La confesión...
Se me hace cuento.
–He perdido otro grupo de
amigos –me comentó mi amigo Herbert–.
“Estaban arreglando las sedes
para ver el Mundial. Casas, picadas, familias; cotejando tamaños de
televisores, mujeres más o menos molestas, edades de los niños, barrios
aledaños… Y de pronto no pude más: confesé. No me gusta ver el Mundial. Me
aburre el fútbol. No tengo el menor interés en ver los partidos, ni siquiera de
Argentina. Hace veinte años podía ver un Boca-River; una final del Mundial, un
partido definitorio de Argentina.
Pero como dice Cacho Castaña en Septiembre
del 88: “No sé qué pasó, no sé cómo fue…”. Pero me hinché las
pelotas, paradójicamente. No me interesa. No le encuentro sentido. Escucho a la
gente en los bares deduciendo sobre fútbol y me parece una farsa. No distingo
ninguna relación entre las jugadas y los comentarios. Escuché las mismas
acotaciones durante cuarenta años con cientos de equipos distintos. Todos los
partidos son iguales, todas las apostillas vanas. Pero mis amigos me habían
visto saltar de alegría por un gol, alentar hasta quedarme afónico, pedir
cambios e insultar al televisor. Fingía, les expliqué. No me movía un pelo.
Impostaba la pasión. Les hacía creer que me entusiasmaba igual que ellos, para
no quedarme solo. Como ese libro sobre el "subcomediante" Marcos: La genial impostura”.
–Dijiste la verdad –apunté–
Ahora sos como un monoteísta en la Antigüedad. Los demás tienen imágenes para
adorar, emociones, sentidos. Vos les estás diciendo que todo eso no tiene
ningún valor. No les alcanza con que no los quieras convencer. El sólo hecho de
haberlo dicho te va a marginar. Estás solo como un perro.
– ¿Por qué los judíos no se
confiesan? –preguntó extemporáneamente Herbert.
– ¿Qué haríamos sin la culpa?
–repregunté.
–Nicolás me preguntó si era
gay. Después de que confesé que ya no me gustaba ver fútbol, me preguntó si era
gay. Pero no sólo no soy gay, soy un caballero. En el Mundial 2010 argumenté
una gripe y falté a Argentina-Alemania. Salí a caminar solo por la ciudad.
Buenos Aires parecía arrasada por una bomba neutrónica. No había ni mendigos.
Una mujer estaba arrodillada junto a su auto, con una rueda pinchada.
Era
Mabel. Durante años, fue nuestra musa imposible en la oficina. Personal
jerárquico, en todos los sentidos. Evanescente, furtiva, portentosa:
inaccesible. Pero quien fuera que debiera auxiliarla, no llegaba. Me acerqué.
Fue la primera y única vez en mi vida que usé un cricket. Por suerte encontré
un hotel por horas abierto, el conserje estaba clavado al televisor y ni miró
el billete que le daba. Cuando le pedí el vuelto me regresó el mismo billete.
No me cobró. Éramos los únicos huéspedes y, en lugar de escuchar los gritos de
las habitaciones vecinas, escuchábamos los gritos sordos de angustia por el
partido; aunque apagados, caían desde las ventanas de los edificios linderos.
Y
las imprecaciones del conserje. Pero eso nunca lo conté. Hubiera revelado que
no tenía gripe; y mancillado la reputación de Mabel. Es la primera vez que lo
cuento.
–Podríamos decir que los que
ganan, no cuentan la historia –reflexioné.
–Esa frase de que la Historia
la escriben los que ganan es una fantochada –replicó Herbert–.
Los españoles
derrotaron a los aztecas, pero ya no hay ningún libro que defienda a los
conquistadores. De hecho, al pobre Colón lo tienen de aquí para allá. Flavio
Josefo, el gran derrotado, contó la historia de Massada, no los romanos que la
conquistaron. Los norteamericanos ganaron la Guerra Fría, ¿Conoces algún
académico que hable a favor de Truman, de Eisenhower, de Nixon? Pero
finalmente, de algún modo misterioso, se impone la verdad. No el relato del
vencedor o del derrotado, sino la versión acorde a los diez mandamientos: Caín
mató a Abel. X robó. H mintió. Sobre las ruinas de todas nuestras pretensiones,
sólo queda la verdad. Pero… vos lo dijiste: la verdad los hará solos.
©
Escrito por Marcelo Birmajer el Sábado 07/06/2014 y publicado por el Diario
Clarín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
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