Mundo Mafalda...
Mafalda.
Con las palabras que no tuvo Periquita y la
garra política que no heredó Lisa Simpson, Mafalda es un personaje único. Aquí,
su mirada de época y la filosofía que la anima.
Mafalda
es única. Aunque en sus comienzos haya parecido un homenaje a Periquita y en la
actualidad la haya heredado un poco Lisa Simpson. Sin embargo, Periquita está
sumida en el silencio, en comparación, y a Lisa le falta la garra para
cuestionar el mundo.
La tira
nació oficialmente en 1964, en Primera Plana, pero Mafalda ya era una nena que
hablaba. Y marca un antes y un después en los lectores argentinos: los adultos
que la leían “en vivo y en directo” por aquellos años, se sonreían. Los adultos
argentinos de entonces (la leían en los diarios El Mundo, El Litoral, Córdoba,
Noticias, de Tucumán, o la revista Siete Días), si podían, o hacían la revolución
o compraban Nervocalm. Para los demás lectores –por lo general se accede a
Mafalda en la adolescencia–, los que la leímos después en las tiras que publicó
Ediciones de la Flor,
ella se convertirá en el bálsamo con el cual soportar la realidad y las pérdidas
de estos últimos cuarenta años: una dictadura con un saldo de 30 mil
desaparecidos, una guerra inútil e injusta, la prosperidad fingida de los 90,
el ingreso con tarjeta de cartón a un primer mundo de pacotilla.
Dice
Quino que la hizo cascarrabias: en realidad es una melancólica que estalla de
ira por los avatares del mundo. La realidad política remite en última instancia
a la naturaleza codiciosa y cruel del ser humano y nos hace desgraciados y
Mafalda es quien denuncia todo el tiempo, a través de la frescura de su humor,
la maldad y la impericia del hombre y la ingenuidad de muchas de las soluciones
planteadas a los problemas mundiales, como el hambre y la paz.
En un
reportaje de 1987, el autor explica que el nihilismo de Mafalda se refiere a la
índole del ser humano, no a la civilización. “Estaba convencido de que si
alguien no modificaba un gen del hombre, éste desaparecería a corto plazo”. Con
ironía, Mafalda sobrellevaba los conflictos bélicos del Congo, Israel, Vietnam,
la Unión Soviética,
Hungría, las Revoluciones sangrientas, y en el plano local, el golpe de estado
de Onganía, la eterna contradanza de precios y costo de la vida; y las dos
paranoias fundantes de esas décadas: el terror amarillo y el avance del
comunismo, con su consecuencia: la guerra nuclear.
La
sopa, que ella detestaba (fue la época en que la sopa en cubitos se impuso),
sin duda era un mal menor. No hay lector ferviente de la tira que no acabe
odiando la sopa tanto como ella. Sin embargo, hay dos cosas buenas con que
enfrentar el mundo y que pueden escudarnos, sostiene Mafalda: los Beatles y el
amor de los amigos.
Los
seis amigos tienen intereses distintos y hasta irreconciliables por momentos,
sin embargo construyen un vínculo que aspira al bienestar del grupo. Tal como
el sueño que anhela: ser intérprete de la ONU para lograr la paz mundial. Aquí es cuando
Mafalda se pone de verdad optimista y ansía creer en que los gobiernos de
distintos países pueden acordar entre sí, como acuerdan los amigos.
En
1973, Mafalda dejó de salir en los diarios y con eso terminó su vida de
historieta. Quino declaró sentirse oprimido por el personaje; las peroratas de
Mafalda acabaron siéndole insoportables y no la extrañó jamás una vez que dio
por finalizada la tira. Volvió, en ocasiones, a ilustrarla en otras
producciones, como La declaración de los Derechos del Niño que publicó UNICEF
en 1976.
Pero
Mafalda ya no regresó a la vida de personaje de historieta; Quino se exilió en
España y sus fans argentinos nos quedamos un poco huérfanos. Para Umberto Eco,
leer Mafalda era indispensable para entender la realidad argentina; hoy
Wikipedia lo contradice, afirmando que los temas que se tratan en la tira son
universales. Sin embargo, la vigencia de Mafalda, con su cotidianidad porteña y
una clase media a la que pertenece, ¿se vive igual leída por un francés o un
sueco?
El
último libro, Mafalda 10, nobleza obliga, Quino lo dedicó a Mafalda, Manolito,
Felipe, Susanita, Miguelito, Guille y Libertad. Uno puede comprender al creador
cuando dice: “Se acabó, se agotó” y que se haya negado a conformar un equipo de
guionistas para generar nuevas ideas, como hicieron Charles M. Schulz con
Peanuts, Matt Groening con Los Simpson o Nick con Gaturro. Uno, lo admira, lo
entiende y agradece.
Pero
igual, ¿A quién no se le estrujó el corazón de pena cuando cerró Mafalda 10?
© Escrito
por Patricia Suárez (*) y publicado por el Diario Clarín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires
el Domingo 8 de Abril de 2012. (*) Escritora.
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