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domingo, 11 de enero de 2026

En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad... @elprofesorcapomasi

 En el reino del terror, la corrupción y la falta de libertad...

El "loco dinamita" Dibujo: Pablo Temes.

Dos veces Nelson Castro estuvo en Venezuela, ambas en 2019. Recuerdos de una temporada bajo la opresión.

 © Escrito  por Nelson Castro el domingo 11/01/2016 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.

Dos veces estuve en la Venezuela de la dictadura chavista. Fue en 2019: la primera vez, a fin de marzo; la segunda vez, a fin de abril. En marzo, para cubrir la crisis energética que dejó al país sin luz y sin agua durante días. En abril, a causa de la asonada contra el gobierno que fracasó.

Conocí la Venezuela democrática y opulenta. Había libertad y también había –lamentablemente– corrupción y desigualdad social. En la Venezuela sojuzgada por el chavismo que viví durante esas dos coberturas había más corrupción y más pobreza y, lo que no había –ni hay hasta hoy– era libertad.

Tan solo arribar al aeropuerto internacional de Maiquetía y observar a través de la ventanilla del avión el mal estado de la pista fue suficiente para tener un primer contacto con la decadencia experimentada por un país rico que supo ser floreciente. Habiendo estado en Cuba en coberturas periodísticas en 2015 y 2016, las reminiscencias fueron inmediatas.

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Pasar el control migratorio fue la comprobación del estado de opresión y falta de libertad reinantes. “Muéstreme por favor la carta de invitación”, me dijo con tono severo el funcionario que me atendió en medio de un salón semivacío del aeropuerto. “No sabía que era necesario este requisito para ingresar al país”, respondí. Comenzó ahí un largo ida y vuelta y consultas del funcionario con un superior que duró una media hora. “Muéstreme la reserva de hotel”, fue el próximo pedido. Cuando se la mostré en mi celular, me interrumpió tajante: “Debe estar impresa”, me dijo. “No la tengo”, fue mi respuesta. Vino otra media hora de consultas absurdas, que incluyó una llamada al hotel para que una empleada de recepción hablara con el funcionario para confirmarle que, efectivamente, la reservación era cierta.

Superada esta instancia, llegó el turno de la aduana. El equipaje fue sometido a un control especial –abrieron la valija– que llevó unos cuarenta minutos. Así, luego de casi dos horas pudimos ingresar a Venezuela. En el hall central del aeropuerto había unos veinte uniformados jóvenes con actitud intimidante que se paseaban de un extremo a otro del lugar.

En el trayecto del aeropuerto al centro de la ciudad era evidente la poca cantidad de vehículos que circulaban. En el centro de Caracas la situación era la misma. Y lo que me impactó fue el crecimiento de El Petare, la favela más grande de la ciudad.

Ya en el hotel, otra curiosidad: todos los empleados de la recepción hablaban en voz baja. Pronto sabría la razón: tenían miedo de ser escuchados por los agentes de inteligencia desplegados en el hotel. “Tengan mucho cuidado con los celulares porque hay “ladrones” que se los roban dentro del lobby”, nos advirtieron los tres recepcionistas. El encomillado de ladrones es porque, en verdad, eran agentes de inteligencia que buscaban los celulares para obtener información que luego procesaba el poderoso y temible Servicio Bolivariano de Inteligencia (Sebin). A esta lista de agentes “encubiertos” –por llamarlos de algún modo– había que agregar a las mucamas y a los camareros del bar y del comedor. Fue una advertencia providencial que mucho agradecí.

El robo de los celulares se había transformado en el único objetivo rentable para los ladrones. Al día siguiente de ocurrido lo antes narrado, estando en el lobby del hotel se me acercó un joven de unos 20 años que, sin dudas, había detectado que era periodista. “Quiero contarle lo que nos está pasando. A los que somos ladrones ‘profesionales’”, me dijo. “Tenemos un verdadero problema que afecta nuestro ‘trabajo’”, agregó para, a continuación, contarme algo surrealista: “Ante la falta de plata que hay en el país, ya no nos sirve entrar a las casas a robar televisores, electrodomésticos o joyas, porque no se las podemos revender a nadie. Para lo único que hay plata es para comprar celulares”. Me quedé azorado. Parecía un relato extraído de la Macondo de Gabriel García Márquez. Luego me enteraría de que el cliente más importante de estos delincuentes es el Sebin. El ladrón no aceptó dar un reportaje televisivo ni siquiera de espaldas por temor a ser identificado. Solo estaba dispuesto a dar su testimonio a un medio gráfico. La historia fue publicada día después por varios diarios. Uno de ellos fue The Wall Street Journal.

Negocios semivacíos, colas para comprar pan, leche y carne, un parque automotor vetusto, calles con el asfalto en mal estado, cortes de luz, falta de agua, transporte público obsoleto, viviendas deterioradas, concesionarias de autos vacías en las que solo se exhibían para su venta algunos pocos vehículos usados, informalidad por doquier, era el panorama que devolvía el recorrido por los distintos barrios de Caracas.

La recomendación para los periodistas era trabajar en grupo, nunca estar solo. Un periodista solo en la calle era un blanco ideal para el Sebin. Conversar con la gente era complejo para cualquier periodista. El miedo estaba a flor de piel. Los jefes y las jefas de manzana estaban muy atentos a nuestra presencia y dispuestos a interrumpir cualquier entrevista en la que una persona se expresara críticamente contra el gobierno.

Estas son algunas de las pinceladas de la dictadura chavista –reino del terror, la corrupción y la falta de libertad– que vi y que aún hoy padecen millones de venezolanos y venezolanas.




sábado, 17 de marzo de 2018

“De tanto ahorrar en educación, nos hemos hecho ricos en ignorancia”… @dealgunamanera...

“De tanto ahorrar en educación, nos hemos hecho ricos en ignorancia”…

Ignacio Mantilla, rector de la Universidad Nacional. Fotografía: Unimedios/Universidad Nacional

En septiembre esta institución cumple 150 años de fundación. Semana.com habló con su rector, Ignacio Mantilla Prada, sobre la importancia de este aniversario y los problemas que atraviesa la educación superior pública, entre ellas la estigmatización de la que es víctima.

© Publicado el martes 20/06/2017 por la Revista Semana de la Ciudad de Bogotá, Colombia.

SEMANA: La Universidad Nacional de Colombia está cumpliendo 150 años, ¿qué representa este aniversario?
Ignacio Mantilla: Es una fortuna para nosotros cumplir 150 años y ser la universidad pública más grande del país. Sobrevivir siglo y medio a todas las convulsiones que ha tenido Colombia es un gran logro. Queremos aprovechar este aniversario para recordar el pasado, pero también para reflexionar sobre el presente y el futuro. Ahora la educación superior vive una coyuntura particular. La tendencia a privilegiar el subsidio a la demanda, con programas como ‘Ser Pilo Paga’, pone en aprietos a la Universidad Nacional y a la educación pública en general, entonces creo que en esta conmemoración también debemos pensar sobre cuál es el modelo de educación que le conviene a Colombia, máxime si se tiene en cuenta que la Nacional ha sido pionera en muchos campos; por ejemplo acá nacieron los primeros doctorados en 1986.

SEMANA: ¿Cómo ha hecho la Universidad Nacional para sobrevivir tanto tiempo?
I.M.: Creo que se debe a que, pese a las dificultades, la universidad ha sido una institución crítica, que siempre ha utilizado el argumento como su mejor arma, pero que a la vez se ha convertido en guardián tanto del avance de la ciencia y la tecnología, como de la política y el conocimiento social, cualidades labradas durante 150 años, que el país reconoce. Esto es evidente en el acompañamiento que ha hecho al proceso de paz por solicitud de los actores involucrados (Gobierno y Farc-EP), quienes manifestaron su confianza total en la Institución.

SEMANA: En los rankings internacionales y nacionales, la Nacional siempre queda como la mejor institución educativa del país. Si uno de los problemas que tiene la Nacional es la financiación, ¿cómo ha hecho para mantener esos altos estándares de calidad?
I.M.: A pesar de los problemas presupuestales, la universidad tiene una riqueza muy grande en sus estudiantes. De hecho, hoy en día nuestros alumnos de pregrado prefieren hacer un posgrado antes que ir a buscar un trabajo. Cuando ellos compiten por cupos para ser admitidos en las universidades del exterior les va muy bien. Por otra parte, la Nacional siempre ha contado con un equipo de profesores con formación de alta calidad, quienes gozan de un salario digno no obstante las condiciones económicas de la Institución, y tienen libertad para enseñar e investigar lo que ellos consideran pertinente para el desarrollo del país.

SEMANA: ¿Cuáles son los aportes más valiosos que la Universidad Nacional le ha hecho al país en estos 150 años?
I.M.: Son innumerables, pero rememoro los 135 años en los que la Nacional estuvo en el Hospital San Juan de Dios, durante los cuales se hicieron investigaciones que trascendieron internacionalmente. Como ninguna otra institución de educación superior hemos tenido una vida cultural sumamente rica. El Auditorio León de Greiff es reconocido como el mejor escenario musical de Bogotá, y además contamos con cerca de 20 museos solo en la ciudad. En el área de las ciencias, fuimos herederos del trabajo de José Celestino Mutis, el Sabio Caldas y Humboldt, gracias a lo cual poseemos un robusto inventario de la flora y fauna colombiana. La universidad ha formado a los protagonistas más importantes de la política nacional del siglo XX, como el presidentes Carlos Lleras Restrepo, y a grandes líderes como Jorge Eliécer Gaitán y el sacerdote Camilo Torres, no el guerrillero que todo el mundo ve, sino al destacado sociólogo. Incluso García Márquez fue alumno de la Escuela de Derecho. Sin duda, la Institución ha dejado una huella imborrable en el país.

SEMANA: Si la universidad ha sido tan importante para el país, ¿por qué la clase política no se la ha jugado para fortalecerla y ha preferido apoyar la educación superior privada?
I.M.: Eso forma parte de la opción que ha tomado el Estado colombiano de privilegiar el subsidio a la demanda, que prácticamente le quita su obligación de proveer de educación superior a todos los colombianos. Y el mejor ejemplo es 
‘Ser Pilo Paga’, que termina destinando más dinero a la universidad privada que a la pública. Para el Gobierno es más fácil y rentable mediáticamente lanzar 40.000 becas para estudiantes de escasos recursos, que crear 400.000 cupos en las universidad públicas. Un modelo excluyente porque con ‘Ser Pilo Paga’ se quedan por fuera jóvenes que podrían ser ‘repilos’, pero que no tienen la oportunidad de obtener una beca porque su formación en la educación básica fue deficiente, lo cual no significa que no sean brillantes.

SEMANA: En ese sentido, ¿cuál es la importancia de la educación superior pública?
I.M.: Creo que muchas políticas neoliberales ven la inversión en educación sólo en términos de retorno y ganancia económica. Frente a esa postura dominante, pienso que un país que abandone la educación pública le abre las puertas a la desigualdad y a la exclusión. ¿Qué futuro le vamos a ofrecer a los jóvenes que no pueden pagar una universidad privada? ¿Qué posibilidades tienen de ascenso social? Se podría resumir en la siguiente frase: “De tanto ahorrar en educación, nos hemos hecho ricos en ignorancia”. Eso es lo que lograría un país que no ve la educación como una gran inversión, sino como un costo que debe asumir sin ninguna convicción. No debería haber dudas sobre la necesidad de tener una universidad pública fuerte y completamente subsidiada.

SEMANA: ¿Cómo ve en el futuro a la universidad?
I.M.: Con optimismo. Observo que en sus dos últimas legislaturas, el Congreso ha apoyado la 
educación superior pública, y espero que la tendencia continúe. Por eso considero que allí, obviamente sin dejar a un lado el Ejecutivo, es donde debemos dar los debates y las batallas para fortalecerla, mejorar la financiación y, en últimas, convencer a la sociedad colombiana sobre la importancia de la universidad pública.

SEMANA: ¿Tenemos Universidad Nacional para otros 150 años?
I.M.: La Universidad de Salamanca cumple 800 años el próximo año; la de Bologna va a cumplir mil años en las próximas décadas. Eso significa que las universidades son las instituciones más antiguas que hay en Occidente. Y lo han logrado porque se equivocan menos que los gobiernos y no toman decisiones al vaivén de las modas, sino que se convierten en depositarias de un conocimiento y a la vez en gestoras del cambio social a partir de análisis e investigación.
En ese sentido, tenemos Nacional para rato.

SEMANA: Por último, a raíz del acto terrorista en Andino ¿Por qué su indignación por un artículo del diario ‘El Tiempo’? 
I.M.: Porque es inaceptable que se relacione directamente al terrorismo con la universidad. La expresión “extremistas de la Universidad Nacional”, indica que aquí graduamos extremistas y no es así, nosotros formamos geólogos, físicos, ingenieros. Esa es una estigmatización que hemos tenido que cargar por décadas, es como el sentimiento que tenemos los colombianos en el exterior cuando se generaliza y dicen que todos somos narcotraficantes. No podemos seguir cargando esa cruz y los medios no pueden seguir relacionándonos con grupos terroristas.

SEMANA: ¿Por qué se continúa con la estigmatización?
I.M.: Hay un lastre que llevamos, ese de creer que la universidad es el centro de operaciones de grupos guerrilleros, y no lo hemos podido borrar. Cada vez que salen a la luz actuaciones negativas de algún egresado o estudiante lo primero que se dice es que pertenece la Nacional, no ocurre lo mismo con alumnos o profesionales de otras instituciones. En estos casos no se habla de los “ladrones graduados en tal universidad” o de los “defraudadores o violadores de tal otra”. La Nacional no tiene responsabilidad en las actuaciones de los egresados cuando no están en el ejercicio profesional para el que se les formó. Se nos puede criticar por la mediocridad de un profesional mal formado en la universidad, pero no por otras cosas.