viernes, 9 de noviembre de 2012

8N, contra el relato, De Alguna Manera...


Contra el relato...

8N. El jueves, frente al Obelisco, miles de banderas argentinas reclaman inclusión emocional y pertenencia al pueblo para todos aquellos que no son kirchneristas.

“¿Y usted por qué está acá?”, preguntaba sin cesar la periodista Cynthia García, del programa 6, 7, 8, a cada uno de los manifestantes del 8N que alcanzaba con su micrófono. Un intento de explicación racional por parte de la TV Pública tan loable como infructuoso, porque no hay palabras que resuman los sentimientos. Sería igualmente inasible preguntarles a los manifestantes de un acto peronista por qué están allí y qué medidas concretas apoyan. Todas las respuestas serían parciales, incompletas. Pero esa imposibilidad de sintetizar en palabras no quita mérito –es más, se lo amplía– a la corriente de afecto que los convoca. Wittgenstein, el gran filósofo del lenguaje, sostuvo que lo más valioso de su Tractatus era lo que no se podía explicar con palabras, pero igualmente emergía de su libro.

El malestar y el bienestar son subjetivos y tienen causales inconscientes, como todo saber no sabido. Lo que no impide al malestar y el bienestar existir objetivamente.

Para leer bien el mensaje que dejaron los manifestantes del 8N hace falta trascender la relación figurativa entre el lenguaje y el mundo. Hay que apelar a la hermenéutica –ese arte de interpretar y traducir– más que a la epistemología, con sus requisitos de razón. Es extraño que justo el kirchnerismo, que es tan afecto al mito para sí mismo, quiera aplicarles a los otros sólo lógica. La ideología siempre se pareció más a la religión que a la ciencia.

Con sentido crítico, la multitud del 8N repitió en sus individuos palabras como “inseguridad”, “cepo”, “Moreno”, “re-reelección” y hasta “fragata Libertad”. Pero la suma de esas palabras no explica la emoción que los movilizaba. Freud, en El malestar en la cultura, escribió que “un sentimiento sólo puede ser fuente de energía si a su vez es expresión de una necesidad imperiosa”.

Más allá de todas sus diferencias (Multitud abstracta se tituló la columna de Horacio González en Página/12 tras el 8N), los aglutinó una necesidad imperiosa que es existencial: sienten que el relato les quita la condición de pueblo y reclaman para sí también esa pertenencia.

El relato oficial estigmatiza a todos aquellos que no son kirchneristas, quienes pasan a ser ignorantes o garcas. Gente que no comprende porque está alienada por los medios o egoístas que se niegan a compartir sus privilegios. Si el amor engendra amor, el desprecio y –peor aun– el asco también cosechan su siembra.

El relato tiene un gran defecto. Al pretender exculpar al pueblo de nuestra decadencia, precisa crear un antipueblo dentro de la propia población condenando a una parte importante de la sociedad a un exilio interno, como si se le quitara su ciudadanía. La que pretende recobrar en actos como el 8N con sintomáticas apelaciones a la bandera y al estribillo de “si éste no es el pueblo, el pueblo dónde está”.

Hay una angustia con objeto; por ejemplo, el temor a que otro colapso económico vuelva a empobrecerlos o a padecer un hecho de inseguridad. Pero hay una angustia sin objeto que es aun más dolorosa, y que en este caso es la del efecto canónico del relato, que estupidiza o maligniza a quien no lo comparte.

Para el relato hay un afuera que se robó la prosperidad argentina y necesariamente unos colaboracionistas internos que son traidores a la patria. ¿Qué ciudadano puede resignarse tanto tiempo a una condición tan penosa?

Para Hegel, la necesidad más básica era la del reconocimiento, algo que no precisarían los animales, la que nos hace humanos y dependientes de la consideración de los otros. Eso reclamó el 8N.

Para leerlo bien, el Gobierno tendría que superar su habitual análisis materialista. Molesta tanto la mentira del Indec como la inflación. La soberbia, el autoritarismo, el goce y el maltrato generan tanta aversión como los errores concretos que pretenden ocultar detrás de su prepotencia.

El relato creció hasta el punto de hacerse insoportable y ocupar todos los espacios. La omnisciencia de un relato que sabe todo y explica todo crea una sensación de opresión que permite traducir qué quieren decir los manifestantes cuando hablan de dictadura. La misma movilización del 8N demuestra que no existe una dictadura política, pero existe una presión psicológica que genera esa sensación en la mente de muchos argentinos.

© Escrito por Jorge Fontevecchia y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el vienes 9 de Noviembre de 2012.



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