo su voz. 

Mercedes Sosa nació en San Miguel de Tucumán el 9 de julio de 1935 y, desde 1962 hasta 2009, editó 47 discos, siendo el primero de ellos La voz de la zafra. Su carrera comenzó bajo el nombre de Gladys Osorio, cuando junto a su marido, Manuel Oscar Matus, y a Armando Tejada, se convirtieron en símbolos del "Movimiento del nuevo cancionero".

Ya en 1965 su verdadero nombre era muy conocido. Fue ese año en el que por primera vez subió al escenario en el Festival de Cosquín, invitada por Jorge Cafrune. Apenas dos años más tarde realizó su primera gira por Estados Unidos y Europa. La cálida voz de "La Negra" comenzaba a seducir a todo el mundo y el camino a la fama era irreversible.

En 1970, además de editar dos discos con Ariel Ramírez y letras de Félix Luna, realizó el homenaje a Violeta Parra que inmortalizó en el inconsciente colectivo argentino Gracias a la vida. Pero durante esa década, que parecía rendida a sus pies, Mercedes sufrió dos grandes golpes: la muerte de su marido y el exilio durante la dictadura militar; todo en un año, 1978.

"La Negra" regresó al país en 1984. Había hecho una breve escala en 1982 para cantar, pero según ella misma contó, "el general Lacoste dijo: '¿Quién dio permiso a Mercedes Sosa para estar en mi país?'" y ella se fue todo lo rápido que pudo.

Esos años de exilio la marcaron tanto que fueron el motivo por el cual lloró por única vez en un escenario. En una entrevista realizada por Víctor Amela, confesó: 

"¡Cometí el peor de los errores que pueda cometer un artista! Porque cuando subes al escenario debes ser poderoso, dominar, y no ser juguete de tus sentimientos. Cantaba Volver a los 17 y pensé en mi nieta, que la había dejado con 3 años al exiliarme. Ese día ella cumplía 17 años".

La fama, a Mercedes, nunca acabó de agradarle. Sí por el cariño de su público, pero nada por mantenerla tanto tiempo alejada de Tucumán. "Recuerdo a una amiga que me decía: 'Me muero por ir a Buenos Aires' y sigue en Tucumán. Y yo, ¡le juro que no me apetece nada ir a India, a Pekín! Son cosas que no he buscado. Yo no he buscado nada en la vida", declaró en la misma entrevista.

Tras una fuerte depresión de cinco meses en 2001, "La Negra" dejó una de sus mejores autodefiniciones: "Nací en Tucumán y vivo en Buenos Aires. Soy cantante. Soy viuda. Tengo un hijo, Fabián Ernesto y dos nietas, de 23 y 14 años. Soy cáncer. Conduzco un Audi chiquito. He estado muy enferma y me he reencontrado con Dios. Soy progresista. Soy embajadora de Unicef".

Así, sin grandilocuencias, porque eso de "la voz de América" para ella era "rimbombante": "Quien dice eso no conoce América Latina. Es un continente enorme, diverso, variado. Hay mil voces, no una".

Creyente fiel, Mercedes Sosa confiaba en que su madre la estaba esperando "allá". Ahora ya lo sabe. Si pueden estar otra vez juntas, seguro elijan estar en Tucumán.

© Publicado en el Diario Crítica de la Argentina de la Ciudad de Buenos Aires el domingo 4 de Octubre de 2009.