© Escrito por Jorge Dubatti el lunes 15/12/2025 y publicado
por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República
Argentina.
La cultura
argentina llora la muerte de Héctor Alterio. El gran actor falleció en Madrid,
a los 96 años (había nacido en 1929, en Buenos Aires), tras una plena y
productiva existencia artística. Su muerte es sentida en la vida nacional como
una dolorosa pérdida. La Argentina pudo homenajearlo en 2023, cuando vino a
Buenos Aires a presentar su espectáculo autobiográfico Una
pequeña historia, escrito por su compañera de toda la vida, Ángela
Bacaicoa. En aquella ocasión, el Ministerio de Cultura de la Nación, con
Tristán Bauer al frente, le entregó una distinción por su trayectoria en el
CCK. Recientemente recibió el Premio del Fondo Nacional de las Artes.
Los
orígenes de Alterio están vinculados al teatro independiente y a Nuevo Teatro,
el grupo que lideraban Alejandra Boero y Pedro Asquini, en el que pronto
sobresalió. Su primer trabajo con esa emblemática formación fue El
alquimista, de Ben Jonson, en 1950, y el último, dos décadas
después, La valija, de Julio
Mauricio. En aquel período integró los elencos de Medea,
de Jean Anouilh (1951-1952); Madre Coraje, de Bertolt
Brecht (1954); Los indios estaban cabreros,
de Agustín Zuzzani (1958); Raíces, de Arnold Wesker,
que por su éxito de público permaneció en cartel de 1964 a 1966.
Muy
pronto Alterio comenzaría a filmar. En 1954 participa en el cortometraje Un
teatro independiente (dirigido por Simón Feldman), sobre Nuevo
Teatro. Su primer largometraje fue Todo sol es
amargo (Alfredo Mathé, 1966) y su primera consagración en cine
fue La Patagonia rebelde (Héctor
Olivera, 1974), a la que siguió con enorme resonancia La
tregua (Sergio Renán, 1974), nominada al Oscar como mejor
película extranjera. Entre fines de los 60 y comienzos de los 70 participó en
numerosos filmes, entre los que queremos destacar Don Segundo
Sombra (Manuel Antín, 1969), El santo de la
espada, La maffia y Los
siete locos (todas bajo las órdenes de Leopoldo Torre Nilsson,
en 1970, 1972 y 1973, respectivamente) y Quebracho (Ricardo
Wullicher, 1974).
Carisma y técnica.
En 1974 viaja a España para participar con La tregua en
el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En Madrid recibe amenazas
de muerte de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), por lo que decide
quedarse en España e iniciar su exilio. Muy pronto comenzó a trabajar en teatro
(Las
cítaras colgadas de los árboles, de Antonio Gala) y se suma a la
compañía de Nuria Espert con Divinas palabras, de Ramón
María del Valle-Inclán.
Ya
en 1975 participa como protagonista en una película española de éxito
internacional, Cría cuervos, dirigido por
Carlos Saura. No para de filmar: A un dios
desconocido (Jaime Chávarri, 1977), le vale ser distinguido
como mejor actor en el prestigioso Festival de San Sebastián. Siguen, entre
muchas otras, Asignatura pendiente (José
Luis Garcia, 1976), El crimen de Cuenca (Pilar
Miró, 1979), El nido (Jaime de
Armiñán, 1980), El señor Galíndez (Rodolfo
Kuhn, 1983). En España trabaja intensamente, además, en televisión.
Pero
siguió viniendo periódicamente a la Argentina para filmar, para el estreno de
sus películas o para presentar piezas teatrales, como Los
gatos, de Agustín Gómez Arcos, ofrecida en el Teatro Regina de
Buenos Aires en 1993. Filma nuevamente en Argentina en 1980 (Tiro
al aire) y luego no deja de hacerlo, especialmente a partir de la
restitución democrática: Los viernes de la Eternidad (Héctor
Olivera, 1981), Camila (María Luisa
Bemberg, nominada al Oscar), La historia oficial (Luis
Puenzo, 1985, premio Oscar a la mejor película extranjera), Caballos
salvajes, Cenizas del Paraíso, Plata
quemada y Kamchatka (las cuatro
dirigidas por Marcelo Piñeyro, en 1995, 1997, 2000 y 2002), El
hijo de la novia (José Luis Campanella, 2001, con quien
también hizo la serie televisiva Vientos de agua,
2006), y muchas más. Son diversas las variables que transforman a un actor en
un mito más allá de la muerte. Mito de la cultura argentina que perdurará en la
memoria de quienes lo conocieron y vieron en el teatro y que también
transmitiremos de generación en generación.
Su carisma, su encanto, su pisada
escénica, su pregnancia que atrae la mirada de los espectadores y graba su
rostro en la retina; su formación técnica impecable; su producción sostenida y
siempre resonante en los imaginarios públicos; su creatividad, su capacidad de
resolver escénicamente, volviéndolo irreemplazable; su vida cívica, su
coherencia y su ética como ciudadano, así como su «texto-estrella», es decir,
todos los trabajos que realizó: uno piensa en Alterio y aparecen en serie los
recuerdos entrañables de La Patagonia rebelde, La
tregua, Cría cuervos, La
historia oficial, Caballos salvajes y El
hijo de la novia.












