domingo, 24 de agosto de 2014

Adrian Paenza y su Premio Leelavati... De Alguna Manera...



La puerta equivocada...

 Adrian Paenza y su  Premio Leelavati...

La Unión Matemática Internacional le entregó su máxima distinción a la difusión por haber “cambiado el modo en que todo un país percibe las matemáticas en la vida real”. La ceremonia de este jueves en Seúl resultó un show de entusiasmo, risas y aplausos de un público masivo de la disciplina. La ovación final explicó por qué lo consideran el mejor difusor de las matemáticas en el mundo.

Es un honor muy grande para mí estar acá y voy a tratar de contarles mi historia. No voy a hablar de matemática porque no estoy calificado para eso, lo que voy a hacer es contarles mi viaje, mi viaje con la matemática, una de las más bellas, si no la mejor ciencia que tenemos, aunque desafortunadamente, por alguna razón, las personas no la perciben de esta manera. Así que les quiero contar mi historia. Algunas de las cosas que voy a decir van a sonar probablemente controversiales por la sencilla razón de que son mis opiniones, por lo tanto están abiertas al debate, lo cual es bueno, es lo que deberíamos hacer.

Asumo que saben que hacemos matemática de la misma manera en cualquier lugar del mundo. Es extraño, no podemos leer el alfabeto coreano, pero lo que tenemos en común son los números. De modo que todos entienden que hay una forma de comunicación universal: más allá del lenguaje al que se traduzcan, los números son siempre comprensibles en todos lados.

Entonces quiero empezar contándoles un par de ironías. La primera: nace un bebé, durante los primeros doce meses de vida queremos enseñarle a caminar y a hablar, y los siguientes doce años queremos que estén en silencio. Es una locura, les enseñamos a hacer algo y después no queremos que lo hagan. La segunda: en los primeros cuatro o cinco años de su existencia, los niños aprenden una cantidad increíble de cosas: aprenden a hablar, a conversar, a jugar, a relacionarse con los demás, a dialogar con sus hermanos, a jugar con sus amigos y todo lo aprenden por sí solos. Hasta que de repente, un día desafortunado para ellos, les decimos ahora tenés que ir a la escuela. ¿Por qué? ¿Por qué tengo que ir a la escuela si aprendí todo lo que sé hasta hoy sin tener que ir a ningún lado? ¿Por qué ahora me querés llevar a la escuela, qué es la escuela? Tenés que levantarte a las 5 o 6 de la mañana, tenés tarea, ¿por qué?

Esa sería una oportunidad espectacular para nuestra ciencia, para la matemática, porque lo que quieren hacer los chicos es jugar, y la matemática tiene todas las herramientas para demostrarles que se puede jugar, que van a seguir jugando. Como los magos, ¿qué hacen ellos con los chicos y también con los adultos? Los cautivan, los desconciertan, suscitan su interés, y ellos se quedan asombrados. La matemática también tienen ese tipo de herramientas, pero lo que creo es que les mostramos la puerta equivocada. No les mostramos la vía correcta para llegar a la matemática, estamos enterrados en demasiados tecnicismos... Imagínense por ejemplo a alguien que nunca hizo una llamada por teléfono, y antes de que empiecen a hacerlo uno le dice: “Bueno, pero tenés que memorizar todas las características de países, ciudades y áreas, y tenés que memorizar la guía telefónica. Una vez que lo sepas, hacés tu primera llamada”. No. Así no funciona. Si hay algo que la matemática –el matemático– debería hacer es involucrarse y decir: “Paremos un segundo, lo que estamos haciendo está mal”. Nadie entra a un restaurante por la cocina. Nadie entra a una casa por el baño. Naturalmente, hay que enseñarles, hay que seducirlos, involucrarlos. ¿Cómo se hace? Hay que mostrarles.

Déjenme contarles algo que vengo pensando y repitiendo desde hace años. Es una historia que escuché a través de quien ahora es jefe o presidente del Departamento de Matemática de la Universidad de Buenos Aires. Es una antigua historia checoslovaca. Había un pueblo pequeño con un rey, que tenía una hija. La hija estaba envejeciendo y no encontraba con quién casarse, entonces él estaba preocupado. Así que finalmente acudió a uno de sus ayudantes y le dijo: “Hacé que todos sepan que mi hija va a estar esperando a sus pretendientes, que deberán formar una larga fila ante ella, que estará sentada en una silla, y mostrarle qué saben hacer, sus habilidades. Cuando encuentre uno que le guste yo le voy a dar la mano de mi hija”. 

Entonces cada episodio, que es como un cortometraje de cinco minutos, muestra lo que cada candidato haría. En el primer episodio aparece un contorsionista. Es el primero de una larga fila, la princesa está ahí sentada y este contorsionista mueve su cuerpo, hace muchas cosas extrañas. La princesa: nada. Fin del primer episodio. Segundo episodio: es una persona muy rica, que viene con una bolsa inmensa llena de monedas de oro, despliega todas las monedas por el piso y la mira como diciendo: “Todo esto podría ser tuyo”. Nada. Tercer episodio: es un mago, tiene conejos, palomas, aves, cosas hermosas, cartas. Nada. Después hay un acróbata, y el acróbata empieza a hacer malabares con pelotas, una, dos, tres, cuatro, cinco, diez. Nada. Llegado ese punto uno empieza a preguntarse: “¿Qué quiere, qué es lo que esta princesa quiere? Nada parece conmoverla”. La línea continúa haciéndose más y más corta hasta que llega el último episodio, queda un solo candidato. Es un hombre petiso, que carga una mochila. Cuando llega su turno, va adonde está la princesa, abre la mochila, saca un par de anteojos y se los da. La princesa se los pone y sonríe. ¡Y se casan! El problema no era que era incapaz de apreciar lo que estaban haciendo: no podía ver. No veía nada. ¿Cómo podía cautivarse sin ver nada? Eso es lo que hacemos con la matemática: tenemos que mostrarle a la gente lo que es la matemática. Lo que estamos haciendo está mal, no porque no sea parte de la matemática; es parte, pero si empezamos por ahí vamos a fracasar, y eso es lo que ha pasado hasta ahora.

Ahora bien, ¿qué hacemos, cómo atacamos a ese problema? La población en general odia la matemática. Entonces hay dos grupos: el de la vasta mayoría que la odia, y luego pareciera haber un grupo privilegiado de personas a quienes realmente les gusta. Es cierto que a ellos les agrada sentir ese privilegio, son vistos como los nerds, los inteligentes, personas que son diferentes, que entienden. En cambio nadie dice orgulloso que la matemática no es lo suyo. ¿Por qué? Porque en las escuelas, y en general, le damos respuesta a preguntas que los chicos no hicieron. Los chicos no son tontos. ¿Ustedes saben manejar autos? Dirían que saben manejar, pero que en determinado momento tuvieron que enseñarles a manejar. Cuando nos sentamos al volante por primera, segunda, tercera vez, y tenemos a alguien al lado, esa persona generalmente pierde la paciencia y empieza a gritar y a ser abusivo. ¿Por qué lo toleramos? Porque en definitiva entendemos que vamos a estar mejor sabiendo manejar que no sabiendo. Con la matemática no nos damos cuenta de eso. Nos cuentan cuentos sobre cosas que no sabemos, nos responden preguntas que no hicimos. No sólo eso, después tenemos que ir a casa y hacer la tarea, así que nos desesperamos y les preguntamos a nuestros padres: “¿Por qué tengo que estudiar esto?”. Y el padre y la madre no saben qué decir porque tampoco sabían en el momento en que les tocó a ellos. Entonces contestan: “Lo vas a entender más adelante”. ¿Pero cuándo llega ese momento? Porque no sé si ustedes han visto, pero yo suelo ver que hay muchas personas que han invertido mucho tiempo investigando y nunca les fue de utilidad. En la vida primero tenemos problemas, luego buscamos soluciones. En las escuelas, especialmente en matemática, para no decir en general, porque no lo sé, lo hacemos a la inversa: primero les damos soluciones, como una teoría, y luego decimos en qué casos se aplica. Lo que querrían los chicos es jugar un videojuego, o con un robot, o cifrando un mensaje, cosas que tienen que ver con sus preocupaciones diarias, cosas que les pasan. La matemática tiene una rama que se llama Teoría de Juegos y lo ignoramos. Yo me enteré de que existía en la universidad, ya era más que un adolescente. Eso está mal. Además, lo que pasa en la escuela deja una huella inmensa en nuestras vidas.

Les voy a contar otras dos historias. La primera es importante para que me sigan en este recorrido. Yo daba clases en la Universidad de Buenos Aires, en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales –síganme con los cálculos– las clases tenían 800 alumnos promedio por cuatrimestre. En un año son 1600. En 30 años (fueron más, pero digamos 30), si lo multiplicamos por 1600 obtenemos 48.000 alumnos. Asumamos que exagero, en realidad eran 1500, en 30 años tuve 45.000. Lo he visto todo. Vi personas que llegaron pensando que eran estrellas y después no podían progresar. Y había otros que eran muy tímidos, pero eran brillantes. La sociedad está siempre buscando a los ganadores, y eso se asocia a la matemática. Aquel que lo consigue, es distinto. La sociedad siempre intenta premiar al tipo que llega primero, salta más alto, corre más rápido, ¿y qué pasa con el segundo, o el quinto, o el décimo tercero? Toda la población, salvo unas pocas excepciones: los dejamos atrás. En las instituciones, cuando introducimos a la matemática por las puertas correctas, hay palabras que no deberían estar incluidas. Nunca “no”, siempre “sí”. No hay lugar para el fracaso. Los chicos no pueden fracasar. No hay lugar para la palabra o el concepto de fracaso. ¿Qué quieren decir con fracaso? Estoy intentando: aliéntenme, ayúdenme, entrénenme, enséñenme, muéstrenme dónde están mis preguntas. En las escuelas deberíamos enseñar que la matemática está construida con patrones, con estructuras, con acertijos. Eso es lo que deberíamos enseñar, que es como un mar de información y tenemos las herramientas para discriminarla, que algunas de las cosas que no logramos ver son como neblinosas y de repente se muestran ante nuestros ojos. Aparece como algo diferente, algo nuevo. Pero tenemos que jugar, jugar con ellos, mostrarles que no sabemos.

Yo sé que este sistema funciona, lo practico regularmente en el programa de TV Alterados por Pi. Los chicos se comprometen y no porque yo sea una persona muy especial. Lo que tenemos que hacer es simplemente mostrarles en dónde está la puerta correcta. Hay un par de historias sobre esto. Nosotros vamos en una camioneta, somos como una banda de rock, un grupo de personas que van y montan un set de televisión. Algunos chicos tienen 16 o 17 años, pero otros tienen 6, 7, 8, 10 años. De pronto llego a una de estas escuelas primarias, abro la puerta y veo una multitud de chicos. Se me vienen encima como si fueran moscas y yo miel. Se juntan todos a mi alrededor y me tiran de las mangas de la camisa. Uno me pregunta: “¿Cuánto es 1000 por 1000?”, y otro: “¿Hay algún número más grande que el infinito?”. La tercera simplemente me mira y dice: “¿Alguna vez cometiste un error?”. Nunca me voy a olvidar de eso. No fue que los padres le dijeron, tampoco estaba fascinada por alguien que ve en la televisión, realmente le importaba, quería saber si alguna vez cometo un error porque hay una especie de aura que se nos adjudica, y eso es lo que tenemos que romper. Tenemos que empezar por decir: “No sé”.

Fui a una clase y estaban aprendiendo las tablas de multiplicar, que me hacen sufrir, y uno de ellos me preguntó: “¿Vos sabés la tabla del 15?”. Le contesté: “No. No la sé. Saquémosla juntos”, y fue tan divertido cuando se dieron cuenta de que tenían las herramientas para ir a sus casas y decirles a sus padres que habían aprendido la tabla del 15. Como saben, el conocimiento es poder. Cuando sintieron que entendían cuál era el concepto, fue grandioso para ellos. Ellos se querían sacar fotos conmigo, pero yo me quería sacar fotos con ellos porque había crecido y era una mejor persona después de haber hablado con esos chicos.

Segunda historia: como les dije, solía dar clase a 800 alumnos a la vez. Esto fue lo que pasó: era el primer día de Cálculos, el final de la primera clase universitaria de estos chicos, imagínense que tendrían 19, 20 años, aproximadamente. Estaban sentados alrededor mío, era su primer día en la universidad y tenían un profesor que era una especie de celebridad (no quiero sonar arrogante, es sólo un hecho, me ven en la tele, no soy una celebridad, soy sólo una persona), y como en esa Facultad de la UBA se puede estudiar Matemática, Física, Química, Biología, Geología, Computación, les pregunté a cada uno qué carrera iban a seguir. Me fueron contestando hasta que uno de los chicos me respondió: “Yo voy a estudiar Matemática y Computación”. Me sorprendió, era interesante que se propusiera hacer dos carreras. Entonces reformulé y les pregunté cómo se les había ocurrido, por qué habían empezado esa carrera. Respondieron y cuando le llegó el turno a este chico, me contestó: “Porque cuando estaba en la escuela secundaria vi en la tele a una persona que probó que es imposible dividir por cero”. Lo miré y le pregunté: “¿Qué dijiste?”. Estaba asustado, no entendía si había dicho algo malo, y repitió: “Cuando estaba en el secundario vi en la tele a alguien que explicó que no se puede dividir por cero”. Esto pasó en 1996. Siete años antes yo tenía una columna en un noticiero y demostré que no se podía dividir por cero. En un noticiero, en horario central. Entonces le pregunté su nombre. Me dijo “Cristian”. “Cristian, necesito que vengas a mi casa”... El no quería. Le dije: “Te llevo en el auto, te muestro algo, y después te traigo de vuelta”. Tampoco vivía demasiado lejos. Tengo la suerte de tener todo el material de mi trabajo en televisión grabado; desde que aparecieron los VCR y los VHS que ya no existen, grabé todo y lo tengo archivado. Entonces fui a mi casa con él, agarré ese VHS y se lo puse. El no estaba seguro, pero déjenme preguntarles a ustedes: ¿cuántas personas prueban en un noticiero de horario central que no se puede dividir por cero? Tenía que ser yo. Bueno, miren el impacto que tenemos en los chicos. Miren el efecto en esa otra chiquita que me preguntó si alguna vez cometí un error. Tenemos que tener mucho, mucho cuidado con lo que hacemos, porque ese tipo de huella o como quieran llamarlo va a permanecer por mucho tiempo. Y esa es la percepción contra la que es muy difícil luchar. Es por eso que cuando la gente dice que odia la matemática parece una batalla perdida. Yo me rehúso a rendirme. Hay muchos matemáticos presentes, cuando vemos que alguien está haciendo algo mal, deberíamos decírselo.

En Nueva York vi una campaña contra el terrorismo que decía: “Si ven algo, digan algo”, refiriéndose a que si ven algún paquete sospechoso, digan algo. Yo tomaría esa oración y diría: si cualquiera de ustedes que tenga algún tipo de acceso a la escuela ve algo que está mal, dígalo. Necesitamos involucrarnos más, porque de lo contrario estamos diagnosticando algo que ya sabemos de antemano. Hasta ahora hemos fallado, y eso que no teníamos competidores. Cuando yo me crié, la fuente principal de información estaba en el hogar y en la escuela. Hoy, con Internet, las redes sociales y demás, la escuela es sólo una fuente más de información. Sin duda una muy importante, porque es en la escuela donde nos damos cuenta de que no somos el rey ni la reina de la casa. Tenemos amigos, compañeros, tenemos que aprender a lidiar con la frustración, no siempre nos toca a nosotros primero, nunca más somos los reyes ni las reinas de la casa. Además ahí aprendemos estructura, algún tipo de disciplina, nos educamos, es muy importante. Por favor, no interpreten que me opongo a la escuela, pero tenemos que adaptarnos. En los viejos tiempos la gente se deslumbraba cuando alguien reunía todo el conocimiento del mundo. Ahora, si no sabemos algo, lo googleamos. Ni siquiera tenemos que ir a casa, se puede googlear desde un teléfono o un reloj. Lo que tenemos que estimular es la creatividad, olvídense de los “no”, están equivocados, esas marcas rojas, esos “no”, “mal”, “reprobado”, “cero”. ¿Qué? ¿Por qué? ¿Quién sos vos para decirme que reprobé? ¿En qué?

Hay una distribución muy injusta de la riqueza en el mundo, pero no sólo de la riqueza económica, también la intelectual está muy injustamente distribuida. Necesitamos compartir el conocimiento: si saben algo, compártanlo. Si otro no lo sabe, no se rían de él o ella, ayúdenlo, se van a estar ayudando a ustedes mismos. Veo gente que acusa o culpa a los profesores y maestros por la manera en que enseña y comunica la matemática. Lo aceptamos, pero decimos entonces quién va a enseñarla, deberíamos entrenar a un grupo nuevo de profesores y maestros. Nosotros nacimos en una era analógica y ahora vivimos en una digital, así que nos tenemos que adaptar. Vamos a un maestro que enseñó de determinada manera durante 30 años y le decimos que eso no funciona más, que ahora hace falta que incorpore computadoras, notebooks, iPads, y se quedan como diciendo: “¿Qué? No sé cómo usarlas”. Se asustan, se paralizan ellos también. No podemos decirle a una generación entera de chicos: “Esperen cinco años hasta que entrenemos, instruyamos y enseñemos a los maestros y a los profesores”, no tenemos tiempo para eso. Entonces ¿cómo resolvemos el problema? Con lo que yo llamo educación horizontal. En vez de una relación vertical, donde los maestros están arriba y los alumnos abajo –el mismo sistema de yo soy el que sabe y ustedes son los que no–, establezcan una relación horizontal. Aprendemos juntos. Hay que tragarse el orgullo, como un padre que aprende con los hijos, cosa que he visto. Si hay alguien que sabe algo, que simplemente venga y comparta lo que sabe. Eso es lo que necesitamos.

Yo escribí mi tesis entre 1978 y 1979. Nuestro director de tesis (acá hay gente que también fue alumna de él, desgraciadamente murió muy joven, a los 45 años) era uno de los mejores matemáticos del mundo en su especialidad, estaba especializado en Múltiples Variables Complejas, su nombre era Miguel Herrera. El había escrito un libro que era perfecto, había puesto todo ahí, y venía todos los días a las 8 de la mañana a donde yo estudiaba con mi amigo y compañero de tesis Néstor Bucari y nos tocaba la puerta para ver cuál había sido el progreso del día anterior. Un día estábamos trabajando con Néstor y había algo que no entendíamos bien: si era lo que nos parecía, eso significaba que habíamos descubierto algo muy importante. Así que le dije: “Tiene que haber algo mal acá”. Entonces a la mañana siguiente estábamos esperándolo ansiosos y cuando llegó le dijimos “Miguel, encontramos algo muy importante”. Nos preguntó qué era, y cuando se lo mostré nos dijo “No, está mal”. Entonces lo revisamos. Le pregunté qué era lo que había escrito al respecto en su libro, me dijo: tal cosa. Pero nosotros no podíamos llegar a esa conclusión. Así que dijo: “Entonces debe ser esto otro”, y Néstor le dijo: “No, tampoco”. Lo volvió a revisar dos veces, tres veces, cuatro veces. Finalmente se detuvo, se sentó y nos dijo: “¿Saben qué, chicos? No sé qué fue lo que escribí. No entiendo”. El libro estaba bien, pero no podía entender lo que él había escrito. Eso fue una lección para nosotros: este tipo que estaba tan alto para no- sotros, a quien respetábamos tanto y que era tan buen matemático podía decir enfrente de sus alumnos: “No sé”.

¿Qué problema tenemos con decir que no sabemos? ¿Cuántas veces vemos en la sociedad, en general, que las personas tienen miedo de decir que no entienden lo que les están diciendo? Díganlo. Díganlo de vuelta. No se avergüencen, no importa, uno no es peor persona si no entiende algo. Hay que decirlo. Quizá pienso que entendí algo y no lo entendí.

Antes de terminar me gustaría decir un par de cosas más. La educación tiene que ser pública y de libre acceso para todos. Hay una brecha gigante entre aquellos que tienen prácticamente todo lo que necesitan, como yo, y aquellos que no. Eso es un problema. Para acortar esa brecha hay que extender la educación, pero para lograrlo necesitamos que la educación no sea privada sino pública y libre. Voy a sonar como un político, pero los Estados tienen que hacerse cargo y darse cuenta de que la educación es un derecho humano. Eso depende de no- sotros, es nuestra responsabilidad. En matemática tenemos las herramientas y lo vamos a cambiar. Esto va a cambiar. Espero verlo; pero si no lo veo, sé que plantamos la semilla, y eso es lo que importa. Muchas gracias.

(*) Extractado de la conferencia ante la Unión Matemática Internacional, reunida la semana pasada en Corea, en ocasión de su designación como Mejor divulgador matemático del mundo. Traducción: Florencia Parodi.

© Escrito por Adrian Paenza (*) el Sábado 23/08/2014 y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de la Ciudad de Buenos Aires.



Los opositores no quieren riesgos… De Alguna Manera...


Los opositores no quieren riesgos…

Todos en contra. Sergio Massa, Mauricio Macri, Ernesto Sanz, Elisa Carrió, Hermes Binner y Pino Solanas.

Análisis sobre el rechazo al proyecto oficial del pago soberano de la deuda externa. Con matices, la mayoría de la oposición adelantó que no acompañará la iniciativa oficial para pagar la deuda en la Argentina. Página/12 consultó a politólogos para entender las causas y consecuencias de la actitud en contra del gobierno nacional.

El envío del proyecto de pago soberano de la deuda anunciado por el gobierno nacional obligará a los principales referentes políticos de la oposición a poner el cuerpo en el debate sobre el conflicto con los fondos buitre. A diferencia de lo que venía sucediendo, el traslado del tema al Congreso implica un cambio en las responsabilidades políticas de cada espacio, por encima de las declaraciones públicas que se produjeron hasta el momento. En este contexto, Página/12 consultó a politólogos y analistas políticos para entender las causas y las consecuencias de la actitud opositora, que si bien mostró matices, en su mayoría anticipó un rechazo a la iniciativa. “Esto es como un castillo de naipes. Se van sacando cartas y nadie quiere ser partícipe de las consecuencias de un posible derrumbe”, explicó Marcelo Leiras, director de las carreras de Ciencia Política y de Relaciones Internacionales de la Universidad de San Andrés.

Al anunciar el envío de la iniciativa al Congreso, la presidenta Cristina Fernández hizo especial hincapié en la voluntad del oficialismo de aceptar modificaciones y alternativas: “Estamos siempre abiertos a las propuestas y somos todo oídos a quienes tengan una solución mejor. El proyecto está en el Parlamento y cualquier ciudadano puede ir a exponer y aportar ideas”, aseguró CFK. Sin embargo, y a pesar de los constantes reclamos por la “falta de diálogo” del kirchnerismo, el grueso de la oposición no recogió el guante sino que, en algunos casos, denunció la intención de “socializar” la responsabilidad en un conflicto mal manejado. 

Esta actitud opositora contrastó con el viaje que realizaron hace unos meses a Estados Unidos acompañando al Frente para la Victoria antes de que se conociera el fallo de la Corte Suprema norteamericana. De esa visita a Nueva York habían participado legisladores de todas las bancadas políticas, con excepción de la Coalición Cívica.

Tras el reciente anuncio, el primero en salir a cuestionar al gobierno fue el PRO de Mauricio Macri: “No vamos a aplaudir el default como lo hicieron muchos en 2002. Por eso, el bloque de legisladores del PRO va a votar en contra de este proyecto”, dijo el jefe de Gobierno porteño. Luego le siguió el líder del Frente Renovador, Sergio Massa: “No vamos a acompañar el camino elegido, es equivocado y peligroso”, sostuvo Massa, que para diferenciarse del líder del PRO anticipó que presentarán una propuesta alternativa. Los radicales también cuestionaron al Gobierno y rechazaron el proyecto que propone un canje voluntario de los bonos bajo ley norteamericana por otros bajo ley argentina y también reemplazar el pago a través del Banco de Nueva York por Nación Fideicomisos. 

Para diferenciarse de todos, la líder de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, anunció su abstención y aclaró que en el caso, muy poco probable, de empate, votaría en contra. El socialista Hermes Binner no quiso anticipar la posición de su partido aunque calificó de “innecesario” el proyecto, igual que la UCR. Además, el ex gobernador santafesino reconoció que en el Frente Amplio Unen analizaron la posición a seguir con cierto temor a quedar asociados a los intereses de los capitales especulativos. El único opositor que se pronunció a favor fue Humberto Tumini, de Libres del Sur, quien si bien le pegó al Gobierno, les pidió a sus socios del FA-Unen diferenciarse de la postura macrista.

En este contexto, Ernesto Calvo, profesor de la Universidad de Maryland, consideró que la oposición “está utilizando su sentido común”. “Si se alinea con el Gobierno, no capitaliza la confrontación con Griesa y corre el riesgo de pagar el precio después de enero, cuando el frente internacional se abra a distintas resoluciones. No importa si es por convicción o por oportunismo, la respuesta de la oposición no puede ser otra que denunciar a los buitres y al Gobierno”, afirmó Calvo, en línea también con el planteo de Leiras. La referencia al mes de enero se debe al vencimiento de la cláusula RUFO, la que establece que la Argentina debe equipararles a los bonistas que ingresaron a los canjes de 2005 y 2010 cualquier oferta superior a la que se les hizo a ellos. En el escenario actual, a partir de esa fecha podría producirse una negociación con mayor libertad con los holdouts.

Por otro lado, Calvo sostuvo que la oposición no pagaría un costo por oponerse a la medida, aun cuando el oficialismo lo venga cuestionando por tener una “actitud mezquina”. “No tiene mayoría en el Congreso, no maneja el Ministerio de Economía, no tiene vínculo con Griesa y no tiene control sobre ninguna política del Gobierno. Se puede sentar, criticar a Griesa y al Gobierno, decir que lo hubieran hecho bien y esperar que le llegue el turno para probarlo”, remató el investigador, casi describiendo la conferencia de Massa en el teatro Picadilly cuando luego de cuestionar la iniciativa kirchnerista afirmó: “Este conflicto tiene solución. Si no nos escuchan, en 476 días (los que faltaban para el fin del mandato de CFK) lo vamos a resolver nosotros”.

Por su parte, Leiras diferenció al radicalismo, ya que al tratarse del principal partido de oposición en el Congreso, actúa con una “responsabilidad institucional” y evita correr riesgos en un escenario que se asoma incierto. Según el politólogo, a diferencia de otros casos como la estatización de YPF, que la UCR acompañó con su voto, la ley de pago soberano no tiene un abanico de consecuencias claras que permita aventurar los distintos escenarios que se desencadenarían con su aprobación. Por eso tampoco es negocio para los opositores acompañar al Gobierno.

Nicolás Tereschuk, politólogo y uno de los editores del blog Artepolítica, hace hincapié en la “fragmentación” del espectro opositor, en contraposición con la “homogeneidad” del oficialismo y sus precandidatos presidenciales. “Cuando se habla de la crisis de los partidos políticos y la destrucción del sistema de partidos a partir de 2001, habría que pensar si el FpV –con todas sus flaquezas institucionales– no termina posicionándose como ‘un partido como los de antes’ donde hay diferencias sobre distintos temas entre los candidatos pero no sobre un conjunto de temas centrales, una ‘plataforma’”, analizó Tereschuk.

El politólogo agregó que al igual que en otros sistemas presidencialistas sudamericanos, con bajo nivel de institucionalización, el choque no se da entre partidos (oficialismo-oposición) sino directamente entre el presidente y la oposición. “El presidente suele estar en el centro y la oposición reacciona. En este caso se da lo mismo”, completa. Por otro lado, incorpora otro elemento para entender la actitud de la oposición: “Los candidatos no actúan en el vacío. Hay sectores que los apoyan. Si firman documentos con el Foro de Convergencia Empresarial (la Rural, UIA, AEA, IDEA, etc.) tienen vínculo con sectores a los que este tipo de planteos de Cristina les parecen negativos, no van a salir tampoco a apoyar la iniciativa”, concluyó.

© Escrito por Sebastián Abrevaya el Sábado 23/08/2014 y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de la Ciudad de Buenos Aires.


¿Economía o política?... De Alguna Manera...


¿Economía o política?

Axel Marca ACME Kicillof. Dibujo: Pablo Temes

Las decisiones oficiales buscan calmar los mercados, pero no generan tranquilidad. La coyuntura atravesada por lo electoral.

Mientras el paso de los días empuja el proceso electoral hacia el camino de su inevitable culminación y lo instala poco a poco en la agenda de la gente, los acontecimientos abren más incertidumbres en el plano de la economía. La lógica venía diciendo que el Gobierno tendería a despejar esas incertidumbres generando previsibilidad y confianza, para poder operar con mayor capacidad de iniciativa y control de la situación en el plano electoral. No es lo que está sucediendo, no al menos desde la comprensión del saber convencional en temas de política y economía.

Ocurre que entre el reducido número de personas que ocupan posiciones dirigentes en la política o en los negocios y en las franjas de personas informadas –“los que leen los diarios”– se habla bastante de economía, pero en verdad se vive de la política, mientras la inmensa mayoría de la gente –que no pretende estar muy informada y no invierte para estarlo– habla bastante de política pero realmente vive de la economía. Esas son las dos culturas políticas que conviven entre sí y generan los procesos políticos: la cultura “mundana”, la de la cotidianeidad, y la cultura “académica”, la de los que hacen política y toman decisiones. El tema de la deuda externa lo ilustra: la prensa gráfica le dedica cantidades de páginas diarias; la mayoría de la gente no habla mucho de eso ni se interesa demasiado, pero las consecuencias las sufrirán todos.

Es así: este default que no es default –o todo lo contrario– genera un cimbronazo en la economía del país. El cimbronazo se atenúa un poco porque todavía se sostiene una cierta sensación de que es posible que el Gobierno alcance algún tipo de arreglo. Y además porque las señales de la economía no son inequívocamente catastróficas. Hay en el mundo quienes observan a la Argentina desde una mirada más atenta a las tendencias de fondo que a lo anecdótico: la coyuntura argentina no es brillante, pero precisamente puede ser un buen momento para comprar activos argentinos; en un mundo con fuerte oferta de cereales y de hidrocarburos, los precios pueden bajar circunstancialmente, pero por abundante que sea la oferta, la demanda crece imparable, y la Argentina está del lado afortunado de esa ecuación. 

Además, el agro no baja las manos, se ve vigor en esa industria. El sector de los hidrocarburos se muestra también dinámico. Por eso, y a pesar de todo lo que hacemos los argentinos para que nadie confíe en nuestro país –ni nosotros mismos–, siempre parece haber algunas razones para confiar en la Argentina.

El Gobierno trata de manejar la economía haciendo política. La Presidenta y el ministro de Economía, habituados a un permanente vaivén entre sorprender con medidas y anuncios que inquietan a los mercados y medidas que tienden a satisfacerlos, no generan tranquilidad. Pero parecen creer que la incertidumbre y el clima épico con el que tratan de revestirla son un suficiente sustituto de la tranquilidad. El saber convencional va en la línea de aquel famoso dictum “it’s the economy, stupid”; el saber de muchos oficialistas va en la línea de “esto es política, estúpido”.

Ese es el meollo de un debate nunca zanjado. El Gobierno, desde los tiempos de Néstor Kirchner hasta hoy, desde Guillermo Moreno hasta Kicillof, confía en controlar la economía mediante regulaciones e intervenciones –otros gobiernos anteriores también iban en esa dirección–; el saber convencional cree en la confianza y, en última instancia, en “el mercado”, como lo expresó esta semana el senador Pichetto cuando reivindicó su “mirada de un capitalismo de mercado más abierto”, explicitando una divisoria que cala dentro y fuera del oficialismo. El debate no zanjado llega hasta las explicaciones de los éxitos y los fracasos del Gobierno. Cuando le va bien, la interpretación gubernamental recae en sus capacidades políticas y discursivas; sin embargo, las evidencias estadísticas son contundentes: le va bien cuando la economía anda bien. Y al revés. Hay equívocos parecidos en los espacios opositores; algunos dirigentes no terminan de entender por qué hay gente que vota, o que deja de votar, a los candidatos del Gobierno.

Lo cierto es que la estrategia electoral del oficialismo tampoco es clara. La percepción generalizada en la sociedad es que Daniel Scioli es quien tiene más chances de representar la oferta electoral oficialista el año que viene, y el que se muestra más competitivo; pero no hay ninguna percepción generalizada acerca de si esto es lo que el Gobierno busca, lo que eventualmente acepta por carecer de mejores alternativas, o algo que tratará de evitar. No está claro si la estrategia electoral del oficialismo es jugar con varias cartas o bien dejar que el juego se desarrolle con final abierto, o directamente apostar al triunfo de alguna opción opositora imaginando entonces cuatro años del próximo mandato plagados de conflictividad política y pensando más en 2019 que en 2015.

Más allá de lo que se piense en sectores del Gobierno, para el saber convencional algo es seguro: si la economía no se reactiva, el resultado electoral no puede ser muy bueno para el Gobierno. Los índices de inflación de Moreno no produjeron votos; la inflación real que la gente palpaba todos los días se los tragó. Parece una ley de hierro. Si los precios siguen subiendo, si las oportunidades laborales van mermando, si el nivel de actividad declina, los votos no fluirán fácilmente.

Por eso, la situación electoral actual desafía los esquemas ideológicos y los supuestos simplistas. El candidato oficialista más fuerte, Daniel Scioli, es el más fuerte porque gran parte del electorado lo ve como el menos oficialista de los oficialistas. Del mismo modo, los candidatos opositores más fuertes –Sergio Massa y Mauricio Macri– lo son porque el electorado los ve como los menos opositores. Curiosa situación en la que la oferta política se dispersa entre opciones extremas cuando los votantes demandan convergencia y equilibrio.

© Escrito por Manuel Mora y Araujo el Sábado 23/08/2014 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.


Veinte Años Después… La contrarreforma K… De Alguna Manera...


Veinte Años Después… La contrarreforma K…

Palos para todos... y todas, Cristina Fernández. Foto: Dibujo: Pablo Temes

Cristina dilapidó el capital simbólico de la Constitución del ’94 y reabrió heridas.

Cristina es una experta en construir poder apelando al temor y los latigazos. Disciplina a la tropa con la fusta, como hacen los señores feudales en sus inmensas posesiones. Esa es la mayor herencia que le dejó Néstor, además de las millonarias e inexplicables cuentas bancarias. Es asombrosa la falta de estómago y escrúpulos que ambos evidenciaron a la hora de conducir. Llevaron al éxtasis aquello de que “al enemigo ni justicia”. Pero lo que casi no tiene antecedentes es la ferocidad implacable que tiene a la hora de castigar a los propios, a los que se diferencian con cualquier excusa y pasan a la categoría de traidores.

Ese ADN se formó con el aporte de tres vertientes:

1) La formación setentista, con un desprecio hacia la democracia formal, partidocrática, liberal o burguesa, como se decía entonces.

2) Esa actitud de patrones de estancia desarrollada en Santa Cruz, apoyada en su poder económico y en su actividad de abogados buitres para quedarse con muchas propiedades de deudores hipotecarios que no pudieron cumplir con sus compromisos.

3) Las características personales de poca generosidad y afecto hacia los demás que, sobre todo Ella, pagaron con la ausencia casi total de amigos.

Ese camino la llevó a dinamitar varios de los aportes más trascendentes que hizo la nueva Constitución Nacional, que mañana cumple veinte años. Identificar esos aspectos nos puede ordenar este balance político semanal.

Los convencionales constituyentes del ’94 construyeron un producto único por su nivel de consenso y la mirada hacia las próximas generaciones, lejos del chiquitaje del poroteo electoral. Forjaron lo más parecido a esa “unidad nacional”  tan proclamada desde la retórica. Tuvo la impronta de uno de los hombres más sabios que exhibió este tiempo: Carlos Nino. Representantes del peronismo, el radicalismo, el socialismo, el conservadurismo y hasta los extremos parlamentarios del comunismo y el carapintadismo llegaron a un texto que votaron por unanimidad, salvo la experiencia singular del venerable obispo Jaime de Nevares, que renunció al amanecer las deliberaciones. Podría decirse que aquella iniciativa de Raúl Alfonsín, que se concretó bajo el gobierno de Carlos Menem, fue una especie de Nunca más constitucional, una lápida definitiva que se le puso al terrorismo de Estado (junto al Juicio a las Juntas y la Conadep) y el momento de mayor acercamiento y consenso del multicolor abanico democrático.

La fractura social expuesta entre peronismo y antiperonismo que tanto odio y daño produjo se fue cerrando en etapas:

1) Con el abrazo Perón- Balbín y el legendario discurso “de este viejo adversario” que despidió “a un amigo”.

2) Con Antonio Cafiero en el balcón de la Casa Rosada, pero defendiendo a un presidente radical, Alfonsín, frente a la sublevación subversiva de Aldo Rico y sus comandos.

3) Con ese texto de la nueva Constitución que Carlos Menem y Alfonsín sellaron con un apretón de manos y con un Pacto de Olivos y una reelección que nublaron mediáticamente el paso gigantesco que se había refrendado en el Palacio Urquiza en Entre Ríos.

El matrimonio Kirchner será responsable ante la historia de haber reabierto aquella vieja herida, que tiene una profundidad mayor que la de los años 50 y que hoy se expresa, entre otras cosas, en la soledad parlamentaria y el aislamiento político con los que Cristina va a hacer votar la ley que sus defensores llaman “de pago soberano”. Ni un solo dirigente opositor representativo compró esta vez esa manzana envenenada que alguno había adquirido en otra ocasión. Es que la Presidenta abusó del recurso de vestir de gesta heroica y emancipadora cada macana irresponsable que salió de su gobierno.

Pero Cristina no sólo dilapidó el principal capital simbólico de esta joven Constitución de veinte años. También ignoró y malversó otros capítulos de la Carta Magna. La jefatura de Gabinete en manos de Jorge Capitanich llegó a ser una caricatura de lo que habían previsto los constituyentes. Es una suerte de vocero desmesurado de las desmesuras de Cristina, en lugar de cumplir con su rol de articulador del tráfico de sugerencias e ideas entre el Congreso y el Poder Ejecutivo.

El Consejo de la Magistratura, los organismos de control y hasta la Justicia misma sufrieron los embates del oficialismo, que nunca abandonó la idea de colonizarlos y domesticarlos pese a las derrotas que sufrió en ese intento.

El centralismo extorsivo reemplazó al proclamado fortalecimiento del régimen federal. Las provincias hoy reciben las migajas del 24%, mientras que el Estado nacional se lleva la parte del león del 76%; pero, además, esa distribución es absolutamente discrecional y arbitraria. Por eso, muchas veces se vio a gobernadores o intendentes arrodillados ante el altar de Cristina. Sin que se le caiga la cara de vergüenza, Miguel Angel Pichetto dio como normal y legítima esta actitud perversa: cuando Alberto Weretilneck –el gobernador de Río Negro, su provincia– anunció su pase al massismo, lo criticó duramente. Pero no fue por su falta de lealtad o de convicciones, sino porque ahora la provincia se iba a ver perjudicada y Cristina no le iba a mandar un peso para atender todas las deudas que tiene. Estaba cometiendo sincericidio: “Por la plata baila el mono”.

La Ley de Coparticipación que ordenaba la Constitución hace veinte años ni siquiera se pudo discutir. Y hace 11 que gobiernan los Kirchner. Fue muy lúcido Martín Dinatale en La Nación cuando reveló que Cristina Fernández como convencional, en el recinto, se preguntó, montada en sana rebeldía: “¿Cómo no va a haber provincias inviables si nos federalizan los gastos y nos centralizan los recursos?”. ¿Qué diría esta presidenta de aquella joven convencional levantisca y justiciera? ¿Qué piensa de las provincias petroleras que reclaman lo que les corresponde? La respuesta hasta ahora ha sido ningunearlos primero y perseguirlos después. Más allá de que sea cierto que el gobernador Martín Buzzi tiene un millón de dólares flojo de papeles, lo cierto es que la AFIP recién se movió ahora por orden de una presidenta que acostumbra utilizar estos mecanismos de apriete.

Ese mismo doble discurso, esa idéntica malversación de las promesas de un país serio parecido a Alemania por un país en joda similar a Venezuela se repite en muchos de los aportes constitucionales más valiosos. Es lo que hay.

© Escrito por Alfredo Leuco el Sábado 23/08/2014 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.