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jueves, 4 de agosto de 2011

King C. Gillette... De Alguna Manera...

King C. Gillette...

Quiero que sepais que la maquinilla de afeitar la inventó un hombre con cara, nombre y apellidos: King C. Gillette. De ascendencia rusa su familia se trasladó a Chicago dónde lo perdió todo tras el gran incendio de 1871. Mientras trabajaba como viajante de comercio para la empresa Crown Cork, que comercializaba de uno de los grandes inventos de la humanidad, el tapón corona, o sea las chapas con las que se cierran todavía hoy en día la mayoria de las bebidas envasadas, su cabeza daba vueltas al hecho de que lo que él vendía para otros era la esencia misma del negocio: un producto que una vez usado había que tirar. Ya había probado suerte con otros inventos pero un día que su navaja de afeitar se había desafilado, según él mismo cuenta tuvo una visión y tal como la tuvo, la dibujó y la registró. No fue un proceso de investigación, ni de evolución de una idea a otra. Sencillamente la vió y como la vió pretendió desarrollarla

El proceso para llegar a producirla fue largo y penoso ya que con su sueldo de viajante poco podía avanzar y más si sumamos a esto que los propios fabricantes del prototipo le desanimaban diciendole que una lámina de acero tan fina no iba a funcionar, sin embargo tras unos meses de incertidumbre con la ayuda de unos cientos de dólares que aportó un socio que creyó en su idea creó la Gillette Safety Razor Company. El primer año vendió noventa maquinillas mientras aún seguía trabajando como viajante para la Crown Cork. Y de pronto vino el éxito. Más socios, más dinero. Construyó una factoría y comenzó a producir masivamente el producto que se encuentra en el epicentro de la esencia del capitalismo: vender algo que después de usarlo cuatro o cinco veces lo tienes que tirar para comprar otro. Sus maquinillas y sus hojas de afeitar de recambio ya se encontraban en todos los lugares del planeta y lo más sorprendente es que la gente lo reconocía allí donde iba y se sorprendían de que el rostro que aparecía en los envases fuera el de una persona real.

Unos años más tarde, acicateado por un crack económico, vendió su participación en la empresa por la ridícula suma de 900.000 dólares y se retiró a un monumental rancho que se había construído en Santa Mónica a cultivar sus árboles frutales aunque su rostro siguió apareciendo, como un emblema, en las etiquetas de la compañía hasta muchos años después.

Pero la parte más interesante de su vida aún estaba por llegar. King C. Gillette, después de haber sido el baluarte del capitalismo más duro, su ideología evolucionó, a medida que maduraba, hacia un socialismo utópico y escribió dos libros, uno de ellos mano a mano con Upton Sinclair, en los que planteaba un nuevo tipo de sociedad en el que la gente sólo tendría que trabajar cinco años de su vida y el resto del tiempo podría dedicarlo a hace rlo que quisiera.

La base de dicho proyecto era una megaciudad, que funcionaría sin gasto de energía porque la tomaría toda de las Cataratas del Niágara, a la que llamaría Metrópolis. En el centro de dicha ciudad habría una empresa, la United, que lo fabricaría todo y para la que los habitantes tendrían que trabajar gratis cinco años de su vida y que, a cambio, recibirían alojamiento, ropa y comida gratis a lo largo de toda su vida, eliminando así la codicia y la ambición, ya que todo estaría al alcance de la mano de todos, solo necesitarían pedirlo.

La estructura de Metrópolis sería una retícula ajardinada con 24.000 torres de apartamentos, cada torre con un espacio común central, donde se encontrarían una serie de servicios entre los que estarían uno de los grandes avances sociales ideado por Gillette: las cocinas comunales, en las que trabajarían voluntarios, igual que en la factoría, aliviando así para siempre a la mujer del trabajo doméstico.

Este es el aspecto que tendría una de esas torres

Absolutamente todo está previsto en sus escritos. Por ejemplo que las conducciones de energía estarían en un nivel inferior y serían de fácil acceso para no tener que excavar ni hacer boquetes en las calles y así se podría tirar un nuevo cableado o arreglar el alcantarillado sin tener que hacer un trabajo innecesario. Las cúpulas que coronan cada torre estarían revestidas de un cristal que cambiaría de colores, creando efectos de luz. Las calles y los jardines estarían poblados de estatuas y obras de arte, como una galería de belleza sin fin, para deleite de los habitantes que tendrían todo el tiempo del mundo para disfrutarlas...

Es evidente que nada de esto se llegó a construir nunca y que todo quedó en el sueño utópico de un hombre que persiguió un ideal, el de que la humanidad fuera más feliz, menos competitiva, menos injusta, sin diferencias de clase, sin pobreza, sin delitos...

King murió el 9 de julio de 1932 y está enterrado en el Forest Lawn Memorial Park Cemetery, en California, donde espera, sin prisa, que la humanidad deje de vivir el caos.

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