La refundación del capitalismo…
Desconfío siempre de todos aquellos que se llenan la boca con palabras para acabar no diciendo nada o, lo que es peor aún, siendo correa de transmisión de la unicidad de un pensamiento que ha renunciado a recrearse en ideas y que únicamente es capaz de expresarse mediante consignas, que son como las órdenes cuarteleras que el sistema da a los que se pliegan a sus cada día más inútiles y estériles exigencias.
La verdad no es más que una entelequia. Nos hemos adocenado
de tal forma que estamos imposibilitados para expresar nada, ni siquiera una
emoción, porque en medio de tanta conciencia anestesiada, de tanta dignidad
pisoteada y humillante conformismo, si fuéramos capaces de sentir algo
podríamos gritarlo a los cuatro vientos y compartir con los demás nuestra
indignación, convertida en una actitud inherente a nuestro estado de ánimo,
todas esas inquietudes que van conformando la vida hasta convencernos de que
merece la pena vivirla, sufrirla, transformarla, compartirla hasta poder ser
dueños de nuestra propia existencia para transformarla en un futuro que merezca
la pena. Que nadie pueda doblegarnos y que, en nuestra ciega determinación,
liberemos un destino que hoy nos oprime y asfixia.
Todo esto es posible, igual que es posible otro mundo, pero
jamás lograremos avanzar en el cambio si no damos el primer paso, si
permanecemos de rodillas ante un capitalismo corrupto cuya relectura y
reformulación ya piden incluso los enemigos de la libertad, desde la amenaza
totalitarista y autoritaria, que se expande por Europa como una mancha de
aceite y que ha germinado ya en las urnas, legitimando un modelo que niega la
razón y rinde culto al miedo hasta que todo es un horror, hasta la violencia
antisistema que se disfraza de izquierda cuando no es sino una careta más del
fascismo.
Mientras la intolerancia gana terreno, nos resistimos a refundar
el capitalismo para dar la puntilla a esta crisis sistémica que ha entrado en
un bucle demencial que va desde el pacto de estabilidad que cercena derechos y
acaba con el gasto público y las conquistas sociales hasta una austeridad
impotente para estimular el crecimiento y generar riqueza, empleo,
oportunidades.
La austeridad, como el hambre y la necesidad, mata. Primero
aniquila el espíritu y luego te destruye física y moralmente. En medio,
oscilando en un difícil y temerario equilibrio, nos situamos la mayoría de los
ciudadanos que, si no ponemos remedio y nos plantamos, haciendo frente al mismo
tiempo a todos aquellos que han profanado lo público y han contribuido al
descrédito de la política corrompiendo la sociedad y despreciando los
principios democráticos, estaremos condenados a sobrevivirnos en medio de tanta
mediocridad servil y tanta estulticia disfrazada de conocimiento.
Ahora, ya nos movemos por impulsos y solo nos sostienen los
hábitos y los reflejos, respuestas condicionadas a estímulos primarios. Sin
embargo, nos queda la palabra y ese verbo tiene que hacerse carne de nuevo para
darnos una vida mejor. Cualquier palabra, incluso las que no dicen nada, o
aquellas otras que solo añaden dolor y miseria, cualquiera, insisto, es
preferible al cómplice silencio. Levanta la voz y exclama ¡basta ya! Aquel que
ya no tiene nada que perder ni puede ser desposeído ni tiene nada que
disimular.
"Coincido con el
uruguayo Eduardo Galeano, el escritor de las venas abiertas de la
globalización, en que efectivamente somos hijos de los días y, como hijos del
tiempo que nos ha tocado vivir, es más necesario que nunca defender todo
aquello en lo que creemos y que está siendo sistemáticamente aniquilado."
© Escrito por Manuel Domínguez Moreno y publicado por la Revista Cambio16 de la Ciudad de Madrid,
España el domingo 13 de Mayo de 2012.
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