sábado, 28 de octubre de 2017

Antonio "Tony" Reda. Transformar la guerra en paz... @dealgunamanera...

Tony, el soldado que contagia a los chicos su amor por Malvinas…

Antonio Reda se reencontró con su radio en su quinto viaje a las islas.

Con sus relatos de paz sobre la guerra, inspiró a alumnos de Ensenada a viajar a las islas. Fue el guía de una experiencia única.

© Escrito por Pablo Calvo el sábado 28/10/2017 y publicado por el Diario Clarín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Esta es la historia de una torta de chocolate, una radio, una carta, una guerra, una bomba, una rosa y un viaje extraordinario por los caminos de la vida.

Ocurre en Malvinas, las islas del extremo sur argentino donde reina el viento y sobrevuelan los recuerdos.

La protagoniza, entre otros, Antonio Reda, uno de los ex combatientes que más veces volvió al escenario sangriento de 1982, acaso con su corazón imantado por la memoria de los caídos.

Antonio y su hija, en el cementerio de Darwin. (Las fotos de esta nota son gentileza de Antonio Reda) 
Parecía que el destino de Tony estaba marcado. Su abuelo italiano fue reclutado a la Primera Guerra Mundial. A su padre le ocurrió lo mismo, en la Segunda. Y a él, que hacía el servicio militar en el Regimiento 7 de La Plata, lo llevaron al combate cuando tenía 19 años.

Tony cumplió 20 en Malvinas y fue en ese abril del ‘82 cuando extrañó como un chico la torta de chocolate que le hacía su mamá, un sabor que le recorría el alma.

En 720 charlas sobre la guerra, siempre reivindicó la paz.

En su refugio de piedras, él prendía la radio una hora por día, para saber si se aproximaban los ingleses con sus barcos. Con la ruedita del dial buscaba la estación Carve, que daba noticias del conflicto desde Uruguay, y radio Provincia, que por las noches acercaba la voz de los familiares.

Cuidaba las pilas para que le duraran hasta volver a casa, así como el tarrito de leche Nido que le acababa de dar su compañero Daniel Martínez a cambio de cigarrillos. En eso explotó una bomba, que lastimó el silencio, los oídos de Daniel y una pierna de Tony. Era salir de allí o morir. Uno no escuchaba y estaba shockeado, el otro no podía caminar. Pero se abrazaron, fueron uno, y juntos escaparon cuatro kilómetros entre otras bombas, hasta ser evacuados.

Los alumnos de Ensenada que acompañaron a los ex combatientes de Malvinas.

Por esa misma huella, por ese mismo sendero donde lo persiguió la muerte, Tony volvió a caminar hace una semana, en su sexto viaje por las islas, contando aquel primero de prepo y otros cinco motivados por la necesidad de recordar.

Inspiró a los jóvenes a emprender el viaje más conmovedor de sus vidas.

Contar aquel horror ha sido la materia de su existencia: Tony Reda lleva dadas 720 charlas en escuelas, semillas de paz que va sembrando con anécdotas, palabras antibélicas y homenajes a los que allí se quedaron. Suele citar párrafos de una carta que escribió a su familia desde Puerto Argentino, el 24 de mayo del ‘82: “La guerra no sirve para nada, lo único que te hace ver es que las pequeñas cosas de la vida, pero las más pequeñas, son las que hacen hermosa la vida, así que disfrútenlas, sin amargarse, porque pronto lo haremos todos juntos”.

Su pasión inspira. Tanto que alumnos del colegio Nuestra Señora de la Merced-Don Bosco, de Ensenada, decidieron ir a Malvinas después de escucharlo.

17 jóvenes en Malvinas, junto a profesores, ex combatientes y la hermana de un soldado caído.

“Es clave no hacerse el Rambo. Yo no les hablo de armamento ni de táctica militar, les transmito la parte humana y el sentimiento por las islas. Muchos de mis compañeros hacen lo mismo, transforman el dolor en acción positiva y dan clases que dejan a los chicos impactados, siempre con la verdad. No tenemos reparo en decir que a veces temblábamos de miedo”, relata Tony. Él y dos colegas, Eduardo González y Claudio Guzmán, de la Casa del ex Soldado Combatientes de Malvinas (CEMA), fueron guías vivenciales únicos de esa excursión educativa que culminó el domingo pasado y no reconoce antecedentes desde la guerra.

Diecisiete alumnos, algunos con la edad que tenían los soldados argentinos cuando tuvieron que empuñar un fusil para defender la soberanía, desembarcaron su sonrisa en las islas. Fueron con la directora de la escuela, Ana Julia Yeco, la profesora Karina Seibane, una estudiante de Sociología y María Alejandra González, hermana de Néstor Miguel González, caído en la guerra.

En memoria de los caídos. Una de las escenas más conmovedoras que tuvo el viaje.

Por los pedregales de Monte Longdon y Wireless Ridge, entre cañones oxidados, trincheras inundadas y agujeros de bombas, caminaron los jóvenes sin saber que se estaban haciendo grandes y que tomaban la posta de la memoria.

Los campos de batalla cercanos a Puerto Argentino todavía tienen vestigios de la guerra.

“Aquí fueron las batallas más tremendas”; “Por allá venían los ingleses”; “En este agujero me escondí”; “En aquella piedra todavía hay disparos”; las frases de Tony, Eduardo y Claudio se arremolinaban en el aire, mientras los adolescentes soltaban preguntas frescas y lágrimas heladas. Tony propuso al contingente buscar la radio que había quedado en su trinchera, como si fuera un tesoro. Que aquí, que allá, que cuidado con la turba, que ahí te hundís, que quizás en aquel pozo de zorro, que quizás ya no esté.

Se esfumaban las esperanzas de los alumnos cuando Tony activó la brújula del tiempo, se dirigió a una piedra triangular, cavó con sus manos y se reencontró con la carcasa de su radio, para siempre en silencio, pero aún con el poder de los caracoles, pues alcanza con acercarla al oído para transportarse al pasado.

La radio de Tony.

¿Y quién cuidó de Tony? Su hija, Agustina, tres viajes a Malvinas. Ella es la estudiante de Sociología, que prepara una tesis sobre la guerra. Y que ahora recorre el cementerio de Darwin, se acerca a una tumba de un “Soldado sólo conocido por Dios” y deja una foto de Víctor Rodríguez, compañero de Tony, caído en combate, para que se la lleve al viento.

Una foto que quedó para siempre en Malvinas.

Cuando Tony volvió al continente en 1982 y quedó a salvo, le preguntaron qué necesitaba. Y él contestó: “Un pan”. Ya aplicaba la regla de perseguir las cosas simples de la vida. Como cuando trabajó con todo su empeño como cartero, empleado de la junta electoral en el retorno democrático, portero en un jardín de infantes ó maquinista del ferrocarril Roca, con participación en la huelga de 1991 y 1992, pues los derechos están para ser defendidos. Como la memoria.

Ex combatientes, de regreso a las islas, con consignas de paz.

Los alumnos llevaron a las islas rosas talladas con fundición de balas y material bélico utilizado en la guerra, un trabajo del orfebre Juan Carlos Pallarols.

Las rosas de la paz.

En eso consiste el legado de Tony: transformar la guerra en paz.



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