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domingo, 23 de marzo de 2025

"El Wokismo es omnipresente aunque muchos progresistas no se atreven a criticarlo... @dealgunamanera...

"El wokismo es omnipresente aunque muchos progresistas no se atreven a criticarlo"...


El libro Left is no Woke de la filósofa Susan Neiman no ha pasado desapercibido. Traducido en más de una decena de idiomas desde su publicación en 2022, el libro parece interpelar de forma directa uno de los puntos nodales de la crisis del progresismo y la izquierda planetaria (con escasas y discutibles excepciones). Un libro breve y contundente, sin temor a incomodar o ganar algún que otro detractor.

© Escrito por Fernando Manuel Suárez y publicado en la Revista Supernova de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina. Entrevista Susan Neiman, autora de Izquierda ≠ Woke.

La apuesta fue arriesgada. La contundencia del título (o incluso del arte de tapa) parecía un imán para que el libro fuera usufructuado por la derechas contemporáneas, particularmente obsesionadas con lo woke como un significante para descalificar a todo el progresismo y la izquierda. El riesgo de “hacer el juego a la derecha”, usando una expresión local, es asumido por la autora que, desde el inicio del libro, advierte sobre su compromiso con las ideas de izquierda (tópico que retoma, a modo de resguardo, muchas veces a lo largo del libro y, luego, en varias entrevistas). Para ella el tribalismo y la pérdida de un sentido progresista han llevado a la izquierda a un callejón sin salida, hablando el lenguaje de la derecha y a una posición puramente defensiva.
El libro, que parte de la crítica a la deriva tribalista e impotente políticamente de lo woke, no se limita a ello. Al contrario, el tono propositivo es un llamamiento a la superación del momento woke, lo que no implica desconocer lo valioso y central de muchos de sus reclamos. Recuperar cierto universalismo y, en un sentido fuerte, una perspectiva progresista requiere aunar nuevamente los reclamos fragmentarios y particulares en una agenda común en pos de la dignidad de las personas y en contra de las injusticias.
Por supuesto, el registro normativo del libro también puede producir controversia (como se puede leer en el artículo de Mariano Schuster en este revista). Como le ocurriera a Rawls u otros autores en el mismo registro, hay cierta sospecha sobre la falta de anclaje de la propuesta y, en otro registro, cierto cuestionamiento a una propuesta que se coloca más allá y por encima de la sociedad en cierto modo. Pero, a pesar de ello, la autora defiende con vigor su modo de intervención, justamente para superar los corsés y las trampas que nos impone la discusión contemporánea, por decirlo en su registro, entre wokes y anti-wokes. Los valores de la Ilustración son para Neiman el punto de partida para dar esa batalla.
Quisiera empezar por las repercusiones del libro a casi dos años de su publicación en inglés: ¿Te sorprendió la recepción e impacto que tuvo el libro? ¿Qué cosas destacarías de las muchas entrevistas y comentarios críticos que le han hecho? Por ejemplo Mariano Schuster señala los riesgos del “teoricismo ahistórico” del trabajo y la falta de referentes empíricos claros (partidos políticos, actores sociales, etcétera): ¿Qué respondería a eso?
Me sorprendió que se haya traducido y debatido ampliamente en tantos idiomas diferentes (14 hasta la fecha). Soy de Estados Unidos, pero he vivido la mayor parte de mi vida adulta fuera, y sabía que el movimiento que comenzó en las universidades estadounidenses se había extendido rápidamente hasta dominar el panorama cultural en ciertas partes de Europa. Pero no esperaba que se debatiera tanto en Latinoamérica, lo que demuestra lo poco que sabía sobre los debates actuales allí y sobre los que he aprendido más desde entonces. Le pregunté a un amigo sirio (que vive en Europa) por qué se publica en árabe; me dijo que es porque mucha gente allí se está cansando del giro hacia la teoría poscolonial. Aun así, ¿por qué el libro se publica en coreano o tailandés? Como autora, por supuesto que me alegra que la gente lo lea y lo debata. Como ciudadana con conciencia política, me siento un poco consternada. Estuve en Chile y Brasil hace un año cuando se publicó el libro en esos países, y fue desalentador escuchar a la gente quejarse de los mismos problemas que en Carolina del Norte: una política que se ha centrado más en quién usa qué baño en lugar de sobre cuestiones de desigualdad e injusticia. Esperaba que las tradiciones de izquierda, tan débiles en Estados Unidos y cada vez más en Europa, fueran lo suficientemente fuertes como para superar el enfoque woke en cuestiones simbólicas.
En cuanto a lo que destacaría de las reseñas críticas del libro: lo único que realmente me desconcierta es la afirmación de que el wokismo no existe, que es un fantasma inventado por la derecha para destruir toda lucha contra el racismo, la misoginia y la homofobia. Me asombra que alguien que haya seguido el mundo intelectual y cultural —ni siquiera puedo decir "occidental", por las razones ya expuestas— diga esto en los últimos cinco años. El wokismo es omnipresente, aunque muchas personas que se consideran progresistas se abstienen de criticarlo en público por miedo a ser identificadas con la derecha. Sin embargo, en privado, entre amigos, casi no he tenido una conversación en los últimos cuatro o cinco años en la que alguien no se quejara de algún comportamiento woke.
El wokismo alimenta de emociones de izquierda pero, sin querer, recurre a algunos supuestos filosóficos muy reaccionarios y de derecha.
La otra crítica que me desconcierta es que el wokismo no existe porque nadie puede definirlo. Ofrecí una breve definición en el prefacio del libro, pero la dificultad para definirlo reside en su incoherencia. Se alimenta de emociones de izquierda: el deseo de ponerse del lado de los oprimidos y marginados, de corregir errores históricos. Pero, sin querer, recurre a algunos supuestos filosóficos muy reaccionarios y de derecha: el tribalismo, la afirmación de que es imposible distinguir entre la búsqueda de justicia y el afán de poder, la desesperanza ante la posibilidad de progreso. La contradicción entre emociones e ideas es lo que lo hace tan confuso y lo que dificulta su definición. Pero mi verdadero interés al escribir el libro no era definir lo "woke", sino dar una definición normativa de lo que significa ser de izquierda hoy en día, en un momento en que tanta gente confunde izquierda con "woke" y, por lo tanto, se muestra ambivalente, o incluso algo peor, a la hora de identificarse con la izquierda.
En cuanto a tu pregunta sobre el ensayo de Mariano Schuster: me alegró, por supuesto, que dedicara tanto tiempo y espacio a reflexionar sobre el libro, y gran parte de lo que escribió me pareció correcto. Pero omitió un punto clave: se centró en mi crítica del tribalismo, o lo que la mayoría de la gente llama política de identidad. Esta es quizás la idea más fácil de reconocer, y el primer capítulo de mi libro está dedicado a ella, pero también hay un capítulo para cada una de las otras ideas que, en mi opinión, son reaccionarias y asumidas por los "woke": la idea de que es imposible distinguir entre poder y justicia, y la idea de que todo intento de progreso será contraproducente o conducirá a una forma más sutil de represión. Al centrarse únicamente en el contraste entre tribalismo y universalismo, muchos críticos han pasado por alto otras ideas importantes que los “woke” se han apropiado, según mi argumento, de la derecha.
En algunos pasajes, Schuster parece querer que sea más marxista clásica de lo que soy. Soy definitivamente socialista, y definitivamente no marxista, no porque responsabilice a Marx de los crímenes de Stalin, sino por razones teóricas. No soy materialista; creo que a menudo nos motivan profundamente ideales que no pueden reducirse a ideologías (Quienes hemos leído a Marx podríamos pasarnos las tardes discutiendo si esto es cierto y qué partes de Marx reflejan o no el reduccionismo materialista. De los teóricos socialistas del siglo XIX, tiendo a identificarme con el muy difamado Eduard Bernstein, pero no creo que este sea el momento para ese tipo de discusiones textuales). Además, si el concepto de clase tenía sentido en la época de Marx, tiene poco sentido en la nuestra, a menos que lo reduzcamos simplemente a la riqueza, lo cual sería una noción de clase muy superficial. Hay varios escritores que han argumentado que debemos dejar de hablar de identidades raciales o sexuales y centrarnos en la clase, pero creo que esto también es reduccionista. Claro que la clase es importante; tan importante que me gustaría ver a alguien hablar sobre lo que significa la clase en el siglo XXI, cuando personas con doctorados conducen el Uber para multimillonarios que no saben leer. La raza y el género también son importantes. Pero prefiero hablar de justicia, y dignidad humana fundamental, para todas las personas.
Y, por último, un aspecto de la crítica de Schuster me sorprendió: la crítica de que el libro es normativo e idealista. Eso es lo que pretende ser, ¡y lo dije en muchas partes del libro! Últimamente leo más historia que filosofía, pero no soy historiadora y no tenía intención de describir la historia de la izquierda desde la Ilustración, ni de explicar hasta qué punto Stalin o Ulbricht tienen algo en común con Goldmann o Morris, ni —el gran problema que aún persiste para cualquiera que se considere de izquierda hoy— qué falló en la Revolución Rusa, si fue Stalin o Lenin quien la envenenó, etc. Lo que quería escribir era un libro que ofreciera una definición filosófica y normativa de lo que debería significar ser de izquierda hoy en día. Dicha definición tendría que tener cierta continuidad con las tradiciones de izquierda más antiguas que se remontan a la Ilustración, para que fuera reconocible en ese linaje, pero no pretendía ser un libro histórico sobre la historia de la izquierda. No solo pretendía que el libro fuera normativo, sino también breve, de ese tipo que pudiera ser leído por un público más amplio; dos cosas que habrían sido imposibles si hubiera abordado todas las importantes cuestiones que sugiere Schuster.
Desde la contundencia del título y la gráfica de tapa la controversia del libro parecía inevitable. ¿Qué recaudos tomaste para evitar que tu discurso opositor al wokismo no se solapara o fuera utilizado por el anti-wokismo de derecha? ¿Te encontraste con intentos de apropiación del libro por derecha o, en sentido contrario, una postura refractaria de algunas izquierdas con las que esperabas poder dialogar? ¿Alguien consideró tu libro “inoportuno” por esa razón?
Me alegré cuando el diseñador gráfico de la edición holandesa entendió exactamente lo que quería, y he intentado que el mismo diseño se reproduzca, con diferentes colores, en otras ediciones. Porque el punto que quería transmitir es recíproco: izquierda no es woke y woke no es izquierda. Al principio, mis amigos temían que la derecha se apropiara del libro. Pensé que llamarme socialista en la primera página bastaría para evitarlo, y hasta ahora ha bastado, además de negarme a conceder entrevistas a medios que sé que son de derechas (espero haberlo conseguido en países donde no conozco el panorama mediático tan bien como en inglés o alemán).
Y sí, al principio, algunos woke con los que quería dialogar —o convencer para que volvieran, o avanzaran, a las ideas que creo genuinamente de izquierda— se mostraron hostiles, cuando no directamente afirmaron que lo woke era un espejismo inventado por la derecha. Pero por lo general, cuando la gente ha leído el libro o me ha escuchado hablar de él, a menudo me han agradecido por articular algo que les preocupaba pero que no habían podido expresar hasta entonces.
No me tomo en serio nada de lo que dice Musk; llamar virus a la "woke" es simplemente atacarla como algo que debe destruirse, como intenta hacer ahora.
El concepto “woke” se ha vuelto una noción omnipresente en el discurso público, con las tensiones y las polisemias propias de una noción connotada políticamente. Por ejemplo, Jane Fonda señaló: “‘Woke’ means you care about others” o, por derecha, Elon Musk se refirió a lo “woke” como un “virus” ¿Cómo se relaciona la filosofía y más específicamente su trabajo con esos usos?
No me tomo en serio nada de lo que dice Musk; llamar virus a la "woke" es simplemente atacarla como algo que debe destruirse, como intenta hacer ahora. Por otro lado, es algo que se propagó muy rápidamente. En las elecciones estadounidenses de 2016, la palabra "woke" no apareció ni una sola vez; ahora está en todo el mundo. Y la cita de Fonda es simplemente la afirmación habitual de que "woke" es algo que la derecha inventó para destruir la empatía con los demás, especialmente con aquellos que han sido marginados. No espero que Musk tenga un pensamiento claro, pero habría esperado más de Fonda.
Yendo al libro propiamente dicho, que si bien tiene un registro de intervención y divulgación se ancla en la filosofía política normativa que, dicho sea de paso, está proliferando en estos años. ¿Es, cómo sostenía Sheldon Wolin, que la teoría política gravita cuando la crisis arrecia y las categorías con las que leíamos el mundo ya no parecen ser funcionales? ¿Algo de eso funcionó como motivación para tu libro? ¿Hay otros libros actuales con los que tu trabajo dialoga?
No he leído mucho de Wolin, pero tu pregunta me recuerda que debería ponerme leer un grueso volumen que lleva tiempo sin leer en mi estantería. Estoy totalmente de acuerdo con la afirmación de que nos encontramos en una crisis que ninguna de nuestras categorías actuales puede resolver. Puede parecer extraño, por tanto, defender un retorno a la Ilustración, pero creo que debemos volver a los principios básicos y ver dónde nos perdimos. El libro argumenta que las críticas a la Ilustración que se dan en tanta teoría poscolonial nos han metido en serios problemas. Claro que las ideas de la Ilustración no pueden resolver todos nuestros problemas. Demasiados problemas son justamente el resultado de cosas que no pudieron imaginar. Escribieron al final del feudalismo y en los inicios del capitalismo, así que no nos pueden ayudar lo suficiente con este último (aunque muchos pensadores socialistas, incluido el joven Marx, se basaron en principios básicos de la Ilustración). Aún no podían imaginar que la tecnología pudiera ser, al mismo tiempo, tanto una maldición como una bendición. Y quizás lo más importante, vivían en una época dominada por la censura, y los textos críticos se castigaban con prisión, tortura, exilio o muerte. Su objetivo era el libre flujo de información; jamás imaginaron que, en palabras de Steve Bannon, nos veríamos inundados de basura. Así que la Ilustración no debería ser el lugar donde la izquierda repose y agote su pensamiento, pero sí, tal vez, el mejor punto de partida para hacerlo.
Leí y releí mucho mientras escribía el libro, pero los textos con los que más dialogué fueron probablemente los clásicos de la Ilustración. También me influyeron algunos pensadores contemporáneos del Sur Global que, opuestos a la teoría poscolonial, escriben en la tradición de la Ilustración: Olufemi Taiwo, Ato Sekyi-Otu, Benjamin Zachariah. Releer a Franz Fanon también me dejó claro que era anticolonial, no poscolonial, en una tradición humanista y existencialista, que se inspira en la Ilustración. Hace mucho tiempo fui alumna de John Rawls, a quien recuerdo con el mayor cariño, pero que también dijo que nunca intentaría escribir una defensa general de la Ilustración y, contra ese consejo, lo intento hacer.
Tengo la percepción que tu crítica al wokismo fue malinterpretado en más de una oportunidad, dado que tu posición es de manifiesta simpatía con las causas, pero crítica en cierto modo con sus derivas de encierro de esos movimientos sobre sí mismo. ¿Lo que proponés es una suerte de “salida por arriba” que intente articular esos reclamos particulares en un discurso con horizontes universalistas (así sea como ideal regulativo)? ¿Qué espacio de articulación te parece necesario? ¿Los partidos políticos? ¿O hay que pensar nuevas formas de convergencia?
Un amigo escritor me felicitó por la cantidad de reseñas que recibió el libro en alemán, y cuando le respondí que la mayoría eran negativas, me respondió: "¿Qué esperás cuando escribís una crítica del zeitgeist imperante?". Las reseñas negativas se basaban precisamente en la interpretación errónea que mencionás, pero creo que mi amigo tenía razón al decir que era de esperar. Me gusta la idea de hacer reivindicaciones políticas sobre la justicia, sobre todo para quienes sólo han experimentado lo contrario, con horizontes universalistas como ideal regulativo.
¿Qué espacio necesitamos? No tengo una solución para los problemas habituales de las redes sociales, ni para la comunicación online en general, salvo una: necesitamos desconectar más. Me impresiona que cada vez más personas que crecieron en un mundo digital vean sus peligros y limiten su uso. Como han dicho muchos escritores, empezando, creo, por Nicholas Carr, la web es un mecanismo deliberado de interrupción de la atención, y, ante eso, hemos perdido la capacidad de concentración necesaria para pensar algunas soluciones. Bernie Sanders está teniendo mucho éxito con la democracia tradicional, los cabildos abiertos, etc., para generar oposición a Trump, sugiriendo que, incluso si se trata de un mitin donde el debate puede no ser particularmente matizado, es mejor que la gente se reúna en persona que en línea. A corto plazo, es probable que organizarse en torno a temas específicos, en lugar de intentar formar nuevos partidos politicos, tendrá más éxito.
Pero lo que más necesitamos es valentía. Me horroriza ver la poca que hay. Salió a la luz en cientos de conversaciones sobre este libro: mucha gente se manifestó de acuerdo conmigo, pero señaló haber tenido miedo de decir cosas similares en voz alta. Si la gente puede sentirse intimidada por el miedo al ostracismo social, no es de extrañar que se sienta intimidada cuando Trump y Musk empiezan a amenazar con despidos, recortes presupuestarios y deportaciones. No se trata, por supuesto, sólo de Estados Unidos. Lo veo constantemente en Alemania, donde la gente se opone al apoyo incondicional del gobierno alemán al gobierno de Netanyahu, pero no se atreve a decirlo en público.
Hayamos leído o no a Foucault o a Schmitt, nos hemos acostumbrado tanto a la sugerencia de que lo normativo es ingenuo o engañoso, que no sabemos cómo responder al segundo gobierno de Trump,
En tu planteo parece haber cierta cercanía con otras propuestas, quizá no tan actuales, como las de Laclau y Mouffe. Pero, en ese caso, se trata de autores de la izquierda schmittiana que vos criticás: ¿Por qué te parece tan problemática la recuperación de Carl Schmitt en términos teóricos (más allá de su inscripción ideológica)? Otro de los autores apuntados en tu argumentación es Michel Foucault: ¿Por qué considerás que su pensamiento fue nocivo para las izquierdas contemporáneas? ¿Su concepción del poder conduce a cierta impotencia política? Finalmente: ¿Qué tienen en común ambos autores que, en apariencia, resultan tan diferentes?
No he leído a Laclau, pero no siento mucha cercanía con Mouffe. Schmitt no fue nazi por casualidad, y me desconcierta que algunos pensadores de izquierda se sientan atraídos por él. Biográficamente, apoyó a los nazis hasta el día de su muerte, lo cual era simplemente coherente con sus afirmaciones teóricas. «Quien dice 'humanidad' quiere engañarte», una de sus citas más famosas, no es más que la afirmación de que la humanidad no tiene nada en común; hay amigos y enemigos, y esas son las categorías políticas fundamentales. Por ejemplo, no creía que los judíos fueran merecedores de la dignidad humana. Pero la cita también delata un cinismo fundamental hacia cualquiera que actúe por motivos ajenos al afán de poder. Claro que podemos enumerar cientos de casos en los que políticos afirmaron actuar por la humanidad o la justicia y utilizaron esas afirmaciones para disfrazar un afán de poder. La queja se remonta, al menos, a Platón. Pero insistir en que nadie actúa por motivos que no sean mantener o aumentar el poder es una forma elegante de defender el propio fascismo. Difícilmente se lo puede considerar un argumento filosófico. Finalmente, Schmitt no tiene una visión de progreso; creía que el mundo había decaído desde que la Iglesia Católica se liberalizó y el mundo ya no estaba regido por ella.
Foucault, en cambio, es el autor más leído en ciencias sociales y humanidades del mundo, y sus gestos llevaron a muchos a asumir que era de izquierda. Nadie se ve más diferente que Schmitt a primera vista, pero sus opiniones eran bastante similares. Pensaba que la «humanidad» era un concepto inventado en el siglo XVIII y que pronto desaparecería. De hecho, es cierto que fue una invención del siglo XVIII, pero la capacidad de abstraerse de todas las diferencias de apariencia, idioma y estado social, y ver entre esas diferencias una humanidad común, fue un logro, y creo que deberíamos celebrarlo. Y sí, el concepto de poder de Foucault conduce, sin duda, a una especie de impotencia; el poder es tan abarcador que no deja espacio para normas de ningún tipo. Finalmente, su creencia de que cada paso hacia el progreso —como la prohibición del descuartizamiento— conduce a formas más sutiles de dominación, lleva a los lectores a una sensación de nihilismo respecto a cualquier acción política de futuro.
Acabo de esbozar mis críticas aquí y las explico con más detalle en mi libro. Pero algo que Foucault y Schmitt tienen en común es el rechazo de lo normativo; sugieren que las afirmaciones normativas son o bien ingenuamente tontas o bien trucos para disfrazar los verdaderos intereses de la gente. Nos hemos acostumbrado tanto a esta sugerencia, hayamos leído o no a Foucault o a Schmitt, que no sabemos cómo responder al segundo gobierno de Trump, que en la práctica representa un rechazo de lo normativo. Se usa la palabra «transaccional» para describirlo, pero en el fondo se trata de una persona que solo actúa para aumentar su poder; ni siquiera tiene un concepto de lo normativo, aunque comprende que los «ingenuos» recurren a él. Trump nos muestra un mundo donde nadie actúa por ningún motivo que no sea el puro interés propio, donde la justicia se reduce al poder. Con su vulgaridad, lo dice explícitamente: ningún juez tiene derecho a impugnarlo porque obtuvo 80 millones de votos. Rechazar ese mundo significa abrazar ideales normativos, guste o no.
Como ocurre con lo woke, hay otra noción denostada por las nuevas derechas que vos, por el contrario recuperás: el progresismo. ¿Por qué es tan relevante contar con una idea de progreso para las fuerzas de izquierda desde tu punto de vista? ¿Cómo se contrapesan los riesgos que esa retórica trae aparejado (pienso, por ejemplo, la tensión entre progreso económico y ambientalismo)?
Si no reconocemos que ha habido algún progreso en el pasado, no podemos trabajar en pos del progreso en el futuro. Simplemente sucumbiremos al cinismo o la desesperación, que es precisamente lo que la derecha desea. Pero seamos claros sobre lo que significa progreso: en el sentido clásico de progreso hacia la libertad y la dignidad humanas. A veces, esto puede implicar progreso económico: la medicina que duplicó la esperanza de vida humana en el siglo pasado fue un motor de progreso, al igual que las herramientas que ayudaron a mitigar el hambre al aumentar la producción agrícola, o una serie de herramientas —desde lavadoras hasta hornos funcionales— que liberaron a millones de personas, especialmente mujeres, de tareas aburridas y repetitivas que mantenían sus vidas en marcha. Pero el neoliberalismo utiliza este tipo de ejemplos para sugerir que cualquier tipo de crecimiento en sí no sólo es algo bueno, sino que es el parámetro casi exclusivo que mide si a una nación le va bien o no. Me gustaría ver carteles de los grandes vertederos industriales a los que Occidente envía sus productos desgastados con un cartel que diga: "Crecimiento". Porque sabemos que no todo lo que se describe como crecimiento es necesario, pero “crecimiento” es un término tan positivo que es difícil soslayarlo. La “sostenibilidad” simplemente no tiene la misma aura. Pero el neocapitalismo depende de convencernos, mediante miles de millones de dólares en publicidad, de comprar cantidades cada vez mayores de juguetes diseñados, mediante obsolescencia programada, para destruirse al expirar la garantía. Si no desafiamos esa estructura, nuestros hijos no tendrán un planeta digno de vivir.
Andrew Breitbart y otras figuras de la derecha actual dijeron haber estudiado la teoría posmoderna y haber concluido que, si todo es sólo narrativa, basta con construir una narrativa más sólida
La crisis de la democracia contemporánea es, al mismo tiempo, un declive del consenso de los derechos humanos. Ambas comparten cierta noción de igualdad y dignidad. ¿El tribalismo woke ha descuidado la igualdad en pos de agendas particulares? ¿Es, a su modo, el anverso perfecto de las alt-right y, tal vez, cómplices de esa deriva?
Planteaste el problema con exactitud. Y sí, creo que los woke —y sus precursores, las teorías posmodernas y poscoloniales— son cómplices de esta deriva. El pensador de derecha Andrew Breitbart, mentor de Steven Bannon, lo expresó explícitamente: la política es consecuencia de la cultura. Él y otras figuras de la derecha actual también dijeron haber estudiado la teoría posmoderna y haber concluido que, si todo es sólo narrativa, basta con construir una narrativa más sólida. De los teóricos que podrían considerarse posmodernos, sólo Bruno Latour, que yo sepa, reconoció su propia complicidad y se disculpó por ello. Por suerte, supongo, no vivió para ver la proliferación de noticias falsas, pero sí vio cómo su propio trabajo era utilizado por quienes negaban la crisis climática de forma desvergonzada.
Al margen de las inconsistencias ideológicas y los riesgos del tribalismo, aparece con claridad que uno de los límites de los movimientos identitarios es concebir una idea de sociedad futuro: ¿Es preciso recuperar alguna forma de utopía progresista? ¿Ante el fracaso o las promesas incumplidas de los proyectos socialistas concretos u otras formas de progresismo (el bienestarismo europeo, ciertas formas del populismo latinoamericano, etcétera), qué características podría tener ese proyecto?
No utilizo la palabra “utopía”, que, en la formulación original de Tomás Moro, significa “ningún lugar”. Creo que calificar de utópicas las cosas las condena desde el principio. Lo que se necesita para recuperarse es algún tipo de visión socialista (que vaya más allá de las socialdemocracias europeas que, aunque mejores que muchas sociedades, apenas son realmente socialistas).
Recomiendo el libro de la historiadora Penny von Eschen, Paradoxes of Nostalgia. Muestra cuánto era posible a principios de los 90: el no alineamiento, los dividendos de la paz al final de la Guerra Fría, etc. Todavía no había consenso sobre el fracaso del socialismo per se, sino de una forma particular de socialismo de Estado. Von Eschen demuestra cómo una combinación de industria, gobierno y cultura popular se conjugaron para instalar que cualquier forma de socialismo conducía directamente al gulag. No creo que la izquierda se haya recuperado jamás de esta fase ni que haya podido llegar a un acuerdo sobre lo que salió mal en ese proceso. Hasta que no seamos capaces de volver a hablar claramente sobre los ideales socialistas –con mejores alternativas para su realización– no podremos vislumbrar un futuro claro.
En el último capítulo, donde el libro intenta abjurar de cualquier posibilidad de ser leído por derecha y reivindicar su izquierdismo, usted hace un llamamiento (que suena un tanto extemporáneo) a conformar un “frente popular”: ¿Qué imagina cuando propone esa construcción? ¿Con qué actores concretos lo concibe? ¿No sería preciso incluir a mucho de los que hoy se considera “woke”?
Me pregunto por qué creés que el llamamiento es extemporánea; por desgracia, se ha vuelto aún más oportuno y contemporáneo que cuando lo escribí. En Estados Unidos, mucha gente repite la famosa descripción del fascismo de Martin Niemöller: primero vinieron a por los comunistas, pero yo no era comunista, así que no dije nada... etc. Seguro que lo sabés. He vivido en Berlín demasiado tiempo —más de 30 años— como para usar la palabra “fascismo” a la ligera, pero Trump ha tomado el control con más rapidez que los nazis —también fruto de unas elecciones democráticas— en 1933. Y eso sin que se incendiara el Reichstag. Por desgracia, dado que sigue siendo el país más poderoso del mundo, tanto material como simbólicamente, todos estamos amenazados. Por eso, hago un llamamiento inequívoco a una coalición antifascista a nivel internacional. Soy socialista, pero en este momento histórico trabajaría con los liberales, aunque discrepemos profundamente en cuanto a los derechos sociales. Y sin duda incluiría a los woke, a quienes espero persuadir para que acepten las ideas y tácticas genuinamente izquierdistas. Hace tres años, antes de las elecciones intermedias de Estados Unidos, les dije a un grupo de estudiantes neoyorquinos que deberían centrarse menos en los pronombres y más en el derecho al voto, y me encontré con una tormenta de críticas en Twitter por negar la importancia de los pronombres. No creo que eso ocurra ahora, ante los problemas que nos asedian.

Wo­ke

El diccionario llama “polisémica” a las palabras que tienen más de un significado.
Concepto de sonoridad difícil (parece, más bien, el nombre de una nueva enfermedad) pero útil cuando se trata de referirse a la palabra del momento: “woke”. Algo que todos y nadie parecen saber en qué consiste, pero que entendemos está en el nudo de las batallas culturales de nuestra época, y que desborda hoy su significado original, cualquiera que haya sido. Una palabra que devino casi en una acusación, porque casi nadie levanta la mano para decir hoy: “Je suis woke”. ¿Que nombramos cuando la usamos? ¿Es, como piensan algunos, tan sólo la forma más contemporánea de nombrar al clásico progresismo? ¿Es el reemplazo de la vieja lucha de clases por una nueva lucha de géneros y razas? ¿Es la penúltima forma de la izquierda cultural? ¿O, por el contrario, nombra una forma de concebir la identidad propia y ajena que es consustancial a la época y que no respeta y trasciende la división entre derechas e izquierdas? ¿Necesitamos más deconstrucción o más bien una reconstrucción? Ser o no ser woke, esa es la cuestión.


domingo, 23 de febrero de 2025

El universo trumpista, desatado. La simbología nazi impregna la cumbre anual de la ultraderecha en EE.UU. @dealgunamanera...

 El universo trumpista, desatado. La simbología nazi impregna la cumbre anual de la ultraderecha en EE.UU.


Elon Musk, Milei y la motosierra.  Jose Luis Magana / Ap-LaPresse

El universo trumpista anda desatado. El regreso de Donald Trump al poder y su ofensiva impune contra la separación de poderes, la Constitución de Estados Unidos, los programas y empleados federales, los derechos de los inmigrantes y la comunidad LGTBI, y el multilateralismo han dado alas a la ideología de extrema derecha, que avanza en el mundo ante la inacción de una oposición confundida.     

© Escrito por Javier de la Sota, Washington, el sábado 22/02/2025 y publicado por el Diario La Vanguardia en la Ciudad de Barcelona, Reino de España.


Milei regala su motosierra a Musk en la cumbre anual de la ultraderecha en EE.UU. Video: La Vanguardia.     


La Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), la reunión anual de líderes de la derecha en EE.UU., que se ha convertido en un rito de adoración a Trump, está evidenciando con sus discursos y simbología el asalto neofascista a las instituciones, que amenaza con desestabilizar Europa.

Elon Musk y la nueva tipografía de su gorra. Nathan Howard / Reuters.

La falta de pudor es tal que el presidente de Agrupación Nacional, Jordan Bardella, mano derecha de la líder de la extrema derecha francesa, Marine Le Pen, anunció ayer en un comunicado su decisión de “anular” el discurso que tenía programado en la CPAC, que se celebra hasta este sábado en Maryland, diez kilómetros al sur de Washington. Bardella aseguró que tomó la decisión al enterarse de que a uno de los ponentes se le “permitió, por provocación, un gesto que hace referencia a la ideología nazi”.

Fue su reacción al
 Sieg Heil que realizó Steve Bannon, asesor de Trump durante su primer mandato y uno de los ideólogos del movimiento MAGA, al final de su discurso este jueves. “La única forma de que ellos ganen es que retrocedamos, y no vamos a hacerlo, no vamos a rendirnos, no nos iremos, ¡luchad, luchad, luchad!”, dijo Bannon, exaltado, repitiendo el grito de guerra que pronunció Trump en Butler (Pensilvania), después de sobrevivir a su intento de asesinato. Tras estas palabras, el ultraderechista alzó su brazo derecho en una posición que no dejó lugar a dudas y sentenció el saludo nazi con un: “Amén”.

Fue su reacción al Sieg Heil que realizó Steve Bannon, asesor de Trump durante su primer mandato y uno de los ideólogos del movimiento MAGA, al final de su discurso este jueves. “La única forma de que ellos ganen es que retrocedamos, y no vamos a hacerlo, no vamos a rendirnos, no nos iremos, ¡luchad, luchad, luchad!”, dijo Bannon, exaltado, repitiendo el grito de guerra que pronunció Trump en Butler (Pensilvania), después de sobrevivir a su intento de asesinato. Tras estas palabras, el ultraderechista alzó su brazo derecho en una posición que no dejó lugar a dudas y sentenció el saludo nazi con un: “Amén”.    

La tipografía de Elon Musk ha sido asociada con la fuente de estilo gótico que usaron los nazis.


La imagen no tardó en viralizarse en las redes sociales y esto propició comparaciones con el saludo nazi que realizó Elon Musk en su discurso el día de la toma de posesión de Trump, el 20 de enero. A diferencia de aquel gesto, el ángulo del brazo de Bannon y su mano extendida no parecen llevar a equívocos. “Elon Musk hace el saludo nazi. Trump aboga por la limpieza étnica. Se despide a los jueces, se destripa al Estado, J.D. Vance promueve la AfD y juega con Putin. Ahora Steve Bannon hace su propio saludo fascista. Es difícil negar la trayectoria fascista de la Administración estadounidense”, publicó un usuario.

El presidente de Agrupación Nacional también lidera el grupo de los Patriotas en el Parlamento Europeo, que el jueves el presidente de Vox, Santiago Abascal, representó con su discurso antieuropeísta, en el que elogió las palabras del vicepresidente estadounidense, Vance, la semana pasada en Munich con “una sola palabra: gracias”. El líder de Vox ató su ideología a Trump y repitió sus mantras contra la supuesta “invasión” de inmigrantes y los “burócratas europeos”, y terminó igual que Bannon, pero sin el gesto nazi: “Luchad, luchad, luchad”.

 

Durante su discurso en la CPAC, Bannon no escondió su ideología autoritaria, al volver a insinuar la idea de que Trump incumpla el límite impuesto por la Constitución y se presente a un tercer mandato. En la misma cumbre, Musk, el ultrarrico a cargo del Departamento de Eficiencia Gubernamental, la comisión externa encargada de recortar gastos y desmantelar la administración de EE.UU., recibió de la mano del presidente argentino Javier Milei una réplica de la motosierra que popularizó durante su campaña electoral. “Es la motosierra de la burocracia”, bromeó el consejero delegado de Tesla, que empuñó la herramienta y la elevó entre sus gritos y la ovación de los entregados asistentes.

 

El ideólogo del movimiento MAGA, Steve Bannon, realizó el “Sieg Heil” al final de su discurso en la CPAC.


Musk fue el invitado sorpresa de la primera jornada de la CPAC, donde hoy intervendrán Milei y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. El propietario de X llevaba unas gafas de sol, una cadena y una gorra negra con el lema “Make America great again”, cuya tipografía ha sido asociada con el tipo de fuente gótica Fraktur, que usaron los nazis y que aparece en la portada de la autobiografía de Adolf Hitler, Mein kampf . Los nazis tomaron esa tipografía de los libros editados en Alemania entre los siglos XVI y XIX, como símbolo de la grandeza de su nación, pero dejaron de usarla tras ser asociada a los judíos.

Steve Bannon repitió el saludo nazi de Elon Musk en la conferencia celebrada en la CPAC. Fotografía: X. 

El aliado de Trump estrenó esta gorra MAGA negra en uno de los últimos mítines de campaña del entonces candidato, en el estadio Madison Square Garden de Nueva York, que fue comparado por los demócratas con el que organizó en 1939 la Federación Germano-Estadounidense en el mismo sitio y reunió a 20.000 personas en un acto que ensalzaba el “americanismo” con saludos nazis y esvásticas. Este tipo de comparaciones se exacerbaron después de su saludo nazi tras la toma de posesión de Trump, que ayer repitió Bannon sin tapujos.



sábado, 1 de febrero de 2025

Un mundo con menos gente… @dealgunamaneraok...

 Un mundo con menos gente…


Cada vez nacen menos niños. Mientras hay quienes se preguntan sobre los efectos de una baja en la población, se renueva un debate en el que intervienen argumentos políticos y filosóficos. Demografía, derechos y sociedad en la nota de la semana de Revista Acción.


© Escrito por Florencia Vidal el miércoles 29/01/2025 y publicado por la Revista Acción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina.    

Cada vez nacen menos niños. Mientras hay quienes se preguntan sobre los efectos de una baja en la población, se renueva un debate en el que intervienen argumentos políticos y filosóficos. Demografía, derechos y sociedad en la nota de la semana de Revista Acción.    

El fenómeno de la caída progresiva de la natalidad que se registra a nivel mundial se manifiesta muy marcadamente en nuestro país. Desde hace diez años, se comenzó a observar en Argentina una notoria tendencia a la baja en la cantidad de nacimientos, con un descenso –entre 2014 y 2022– de un 36%, el más pronunciado desde que se tiene registro.  

«Lo que vemos en Argentina es que, probablemente, estamos pasando la etapa final de la transición demográfica de una forma exacerbada: la mortalidad bajó mucho debido a mejoras en la salud, el crecimiento poblacional fuerte ya lo vivimos, pero también la natalidad empieza a descender, entonces, se espera que se dé un crecimiento más lento, como ocurre en otros países», explica Nicolás Sacco, doctor en Sociología por la Universidad de Buenos Aires, especialista en Demografía e investigador del Conicet.   

Entre las principales razones que impulsan este nuevo régimen, se señalan las transformaciones en las preferencias sociales y culturales, y la mayor accesibilidad a métodos anticonceptivos y a información. «Hay un cambio en las aspiraciones y en los deseos reproductivos de las mujeres y también de los varones, un cambio de ideas que tiene que ver con el rol histórico que se le dio a la mujer como objeto reproductivo», sostiene Sacco.   

Mario Sebastiani, ginecólogo, obstetra, docente universitario y referente de la lucha por los derechos sexuales y reproductivos, asegura que, en el 2013, cuando escribió el libro ¿Por qué tenemos hijos?, la mitad de los niños que nacían no habían sido buscados y que los cambios que hubo en estos años permitieron detener lo que definía como «la automaticidad por la que tenemos hijos», algo que tiempo atrás no creía posible. «El mandato de la maternidad, que era muy importante, dejó de serlo, y hoy es frecuente que una mujer, con mucha soltura, diga: “Me parece que no voy a tener hijos”. Por supuesto que pueden revocar la idea, pero lo interesante es que ese ya no es el horizonte; hoy las mujeres establecen una relación laboral importante y posponen la maternidad», expresa. «Actualmente –agrega–, la mayoría de los hijos que nacen son programados y deseados, con lo cual veo una ganancia muy importante en la dignidad de las mujeres y en la sociedad».

Una lucha ideológica.

Sin embargo, desde distintos sectores resuenan discursos pronatalistas. Desde allí se propalan teorías, algunas ciertamente catastróficas, como las que dicen que no se podría sostener a la población que no esté en edad de trabajar porque el sistema previsional colapsaría por la menor cantidad de personas activas. En disidencia con estas visiones, Sacco afirma que, si mañana no hubiera más nacimientos en Argentina, se llegaría a tener la misma población que en 1998. «Ahí el problema no era demográfico, sino relativo al mercado de trabajo; había menos personas, obviamente la tecnología era distinta, pero había una alta desocupación». Al respecto, el demógrafo asegura que una menor cantidad de nacimientos no significa algo terrible, ya que el mundo, por millones de años, vivió con muchas menos personas.  

«Actualmente –relata el sociólogo–, hay una explosión del tema del pánico sobre la caída de los nacimientos… Elon Musk dijo que el principal problema del mundo no es la guerra, no es la desigualdad social, no es la crisis ecológica, sino que las mujeres desean tener pocos hijos. El primer ministro de Corea del Norte también les pidió a las mujeres, por favor, que tuvieran más hijos, porque era un problema de seguridad nacional. Y el papa mencionó, hace unos años, que tener mascotas y no hijos era de egoísta».   

Sacco sostiene que «hay gente muy poderosa que está fogoneando discursos pronatalistas que tienen implicancias sobre los derechos reproductivos». «No es casualidad que hoy en día se estén poniendo en tela de juicio, por parte de esta narrativa, muchos de los derechos que se lograron en Argentina; el tema de tener hijos no debería ser una política pública activa del Estado porque es una decisión individual de las familias, de las personas», expresa.   

Hay países con una cantidad de habitantes relativamente baja que mantienen una calidad de vida aceptable. Entonces, el interrogante es: ¿qué factores motorizan el crecimiento de una sociedad independientemente de su estructura demográfica? Sacco asegura que, sin entrometerse en la vida privada, el Estado debería apoyar los proyectos de las personas, ya sea que tengan el deseo de tener hijos o no. «Para eso hacen falta políticas de educación de calidad, de acceso a la salud y a la vivienda, oportunidades laborales para todos, distribución de ingresos, todas cosas necesarias para cualquier proyecto de vida, que no tienen que ver con que si somos muchos o pocos ‒concluye‒, sino con políticas económicas, políticas de Estado, con política en el fondo».



domingo, 19 de enero de 2025

Un tango en Washington… @dealgunamanera...

 Un tango en Washington…

Donald Trump y Javier Milei. Dibujo: Pablo Temes

Mañana asume Donald Trump en EE.UU. Participará Milei, único líder en la región privilegiado por el magnate. Macri, Cristina y el pasado que vuelve.


© Escrito por Nelson Castro el sábado 18/01/2025 y publicado por el Diario Perfil de la Ciudad de Buenos Aires, República Argentina.  

El Gobierno esperaba con ansiedad el dato del Indec sobre el índice de inflación del mes de diciembre. Diciembre es siempre complicado para un país castigado por el flagelo de la inflación. En otros lugares del mundo, el último mes del año se espera con entusiasmo por el aumento de la actividad comercial que generan las fiestas de Navidad y Año Nuevo. En cambio en la Argentina, atravesada aún por las secuelas de un brutal proceso inflacionario, lo que prevalece es la incertidumbre. Por eso el 2,7% trajo alivio al Gobierno. Diciembre había comenzado con aumentos en la carne que habían provocado preocupación.

Es un guarismo al que mucho contribuyeron los bolsillos flacos de la mayoría de la población. Es que, a pesar de contabilizar más ventas por las Fiestas, el consumo masivo experimentó un descenso del 18% interanual en diciembre. Entender y recalcar esto es fundamental para darle a ese 2,7% su exacta dimensión. Nadie niega lo imprescindible y positivo que ha sido –y es– el proceso de reducción de la inflación que se ha implementado durante este gobierno. Pero es importante saber –y no olvidar– que es la consecuencia de un ajuste brutal cuyo costo pagó –y sigue pagando– la mayoría de la población. 
 

La euforia en el oficialismo es inocultable. “En tan sólo doce meses pulverizamos la inflación” expresó en la red X un exultante Luis Caputo. En verdad, inflación todavía hay. Es importante que el ministro tenga en claro lo que aún falta por hacer y, sobre todo, el gran desafío que tiene el Gobierno: generar las condiciones de crecimiento y desarrollo económico que permitan acabar con ese flagelo atroz que representan tanto la pobreza como la indigencia.

Esa euforia es producto también de los comentarios elogiosos que la gestión de Milei viene recibiendo por parte de un abanico de personalidades y usinas económicas mundiales que comienza por Donald Trump y Elon Musk y se extiende a empresarios, organismos económicos y medios especializados internacionales. En este contexto, este fin de semana y comienzo de la próxima lo tendrán siendo protagonista de un hecho inédito en la historia de los Estados Unidos. En efecto, será la primera vez que un presidente electo invita a participar de la ceremonia de su asunción a mandatarios extranjeros. De ellos, la predilección de Trump la tiene indubitablemente Milei. Lo confirman voces de la extrema cercanía del próximo jefe de Estado estadounidense a quien, dicho sea de paso, las circunstancias del momento le han deparado un protagonismo mayúsculo en el ámbito internacional. Su mano ha estado presente, al igual que, por supuesto la gestión de Joe Biden, en las negociaciones que llevaron al cese del fuego en Medio Oriente y la tregua entre el gobierno de Benjamin Netanyahu y la organización terrorista Hamas que ejerce el poder en la Franja de Gaza. Habrá que ver si lo acompaña el mismo éxito en las negociaciones que impulsará para detener la guerra en Ucrania causada por la brutal invasión de Rusia.

Dicho esto, es claro que el presidente de la Argentina será un adalid clave para el próximo inquilino de la Casa Blanca. Hoy por hoy, el único mandatario absolutamente afín en la región es Milei.


Desde el punto de vista de lo que Hipólito Yrigoyen llamaba “las efectividades conducentes”, una de las reuniones clave de este viaje de Milei será la reunión agendada para hoy a las tres de la tarde con la Directora Gerente del Fondo Monetario Internacional Kristalina Georgieva. Sobre el fin de semana que pasó, el organismo internacional emitió una proyección positiva sobre la evolución de la economía argentina. Como se ve en la actualización que hizo el Fondo en su reporte “Perspectivas Económicas Mundiales”, pronosticó un crecimiento del PBI del 5% para 2025 y de una cifra similar para el 2026. Hay que recordar que, hace una semana, la misma Georgieva había declarado que el caso de la Argentina es “uno de los más impresionantes de la historia”.

¿Qué buscan Milei y Caputo en esta negociación? Plata. ¿Cuánta? Un piso de 11 mil millones de dólares que le permitirían al Banco Central hacerse de las reservas suficientes para cumplir uno de los objetivos y necesidades del Gobierno y del país: el levantamiento del cepo.
 

En medio de toda esa magia aparece la situación política interna. Ahí las cosas son diferentes. Hay menos Hollywood y más real politik. Empezando por las internas dentro del Gobierno que no cesan y giran alrededor de personajes y asuntos recurrentes: la decisión de aislar cada vez más a Victoria Villarruel, y el afán de poder permanente de Santiago Caputo. Su última batalla ganada fue el desplazamiento del titular de la Unidad de Investigación Financiera, Ignacio Yacobucci, motivada por críticas a su gestión y por supuestos viajes aéreos en primera clase. Quienes lo defienden –entre ellos el extitular de la agencia en la época de Macri, Mariano Federici y la ex vicepresidenta del organismo, María Eugenia Talerico– argumentan que esto ha sido sólo una excusa para evitar investigaciones que podrían comprometer a gente afín al Gobierno. Aquellos que lo conocen bien, afirman que Yacobucci es un hombre honesto y capaz, y creen que su repentina salida obedece al presunto pacto del Gobierno con el kirchnerismo para conseguir los votos en el Senado para aprobar el pliego del juez Ariel Lijo como nuevo miembro de la Corte.

El Gobierno tiene plena conciencia de que las próximas elecciones tienen un valor plebiscitario de enorme trascendencia para su futuro. Una derrota, lo dejaría sin futuro. Pasaría algo similar a lo que le sucedió a Mauricio Macri cuando perdió las PASO en 2019. Ese 11 de agosto fue fatídico. Ese día, su gobierno se acabó y, por ende, no hubo ninguna chance más de seguir adelante con su gestión que ya venía maltrecha. La lógica diría pues, que La Libertad Avanza debería buscar un acuerdo con el PRO en pos de sumar votos y asegurar una victoria. Sin embargo, lo que viene sucediendo es todo lo contrario. Se asiste a un proceso de vaciamiento del poder del expresidente dentro de su partido y del partido en sí. La ida de Diego Valenzuela y otros son evidencias de esa tendencia. Frente a esto, la posibilidad de la postulación de Mauricio Macri luce como un manotazo de ahogado para retener algo de poder. Por lo demás, esta alternativa como así también la de una eventual candidatura de Cristina Fernández de Kirchner hablan de la falta de autocrítica de los dos y de su incapacidad para formar herederos políticos. Ambos representan el fracaso y ponen a la Argentina frente a algo que trae reminiscencias de “Volver”, el célebre y universalmente conocido tango de Carlos Gardel y Alfredo Lepera, que en una de las líneas de su letra dice: “Tengo miedo del encuentro con el pasado que vuelve a enfrentarse con mi vida”.