domingo, 9 de septiembre de 2012

Los Chorros y Nietzsche en Bernal…


Nietzsche en Bernal…

 Friedrich Nietzsche

Me perturban las noticias sobre robos en iglesias. Y esta semana hubo una que resultó especialmente escabrosa: el ladrón se llevó consigo el dinero de las limosnas, y no contento con eso golpeó en la cabeza al cura. Podemos colegir que ese malhechor descuenta que Dios no existe. ¿Qué otra cosa, sino ese dato cierto, pudo habilitarlo a proceder de tal forma? Yo mismo, si me lo planteo, podría coincidir con su opinión en la materia y suscribir ese ateísmo. De hecho, si el Dios de esa Iglesia existe, mi alma está condenada al infierno. Falté severamente a sus normas: mantuve relaciones sexuales prematrimoniales (dos o tres, nada más, pero es suficiente), deseé a la mujer del prójimo (de este prójimo, concretamente: Benjamín Vicuña), invoqué su nombre en vano (he dicho que Maradona es Dios, he dicho que era Dios Spinetta). No hay salvación para mí.

No obstante, me reservo estos argumentos: que no soy tan malo después de todo, que no maté ni mataría, que nunca lastimé a nadie, que no robé en ningún sitio. Me reservo estos argumentos, ¿y por qué razón? Porque creo que Dios no existe, pero no estoy seguro tampoco. Estoy convencido, estoy decidido; pero no puedo estar seguro: no me consta ni lo puedo probar.

En cambio, el ladrón de Bernal parece disponer de otras certezas. No solamente roba, lo cual de por sí ya lo condena, ¡además roba en la casa de Dios! Y roba la plata de la caridad, la plata destinada a los pobres, que como todo el mundo sabe son los bienaventurados de Dios. Y por fin, le pega al cura, ¡al cura, que está casado con Dios!, una tunda en la testa le surte, y al hospital de la zona lo manda.

Es evidente que ese hombre no duda. No es que crea que Dios no existe, es que lo sabe fehacientemente. Me estremece esa resolución. Su certeza es tan radical que sólo puede comparársela con la que exhiben los fanáticos religiosos. Así de seguro está, aunque sea en sentido contrario. En el medio de esos extremos, quedamos los apenas creyentes, los esclavos de la fe, los muchos que tan sólo creemos, que creemos que sí o que no, librados a la buena de Dios, sometidos de por vida a la vasta conjetura.

© Escrito por Martín Kohan y publicado por el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el domingo 9 de Septiembre de 2012.


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