viernes, 5 de julio de 2013

El derrotero corrupto de los ´90... De Alguna Manera...


“La política se piensa a partir de la corrupción”...


El sociólogo Sebastián Pereyra explica el derrotero corrupto del país en la década del 90. Aquí, alerta sobre las generalizaciones que se hacen en este terreno y habla del papel de los periodistas.

Como un rumor que lo sobrevuela todo y se instala con fuerza de realidad. Poderoso, capaz de degradar la moral de los políticos a fuerza de escándalos y denuncias, asentadas y divulgadas tanto por el periodismo como por funcionarios (opositores y oficialistas) y miembros de ONG. Con esta lógica comenzó a instalarse el problema de la corrupción en nuestro país durante los años noventa, y son estás dinámicas las que preocupan al especialista en ciencia política y doctor en sociología, Sebastián Pereyra. En su reciente libro Política y transparencia, la corrupción como problema público (Siglo Veintiuno Editores) el autor indaga en las continuidades y rupturas de procesos paralelos y convergentes que explican la centralidad y el abordaje de la temática, desde su génesis y hasta 2001. 


A la vez que abre un interrogante que interpela: “¿por qué dar por sentado que nuestro país es altamente corrupto si al mirar los datos concretos, los que se desprenden de las prácticas poco honestas, la cantidad es mucho más baja que la percepción que se tiene de las mismas?”. En opinión del especialista, que además es profesor de la Universidad Nacional de San Martín, “la corrupción se volvió un modo central a partir del cual se piensa la política”. Una idea de corrupción que tiende a sintetizar una suma de problemas que fueron surgiendo en los últimos veinte años en términos de representación política y a vincularlo casi exclusivamente con el estatus moral de quienes ejercen funciones o cargos en el gobierno. “Cuando en realidad evocan a un conjunto de malestares de la democracia frente a otros que han perdido centralidad. Muchos grupos o actores sociales y ciudadanos que sienten ajenidad con la política utilizan la palabra ‘corrupción’ para nombrar esa distancia”. 

Pensada la política como problema moral, ¿hay ciertos tipos de conducta que generan mayor controversia social?
No. Más bien lo que se puede pensar, es el modo en el que algunos aspectos particulares de las denuncias de corrupción tienden a operar en momentos de dificultad económica, específicamente si afectan a ciertos sectores en particular. Por ejemplo, en ciertos momentos de crisis, el de enriquecimiento ilícito tiende a prevalecer sobre otros. Como si se esperara que la clase política sea solidaria con los problemas que afectan a ciertos sectores. También hay un tipo de público más afín a los escándalos de corrupción. Es interesante ver porqué ciertos sectores tienden a priorizar la corrupción como un problema y a elegir el vocabulario de la corrupción para pensar la política. 

Por eso usted no se siente cómodo con la inclusión del tema como “problema global”…
Sí, porque a veces lo que llamamos problemas globales, aparecen aislados de su correlato ideológico. Yo no estoy tan de acuerdo con esa idea: la corrupción (que después de la caída del Muro, los países occidentales centrales han tomado como uno de los más importantes a nivel internacional) aparece como un problema global cuando en realidad es un punto de vista y una mirada que tiende a pensar el funcionamiento democrático basado en una serie de reglas. Estableciendo así, una cierta mirada sobre cómo debe ser el funcionamiento democrático y tendiendo un correlato con el libre mercado y el no intervencionismo estatal. 

A pesar de que una de las conclusiones a las que usted arriba es que no puede hablarse de una relación directa entre centralidad del Estado y corrupción, ni entre neoliberalismo y corrupción.
Exactamente. Hay una idea heredada de los 90 que está muy presente en la sociedad: sospechamos de la intervención estatal como una forma directa o indirecta de corrupción, y el tema aparece recurrentemente cuando discutimos el rol del Estado. De hecho una de las claves por las que el menemismo decía que era fundamental avanzar en grandes e importantes reformas estatales era por ese preconcepto. Había que retirar al Estado para dejar operar al mercado. En Argentina se pasó de una situación de alta regulación e intervención del Estado, que se dio hasta mediados de los 70 a lo que ocurrió a fines de los 90, cuando la intervención disminuyó notablemente. Sin embargo, la percepción sobre la corrupción en general no disminuyó, ni en uno ni en otro modelo. 

Pese a que su trabajo no analiza la coyuntura actual, ¿es posible rastrear elementos recurrentes entre los escándalos del noventa, y los aparecidos en los medios en los últimos meses?
Escándalos y denuncias hubo siempre. Pero incluso ahora, cuando los escándalos recuperan cierta productividad política, hay varias diferencias con los de los 90. Una es el rol de la prensa o de los periodistas en relación a ellos. Para que un escándalo sea productivo el denunciante tiene que lograr ese lugar de neutralidad, en términos de representación de la opinión pública, que ahora, o después de 2001, aparece seriamente cuestionado o transformado. El otro elemento, es que a partir del 2001 y diría hasta el caso Ciccone los escándalos fueron de resolución más rápida en los 90.

¿Y qué particularidades encuentra en comparación con la lógica de los escándalos de corrupción en otros países?
En Francia e Italia se observa que éstos surgen como consecuencia de una investigación judicial previa, mientras que aquí es al revés: jueces y fiscales actúan en función de lo que aparece en la prensa. Lo cual es un problema porque no es lo mismo lo que cuenta como prueba en un escándalo (que se centra en la evaluación moral de determinado personaje) que en un caso judicial, en el que se debe probar un delito.

Tal como usted relata en su libro, para que el periodismo opere como custodio de la transparencia y referente de la opinión pública necesita credibilidad, ¿cuál es entonces el rol que les toca a estos profesionales?
Entiendo que entre la aspiración a la neutralidad y la representación de la opinión pública, el escenario más típico de los 90 y el modo del ejercicio de la profesión partidizada o segmentada políticamente, hay matices. Yo tengo la sensación de que la profesión periodística tiene mucho para ganar en el medio de los dos escenarios (el de los 90 y el actual), si es que no pretende ser la portavoz de la opinión pública en un sentido global, y en cambio busca clarificar y sincerar sus puntos de vista. Es decir entre la sobreactuación de la neutralidad política y la toma de posición política me parece que se desdibuja el modo en el que la profesión periodística genera legitimidad. Se producen picos de representación o legitimidad sobre públicos muy segmentados: consumidores o no de escándalos. 

A pesar de que el periodismo de investigación estuvo ligado desde sus inicios a la crítica y a la denuncia de la corrupción…
Sí, pero ese rasgo no define el modo en el que los periodistas intervienen en cada caso de corrupción. No es lo mismo que solamente apuesten su credibilidad para sostener una denuncia a que lo hagan con una investigación previa detrás, con pruebas. Lo que ocurre es que en los escándalos se juega un proceso paralelo: la degradación del denunciado redunda en la exaltación del denunciante. Así, si el denunciante no logra la degradación del denunciado pone en juego su propio reconocimiento social.

© Escrito por Martina Menzio el viernes 05/07/2013 y publicado en la Revista Ñ de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 

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