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sábado, 14 de febrero de 2026

Héctor Teodoro Polino - Cooperativismo y Democracia... @elprofesorcapomasi

Héctor Teodoro Polino
Cooperativismo y Democracia 
*


Hoy 14 de Febrero, recordamos el nacimiento de Héctor T. Polino, quien allá por 1984 escribía este artículo que fue publicado por la Revista Idelcoop en sus Nº 42/43. El mismo reflejaba una realidad concreta de la época; hoy leíada en perpectiva, nos presenta un escenario similar y es bueno leer este artículo y comprobar las consecuencias de políticas similares y sus consecuencias.

Revista de Idelcoop - Año 1984 - Volumen 11 - N° 42/43

HISTORIA Y DOCTRINA

Cooperativismo y Democracia *

Héctor Teodoro Polino

Introducción

Cuando el gobierno constitucional tomó la iniciativa de crear la Secretaría de Acción Cooperativa, dejó en evidencia el claro propósito de jerarquizar al cooperativismo argentino, elevando a los más altos niveles de decisión política todo lo vinculado con esa actividad.

No podía ser de otra manera, ya que no existen en el marco de la sociedad argentina instituciones tan absolutas y auténticamente democráticas como las entidades cooperativas, organismos solidarios, pluralistas, sin fines de lucro.

Contrariamente a lo que sucede en la actualidad, cada vez que se interrumpió el orden institucional, entre las primeras medidas que adoptaron los gobiernos de fuerza siempre se destacaron aquellas destinadas precisamente a hostigar y perjudicar al movimiento

cooperativo. En 1966, por ejemplo, juntamente con el asalto a las universidades - la tristemente célebre "noche de los bastones largos"- y la intervención a la CGT, se encarceló a los dirigentes del movimiento cooperativo de créditos.

Cuando se produjo el golpe de Estado de 1976 se reformó el sistema impositivo vigente - hasta ese momento de claro fomento a la actividad cooperativa., para establecer un régimen que equiparó fiscalmente a esas entidades, que no tienen a las ganancias entre sus objetivos, con las empresas comerciales. Cuando se llevó a cabo la reforma del sistema financiero, se colocó a las cajas de crédito en la alternativa de desaparecer o adecuarse a las nuevas normas, un conjunto de reglas tendientes a concentrar las finanzas en pocas manos fundamentalmente extranjeras.

El movimiento cooperativo tiene una larga y meritoria historia, casi centenaria. Las primeras entidades comenzaron a formarse en el siglo pasado, al calor de las corrientes inmigratorias que vinieron a nuestro suelo en un momento muy especial de la vida del mundo, atraídas por la fertilidad de nuestras tierras y la benignidad de nuestras leyes.

Muchas de esas cooperativas nacieron y fenecieron al poco tiempo; y es recién al asomarse el presente siglo, cuando comienzan a formarse cooperativas que tienen vigencia hasta hoy y que se han desarrollado y que cumplen en su medio una obra social altamente trascendente.

(*) Conferencia dictada por el Secretario de Acción Cooperativa de la Nación, Dr. Héctor T. Polino, en la Sala "Fontanarrosa" de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, organizada por el Centro de Estudiantes de esa casa de estudios, el 10 de agosto de 1984. Texto corregido por el autor. (N. de R.)

El cooperativismo y su vasta gama de actividades.

El cooperativismo agrario surge como consecuencia de una producción atomizada, donde los chacareros, colonos y medieros no estaban en condiciones de poder defender los precios de esa producción en el mercado, ante la presencia de grandes empresas que compraban a un precio vil el esfuerzo realizado durante mucho tiempo.

Entonces, surge la idea de la asociación de esos productores en cooperativas de transformación y comercialización de la producción, en mejores condiciones frente a las grandes empresas, adquiriendo la posibilidad de discutir precios; defendiendo el valor de la producción y en última instancia, los intereses del país.

Hoy, el movimiento cooperativo agrario comercializa en el mercado interno el 50 % del total de la producción de granos y en el mercado internacional el 19 %. Si tomamos individualmente las empresas multinacionales y las cooperativas, la Federación Argentina de Cooperativas Agrarias (FACA), por ejemplo, ocupa el primer lugar en la comercialización de granos y el tercer lugar en la de frutas.

Entre las cooperativas de consumo conviene recordar a la más importante de ellas, El Hogar Obrero, fundada por Juan B. Justo, también fundador del Partido Socialista en 1896.

Junto a otras 18 personas, Justo creó en 1905 la Cooperativa de Consumo y Vivienda "El Hogar Obrero", que tiene hoy 1.340.000 asociados, y es una entidad que ha instalado incluso plantas de procesamiento, fabricación y elaboración de productos incluidos mataderos y frigoríficos. Las cooperativas de consumo son empresas - testigo, que regulan los precios del mercado en donde ellas actúan. Es muy común escuchar decir a las amas de casa, por falta de información o formación, que no se advierten mayores diferencias entre el precio de los artículos que compran en el supermercado cooperativo y los que adquieren en el almacén o comercio del barrio. Contrariamente existen grandes diferencias.

En primer lugar, esa ama de casa ni se pregunta cuál sería el precio del producto en el negocio particular si no existiera la empresa cooperativa que está regulando el precio en esa zona; una suerte de espejo en el cual se reflejan necesariamente los precios de los demás establecimientos.

En segundo término, el precio de la cooperativa es, para el asociado, un precio provisorio.

Al final del ejercicio, las diferencias entre los ingresos y egresos producen un excedente que retorna luego al asociado en la misma proporción en que ha efectuado sus compras.

Además, esos excedentes vuelven a la comunidad, porque, por ley, se debe destinar el 5 % de los mismos para mejorar los sueldos del personal que trabaja en las cooperativas en relación de dependencia, y otro 5 % se dedica a la educación y capacitación cooperativa de la masa societaria y de la comunidad en la cual ejerce su influencia.

En cambio, el precio del producto que se paga en el negocio particular es un precio definitivo. Esto, sin tomar en cuenta, además, que en nuestro país existe una evasión impositiva del orden del 50 % que no pertenece precisamente al sector cooperativo, que paga escrupulosamente todos y cada uno de los impuestos que injustamente le fueron fijados por el gobierno militar. Además, las cooperativas llevan una contabilidad cristalina; no sobrefacturan ni subfacturan, no trabajan en "negro".

En consecuencia, los precios que el asociado paga en la cooperativa, son precios justos, totalmente diferentes al que se abona en los comercios particulares. Hay que recordar a las cajas de crédito, entidades que en condiciones muy difíciles de la vida del país, acercaron el dinero a los sectores menos favorecidos de la sociedad argentina, sin exigir otra garantía que la moral que podía ofrecer el hombre de trabajo, que era conocido por los directivos de la cooperativa.

Estas cajas de crédito, prácticamente hoy ya no existen o perduran sólo en muy pequeña cantidad. porque han tenido que integrarse y fusionarse para poder adaptarse a las nuevas normas del sistema financiero. No obstante estas circunstancias, actúan acercando

el dinero a los sectores de la pequeña y mediana empresa, insufiientemente atendidos por la banca oficial y privada, nacional y extranjera.

El actual gobierno nacional, atendiendo un reclamo de la Secretaría a mi cargo, elevó del 0,5 % al 0,8 % las comisiones por los depósitos captados por la banca cooperativa, teniendo en cuenta precisamente aquel carácter.

Aspiramos a que la banca cooperativa se complemente con la banca oficial, que pueda continuar desarrollándose, sobre todo en el interior de la república y continúe el carácter social que le es inmanente. Quisiéramos que en la próxima reforma a la Ley de Entidades Financieras, se acentúe el reconocimiento a las particulares características que tiene la misma.

Existe en el país un cooperativismo de servicios públicos muy importante.

Las cooperativas eléctricas, que a comienzos de este siglo libraron una dura batalla contra los grandes monopolios eléctricos que se adueñaron del mercado interno, imponiendo arbitrariamente tarifas excesivas y leoninas, firmando contratos u obteniendo concesiones de gobiernos corruptos y complacientes, a veces, por más de 50 años de vigencia.

Las cooperativas eléctricas atenuaron la acción negativa de esos grandes pulpos y se extendieron por todo el interior del país; hoy prácticamente no existe ciudad o pueblo del interior de la república que no le deba su iluminación a una cooperativa eléctrica.

Han aparecido también las cooperativas de gas, de agua potable, de teléfonos, de pavimentos, cumpliendo una labor que el Estado fue incapaz de llevar a cabo en forma conveniente y que a la iniciativa privada con fines de lucro no le interesaba desarrollar en esas localidades o regiones.

Las cooperativas de vivienda hicieron posible que los sectores más modestos del país pudieran acceder al ideal del techo propio. Hoy, cuando existe un déficit habitacional de 2 millones y medio de unidades de vivienda, aparece nítidamente la importancia de este tipo de cooperativismo. Sobre todo cuando la empresa privada sigue construyendo exclusivamente para los sectores de más altos ingresos y cuando el Estado no puede poner en marcha sino planes raquíticos, debido a la situación económica que impera en la República.

A través del sistema cooperativo hay sectores que hoy descubren la única manera de encarar e ir resolviendo paulatinamente ese grave problema.

Existen también las cooperativas de trabajo, que dan nacimiento a formas autogestionarias de la sociedad, superando las contradicciones entre el capital y el trabajo; además los trabajadores pasan a ser los dueños de los medios de producción.

De todos modos, esta es una rama insuficientemente desarrollada en el país; vamos a tratar de impulsar su crecimiento. En ese sentido, la secretaría a mi cargo, ha proyectado una ley específica para las cooperativas de trabajo, que tiene como objetivo superar los múltiples conflictos que se generan en la práctica, debido a la inexistencia de normas que regulen en forma particular esta rama tan específica del cooperativismo, que ha dado lugar a una jurisprudencia contradictoria aún en una misma jurisdicción.

Para las cooperativas de servicios públicos hemos proyectado una ley que modifica la Nº 22.285, de radiodifusión, que contiene un conjunto de disposiciones que, de hecho, impiden a las entidades cooperativas participar en un pie de igualdad en las licitaciones de radio, televisión y servicios complementarios con las empresas comerciales.

A través de dicho proyecto de ley, propiciamos que las cooperativas de servicios públicos puedan presentarse en igualdad de condiciones a las empresas comerciales, y, de efectuar la mejor oferta, ser prestatarias de este servicio de radio y televisión, que es, en definitiva, un servicio público.

De esta forma, al mismo tiempo que restablecemos la igualdad jurídica ante la ley, estamos intentando la integración nacional, porque al no ser el servicio redituable para las empresas comerciales, en las zonas más alejadas del interior de la república, muchos de estos concursos quedan desiertos y, en consecuencia, los pobladores argentinos únicamente escuchan los programas de las radioemisoras de los países limítrofes, con una mayor potencia que las nuestras.

Podríamos continuar enumerando a todas y a cada una de las ramas del cooperativismo, entre las cuales se encuentran las de seguro, las farmacéuticas que cumplen en el interior del país una obra trascendente. Estas Cooperativas farmacéuticas tienen incluso en la zona del Gran Buenos Aires, una fábrica elaboradora de productos medicinales y participan en el mercado interno vendiendo productos al 50 % del valor de los que se venden en el resto de las farmacias comerciales.

Podríamos seguir detallando el papel que ha venido jugando el cooperativismo durante casi un siglo, en forma anónima y silenciosa, bajo la indiferencia, cuando no bajo el franco hostigamiento de muchos gobiernos argentinos.

Cooperativismo y democracia

El movimiento cooperativo emerge a este proceso democrático con 4.200 entidades cooperativas de primer grado; numerosas federaciones de segundo grado; dos confederaciones (CONINAGRO y COOPERA); la primera nuclea a todo el cooperativismo rural, la segunda al urbano y ambas están agrupadas en la cúspide por un órgano de enlace que es el CIA, Consejo Intercooperativo Argentino.

Es decir, que el movimiento cooperativo en su inmensa mayoría está integrado, horizontal y verticalmente. No es, por supuesto, perfecto puesto que no ha sido una isla en el país, aislada del contexto que la rodeaba y ajena a las influencias y vicisitudes de las políticas que hemos soportado durante tantos años. Tiene 9.500.000 asociados, la tercera parte de la población del país, el 80 % de la población económicamente activa.

Pero no estamos conformes, porque sabemos que la mayoría de los asociados a las entidades cooperativas acceden a ellas sólo para cumplir una determinada finalidad económica, que nos parece bien, pero carecen aún de una real conciencia cooperativista.

Desconocen la obra que el cooperativismo ha llevado a cabo en nuestro país y en el mundo.

No saben adecuadamente el papel que el cooperativismo está llamado a jugar en el futuro nacional.

Por eso, con insistencia, casi con obstinación, estamos trabajando desde el primer día para lograr la aplicación de la ley de enseñanza cooperativa en las escuelas, colegios y universidades; una disposición ya aprobada en 1964 cuando el Parlamento argentino

sancionó por unanimidad la ley 16.583, que declara de alto interés nacional la enseñanza teórico- práctica del cooperativismo en todos los niveles de la educación.

En 1965, el gobierno del doctor Arturo Illia reglamenta esta ley y las provincias a su vez dictaron las leyes provinciales concordantes con la legislación nacional.

Las interrupciones a los procesos políticos han hecho que esta ley, que está en vigencia, que no ha sido derogada, no se haya aún aplicado.

En coordinación con las autoridades nacionales, y con las diversas áreas educativas provinciales e incluso municipales, estamos trabajando en la modificación de los planes de estudios, para introducir los contenidos curriculares vinculados al cooperativismo.

Con satisfacción hemos recibido la información del Sr. Decano de esta Facultad de Derecho, quien nos dice que se establecerá en esta institución la enseñanza de una materia que contenga los principios, la doctrina, la filosofía y la obra del cooperativismo y del mutualismo.

Ya en muchos otros lugares del país se ha comenzado a avanzar en este sentido; porque hasta ahora en estas casas de estudios el cooperativismo se veía dentro de la asignatura Sociedades Comerciales, como un capítulo de la misma.

El cooperativismo ha adquirido un desarrollo tal, como para pretender una autonomía propia dentro del ámbito de estudio del derecho.

Cooperativismo y desarrollo

Somos conscientes de que el cooperativismo no es una panacea universal, no es un elixir milagroso que por arte de encantamiento resuelve todos y cada uno de los problemas económicos y sociales; pero es un poderoso instrumento de transformación de las estructuras económicas y sociales del atraso, del estancamiento y de la dependencia exterior, como las de nuestro país, que pueden ser modificadas en paz y libertad, dentro del pluralismo ideológico y político, respetando los derechos humanos, las libertades públicas, en el marco de la Constitución Nacional y de la ley.

El cooperativismo es también un instrumento de desarrollo, en un país que tiene las características socioeconómicas del nuestro, subdesarrollado y dependiente, porque no somos - como señalan algunos- un país en vías de desarrollo; si lo fuéramos tendríamos un crecimiento económico paulatino; en cambio, en los últimos diez años hemos decrecido, hemos retrocedido; en consecuencia, somos un país en vías de acentuar el subdesarrollo.

El cooperativismo es, fundamentalmente, una nueva concepción del hombre ante la vida; una nueva filosofía, que basa su accionar y su comportamiento en la práctica permanente de la solidaridad, de la ayuda mutua, de la participación, del esfuerzo compartido, en medio de una sociedad en la cual vastos sectores practican el individualismo más acentuado, el materialismo más descarnado, la especulación más vergonzosa, el egoísmo cuando no la defraudación lisa y llana.

Por eso es que en esta etapa tan especial del proceso político argentino, de transición de la dictadura a la democracia, el cooperativismo está ejerciendo y seguramente lo harátambién en el futuro, un papel importante en la consolidación del proceso democrático.

Porque sus dirigentes, hombres responsables y maduros, que saben lo que ha ocurrido en el pasado inmediato, no le exigen, ni le van a exigir a los gobiernos municipales, provinciales y nacionales, más de lo que la crisis o las circunstancias permiten dar.

Vastos sectores de la sociedad argentina tienen comportamientos autoritarios. Es que llevamos vividos más de 50 años - salvo breves períodos de nuestra vida institucional bajo el signo de gobiernos ilegítimos, irrepresentativos y militares. En consecuencia, por

el solo hecho de que hayamos podido votar el 30 de octubre del año 1983 no se puede eliminar en forma automática, en la mentalidad de vastos sectores, esos comportamientos autoritarios. Los vamos a ir viendo, lamentablemente, por un tiempo más.

Así observamos que sectores del empresariado argentino que lucraron con la política de Martínez de Hoz, que lo aplaudieron, hoy están aumentando arbitrariamente los precios de los artículos, sobre todo de la canasta familiar, sin medir el daño que están haciendo a los sectores de menores recursos, y al proceso democrático, por las tensiones sociales y los conflictos que ellos mismos generan.

Advertimos también que sectores sindicales, algunos de cuyos dirigentes gastaron las suelas de sus zapatos pisando las alfombras de los despachos oficiales en la época de la dictadura; que fueron complacientes durante varios años, realizan ahora huelgas; y se niegan a revalidar sus títulos en elecciones libres, y están exigiendo revertir en unos pocos meses la situación generada en años.

Vemos también que altos prelados de la Iglesia Católica, por el hecho de poder acceder al púlpito, se creen con derecho a formular acusaciones graves contra determinados sectores del país; o ese obispo de La Plata, que en una oportunidad se atrevió a decir, en el año 60, que el aumento del brote de poliomielitis en el país, se debía a que algunos sectores estaban luchando por la implementación de la enseñanza laica en las escuelas, 20 años después esa cabeza no puede decir disparates menores de los pronunciados 20 años atrás.

O sectores militares que se niegan a cumplir las órdenes de reestructuración de sus fuerzas, ordenadas por la autoridad política, que es el Ministro de Defensa; hemos visto los últimos relevos y no nos asombraremos, porque vamos a ir viendo muchos relevos más, ya que son pocos los generales democráticos que tiene el país.

También ellos han sido influenciados por los cursos que tomaron en el extranjero, en las clases que recibieron donde se les educaba en la llamada "Doctrina de la Seguridad Nacional", visualizando el enemigo en el pueblo que lucha por mejorar sus condiciones de vida, y no en otros centros de poder donde realmente están los verdaderos enemigos del país, a muchos miles de kilómetros de nuestras fronteras.

Cuando nos aferramos a que hay que consolidar el proceso democrático, es porque estamos persuadidos que cada vez que el país interrumpió este proceso fue para entrar en el camino de la decadencia.

En 1930, ocupábamos el 10º lugar en el mundo en orden de importancia; después de 50 años de autoritarismo, de prepotencia, de altanería, de soberbia, hemos quedado reducidos a esta lamentable situación actual. Ya no sabemos qué lugar ocupamos en el mundo en orden de importancia. Únicamente se nos conoce por los altos índices de inflación, de deserción escolar, de analfabetismo, de mortalidad infantil, de crecimiento de las enfermedades sociales; en la propia capital de la república, opulenta y orgullosa, están aumentando los índices de tuberculosis y algunas localidades de la provincia del Chaco, tienen índices de mortalidad infantil, comparables con los existentes en Biafra.

A esta situación hemos llegado a través de los gobiernos autoritarios.

Por eso, cuando hablamos de la consolidación del proceso democrático, lo hacemos convencidos que a través de la democracia, el país puede avanzar por el camino de los cambios profundos que hay que llevar a cabo en las estructuras económicas del mismo; estamos convencidos que la libertad política únicamente hoy no alcanza, no es suficiente, para satisfacer los reclamos de las grandes masas populares.

Esa libertad política hay que integrarla a una democracia de participación, a una democracia social, que eleve a los más altos dinteles de la historia a vastos sectores sumergidos de la sociedad argentina.

No nos aferramos a las concepciones liberales; porque hubieron períodos de nuestra historia de relativa vigencia de las libertades públicas, en que en muchos lugares del interior de la República, un veterinario veía con mayor frecuencia a un novillo, que un pediatra a un niño desnutrido; las clases sociales gobernantes explotaban y humillaban al maestro de escuela que enseñaba a leer y escribir, a sumar y a restar los pocos pesos del magro salario que a menudo el peón no recibía. Esas clases sociales que les interesó más el valor de un novillo en el mercado londinense, que el valor humano del paisano que gemía víctima de su infame explotación; de esas clases sociales formadas por hacendados, invernadores, latifundistas, terratenientes, que luego se asociaron a la gran burguesía financiera comercial, y ahora últimamente a esta nueva oligarquía de la "patria financiera". Esos sectores que, cada vez que el empuje de las masas populares ponía en peligro sus privilegios, golpeaban las puertas de los cuarteles, para sacar a los militares a la calle, para que asaltaran el poder y gobernaran al servicio del privilegio económico y la injusticia social.

Queremos las fuerzas armadas al servicio de la Constitución y de la Ley, no para los desfiles y la burocracia. Las queremos trabajando en la custodia de la soberanía territorial del país; queremos, que las fuerzas armadas se queden en la puerta de la Casa de Gobierno, como los granaderos, y si entran, que sea tan sólo para cuadrarse ante el sillón de Rivadavia, pero nunca más para volver a sentarse en él.

El cooperativismo, bandera de unidad y liberación nacional

El país tiene hoy una enorme deuda exterior, aproximadamente 43.000 millones de dólares. Sostenemos que el país debe pagar, por supuesto, la parte legítima de esa deuda exterior porque, en definitiva, aunque haya sido contraída su parte mayor por un gobierno irrepresentativo e ilegítimo es una deuda del país.

Pero hay que pagarla en términos con las posibilidades nacionales, no a costa del salario real de los trabajadores, no a costa de una distribución aún más regresiva de los ingresos, no a costa de los esfuerzos de los sectores más marginados del país.

Por eso el gobierno está renegociando en condiciones compatibles con la dignidad nacional los términos de esa deuda exterior.

Llama mucho la atención que en el momento que el país tiene que enfrentar nada menos que al Fondo Monetario Internacional, y a 320 bancos extranjeros acreedores, sectores de dentro pidan la renuncia del Ministro de Economía, que puede tener muchos defectos, pero que en este momento en que el país está negociando nada menos que con esos sectores que tienen tanto poder económico, es estar trabajando para los acreedores extranjeros y para el Fondo Monetario Internacional.

¿A qué sectores representan esos señores que utilizan buena parte de la prensa escrita para atacar la gestión de gobierno? Los titulares de los diarios muestran inseguridad sobre la suerte del proceso democrático en marcha. Todo esto es obra de sectores del

privilegio que siempre lucharon con los gobiernos dictatoriales y que saben que la democracia, que tiene muchos defectos, pero es el sistema político a través del cual el pueblo, en uso y ejercicio de sus derechos, no va a permitir que continúen usufructuando los irritantes privilegios de que han gozado.

El pueblo ha dejado de ser un ausente con presunción de fallecimiento. Ya ha dejado de estar gobernado bajo el régimen de la curatela política.

Ahora está de pie, está atento y sabe que la "patria financiera" tiene sus días contados.

Si nosotros que formamos parte del gobierno, no adoptamos rápidamente las medidas que tiendan a desarticular el aparato montado por la patria financiera, ésta atentará no sólo contra el gobierno, sino también contra el proceso democrático.

En consecuencia; el país debe pagar la deuda exterior legítima; pero antes que la deuda exterior, hay que hacer frente también a la enorme deuda interior que se tiene con los sectores que han sufrido durante muchos años; con los sectores del trabajo, con los

sectores medios del país, que han visto en dificultades a sus empresas, muchas de las cuales han quebrado y otras se salvaron de casualidad.

Hace pocos días leíamos en los titulares de los diarios, que Europa, conmemoraba el día "D". Sobre todo ustedes, que son jóvenes se habrán preguntado que es eso del día "D", que conmemoraban los europeos. Leyendo luego el interior de la noticia, nos informamos que ese día "D", era el día en que las tropas aliadas en la Segunda Guerra Mundial, habían derrotado a las fuerzas nazifascistas que ocupaban el suelo francés.

La derrota de las fuerzas nazifascistas fue a costa de miles y miles de soldados que murieron en esa trágica batalla, que permitió recuperar a Francia para la libertad y la democracia.

Entonces en esos días pensábamos que también nosotros, los argentinos, no sólo hablamos tenido las tres "A" nefastas de la política argentina, sino que también tuvimos en nuestro pasado no sólo el día "D", sino el período "D", de las tres "D".

De la Dictadura, que generó Desocupación y Desaparecidos. Y pensaba de qué manera, podíamos revertir esas tres "D" negativas del pasado nefasto, en las tres "D" positivas del proceso político democrático. Es a través de la Desmilitarización, no sólo de las mentalidades sino de la gravitación que las fuerzas armadas tienen en la sociedad argentina; a través del recorte de los recursos destinados a las fuerzas armadas; como se los ha recortado ahora para destinar esos recursos a, la educación, la salud pública y la vivienda popular, y para llevar a cabo las obras de infraestructura.

A través de la Desmilitarización, vamos a hacer posible el Desarrollo; y a través del Desarrollo, el afianzamiento de la Democracia.

En esto estamos y en esto tenemos que continuar trabajando: en la consolidación del proceso democrático.

El cooperativismo, como lo vimos antes, está jugando su papel en la consolidación del proceso democrático, como no lo está haciendo quizás ningún otro Sector económico y social del país; y es hoy sin dudas, una bandera de unidad y de liberación nacional.

Porque hoy, todos los gobernantes del país - sean radicales, peronistas o de los partidos provinciales- todos los sectores políticos de la sociedad argentina, con o sin representación parlamentaria; todos coinciden en reconocer el papel que el cooperativismo jugó en el pasado y el rol que está llamado a jugar en el futuro.

En consecuencia, es una idea- fuerza, aceptada por todos los sectores del país. Es necesario que nos pongamos a elaborar otras ideas- fuerzas, para poder motorizar detrás de ellas a todas las reservas del país, a todas las voluntades de la Nación, para sacar a la Argentina del estado de postración en que se encuentra.

La bandera del cooperativismo tiene diversos colores; son los colores del espectro solar. Significan que a través de la diversidad se puede lograr la unidad.

Fotografía de Bandera Internacional del Cooperativismo.

Así tenemos que trabajar los argentinos: a través de determinadas ideas- fuerza, unir el ancho abanico del espectro político argentino, para poder consolidar la unidad nacional a través de una política fue revierta la que se llevó a cabo en las últimas décadas.

Ustedes debieran tener a partir de hoy - al lado de la bandera azul y blanca – nuestra querida enseña que debe representar a la Nación libre e independiente, no sólo de la antigua metrópoli española, sino también de toda otra potencia extranjera; al lado de esa bandera, el emblema del cooperativismo.

Estamos seguros que si levantamos bien alto esas dos banderas vamos a poder sepultar definitivamente el pasado infausto que hoy nos pesa, y nos continuará pesando por un tiempo más, para poder consolidar las bases de una nueva Argentina, que será democrática, humanista, progresista, solidaria, autogestionaria, que hará posible la inserción de nuestro país, en el concierto de las grandes naciones modernas y civilizadas del mundo.

Estamos seguros que vamos a poder lograr ese objetivo, porque los argentinos hemos sufrido mucho en los últimos años; y los pueblos maduran a través del sufrimiento.

Además los jóvenes han vivido las consecuencias y las vicisitudes de una guerra, por la recuperación de nuestras tierras, las Islas Malvinas.

Todos vivieron la posibilidad de ir a morir en el campo de batalla, en defensa de esas tierras.

Es decir, que los argentinos llevamos, además de los sufrimientos, también la frustración de haber perdido una guerra.

Por eso estarnos persuadidos de que a través de esta maduración que hemos logrado, vamos a poder salir, porque también como lo dijo Ortega y Gasset, a la patria, para poder quererla y amarla, hay que haberla sufrido. Nosotros la, hemos sufrido, no nos hemos beneficiado, no hemos colocado nuestros recursos en el exterior, no hemos trabajado en negro, no hemos evadido impuestos; en consecuencia, hemos sufrido lo que el país ha vivido en los últimos años. Tenemos autoridad moral para poder decir que queremos

al país y por eso estamos luchando todos los días como lo hacemos, porque también hemos luchado en los últimos 8 años difíciles de la dictadura, no aceptando cargos de intendentes, de embajadores, de ministros; tampoco adulando o silenciando las críticas a los gobernantes de turno.

Por todo eso, y porque además hemos cifrado nuestra pasión en las leyes de la razón, de la naturaleza y de la historia, estamos seguros que Argentina va a salir de la situación en la que se encuentra y va a protagonizar un proceso de liberación nacional y social, en el cual vamos a estar comprometidos todos los que queremos al país y que estamos dispuestos a construir una sociedad mejor.






domingo, 18 de abril de 2021

Largó la carrera para presidir el Partido Socialista de Argentina… @dealgunamaneraok...

 Largó la carrera para presidir el Partido Socialista de Argentina…

 


El Partido Socialista de Argentina irá a elecciones el 18 de abril de este año y ayer fueron tres los sectores internos que se postularon para pelear por la presidencia del histórico partido de izquierda. Entre ellos están el que lidera la ex intendenta de Rosario Mónica Fein, el ex diputado santafesino Eduardo Di Pollina y el legislador porteño Roy Cortina.





Cabe destacar que, desde el año pasado, el socialismo argentino viene atravesando una profunda crisis luego de haber perdido la gobernación de Santa Fe y la ciudad de Rosario, y luego de que el legislador Roy Cortina decidiera sumarse al frente encabezado por el jefe de gobierno Horacio Rodríguez Larreta en el año 2019 y que le permitiera reelegirse en el cargo.

 

Ambos acontecimientos desencadenaron fuertes peleas en el seno del partido por el rumbo que debía tomar. Por un lado, se encuentra el sector de Miguel Lifschitz y Mónica Fein, quienes buscan recuperar la gobernación de Santa Fe y el municipio de Rosario además de fortalecer el espacio de Consenso Federal que formaron con Roberto Lavagna y otros sectores del peronismo. Entre los dirigentes que forman parte de la lista están el dirigente marplatense Jorge Illia, la ex legisladora porteña María Elena Barabagelata, el legislador jujeño Ramiro Tizón y el dirigente mendocino Martin Appiolaza.

 

En segundo lugar, se encuentra el sector liderado por Eduardo Di Pollina, histórico ladero del ex senador socialista Rubén Giustiniani, quien busca un acercamiento al Frente de Todos, a quien llamó a votar en el 2019. Entre quienes están en la lista, se encuentran la dirigente porteña y referente feminista Julia Martino, el dirigente de Rio Negro Paolo Etchepareborda, el dirigente de Zárate Joel Rodríguez Mercuri.

 

En tercer lugar está el sector liderado por Roy Cortina, quien viene propugnando por un acuerdo parecido al que siguió su par socialdemócrata de Alemania, quienes llevaron adelante una alianza con los conservadores liderados por Angela Merkel con los que gobiernan en conjunto. Entre quienes forman parte de la lista, están el dirigente platense Emiliano Fernández, el dirigente de Entre Ríos Juan Carlos Meillard, el dirigente tucumano Facundo Toscano y la cordobesa María Maldonado Vélez.

 

Por otro lado, está el sector interno liderado por el ex gobernador de Santa Fe Antonio Bonfatti, quien llamó a la unidad en los últimos días aunque había dejado la puerta abierta para presentar su propia lista. Por el momento no ha realizado ninguna presentación.

 

Al respecto, la actual secretaria general del Partido Socialista, Mónica Fein, (Socialismo en Movimiento) señaló que «buscamos renovar el @ps_argentina para trabajar por un socialismo en movimiento, autónomo y federal, que convoque a las argentinas y argentinos a participar de una alternativa para resolver las inequidades que se vienen profundizando desde hace décadas en nuestro país».

 

«Queremos un socialismo en movimiento amplio y diverso, que rescate el legado de Juan B. Justo, Alicia Moreau, Alfredo Palacios, Guillermo Estévez Boero, Alfredo Bravo y Hermes Binner, para ofrecer un futuro mejor a la Argentina con participación, solidaridad y transparencia», señaló Fein.

 

Un quinto espacio

 

Además de los cuatro espacios mencionados con anterioridad, dentro del Partido Socialista hay una quinta fuerza de «Socialistas Autoconvocados», quienes vienen bregando hace más de un año por un partido más democrático y a la izquierda, que está en contra de cualquier acuerdo con Juntos por el Cambio o el Frente de Todos, e incluso también con Consenso Federal.


© Publicado el martes 09/02/2021 por el Portal Digital Red Baires, de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República de los Argentinos.




domingo, 10 de enero de 2021

Hermes Binner. Un socialista más, pero no uno cualquiera… @dealgunamanera...

 Un socialista más, pero no uno cualquiera…


En la historia más que centenaria del socialismo argentino, Hermes Binner ocupará algunas de sus páginas más importantes. Reflexionar sobre su impronta y su legado es, al mismo tiempo, una manera de pensar el futuro del socialismo. 

© Escrito por Mariano Schuster y Fernando Manuel Suárez el  domingo 28/06/2020 y publicado por el Periódico Digital La Vanguardia de la Ciudad Autónoma de los Buenos Aires, República de los Argentinos.




En aquellos viejos debates –esos que alumbraban al socialismo de principios del siglo XX– hubo unos que, hartos ya de todo, levantaron la mano, o el puño, según se quiera. Una mano que, desde el fondo, se alzaba como diciendo: “Muchachas, muchachos: ya tenemos el socialismo teórico, lo que falta es el socialismo práctico”. Ya habían escrito Lassalle y Marx, ya habían hablado Owen y Fourier, ya habían dicho lo suyo los socialistas cristianos, ya estaban blandiendo sus ideas las sufragistas de la izquierda. Había, como dijo una vez Karl Liebknecht, que “estudiar, que organizar y que difundir”. Pero también había que gobernar. La política se hace, sobre todo,  cuando se hace política. Con otros y, sobre todo, para otros.

 

Es cierto: se debatía más, se pensaba más, se militaba mejor. La bandera roja flameaba por igual en partidos que incorporaban todo: trabajadores y clases medias, socialistas liberales y socialistas marxistas, progresistas evolucionistas e imaginadores utópicos que creían que, por fin, un día, llegarían a esa tierra prometida. El socialismo plural no quería ser la expresión de la izquierda: el socialismo era la expresión de la izquierda. De esa izquierda que, como sabemos, iba a dividirse pero no para reproducirse: a veces, simplemente para dividirse. Como si su hora siempre fuera un “más tarde”, en unos cinco minutos que cada vez se alejaban un poco más. Hasta que, por fin, llegaban.

 

Había, como dijo una vez Karl Liebknecht, que “estudiar, que organizar y que difundir”. Pero también había que gobernar. La política se hace, sobre todo,  cuando se hace política. Con otros y, sobre todo, para otros.

 

Los nombres de Jaurés, Lassalle, Prampolini, Labriola y Keir Hardie, convivían mejor entonces. Quizás por eso hoy ya casi nadie sabe quiénes eran. Los socialistas argentinos los habían traído acá, de la mano de La Vanguardia, antes incluso que del Partido Socialista. Porque como todo socialismo, el argentino también fue primero teórico y después “práctico”. Primero el diario, las ideas, la difusión. Después la organización. De la mezcla entre los debates de los más celebérrimos dirigentes –el de Justo con Ferri sobre la posibilidad de un socialismo que fuera a la vez rojo y argentino– y las luchas del incipiente proletariado, con más necesidades que veleidades, nació un partido, que aspiraba a ser el de toda la clase obrera. Pero no mucho tiempo después: apenas un poco.


 

Las modulaciones de la historia argentina, lo sabemos, fueron las que fueron. Las de un Partido Socialista potente y modernizador –no solo igualador social, sino progresista, en el sentido más lineal y evolucionista de la idea de progreso– que iba a perder su predominio obrero (hasta entonces compartido con comunistas y anarquistas) con esa fuerza poderosa que es el peronismo. Antes, sin embargo, hubo una historia. La cantaleta de siempre, la que nos sabemos todos: la organización obrera, las ocho horas, la lucha por la igualdad de género, el combate por el sufragio femenino. Pero también algo más. Algo que se diluyó en el discurso oficial –vaya a saber uno por qué–: una promoción incansable de la solidaridad comunitaria, desde la raíz y codo a codo, que se expresaba en las Casas del Pueblo, verdaderas usinas culturales en las que el ascenso social se fomentaba, también, a través de la movilidad cultural. 


El socialismo que era tanguero y arrabalero, a la vez que pretenciosamente operístico. Ateneos Obreros en los que los obreros aprendían a leer, pero también a divertirse. Lugares donde era tan importante desentrañar la propia opresión, que anidaba en la condición de clase, como liberarse de ella, a través de los derechos laborales, sí, pero también a través del ocio, la camaradería fraterna y el descanso lúdico.

 

Pero la historia nuestra es, lo sabemos, más dialéctica de lo que imaginaban los mismos socialistas –y de lo que proclaman hoy muchos de los que se hacen cargo de esa palabra–. La dialéctica –que en realidad se lleva mal con la idea lineal de progreso– también puede dejarte al costado del camino. Y algo así pasó: porque en la historia hay que saber ubicarse, saber pararse, saber dónde estar. Pero no: a veces no se sabe, no se puede, no se consigue.

 

Los argentinos tenemos una historia particular, pero no más particular que otras. Quizás sea ese, justamente, un rasgo de nuestra peculiaridad: creer que somos más peculiares de lo que realmente somos. El péndulo que nos lleva a creer, un día o por un lado, que somos el mejor país del mundo, y otro día o por otro lado, que somos un país de mierda. Y no: somos el país que somos. 1945 no fue el fin de la historia socialista, apenas un parteaguas. Un momento de división en mil pedazos, de una historia de errores y horrores, pero también de aciertos y pequeñas épicas. Los ignorantes por voluntad –que al final son los que mandan– cuentan una historia en la que no cabe ninguna otra cosa que un socialismo antiperonista, como antes, cuando el socialismo luchaba por los derechos sociales de los postergados, se le acusaba –lisa y llanamente– de antiradical. Y no: ni una ni la otra. O más bien: la una pero también la otra y la de más allá. 1945 fue, es cierto, el año en el que el socialismo quiso honrar su historia riñéndose con ella.  


Era un socialismo en plural, pero atravesado por la discordia y el resentimiento, y un reproche silente, y tal vez injusto, por no haber estado a la altura de la historia. La fractura se manifestaba en hitos y referentes, en valores y proyectos, el pasado común pesaba menos que las diferencias póstumas. 


Los socialistas más liberales se reconocían en Repetto y admiraban con culpa a Ghioldi, los más latinoamericanistas podían blandir a Palacios o a Ingenieros, las feministas encontraban en Alicia Moreau su referente, los más nacionalistas apelaban a Ugarte y miraban de reojo a Puiggrós y a Ramos. Hubo socialistas con Perón como luego los hubo con Alfonsín, los hubo revolucionarios y los hubo claudicantes, adentro y afuera de los partidos hubo socialistas, una gran familia dispersa que, incluso con rencores viejos y miradas esquivas, esperaba el día para volver a reunirse en torno a una mesa. 


No había, como dicen sus detractores, un Partido Socialista: había una miríada de nuevos partidos nacidos bajo las más diversas premisas que habitaban ya en el viejo. La historia mal juzgada refleja más al que hace el juicio que a aquel al que sienta en el banquillo de los acusados.


 

El desacuerdo, mutado en llana antipatía, había dejado ese rico legado mutilado en mil pedazos. Quizá, sin quererlo ni esperarlo, sin predicar ni adoctrinar, fue Binner quien vino a intentar suturar esos años de incomprensión y debates estériles. Un político que, a priori, no parecía tan interesado en esos debates como aquellos viejos compañeros, pero que, a diferencia de ellos, tenía los dos pies en la política. La política que reconcilia las ideas a través de la práctica concreta. 


La política que cambia las cosas. El socialismo se peleaba con su historia, al punto que parecía no querer hacer ninguna. A veces, se necesitan otros hombres para poder volver no a las fuentes teóricas, sino a las prácticas: hacer política y ya.

 

Por ello, la figura de Hermes Binner es difícil de ubicar en esa historia. Porque se reconocía en ella y en su linaje, pero, a la vez, la protagonizó con un sello muy propio. El antiguo PS –dividido entre antiperonistas, no-peronistas, filo-peronizados e izquierdizantes– que había dado cuadros a la derecha y a las organizaciones revolucionarias. El amor incondicional a Alfredo Palacios, ese personaje icónico por su bigote y su “atiende gratis a los pobres”, pero también por su socialismo irreductible y su criollismo, de poncho y pistola, que tanto incomodaba a propios y extraños. 


Binner también fue hijo dilecto de ese nuevo socialismo popular que, de la mano de Estévez Boero, llamaba a votar Perón-Perón mientras reivindicaba a Mao. Que en el 83 coqueteaba con Lúder desde un enfoque “argentino y socialista” para finalmente presentarse en solitario y terminar, en los albores del tiempo alfonsinista, reivindicando la democracia ya no como “vía al socialismo”, sino como la única forma deseable de éste. Y, finalmente, el reencuentro difícil con esos otros compañeros socialistas que en alguna bifurcación de la historia habían optado por un camino diferente. 


La unidad se volvió condición y objetivo de ese socialismo en clave democrática, que volvía a reconocerse en el legado de Justo, pero que también estaba obligado a hacer un ajuste de cuentas con su historia, sin flagelarse pero sin hacerse concesiones a sí mismo. Una evolución teórica que era, también, una evolución práctica. El socialismo había sido confinado a pocos distritos metropolitanos, en los que representaba a clases medias urbanas con ideas de izquierda progresista. Debía asumir, sin olvidarse de los más humildes, que ese nuevo socialismo iba a ser de ciudadanos y ciudadanas, con la democracia como condición y la participación como imperativo.

 

La unidad se volvió condición y objetivo de ese socialismo en clave democrática, que volvía a reconocerse en el legado de Justo, pero que también estaba obligado a hacer un ajuste de cuentas con su historia, sin flagelarse pero sin hacerse concesiones a sí mismo. Una evolución teórica que era, también, una evolución práctica.

 

Binner siempre pareció cabalgar sobre la idea del “socialismo unido” que tanto desvelaba a su mentor, el del retrato que lo acompañó a la Casa Gris: Guillermo Estévez Boero. Una idea que, en el propio PS, se tradujo en el concepto de síntesis, una síntesis difícil, sembrada sobre desconfianzas pretéritas y la creencia genuina en el diálogo fraterno. El debate no era, sin embargo, meramente ideológico. 


El socialismo tenía que volver a reconstruirse desde el territorio, con su gente y de sol a sol. Además de algunas otras ciudades, donde el viejo prestigio batallaba por no ser ya un mero recuerdo o una antigualla del pasado, Rosario fue “la tierra elegida”. El territorio donde el Movimiento Nacional Reformista había dado sus primeros pasos y donde el PSP había construido su casa. Tierra donde Estévez Boero había sembrado su semilla junto a Ernesto Jaimovich, Héctor Cavallero y Juan Carlos Zabalza. Donde Binner hizo sus primeras armas y, junto a él, otros cientos de compañeras y compañeros.


 

El declive del alfonsinismo y un peronismo escorado hacia la derecha con Menem (que se llevó con sus cantos de sirena a Héctor Cavallero, uno de los mejores de ese PSP en vías de madurez), encontró a Binner en el centro de la escena. Quizá sin esperarlo, pero con el deber de asumir la responsabilidad. Fue allí donde Binner se recibió como dirigente, con otra visibilidad y otros compromisos. Fue ideólogo y mentor de un nuevo armado progresista, con viejos aliados y nuevos compañeros de ruta, con el desafío de ampliar sin perder en el camino la esencia del proyecto de transformación. A la democracia y la igualdad se sumaba otro santo y seña del socialismo a la Binner (y a la Estévez Boero, por qué no): el pluralismo. La de construir con muchos, con los que tenemos montones de acuerdos y con los que tenemos unos pocos. 


Dialogar con los que piensan como nosotros pero, sobre todo, con los que piensan distinto. Porque la democracia es de todos y con todos. Esos procesos trajeron tensiones, alianzas incómodas y decisiones difíciles. Porque las convicciones y las responsabilidades no siempre se llevan bien, porque hay que elegir, y las elecciones llevan costos.

 

La gestión binnerista trazaba la reconstrucción del espacio socialista desde el territorio de lo local: primero Rosario, después Santa Fe. Las críticas por izquierda y por derecha arreciaban, pero había un diferencial: Binner le había aportado al socialismo algo de lo que había carecido en esas esferas y en esos años. Su socialismo era uno que no pretendía mostrar que era “racional” o “centrado” ni tampoco “más de izquierda”, era lo que era, en los hechos concretos. 


Un socialismo –y esto podría traer problemas luego, pero era correcto en tiempo y espacio– que solo tenía que mostrar algo: su capacidad de gobernar la cosa pública. Un socialismo capaz de armar presupuestos, un socialismo capaz de pensar con un esquema democrático de lo público, pero también de ponerlo en marcha. La obra en salud fue parte de ese plan: de la puesta en valor de un sistema integral, concebido desde una perspectiva ideológica y, al mismo tiempo, con una irreprochable solvencia técnica. 


La reconciliación entre la ideología y la técnica en un marco de la democracia, con acuerdos y desacuerdos, es eso que se llama política. Los que pensaban, y reprochaban, al socialismo que debía ser “más de izquierda” y los que pensaban que tenía que ser “más técnico” o centrista caían siempre ahí: en Binner. Un gestor de la síntesis, de los equilibrios que parecían imposibles. El mismo que recibía institucionalmente a las Madres y a las Abuelas –cuando buena parte de la política institucional les daba la espalda– o que iba a debatir a las asambleas barriales de 2001 siendo Intendente de Rosario –y habiendo roto, consecuentemente, mucho más temprano de lo que se dice, con la ALIANZA– era el que trazaba los planos, junto a un equipo formado, de una salud, una cultura y una educación que ponían lo público en el centro, pero sin perder de vista las exigencias de la calidad y la eficiencia. Porque la derecha siempre encuentra ese flanco: el de los fríos números. La ideología socialista es abierta, pero los números son cerrados. O cierran o no cierran.

 

Es así que el nombre de Binner es indisociable del de la gestión, contraviniendo ese mantra que, contra los Bronzini y los Arrighi, repetía que los socialistas no sabían, no podían o no querían gobernar. El socialismo entonces se propuso construir organización para transformar la realidad. En ese camino, tuvo que aprender a competir y ganar elecciones, a lidiar con la complejidad de lo público, a poner al Estado al lado del ciudadano. Binner supo ser todo eso. El candidato que atraía las simpatías del electorado, el gestor eficiente e innovador, el gobernante que podía caminar junto al vecino y, más aún, mirarlo de frente.


 

Lo nacional, claro, fue otro terreno. La gestión local no es similar a la nacional y el socialismo intentó esta última con las herramientas aprendidas en el terruño: pero eran diferentes. Debió terciar en una grieta que le costaba y le resultaba absurda: el socialismo apoyaba las principales políticas sociales del kirchnerismo, pero los sectores “más radicalizados” de éste le daban la espalda (cuando no lo atacaban de manera flagrante). Defendía, a la vez, la democracia pluralista y el republicanismo, a veces coqueteando con sectores de nuestra curiosa derecha vernácula, y su límite fue Macri, al que nunca aceptó como representante del liberalismo argentino ni quiso abrazar como la única alternativa posible. Porque incluso el más pluralista tiene sus límites, modulados por convicciones ideológicas que nunca son vencidas del todo por el pragmatismo necesario para sobrevivir en política.

 

Binner supo ser todo eso. El candidato que atraía las simpatías del electorado, el gestor eficiente e innovador, el gobernante que podía caminar junto al vecino y, más aún, mirarlo de frente.

 

Los socialistas soñaron con un Estado Social, con poder conciliar libertad e igualdad, que muchas veces se piensa como una suma, otras como un oxímoron y la mayoría de las veces como una tensión que hay que atravesar mediante el arte de la política. Esa pretensión, loable sin dudas, entró en colisión con la dinámica política argentina, de identidades fuertes y lealtades fluidas. La solución santafesina, que tantos réditos dio, era difícil de ser replicada a nivel nacional e incluso, en ocasiones, se volvió un lastre. 


No era un problema de Binner: era un problema de lógica pura. De una posición que, para crecer, precisaba alianzas, pero que, para sostener su identidad, no podía ser subsumida por ninguna de ellas. Muchas veces se ha escuchado: “el socialismo debe estar con nosotros, somos los verdaderos progresistas”, o “el socialismo debe apostar a los sectores antipopulistas”. 


Lo cierto es que el socialismo, para sostener su organización en un país que no se maneja según sus criterios, tuvo que improvisar en un escenario cada vez más estrecho para las innovaciones y las alternativas heterodoxas. Lo intentó, nadie puede decir que no. Logró la respetabilidad local y no ser subsumido en ninguno de los sectores mayoritarios. 


La supervivencia puede llegar a ser un valor, que quizá parezca módico, pero lo es menos cuando vemos el tendal de fuerzas políticas que han quedado en el camino y de las que ya apenas guardamos un recuerdo. Pero cuidado: también eso hizo al socialismo más vulnerable. La vulnerabilidad, huelga decirlo, solo se supera creciendo. Binner lo hizo crecer, seguramente más que ningún otro.

 

Binner fue un dirigente mayor de la gestión local y provincial, pero cuya incursión en la política nacional quedó como una promesa trunca, que despertó esperanzas pero tuvo sus límites. No es que la política nacional le quedara grande –no hay que olvidar que ningún socialista obtuvo jamás más votos en una elección nacional–, sino que representó un desafío que quizá le llegó demasiado tarde y con demasiados obstáculos. 


Binner prefirió evitar los atajos, ni las ofertas circunstanciales, prefirió el camino largo y la construcción parsimoniosa. Pero, lamentablemente, a veces los tiempos de la política, las organizaciones y los dirigentes no coinciden. Lo que había resultado una fórmula exitosa en Santa Fe no pudo replicarse a nivel nacional, las frustraciones fueron equivalentes a las expectativas, y el desgaste enorme. 


La política nacional manejaba con criterios distintos a los que se verifican en los territorios a los que el socialismo se había acostumbrado, el salto no solo debía ser cuantitativo sino también cualitativo. Quizá el crecimiento y la caída en el espacio nacional fue más un efecto, y un defecto, del propio crecimiento que una muestra de la “imposibilidad” que algunos sectores pretenden achacarle al socialismo. Quizá sea demasiado pronto para balances justos, pero lo logrado no debe ser desdeñado ni despreciado. Pero no como una medalla para colgarse, sino como una experiencia de la que aprender, con sus méritos y sus límites.


 

A partir de esa idea se montó esa casa común que fue el progresismo, que tuvo residentes permanentes, visitantes ilustres y vecinos incómodos. De las promesas incumplidas del FREPASO hasta la fallida transversalidad (que dejó a otros socialistas en el camino), pasando por ese FAP que tantas alegrías dio y tan efímero resultó. Pero ese progresismo, a pesar de los vaivenes, estableció cimientos para una posición que lo excede y que es, aunque minoritaria, fuertemente representativa: la de un acuerdo sobre la igualdad, la participación y la transparencia que resulta irrenunciable. Que quizá no supo lidiar con las urgencias de los tiempos que corren, entre un populismo que despierta pasiones (también dentro del propio socialismo) y una grieta que sembró discordias (otra vez, también dentro del propio socialismo).  


Quizás esa “síntesis” porosa era también un logro: la demostración de que hablar con todos no era signo de debilidad o de claudicación. La “avenida del medio” –presentada por sus detractores “de izquierda” como centrismo y por sus adversarios de derecha como una claudicación ante los “otros progresismos”– era, en realidad, una vía propia. La vía que cree que es más útil levantar puentes que tirarlos. Porque lo construido deja una huella indeleble. Los escombros, en cambio, no dejan nada.

 

La presencia de Binner fue, para muchos, algo más que esto. Fue también la de un hombre honrado, que vivía como pregonaba, y que no dejaba de decirle a sus compañeros que, en el camino, muchos pueden confundirse y torcerse por dinero o por poder. Un discurso que los cínicos de escritorio siempre ridiculizaron, porque los cínicos de escritorio tienen poco que ver con esa vieja cultura de izquierda. La austeridad –una vieja palabra que la derecha pretende ahora disputar– no era lo contrario del goce. 


Tampoco de un socialismo que pensara en el disfrute: era la condición necesaria para saber que es preciso pararse en el “lugar de los comunes”.


Quizá Binner no fue el intendente que Rosario soñó, pero fue el intendente que la animó a soñar. Quizá Binner no fue el gobernador que Santa Fe imaginaba, pero fue el que quiso imaginar una provincia distinta. Quizá Binner no fue el líder que los socialistas buscaban, pero fue, por sobre todo las cosas, el líder que necesitaban.

 



Binner fue un líder atípico, peculiar, sin grandilocuencia ni ampulosidades. Más de los hechos que de las palabras, un legado de grandes obras y pequeños gestos más que de discursos para los anaqueles. Es quizá paradójico que un liderazgo tan idiosincrático y, a su modo, personal anidara en un hombre que solo era capaz de pensar en plural.

 

Binner fue un líder atípico, peculiar, sin grandilocuencia ni ampulosidades. Más de los hechos que de las palabras, un legado de grandes obras y pequeños gestos más que de discursos para los anaqueles.

 

Sus atributos personales y sus logros de gestión serán recordados por sus compañeros, amigos y, por qué no, ciudadanos que alguna vez confiaron en él. También sus detractores aprovecharán la hora para señalar sus debilidades o claroscuros. Pero nada de eso importa mucho ahora, solo refleja una cosa: su legado más valioso será la huella indeleble que dejó en cada uno que lo conocimos, de cerca o de lejos. Su austeridad y sencillez, esa simpatía sin grandes ademanes, esa cortesía tan ajena a la impostura. 


Más afecto a la escucha que al soliloquio, la imagen tantas veces vista de Binner sentado en el fondo del salón en alguna actividad de su querido partido muestra tanto su respeto al prójimo como su desprecio por los privilegios.

 

Ese Binner sentado al fondo del salón, escuchando más que pontificando –y, sin embargo, dirigiendo– es una buena imagen para recordarlo. La de una forma de dirigir  que era, a la vez, una forma de escuchar. Como un socialista más, pero no uno cualquiera.