domingo, 14 de febrero de 2010

Julio Morresi... Un Padre... Miles de Padres... De Alguna Manera...

Un padre… Miles de Padres...


“A Norberto lo detuvieron el veintitrés de abril del ‘76 en un control policial. Iba en una camioneta, junto a otro compañero, y llevaban a la parroquia de la villa donde hacían trabajo social ejemplares de Evita Montonera, una revista que, veinte días antes, también se vendía en los kioscos. Tuvimos que esperar hasta 1989 para enterarnos de cómo lo habían matado.”

El que habla es Julio Morresi, un padre de Plaza de Mayo, uno de los quince que acompañaban a sus mujeres en las primeras rondas de los jueves alrededor de la Pirámide. “Azucena Villaflor fue la primera en darse cuenta de las mentiras con las que pretendían desviarnos de nuestra lucha,” recuerda Julio.


El apellido Morresi suena familiar para cualquiera que le guste el fútbol. Claudio Morresi, hermano menor de Norberto, brilló en Huracán, en Vélez y en aquel River del Bambino que se ganó todas las copas. “Claudio debutaba en la novena de Huracán, tenía trece años y estaba nervioso porque la noche anterior su hermano no había regresado a casa. Yo no pude ir a verlo porque con Irma, mi mujer, estábamos buscando a Norberto. Pero fue el tío y, para que Claudio jugara tranquilo, se acercó al alambrado y le dijo que Norberto ya había llamado por teléfono y estaba bien.”


“Norberto también era bueno con la pelota, un cinco muy metedor; los dos jugaron juntos en Bristol, un equipo de Parque Patricios que les ganaba a todos. Claudio debutó con nueve años y metió cuatro goles”. A Julio se le ilumina la cara con el recuerdo de sus hijos goleando en las canchitas del barrio.


Pero Norberto cambió los botines por la militancia en la UES y los entrenamientos por el trabajo social en las villas. La Argentina de los ‘70 convocaba a cambiar el mundo y desde las aulas del Rivadavia él soñaba despierto.


A Julio Morresi no le costaba entenderlo, en su casa el fútbol y la política eran temas de largas sobremesas y cada baldosa de Parque Patricios, su barrio de toda la vida, respiraba peronismo.


“Yo me siento responsable de que Norberto haya sido tan peronista. De mi mano fue a Ezeiza a recibir al General y de mi mano corrió Norberto cuando empezó la masacre. Yo peleé la interna para Cafiero y hasta voté la primera vez a Menem. A veces pienso que lo que le pasó a Norberto me tendría que haber pasado a mí, que fui el que siempre gritaba aquello de ‘la vida por Perón’, pero también estoy orgulloso de su militancia. Norberto fue generoso, honesto, y con sus cortitos diecisiete años tuvo tiempo para hacer títeres en la villa, para recibirse con las mejores notas y hasta para llevarse una materia a diciembre para que no lo cargaran por traga.”


Sí, Norberto Morresi tenía diecisiete años cuando le pegaron seis tiros en la cara.
Lo fusilaron con las manos atadas a la espalda y lo enterraron como NN junto a un compañero, Luis María Roberto, en un cementerio de General Villegas.


Papá Morresi no dejó puerta sin tocar. Se entrevistó con jefes militares, obispos, embajadores y cuanta persona pudiera interceder por la suerte de su hijo. Aún recuerda el cínico interrogatorio al que lo sometió monseñor Gracelli que, en lugar de dar, quería sacarle información sobre los compañeros de Norberto.


Recuerda, también, a una mujer que lo llamó por teléfono de parte del “Capitán García” y le dio varias citas prometiéndole la libertad del pibe. “La veía en un departamento en la calle Guayaquil, en Caballito, y con Irma hasta le regalamos unos zapatos muy finos que yo hacía en mi taller y una cartera haciendo juego. Vivíamos esperando sus llamados, para mí esa mujer era la Virgen. Un día nos dijo que Norberto, en lugar de cena, la noche anterior había pedido tres manzanas verdes. Creímos estar cerca de la verdad, porque a él le encantaban las manzanas verdes.”


Papá y mamá Morresi juntaron los ahorros de toda la vida, pidieron prestado, vendieron lo que hacía falta y le entregaron cincuenta mil dólares a la mujer que prometió la libertad de su hijo.


Dos días después, Julio se presentó con una valija en la casa de la mujer para viajar junto a Norberto a Suiza, tal como le habían prometido. Pero el departamento estaba vacío, la delegada del “Capitán García” se había mudado durante el fin de semana y Julio casi ahorca al portero de la desesperación.


El golpe hizo flaquear a Irma, que cayó en una depresión de la que sólo salía cuando veía crecer a Claudio sano, fuerte y llenando las canchas con su fútbol. Don Julio seguía persiguiendo la verdad, que le llegó en 1989 de la mano del equipo de Antropología Forense. La pista la dio una de las setenta carpetas que el Primer Cuerpo de Ejército remitió a la Justicia cuando se juzgó a las juntas. En ella se hablaba de dos cuerpos enterrados en el cementerio de General Villegas y los datos coincidían.


“Soy un privilegiado –dice papá Morresi–, pude identificar el cuerpo de mi hijo, verlo, darle sepultura. Fueron muchos años en los que caminé por las calles, creyendo que era alguno de los que pasaban a mi lado. Un día frené el auto y encaré a un linyera creyendo que era él. Porque pensábamos que en la tortura podía haber perdido la memoria y andar errante o en algún manicomio. Tampoco dejamos loquero por recorrer, entrábamos y mirábamos las caras de todos los internados buscando a los nuestros. Tuve el privilegio de enterrar a mi hijo –repite Morresi–, y de saber que casi no tuvieron tiempo de torturarlo. Lo mataron el mismo día que lo detuvieron.”


Julio tiene setenta y cuatro años, habla pausado, tiene una mirada serena y transmite dignidad en cada uno de sus gestos. Muestra orgulloso la foto de Norberto, “era risa pura, lindo y hacía suspirar a las muchachas.” No es difícil imaginarlo llevando de la mano a sus hijos, camino de la escuela, o despertándose en la madrugada para alcanzarles agua o aliviar sus pesadillas.


Julio sigue acompañando la marcha del jueves, incansable en la denuncia de los asesinos, persiguiendo justicia. Sus ojos celestes no reflejan odio, sino la tristeza infinita de tantos padres a los que el terrorismo de Estado les robó a sus hijos. No pide mano dura ni más leyes represivas, porque su experiencia de años lo hizo descreído de esas soluciones. Lo hizo inclaudicable y sabio.


Este domingo, su día, Julio hará uso de su extraño privilegio. Le llevará flores a Norberto y, mientras arregla los claveles junto a Irma y a Claudio, podrá recordar aquellos triunfos de Bristol, o las horas que pasó junto a sus hijos, practicando con qué cara del pie se le pega mejor a la pelota.


Este domingo, su día, Julio Morresi, un padre. Miles de padres.


© Escrito por Hugo Soriani en el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el Domingo 20 de junio de 2004. http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/index-2004-06-20.html .


Homenaje a Morresi

Julio Morresi será distinguido por la Legislatura porteña, que lo declarará “personalidad destacada en el campo de los derechos humanos”.

Morresi, de 89 años, es miembro de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas y junto a su esposa acompaña desde hace 33 años a las Madres de Plaza de Mayo en su ronda semanal alrededor de la Pirámide.

El mayor de sus seis hijos, Norberto, fue secuestrado por la dictadura el 23 de abril de 1976 y fusilado ese mismo día.

Su cuerpo fue identificado trece años después por el Equipo Argentino de Antropología Forense. La ceremonia de distinción a Morresi –padre del secretario de Deportes de la Nación, Claudio Morresi– se realizará hoy, a las 19, en el Salón San Martín de la Legislatura de la ciudad, por iniciativa de los legisladores Juan Cabandié y Gabriela Alegre.

© Publicado por el Diario Página/12 el martes 3 de noviembre de 2009. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-134583-2009-11-03.html


César Luis Menotti y la dictadura... Claudio Morresi... De Alguna Manera

“Es injusto asociar a Menotti con la dictadura”... Claudio Morresi.

Tras la semana en la que el equipo campeón del Mundial ‘78 tuvo su partido homenaje, el ex jugador más vinculado con la defensa de los derechos humanos explica por qué el homenaje fue incompleto en ese partido, además de revisar las vinculaciones entre el fútbol y la situación política de aquel tiempo. “Mis respetos se los lleva Ricardo Villa, que se acercó primero a Madres y después a las Abuelas" asegura.

En el espacioso departamento de Claudio Morresi hay un rincón especial atiborrado de recuerdos. Allí, en una zona de transición entre el living y la cocina, se comprimen dos fotografías de su niñez compartidas con Norberto –su hermano desaparecido–, una del Che Guevara, otra de Pablo Neruda y una más grande de las Madres de Plaza de Mayo.

Se trata de un lugar que el ex futbolista y militante de los derechos humanos muestra complacido antes de iniciar la entrevista. Después, ya sentado sobre un sillón y en un ambiente más despojado, comenzará a desgranar sus recuerdos, meditará cada una de sus respuestas sobre las secuelas que dejó la dictadura y discurrirá sobre el juego que más le gusta, al que le dedicó su vida, primero como jugador y luego como director técnico.

A los 41 años, su trayectoria infunde el respeto que sólo puede ganarse quien, en silencio y sin grandilocuencias, mantuvo la coherencia en un mundo donde pensamiento y acción a menudo no van de la mano.

–A propósito del partido homenaje a los campeones mundiales del ‘78, ¿se puede disociar la política del fútbol?

–Creo que uno intenta separar las aguas. Es decir, toda realización deportiva, todo acto cultural y más durante una dictadura, el poder trata de utilizarlos para sacar un beneficio. Todos esos hechos, entre 1976 y 1983, se desarrollaron con el apoyo, con el aporte, con la participación del Estado argentino...

–Puede ser, pero una cosa es separar al juego de la política cuando comienza a rodar la pelota, y otra muy distinta negar el contexto histórico en que se realizó el Mundial, como si se intentara una justificación a ciertas conductas.

–Yo estuve pensando en lo siguiente: dentro de cien años, cuando se escriba la historia del Mundial ‘78, quienes revisen ese período van a decir que la Selección Argentina ganó el título y, al lado de los ganadores deportivos de ese evento, aparecerá una foto de la Junta Militar. Entiendo que es algo injusto procesar las cosas así. Porque a la conquista futbolística se la vincula por una cuestión de cercanía con un dictador, con un asesino como fue Videla. Por eso hubiera servido para que los historiadores hicieran un análisis más profundo, más cierto de lo que fue ese campeonato; que con el tiempo apareciera una foto compartida por los jugadores y las víctimas. Porque en 1978, cuando ellos jugaban, muchos no sabían lo que estaba pasando. De ese modo, la historia tendría otro final y hasta hubiera sido un acto de justicia para los que disputaron ese Mundial.

–Esa fotografía no pudo conseguirse. ¿Es la que vos quisiste lograr el pasado 9 de julio cuando se jugó el partido homenaje?

–La idea que se planteó en su momento, cuando yo charlé con algunos de los muchachos de la Selección del ‘78, era que se juntaran con Abuelas de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S. y Familiares de Desaparecidos. Que dieran una mano en la búsqueda de los nietos era un motivo, pero sobre todo, que salieran en una foto con las víctimas, como réplica a aquella en la que aparecen con los asesinos.

–Pero la fotografía no pudo sacarse porque, según trascendió, algunos de los protagonistas de aquel Mundial se rehusaron a salir en ella.

–Me dio pena porque entiendo que era un momento especial para hacerla y porque había muchos jugadores que querían participar. Y tal vez, por una cuestión de tiempo, porque alguien no vio la trascendencia que podía tener esto, no se concretó.

–¿Quién pudo haberse opuesto a un acto semejante? –No sé si lo diría pero, por lo que averigüé, no hay nombres propios. Los que se mencionaron no cierran en esta historia.

–Los organizadores, al menos, dijeron que no querían politizar el homenaje.

–Si no quisieron hacer la foto y argumentaron eso, yo respondo que política se hace por acción u omisión. Y entonces, se equivocaron de caboa rabo. De esa manera hicieron política no permitiendo el encuentro entre los jugadores y las víctimas.

–¿Te molestan estas cuestiones que no aclaran, si no más bien que esfuman la solidaridad que en otras ocasiones ha demostrado el fútbol con la sociedad que lo contiene?

–Los deportistas han tenido actitudes muy dignas y de mucho compromiso con la gente. La Selección Nacional salió con las camisetas de Aerolíneas Argentinas... En 1998 firmó una nota donde se solidarizaba con la búsqueda de las Abuelas y esto habla de una toma de conciencia de los futbolistas.

–Ahora, bien, ¿se pueden colocar en un plano de igualdad a César Luis Menotti y, por dar un ejemplo, a René Houseman u otro ex integrante de la Selección que quizás no militaban como el técnico y no tenían el nivel de información suficiente?

–Yo pienso que no, pero uno siempre ha tratado de ser muy respetuoso con la gente que, pudiendo no hacer nada, hubiera quedado en el anonimato. Menotti firmó una solicitada que pedía por los desaparecidos cuando nadie más que venía del fútbol hizo lo mismo. Para que queden claros los grados de responsabilidad o de heroísmo: cualquier entrenador de fútbol o jugador que se hubiera negado a hacer algo porque existía una dictadura, hoy tendría el mayor de los respetos y sería considerado casi un héroe. Pero eso no existió. En un escalón más abajo estuvieron los que algo intentaron hacer...

–Está bien, pero una cosa es que muchos no supieran lo que ocurría y otra diferente que, aún hoy, haya quienes niegan ciertas cosas o no tengan ni siquiera la mínima vocación autocrítica. El que más se cuestionó, al menos en el documental que proyectó Telefé el 27 de junio, fue Osvaldo Ardiles. Menotti, en cambio, se envalentonó.

–Tal vez nosotros estábamos esperando otro tipo de respuesta del Flaco Menotti. Quizá porque a ciertas personas uno les pide más. Aunque en el balance general, a mí no se me da por criticarlo. Es injusto asociarlo a la dictadura porque hizo algunas cosas que merecen mi respeto. Pero no por eso voy a decir que se lleva todos mis aplausos. Diría que sí se los lleva ahora Ricardo Villa, que se acercó primero a Madres y después a Abuelas. En cambio, hubo otros muchachos que tuvieron actitudes poco felices, yo no diría cómplices.

–¿Cómo pensás que la gente del fútbol te recuerda? ¿Como un ex jugador que llegó a tener una trayectoria importante o como el militante por los derechos humanos?

–Yo siempre me sentí respetado, por sobre todo. Cumplí un sueño de chico que fue vestir la camiseta de un club en Primera. Y tuve otro que fue ponerme la camiseta celeste y blanca y lo alcancé en una Selección juvenil. En el medio de esos dos sueños, me pasó lo de mi hermano. Y estar en el ambiente del fútbol, sin duda, me sirvió también para hacer más cosas, por lo que irradia este juego. Mi pedacito en la historia deportiva ya lo hice, incluso salí campeón. Pero me gustaría que se me recuerde como un luchador más, entre tantos hombres comunes, por la memoria y la justicia de este país.


© Escrito por Gustavo Veiga y publicado en el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el Lunes, 14 de julio de 2003. 
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libero/10-937-2003-07-19.html




"Norberto Julio Morresi, desaparecido el 23-4-76, a la edad de 17 años, fué secuestrado y asesinado el mismo día de su detención, en un operativo realizado pór fuerzas conjuntas, al encontrarle con otro compañero Luis Maria Roberto ejemplares de la revista "Evita Montonera". 

Después de 13 años o sea en el año 1989, los cuerpos de los dos fueron encontrado por los Antropologos Forenses enterrados como NN, en el cementerio de Gral. Villegas, al ser exumados los cuerpos se comprobó que a Norberto lo asesinaron de 6 balazos en la cabeza disparados a corta distancia y a Luis María de varios disparos en el cuerpo también a corta distancia. 

Brindo esta información para que se sepa la realidad de lo que ocurrió en esos años de la terrible y genocida dictadura militar."
 

 

José María Pasquini Durán… Una voz que se hizo oír… De Alguna Manera...

José María Pasquini Durán… Una voz que se hizo oír…

Su carrera abarcó exactamente medio siglo, desde sus comienzos en periódicos sindicales. En el exilio y en el país, como profesor, escritor y columnista, fue siempre un maestro, alguien que ayudó a entender lo que pasaba, con rigor y honestidad. Una despedida a un amigo y un colega indispensable.

“En casi todos los medios de difusión del país existe censura previa. Un amplio arco de grupos y personas, desde las Madres de Plaza de Mayo hasta Pacho O’Donnell, pueden dar fe de ello. No es de ahora el hábito. Cuando en 1976 se instaló el Proceso en el Estado, los censores militares sólo necesitaron actuar durante dos semanas; en los años subsiguientes la mayoría de las empresas periodísticas le cuidaron la espalda, expulsando del circuito comunicacional a las voces disidentes.” La mejor forma de recordar, y homenajear, a un periodista brillante –y el Negro José María Pasquini Durán lo fue– es dejar que sus textos hablen por él. Y qué mejor, en el caso de Pasquini, que comenzar la nota del adiós con el párrafo que abrió su primera columna de opinión en Página/12, en el número uno del diario, que salió a la calle el martes 26 de mayo de 1987. Ayer, después de una larga enfermedad, el Negro Pasquini falleció, pero sus pasos cansinos y su voz potente todavía resuenan en las viejas redacciones de este diario, en el piso doce de Perú 367, y en la planta baja de Belgrano 673. Y sus enseñanzas nos acompañan a todos los que lo conocimos.


Pasquini Durán había nacido en Salta, en 1939. En 1960 comenzó a trabajar como redactor “free lance” en periódicos sindicales, entre los que se destacó el diario de la CGT de los Argentinos, la organización liderada por Raimundo Ongaro. Entre los periodistas que hicieron esa publicación memorable figuraba Rodolfo Walsh, asesinado por la dictadura militar que se instaló en el país a partir del 24 de marzo de 1976. Luego, el Negro fue prosecretario de redacción de la revista Panorama, publicada por Editorial Abril, y llegó a secretario de redacción del diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman.


En otros momentos de su carrera, dirigió y condujo programas periodísticos en la televisión y en la radio. Durante la dictadura militar 1976-1983, fue director latinoamericano de la agencia IPS, con sede en Roma. Además, cumplió actividades académicas en las universidades de La Plata y Buenos Aires, dictó conferencias y participó de seminarios en el país y en el exterior durante más de treinta años. Fue consultor de Unesco, del Sistema Económico Latinoamericano, del Pacto Andino, del Fondo de Población de Naciones Unidas, de World Association for Christian Communication y del Consejo Latinoamericano de Iglesias.


A lo largo de su vida realizó trabajos en Bolivia, Colombia, Costa Rica, Cuba, Ecuador, Guyana, Italia, México, Nicaragua, Panamá, Perú y Venezuela. También publicó libros, entre ellos Comunicación, el Tercer Mundo frente a las nuevas tecnologías, Precisiones sobre la radio en Argentina –en coautoría con Wa-shington Uranga–, Ilusiones argentinas y Transiciones. Finalizada la dictadura militar, Pasquini trabajó primero en la revista El Periodista de Buenos Aires y a partir de 1987, en Página/12.


En 1974, antes de la muerte del general Juan Domingo Perón, el Negro Pasquini tuvo un breve paso por editorial Atlántida, cuyos dueños tenían la intención de sacar una primera revista Somos, que iba a jugar en favor de la jaqueada democracia de entonces. Fallecido el General, el proyecto, del que participaba también Carlos Somigliana como jefe de la sección Cultura, quedó trunco y la revista, con el mismo nombre, recién salió después del golpe militar. Por supuesto, con otro personal y con una línea ideológica totalmente opuesta a la idea original.


En este punto es bueno volver a esa primera nota de opinión de Pasquini en Página/12, que tenía como eje la movilización de los trabajadores de Clarín que habían denunciado, ante la Justicia, la intención del diario de publicar una solicitada, con cinco mil firmas, en apoyo al general Jorge Rafael Videla. El manifiesto fue prohibido, en cinco diarios, por el juez Martín Irurzun. En el párrafo final, Pasquini dejaba sentada una advertencia: “A los fundamentalistas civiles que acusan de comunistas a los trabajadores de prensa, más les valdría anotar el siguiente hecho: nadie guarda memoria del senador Joe McCarthy, quien terminó sus días internado en un sanatorio para alcohólicos desquiciados”.


Durante 23 años, el Panorama Político o las notas de opinión de Pasquini Durán fueron leídas, apreciadas y discutidas en lugares de estudio, partidos políticos o en organizaciones sociales. Cinco meses después de la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, el Negro recordaba los sucesos de fines de 2001: “Así como la paz no es la simple ausencia de la guerra, tampoco la democracia puede ser la mera presencia de los ritos y las instituciones formales. De vez en cuando, tal vez en menos ocasiones que las necesarias, contingentes mayoritarios del pueblo intentan recuperar los auténticos contenidos y legitimidades de la relación entre las bases y las cúspides”. En junio de 2001, en una charla que dio en la ciudad de Rosario, ante estudiantes de periodismo, sostuvo que “sin duda hay un futuro” para los que abracen la profesión.


“Sin duda hay un futuro –insistió–, pero no es un futuro que está dado, sino que es un futuro a construir y por lo tanto, se hace difícil imaginarlo en las circunstancias en que vivimos (junio de 2001), en las que pareciera que no hay ninguna chance de construir nada”. Les expresó a los jóvenes que el alcance de los objetivos “depende del grado de compromiso que tengamos y del que logremos de la sociedad, con este oficio que nos compromete a todos”.


Rescató entonces la figura de Rodolfo Walsh, “de quien tenemos que ver cómo se la arreglaba para poder sobrevivir sin renunciar a sus creencias, a sus principios y a su oficio”. Recordó que Walsh “a veces se las arreglaba mejor y otras peor, es cierto, pero siempre vivió del periodismo, su oficio durante la mayor parte de su vida”. Sostuvo que “con ese mismo ingenio y con esa misma perseverancia es como tenemos que resolver las cosas. No hay otro modo de tomar ejemplos si no es así”.


Pasquini Durán, junto con su amigo Osvaldo Soriano, fue uno de los grandes hacedores de este diario. Fue el Negro el que despidió los restos del Gordo Soriano, a quien definió entonces como “un patriota que estudió en las raíces de la historia nacional los sentidos de nuestra grandeza y nuestra miseria, un patriota que pudo adivinar en la mirada de hombres y mujeres de todo el mundo un igual sentido de patria”. En las palabras que usó para despedir a Soriano, se reflejaba fiel su pensamiento y sus prioridades: “Venimos a despedir a un hombre honrado y en esta época el calificativo es casi revolucionario. Soriano era un hombre honrado”.


Lo mismo se debe decir del Negro Pasquini, un redactor de lujo, un periodista informado y lúcido hasta el final de su vida, un jefe de redacción implacable. Era también un Negro calentón, furibundo cuando se enojaba y a la vez entrañable, por esas mismas razones. Los que lo conocimos lo seguimos viendo recorrer la redacción palmo a palmo, palmeando espaldas, dando indicaciones, repartiendo sabiduría.


© Escrito por Carlos Rodríguez y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el domingo 14 de Febrero de 2010. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-140277.html

Justicia y memoria… De Alguna Manera

Justicia y memoria… Lo que tienen en común los genocidios…

El genocidio de los jemeres rojos. Esqueletos de algunas víctimas del genocidio del

régimen del Pol Pot son exhibidos al público en el centro en su memoria en Phonom Penh.


La utilización sistemática del terror, los métodos implementados, la idea criminal de una solución final: veinte jueces argentinos participaron en un seminario en el que se reflexionó sobre los paralelos entre el Holocausto y otros procesos históricos, como los crímenes cometidos en Ruanda, Sudáfrica y la Argentina.

PARIS

Poco días antes de viajar a París, el juez federal Daniel Rafecas dispuso que se enjuiciara al ex presidente de facto Jorge Rafael Videla por 30 homicidios, 552 privaciones ilegítimas de la libertad y 264 casos de tormentos.

Mientras Videla esperaba su juicio detenido en una unidad del Servicio Penitenciario Federal en Campo de Mayo, Rafecas se subió al avión en compañía de otros 19 jueces federales. Entre ellos también estaba Carlos Rozanski, presidente del Tribunal Oral Federal 1 de La Plata, que en 2006 había condenado a prisión perpetua al ex director de Investigaciones de la Policía Miguel Osvaldo Etchecolaz y, más recientemente, al sacerdote Christian Von Wernich.

Después de meses consagrados a leer, escuchar y, sobre todo, decidir sobre los insondables horrores de la naturaleza humana, ese viaje a la capital francesa bien podría haber sido para ambos hombres la ocasión de alejarse de tanta tensión visitando museos o exposiciones.

Pero no fue así. Rafecas, Rozanski y el resto de sus colegas argentinos vinieron a París para participar en un seminario sobre genocidio, organizado por el Memorial de la Shoá (Holocausto), una institución con 60 años de experiencia, especializada en aspectos como la preservación de la memoria, homenaje a las víctimas o gestión de documentos y archivos. Durante cinco días, estimulados por la intervención de especialistas de primer nivel internacional, los 20 jueces reflexionaron sobre las similitudes del caso argentino con otros genocidios de la historia del siglo XX.

"Todos los genocidios. No sólo el Holocausto. También se habló de Ruanda, de Sudáfrica y, naturalmente, de la Argentina. Las similitudes entre el terrorismo de Estado en nuestro país y el régimen nazi son aterradoras ", explicaron durante una charla en París con LA NACION pocas horas antes de iniciar el regreso.

Rozanski relata que, en el desarrollo del seminario, mientras iban escuchando detalles de cómo se gestó todo el proceso nazi, cómo se llevo adelante, cuáles fueron sus prioridades, cómo definieron a la futura víctima, a medida que se avanzaba, cada uno de ellos iba diciendo pero esto lo conozco... La metodología, el sistema de razonamiento, la lógica utilizada... todo coincidía, dice Rozanski. Un decreto nazi explica, por ejemplo, por qué los familiares no tienen que saber dónde están sus seres queridos: para generar terror.

Para Rafecas, hasta lo que se llamó "la solución final" durante el nazismo tiene punto de contacto con la historia local. "Si uno analiza históricamente cuál fue la relación entre los sucesivos estados autoritarios en la Argentina durante los años 60 y 70, advierte que durante esos períodos se ensayaron distintas formas de contener la disidencia política: apelando a tribunales especiales, a legislaciones feroces como la pena de muerte, a bandas paramilitares. Hasta que, el 24 de marzo de 1976, la dictadura de Videla instaura lo que se puede definir como "la solución final" de la cuestión subversiva. Hasta en esta cuestión tan central se puede trazar también una suerte de paralelismo de la lógica de los dictadores argentinos con la lógica nazi", reflexiona.

Visiblemente conmovidos por una visita relámpago realizada la víspera a los campos de exterminio nazi de Auschwitz, Rafecas y Rozanski -cuya familia es precisamente de origen polaco- aceptaron hablar sin tapujos del lento, "lentísimo" proceso de democratización de la justicia argentina, sometida "hasta ahora incluso" a desviaciones racistas, políticas y antisemitas.

-¿Se puede ser juez en la Argentina y ser antisemita?

-Sí, lamentablemente.

Con desarmante naturalidad, este juez de 42 años responde sin la menor hesitación, para sorpresa de sus pares. Hasta Rozanski parece conmovido por su nivel de franqueza. Sin embargo, colegas, colaboradores y allegados que lo conocen bien saben que no hay de qué asombrarse: Rafecas es un defensor obsesivo de los derechos humanos. Convencido de que hay otras formas de pensar y aplicar la ley penal, en 2005 llevó a tres supuestos skin-heads menores de edad que habían atacado a un chico judío a recorrer la Fundación Memoria del Holocausto: en lugar de encerrarlos en un instituto, les dio una clase sobre racismo. En reconocimiento a sus esfuerzos, la entidad Bnai Brith Argentina le entregó en 2006 el premio Derechos Humanos.

Para Rafecas, la fascinación de la sociedad argentina por los modelos autoritarios europeos de la década del 30 dejó una impronta profunda de racismo, intolerancia y antisemistismo. "La Argentina comenzó a desandar ese camino a partir de 1983, pero muy lentamente. El tránsito a la democracia total aún no se ha concretado. Hay mucho ámbitos, como la justicia, donde sigue habiendo representantes de ese modelo. Hasta me atrevo a decir que los jueces con convicciones democráticas son una minoría", precisa. Cree, sin embargo, en la existencia de un cambio cultural en marcha. "Un cambio generacional se va produciendo lentamente gracias a un proceso de elección mucho más racional que tenemos desde mediados de los años 90. Pero estos procesos llevan décadas", concluye.

Rozanski, de 59 años, es otro experto en derechos humanos. Fue el primer juez federal nombrado por concurso por el Consejo de la Magistratura. Fue titular de la Cámara del Crimen de Bariloche y participó en el Consejo de la Magistratura de Río Negro. Como especialista en legislación sobre maltrato y abuso infantil, es el autor del libro Denunciar o silenciar, y del texto que modificó el Código Procesal Penal para que los menores víctimas de abuso sólo puedan ser interrogados por especialistas.

De origen judío, el juez Rozanski escuchó atentamente las explicaciones de su colega sobre las desviaciones antisemitas de la justicia argentina antes de opinar. "Quiero agregar un solo ejemplo que quizás valga más que 100.000 palabras -dijo por fin-: hace más de diez años, siendo camarista en la provincia de Río Negro, fui recusado por tener ´la misma condición racial´ de una fiscal que había investigado el caso. El que me recusó era un juez", relata.

-Francia consiguió hacer votar leyes rigurosísimas que condenan toda expresión antisemita, racista o segregacionista. Esa criminalización de ciertas actitudes que tienen que ver directamente con los procesos históricos de una sociedad -como el colonialismo, la colaboración con el ocupante nazi o la trata de esclavos- provoca actualmente un profundo debate en este país. ¿Creen ustedes que la legislación argentina necesita evolucionar en ese sentido?

-Rozanski: No lo creo. La Argentina incluye en su Constitución todas las convenciones sobre Derechos Humanos. En su conjunto, esos acuerdos cubren absolutamente todas las posibilidades y dan todos los instrumentos para juzgar violaciones a los derechos humanos en particular, pero también el racismo o el antisemitismo. Esto quiere decir que el problema no está en el cuerpo de las leyes, sino en la cabeza de los que tienen que decidir. Si quien decide es racista, las resoluciones serán racistas. Exista o no una ley. Porque si existe no la van a aplicar. Por eso es necesario el cambio cultural.

-Rafecas: En la Argentina, los ámbitos judicial y profesoral en general son profundamente escépticos sobre la necesidad de apelar a herramientas punitivas penales para reprimir el negacionismo o el racismo. Tal vez por el profundo respeto que se ha tenido en este país a la más irrestricta libertad de expresión. En definitiva, ese tipo de medidas genera más perjuicios y desventajas de lo que se supone. En primer lugar, coloca al negacionista, al racista, en posición de víctima. En segundo lugar, la repercusión que tienen esas declaraciones públicas en la actualidad genera una ola de repudio tan monolítico por parte de los medios de comunicación y de la opinión pública que termina reforzando los valores democráticos en vez de demonizarlos.

Para Rozanski, el contexto social tiene en esos casos una importancia fundamental. "Si nuestro país pudo 25 años después retomar el hilo de los juicios a los responsables del terrorismo de Estado y volver a hacerlos, es porque se generó un espacio en la sociedad donde un poder político decidió crear una Corte Suprema totalmente inédita, que llegó a la conclusión de que no era oportuno ni sano que siguiera existiendo la impunidad sobre esos delitos. La Corte decidió que era imperativo que no existiera esa impunidad. Es un concepto jurídico. Dijo: ´estas leyes son inconstitucionales´ porque hizo la comparación -que muchos no hacen- de lo que estaba pasando en la Argentina con tantísimos años de impunidad y de una sociedad que miraba para otro lado. La decisión fue la correcta".

-¿Y cuál fue la consecuencia?

Rozanski: Que los jueces que estaban debajo de esa Corte comenzaron a hacer los juicios y a comprender que el que va a estar desubicado no es el que defiende la Constitución, la aplica y hace lo correcto, sino el que apoya un proceso de terrorismo de Estado o lo niega o mira para otro lado. Si no fuera cierto lo que estoy diciendo, Daniel Rafecas, que no es judío, jamás hubiera aceptado decir ante un periodista de un medio de la dimensión de LA NACION que hay jueces antisemitas.

© Escrito por Luisa Corradini, corresponsal en Francia, y publicado en el Diario La Nación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el domingo 14 de Febrero de 2010. http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1232929&origen=NLEnfo