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lunes, 9 de marzo de 2026

Lo que nadie dice sobre el sexo después de los 50... @elprofesorcapomasi...

Lo que nadie dice sobre el sexo después de los 50: la menopausia, el cuerpo que cambia y la obligación de seguir encendida…

Un parche hormonal, una confesión incómoda y una reacción inesperada. La anécdota de Naomi Watts expone un tabú persistente: cómo viven las mujeres el deseo, el cuerpo y la intimidad cuando llega la menopausia (Imagen Ilustrativa Infobae)

El Viagra lleva 27 años en el botiquín sin que nadie se sonroje. Los óvulos de estrógenos todavía se compran en voz baja. La menopausia salió del closet en el mundo, pero el mandato de seguir activas sexualmente es una trampa que pocas nombran.

© Escrito por Gabriela Ceruti el Domingo 08/03/2026 y publicado por el Diario Digital Infobae de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

La anécdota circuló en medios de todo el mundo porque tocó algo que millones de mujeres reconocen sin haberlo dicho en voz alta: la vergüenza de envejecer en la intimidad. No es una vergüenza de ahora. Es una vergüenza antigua, construida durante siglos, que le dice a las mujeres que su valor se agota con la fertilidad. Lo nuevo es que cada vez más mujeres la están nombrando. Y al nombrarla, la están desmontando.

Pero hay algo que todavía no se dice suficientemente. Algo que se esconde detrás de tanto relato de empoderamiento y liberación tardía: que no todas queremos lo mismo, que no todas envejecemos igual, y que el nuevo mandato de seguir siendo deseantes y sexualmente activas puede ser tan opresivo como el viejo silencio.

Lo que la biología no dice.


La caída de estrógenos en la menopausia produce cambios reales en el cuerpo. La mucosa vaginal se adelgaza y puede secarse, la lubricación puede disminuir, y en algunos casos el deseo se modifica. Son datos clínicos verificables. Pero la ciencia de los últimos años también muestra otra cosa: que los factores biológicos no son los principales determinantes de la vida sexual de las mujeres maduras. Un estudio de la Universidad de Zúrich comprobó que el estado anímico, la autoimagen y la calidad del vínculo pesan mucho más que los niveles hormonales. El clítoris no pierde sensibilidad con la edad. El cerebro no deja de fantasear.  

Esther Díaz lo vivió en carne propia. La filósofa argentina, que hoy tiene 85 años y sigue activa, pública y vitalmente encendida, cuenta que su vida sexual empezó verdaderamente a los 50. En la entrevista que le dio a Mil Horas no hay nostalgia ni resignación: hay una mujer que encontró su erotismo cuando dejó de cargarlo con las expectativas de los otros.  

Flora Proverbio llegó a conclusiones parecidas desde otro lugar: la investigación. Para escribir Triángulos Plateados, entrevistó a más de setenta mujeres de Argentina y América Latina, y realizó una encuesta con 1150 participantes. Lo que encontró fue un mapa diverso, contradictorio, lleno de matices. Hay mujeres que a los 60 están descubriendo el placer por primera vez. Hay otras que lo perdieron y no lo extrañan. Hay quienes redefinieron el erotismo alejándolo del coito y encontraron algo mejor. Y hay quienes están angustiadas no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. El título del libro —Triángulos plateados, los vellos púbicos poblados de canas— es una provocación: el cuerpo que envejece también puede ser el cuerpo del deseo.

En La Revolución de las Viejas, yo misma escribí sobre la menopausia desde adentro. Lo que aparece en ese capítulo no es un manual de instrucciones para seguir siendo sexy después de los 50. Es una pregunta más incómoda: ¿de quién es este cuerpo? ¿Quién decide qué se supone que tiene que sentir?

Así también es mi vida. En los chats de amigas, en las mesas y las fiestas, conviven las que están en Tinder, las que prueban conocer a alguien cada semana, y las que decimos: llegué por fin a una vida bonita, serena y armada, no necesito nada que venga a desordenarla. Y en ese “no necesito nada” hay también una biografía: la de quienes vivimos las relaciones con los hombres como fuente inagotable de intensidad, placer, diversión… y problemas. Y ahí aparece siempre la amiga que dice: “ya vas a volver”, como si hubiera algún lugar seguro al que volver, como si el desorden fuera la única forma legítima de estar viva.

Las mujeres llegan a la madurez con más años por delante… y la posibilidad de decidir cómo vivirlos (Imagen Ilustrativa Infobae)

El armario de los óvulos.

Mientras el parche de Naomi Watts generaba titulares y conversaciones, algo mucho más cotidiano seguía pasando en silencio en consultorios de todo el país: mujeres que no le preguntan a su ginecólogo sobre la sequedad vaginal porque les da vergüenza, y ginecólogos que no preguntan sobre la vida sexual de sus pacientes de 65 años porque asumen que ya no existe.

Existe tratamiento eficaz, seguro y económico: óvulos y geles de estrógenos de aplicación local que actúan sobre la mucosa vaginal sin efectos sistémicos. Están disponibles en farmacias argentinas. Y sin embargo, para una proporción enorme de mujeres son completamente desconocidos. El tabú opera en los dos lados del escritorio.

Ingrid Beck y Mariana Carbajal lo documentaron en Encendidas, el libro que escribieron juntas sobre menopausia y salud femenina, y que se volvió una referencia insoslayable del tema en Argentina: muchos ginecólogos no se actualizaron sobre climaterio, y sus pacientes lo pagan con años de incomodidad innecesaria. La frase que resume la situación no es elegante pero es exacta: deberían poner un cartel en la puerta que diga que no son especialistas en climaterio.

La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos (Imagen Ilustrativa Infobae) 

La asimetría con el tratamiento de la disfunción sexual masculina es tan grande que ya casi no sorprende mencionarla, aunque siga siendo escandalosa. La FDA aprobó el Viagra en 1998. Desde entonces, se desarrollaron y aprobaron al menos seis medicamentos distintos para la disfunción eréctil masculina. El primer tratamiento farmacológico para el deseo sexual hipoactivo femenino fue rechazado dos veces antes de ser aprobado con controversia en 2015. La disfunción eréctil fue tratada desde el primer día como un problema técnico con solución técnica urgente. La sexualidad femenina fue clasificada como un asunto “complejo”, “emocional”, “difícil de medir”. La diferencia no es científica. Es política.

El doble estándar que no necesita explicación.

Alberto Cormillot fue padre a los 83 años. Costantini lo fue a los 78. Ambos recibieron cobertura periodística festiva, preguntas sobre la emoción de la paternidad tardía, alguna broma afectuosa sobre el esfuerzo requerido. Nadie cuestionó seriamente su vitalidad ni su derecho a rehacer la vida con mujeres décadas más jóvenes. Es el orden natural de las cosas.


Madonna tiene 67 años y sale con Akeem Morris, que tiene 29. La relación generó debates interminables en redes, análisis de sus fotos en busca de signos de decadencia, especulaciones sobre quién se beneficia de qué, preguntas sobre si ella está bien de la cabeza. Cuando los medios la tratan con algo parecido a la misma benevolencia que a Cormillot o a Costantini, es noticia.

Brigitte Macron tiene 24 años más que el presidente de Francia. Ha sido objeto de teorías conspirativas sobre su cuerpo, su identidad, su historia. DiCaprio sale con mujeres que no superan los 25 y el tema apenas merece una nota de color. La asimetría no requiere análisis: se ve sola. Un hombre mayor con una mujer joven es amor, experiencia, poder bien usado. Una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio. Esther Díaz lo formula sin rodeos: la sociedad acepta que los viejos tengan mujeres mucho más jóvenes. No acepta lo contrario.

El deseo después de los 50 no es una regla ni una excepción. Es un mapa diverso que va del redescubrimiento del placer al derecho a no querer (Imagen Ilustrativa Infobae.

La trampa que nadie ve.

Pero hay algo más, y es lo que más le cuesta decirse en voz alta a las mujeres de 60 y 70 que forman parte de la generación que hizo la revolución sexual.

Las boomers y la Generación X llegaron a la madurez habiendo peleado por el derecho al placer. Vivieron los años setenta y noventa convencidas de que el deseo era político, que el cuerpo era propio, que el silencio era complicidad. Esa convicción fue y sigue siendo un logro histórico. Pero tuvo, como todos los movimientos, sus propias contradicciones. Porque la misma cultura que las empujó a liberarse también instaló un nuevo modelo: la mujer mayor que sigue siendo deseante, activa, sexualmente vigente, “encendida”. Cambió el mandato, no la obligación de cumplirlo.

Hoy muchas mujeres de esa generación sienten angustia no porque no tengan deseo sino porque sienten que deberían tenerlo. Porque la cultura sex positive de los noventa —que fue liberadora en muchos sentidos— construyó también una nueva norma. Y las que no encajan en esa norma, las que en algún momento de sus vidas eligieron la pausa, el silencio, la resignificación del erotismo lejos del coito y lejos de la perfomance,  quedan sin relato.

Beck y Carbajal lo capturan con humor en Encendidas: llegamos a la menopausia sin que nadie nos hubiera preparado, y encima con la presión de atravesarla bien, de manera positiva, de seguir encendidas. Como si apagarse a veces no fuera también una forma legítima de estar.

La clave está en esa pequeña palabra: si. El deseo en la madurez puede ser una fuente enorme de bienestar, dice Proverbio en Triángulos Plateados. Si nos interesa. Esas dos palabras cambian todo. No como obligación. No como prueba de que el envejecimiento no nos venció. Como elección, cuando es elección.

Un hombre mayor con una mujer joven es visto como amor, experiencia, poder bien usado mientras que una mujer mayor con un hombre joven es patología, ridículo, objeto de escrutinio (Imagen Ilustrativa Infobae) 

Cada cuerpo es una mapa distinto.


Una de las cosas más difíciles de instalar en la conversación pública sobre sexualidad y vejez es la diversidad real. No hay una experiencia de la menopausia. No hay un modo correcto de envejecer el deseo. Hay mujeres que a los 70 tienen más vida sexual que a los 30. Hay mujeres que eligieron el celibato como forma de libertad. Hay mujeres que redescubrieron el erotismo lejos de la heterosexualidad. Hay mujeres que están recuperando el placer de a poco, después de años de incomodidad física que tenía tratamiento y nadie les ofreció. Y hay mujeres que simplemente no quieren, y que tienen tanto derecho a ese no querer como las otras a su sí.

Lo que el movimiento que empezó con Naomi Watts y siguió con Oprah y Michelle Obama y llegó acá con las voces de Proverbio y Esther Díaz y Carbajal y Beck está haciendo no es convencer a nadie de que tiene que tener sexo. Es abrir el espacio para que cada mujer pueda elegir, sin vergüenza y sin mandato, qué hacer con su cuerpo y su deseo cuando la vida se alarga.

Eso incluye quitarse el parche antes de que él lo vea, si eso es lo que necesitás esa noche. O dejárselo puesto. O no estar con nadie y no explicarle a nadie por qué. Incluye la sequedad vaginal que tiene tratamiento y el ginecólogo que tendría que haberlo dicho hace diez años. Incluye la filosofía que descubrió el orgasmo a los 50 y la periodista que escribió sobre la menopausia porque era la única forma de entenderla. Incluye el deseo que cambia de forma, que se vuelve más lento, más profundo, menos urgente o simplemente distinto. Y también incluye el silencio que es paz, no derrota.

La revolución que falta no es convencer al mundo de que las viejas también tienen sexo. Es que cada mujer pueda decidir, sin pedirle permiso a nadie, qué hace con el tiempo y el cuerpo que la longevidad le regaló.




martes, 21 de agosto de 2012

Los números del femicidio... De Alguna Manera...

Los números del femicidio…

Cada tres días, dos mujeres son asesinadas en el país como consecuencia de la violencia de género.

En los primeros seis meses del año se registraron 119 homicidios de mujeres por violencia de género. En siete de cada diez casos, el agresor fue la pareja o la ex pareja de la víctima. Como consecuencia de estos crímenes, 161 niños perdieron a su madre.

Gilda Mariana González tenía 33 años y vivía en Río Cuarto, Córdoba. El 1º de febrero fue baleada y agonizó varias horas hasta morir en un hospital. Su ex marido se entregó por el hecho a las 24 horas del ataque. Sobre él pesaba una orden de captura desde un par de días antes por una golpiza brutal que le había dado a la mujer. El de Gilda es uno de los 119 homicidios de mujeres por violencia de género que se registraron en los primeros seis meses del año, de acuerdo con el relevamiento que lleva adelante el Observatorio de Femicidios en la Argentina, coordinado por La Casa del Encuentro. La cifra significa que cada tres días dos mujeres fueron asesinadas en el país por el hecho de ser mujeres. En siete de cada diez casos, el presunto agresor resultó el marido o ex pareja de la víctima. 

Uno de los daños colaterales más dramáticos de los femicidios es la cantidad de chicos y chicas que quedan huérfanos brutalmente: 161 hijas e hijos perdieron a su madre como consecuencia de la violencia de género, de los cuales al menos casi un centenar son menores de edad. “Es necesario considerar a la violencia sexista como una cuestión política, social, cultural y de derechos humanos, de esta forma se podrá ver la grave situación que viven las mujeres, niñas y niños en la Argentina como una realidad colectiva por la que se debe actuar de manera inmediata”, señaló a Página/12 Fabiana Tuñez, coordinadora de La Casa del Encuentro, al evaluar las estadísticas.

Si se compara con el mismo período de los últimos dos años, se nota un descenso de los femicidios: 152, en 2011 y 126, en 2010, frente a 119, en 2012. Sin embargo, Ada Beatriz Rico, directora del Observatorio, aclaró a este diario que al sumar los casos que ya se han registrado en julio y lo que va de agosto, se diluye la diferencia y la cantidad se equipara. El año pasado hubo al menos 260 femicidios, según el relevamiento de la ONG.

En los últimos días, la grabación del video que hizo Natalia Riquelme, la joven de Bahía Blanca, en el que registra la golpiza que le propina su ex marido, frente a su casa y delante de la hija pequeña de ambos, como recurso desesperado ante la inacción judicial tras 15 denuncias en contra del agresor, puso en primer plano la impunidad con la que pueden actuar perpetradores de violencia machista. Los femicidios son la expresión más extrema de ese problema social y la muestra más dramática de cómo el Estado no llega a proteger a tiempo a muchas de las víctimas. 

Al menos en 16 de los femicidios del primer semestre de este año, las mujeres habían hecho denuncias, de acuerdo con los datos recabados por La Casa del Encuentro. Es decir, estaban intentando salir del llamado “círculo de la violencia”. En seis, los agresores tenían una orden de exclusión del hogar o prohibición de acercarse a la víctima, dictada por la Justicia, pero la medida –quedó en evidencia– no fue suficiente para evitar que las volvieran a agredir hasta matarlas.

De los 119 femicidios que contabilizó el Observatorio –sobre la base de los casos publicados en más de un centenar de medios–, en 59 hechos el presunto asesino fue el esposo o el novio, en 24, una ex pareja. Es decir, el grueso de los homicidios fue ejecutado por el marido o el ex. En los demás casos, las muertes fueron perpetradas aparentemente por otros familiares, vecinos o desconocidos.

En cuanto al modo en que fueron ultimadas, el Observatorio registró 13 mujeres que murieron como consecuencias de graves quemaduras, como Wanda Taddei, la esposa del ex baterista de Callejeros, Eduardo Vásquez, condenado en junio a 18 años de prisión por el delito de homicidio agravado por el vínculo, con atenuantes. Pero no fueron las únicas mujeres a las que les prendieron fuego: otras 23 también fueron quemadas en el marco de situaciones de violencia de género, pero lograron sobrevivir a los ataques.

La estadística muestra que de los 119 femicidios, 34 ocurrieron en la vivienda compartida con el femicida y 25 en la de la víctima, lo que significa que la propia casa puede resultar más peligrosa que la vía pública para muchas mujeres que se enfrentan al drama de la violencia doméstica. Otros 40 femicidios tuvieron lugar en la calle. La mayor parte de las mujeres muertas como consecuencia de la violencia machista tenían entre 19 y 50 años.

La Casa del Encuentro empezó hace cinco años a relevar los femicidios publicados en los medios, ante la ausencia de registros oficiales y como una forma de llamar la atención de las autoridades y la opinión pública sobre la gravedad de la violencia hacia las mujeres. “Llevamos adelante el informe de los femicidios, pero al mismo tiempo recibimos a las mujeres que vienen a La Casa del Encuentro en busca de orientación y ahí tomamos dimensión de todo lo que no hay y falta para enfrentar el problema; por ejemplo, en las comisarías no les toman las denuncias por violencia psicológica, o los recursos no llegan a aquellas mujeres de los sectores más pobres. 

Hacer este informe para nosotras no es ver si el número sube o baja: son vidas, rostros, historias. Familias de las víctimas vienen a nuestra sede y piden justicia por ellas, las que tendrían que estar, por ellas, las que se podría haber evitado que fueran asesinadas”, comentó Rico. La directora del Observatorio cuestionó el hecho de que en la mayoría de las provincias no se destinen recursos para dar respuestas efectivas para proteger a las mujeres. “De la violencia se puede salir y eso lo sabemos y lo saben quienes pudieron salir, pero mientras sigan matando mujeres seguiremos reclamando hasta que el Estado y los estados provinciales decidan que este tema es una prioridad en política pública, sabiendo que por estas horas otra mujer ya no estará, y otra intentará que le crean y le tomen la denuncia”.

© Escrito por Mariana Carbajal y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el lunes 21 de Agosto de 2012.


 “Problema de todos”...

 Las cifras de femicidios se difunden para llamar la atención sobre la gravedad de la violencia.

La abogada Natalia Gherardi manifiesta que: “La violencia contra las mujeres es un problema que involucra a toda la sociedad. Erradicarla requiere ni más ni menos que transformar la cultura, una cultura patriarcal que considera a la mujer como objeto o como persona moralmente inferior a los varones, que debe su-bordinar sus intereses a los de otra persona –pareja, hijos, padre–. En ese cambio, debemos estar involucradas todas las personas. Esto necesita no sólo campañas, sino también colocar el tema en el centro de la agenda de las más altas esferas de decisión política”, evaluó la abogada Natalia Gherardi, directora ejecutiva del Equipo Latinoamericano de Justicia y Género, una de las referentes del país en la temática.

–¿Qué falló en el sistema de protección de una mujer víctima de violencia doméstica para que la joven de Bahía Blanca tuviera que llegar a filmar su propia golpiza y difundirla después de hacer 15 denuncias sin eco?

–No conozco los detalles particulares del caso, pero creo que es posible lograr algún aprendizaje general a partir de estas situaciones que toman trascendencia pública y de alguna manera nos permiten ver la punta de un iceberg que sigue siendo desconocido: el alcance real de los casos de violencia contra las mujeres. En estos casos, sin duda debe haber fallado el Poder Judicial en donde se hayan planteado los pedidos por medidas de protección (orden de no acercamiento), y también parecen haber fallado los mecanismos de investigación de las denuncias presentadas por amenazas, lesiones. Todas las instancias del Poder Judicial, en todos los fueros, tienen la obligación de tomarse en serio las denuncias de las mujeres y de tomar todas las medidas necesarias para la investigación y sanción de las conductas que constituyan delitos. Pero además, más allá del sistema judicial, en estos casos muchas veces falla la coordinación entre las respuestas que deben dar los tribunales y el apoyo que corresponde a las políticas públicas, al Poder Ejecutivo, nacional, provincial y municipal.

–¿Es un tema de la Justicia penal o civil?

–Si la conducta que se denuncia constituye un delito, entonces interviene la Justicia penal. Pero antes del delito (antes del golpe, antes del intento de homicidio) puede y debe actuar también la Justicia civil dictando las órdenes de protección como la exclusión del hogar del agresor o la reinserción de la mujer al hogar que debió abandonar (previa exclusión del agresor) o la orden de no acercamiento (por ningún medio, a cualquier lugar donde la mujer se encuentre). Sin embargo, estaríamos mirando una parte del problema si nos quedamos solamente en lo que puede y debe hacer la Justicia. Para las mujeres puede ser muy difícil sostener las denuncias y sostenerse en los procesos judiciales –que llevan muchas veces más tiempo del razonable y sin duda, más tiempo del que demanda la urgencia del caso– sin otro tipo de sostén: asistencia y patrocinio jurídico gratuito, contención psicológica, subvenciones económicas, preferencias de vivienda, servicios para asegurar el cuidado para sus hijos/as y personas dependientes, oportunidades de inserción laboral. Todas o algunas de estas cosas son también necesidades concretas de las mujeres que necesitan volver a armar sus vidas en diversos aspectos. Esto no es responsabilidad del Poder Judicial, sino del Poder Ejecutivo. Lo fundamental, también, será asegurar las respuestas coordinadas no sólo entre los distintos fueros de la Justicia, sino también entre los distintos poderes del Estado.

–¿Qué pasa cuando se dictan exclusiones del hogar y el perpetrador no las cumple?

–La policía debe actuar como un auxiliar indispensable de la Justicia. Si el Poder Judicial dicta una orden de exclusión o de no acercamiento, la policía deberá prestar toda su colaboración para que esta orden se cumpla. También la policía debe tomar con seriedad estos casos, con toda la seriedad que se merecen.

© Publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el lunes 21 de Agosto de 2012.




lunes, 27 de febrero de 2012

El Estado Nacional y los Ferrocarriles... De Alguna Manera...


“El Estado tiene una deuda importante”...

 Jaime Sorín participó en la investigación Vías argentinas. Imágen: Pablo Piovano

El arquitecto Jaime Sorín habla sobre la importancia social de una Red Ferroviaria. Jaime Sorín, ex decano de Arquitectura de la UBA, formó parte del estudio Vías argentinas. Sostiene la importancia social de la red ferroviaria, habla sobre el origen de la privatización y la deuda que mantiene el Estado en una política ferroviaria.

“No puede haber un país sin un sistema público de transporte eficiente. Está absolutamente probado que con las privatizaciones es cada vez más ineficiente. Si queremos tener sintonía fina, esto es parte de la sintonía fina”, opina el arquitecto Jaime Sorín, miembro fundador de Carta Abierta, ex decano de Arquitectura y ex vicerrector de la UBA. “El Estado, que se ha metido a reparar tantos problemas que nos dejó la década del ’90, tiene una deuda importante en el tema transporte”, apunta en su estudio del barrio porteño de Almagro.

Sorín fue codirector junto con Horacio González del proyecto de investigación Vías argentinas –que encabezó León Rozitchner–, y enlazó a las facultades de Arquitectura y de Ciencias Sociales, en el marco de la crisis de 2001 y 2002. El equipo de investigación se acercó a los talleres ferroviarios destruidos, y destrozados, a las estaciones abandonadas, a las familias de los ferroviarios que permanecen en sus pueblos olvidados y fantasmas, para escuchar sus historias. En una entrevista con Página/12, Sorín analizó la debacle de los ferrocarriles –que comenzó, según recuerda, en 1961y se profundizó dramáticamente durante el menemismo–, y que quedó en trágica evidencia a partir del horror de la Estación Once, y planteó los desafíos que tiene el Gobierno para dar una respuesta adecuada al momento histórico que encarna el kirchnerismo. Sorín es profesor y flamante director del Instituto de la Vivienda de la Facultad de Arquitectura. Y padre de Juan Pablo Sorín, ex capitán de la Selección Argentina de fútbol.

–¿Qué lectura hace del accidente de Once?

–Es complejo. Obviamente tiene una lectura política, de políticas públicas por lo menos. Creo que hay que encararlo de ese lado. Lo demás ya está en manos de la Justicia. Me parece que el Estado, que se ha metido a reparar tantos problemas que nos dejó la década del ’90, tiene una deuda importante en el tema transporte. El Gobierno trató desde el principio que la gente pudiera viajar, más que nada. Entonces se priorizaron los subsidios y la tarifa. Pero con la recuperación económica se ha triplicado o cuadruplicado la cantidad de gente que viaja, hoy son millones, especialmente en el sistema de transporte ferroviario, donde viajan aquellos con menos posibilidades económicas, que viven más lejos de su lugar de trabajo. El Estado priorizó eso, pero no resolvió dos temas, básicamente. Uno es que estamos en una etapa distinta de este gobierno, que ha resuelto en gran medida el problema del empleo, aunque no completamente, pero estamos en ese camino; va a ser bastante más difícil en los próximos cuatro años porque no se puede ir al mismo ritmo de recuperar cinco millones de empleo, sobre todo con sectores que son los que tienen menor capacidad de inserción. Hoy hay exigencias de otro tipo. La gente está pensando que, además de viajar, tiene que tener comodidad, frecuencias.

–Se viaja muy mal. Y no sólo usan el tren los sectores populares. También la clase media.

–Es cierto. El Gobierno no ha encarado este tema como otros, por ejemplo, la salud. Es una tarea pendiente. En Europa, los trenes son estatales y tienen subsidios porque es una tarea del Estado garantizar que los trenes anden bien. Lo que pasa que acá, en la década del ’90, se planteó que todo tenía que dar “ganancias”, aun los servicios públicos, y se metió en la cabeza de todo el mundo que los trenes daban enormes pérdidas y que si eran privados iban a ser mejores. Pero ojo: ya en la década del ’50 hubo un investigador argentino que se llamaba Porta, que desarrolló un sistema para estudiar los presupuestos de los ferrocarriles, y demostró que había también un beneficio social que había que contabilizar. Y que eso tiene un costo. Si se suma el beneficio social al balance económico se va a ver, si funciona bien, que en realidad se tiene ganancia. El sistema de Porta se aplicó en Europa, pero en la Argentina no. Entonces siempre se habló de la pérdida que daban los ferrocarriles.

–¿Qué cree que se debe hacer hoy con el servicio de trenes?

–Es muy difícil ahora sacar las concesiones rápidamente. Debería hacerse una auditoría profunda y seria. Además es una trampa para el Estado. Puede sacarles las concesiones y quedarse como propietario de algo que está en estado calamitoso, y encima va a ser responsable de eso. Evidentemente el Estado debe plantearse qué política quiere para los ferrocarriles, qué tipo de transporte quiere para el conjunto de la población y para las cargas. Porque el ferrocarril no es sólo transporte de personas. Y hoy el Estado tiene un problema serio que es de diez mil millones de dólares anuales de importación de combustible, que lo estamos viendo todos los días como uno de los temas de la agenda prioritaria. El ferrocarril es mucho más barato.

–¿Cuándo empezó el desguace de los ferrocarriles?

–En realidad, empezó en 1961 con el Plan Larkin, en la época de Frondizi. Larkin era un general norteamericano que vino como experto en ferrocarriles. Lo contrató el gobierno nacional. Fue un plan de desguace del ferrocarril para priorizar el transporte automotor. En pleno desarrollismo se daba prioridad a las inversiones extranjeras. Se pensaba que iban a hacer el desarrollo industrial y lo primero que se hizo fue la introducción de las empresas automotrices, la Kaiser y otras en Córdoba. Ese proyecto necesitaba que hubiera una disminución del transporte por ferrocarriles. Después esto se completa con el plan de autopistas del Conade, de la época de Onganía.

–¿Cuáles autopistas se empiezan a construir?

–Todas las autopistas que se hicieron después están dibujadas en ese plan. Es un plan de los militares. Cacciatore lo que hizo en la práctica fue desarrollar a fondo ese plan. Y eso es lo que hoy tenemos.

–¿Qué modelo promovía?

–De achicamiento del país.

–¿Cuál fue el impacto de la privatización de los ferrocarriles durante el menemismo?

–Los ramales se disminuyeron de 30 mil kilómetros a 4 mil o 5 mil útiles, que son los que hay ahora. El resto, o está levantado o está inutilizado. Ese fue el primer gran impacto: destruir todo un sistema, que no era sólo un sistema de transporte, era cultural porque no hay pocas cosas más democráticas que un sistema ferroviario bien hecho. No sólo viajan todas las clases sociales sino que permite que se conecten todos aquellos sectores del país, aun aquellos más desprotegidos, que veían en el ferrocarril la posibilidad de acercamiento a los lugares centrales. Más de 700 pueblos quedaron desconectados.

–¿Cómo se hicieron los ramales ferroviarios?

–Muchos vienen de fines de siglo XIX, principios del XX. Se le daba a una compañía, fundamentalmente extranjera, un trazado. Junto con eso venían todas las tierras que estaban alrededor del trazado. La tierra de todos esos pequeños pueblos que se unían era del ferrocarril. Imagine cuál era el impacto económico que tenía eso. No era sólo el transporte sino que a los costados tenían tierras cultivables o en las que se hacía la colonización. Por esa razón muchos pueblos son parecidos. El tren era la única forma que tenían esos pueblos de unirse, de visitarse, de juntarse una familia con otra. Hay una película, Kilómetro 111, dirigida por Mario Soffici, en la que trabaja Pepe Arias como jefe de la estación, que muestra cómo funcionaba la estación, cómo la gente se reunía a ver pasar el tren, cómo era el paseo de todos los días, todo lo que generaba la cultura ferroviaria. Pero además había 100 mil trabajadores con todas sus familias, que también era una cultura muy importante. Era un orgullo ser ferroviario. No casualmente el sindicato de los maquinistas se llama La Fraternidad, eran anarquistas en sus orígenes. Muchos pueblos giraron alrededor de eso. La pertenencia era muy fuerte.

© Escrito por Mariana Carbajal y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el lunes 27 de Febrero de 2012