domingo, 2 de septiembre de 2012

Jorge Fontevecchia en "El Olimpo"... De Alguna Manera...


La declaración judicial completa de Fontevecchia de su secuestro en 1979…

Testimonio. Jorge Fontevecchia, director de PERFIL, estuvo más de tres horas declarando en el expediente que lleva adelante el juez federal Daniel Rafecas.
 
Fue ante el juzgado de Daniel Rafecas, en una causa del I Cuerpo de Ejercito.PERFIL reproduce de forma íntegra el testimonio que brindó su director ante la Justicia acerca del secuestro y el cautiverio del que fue víctima en plena dictadura militar. Jorge Fontevecchia fue detenido el 5 de enero de 1979 y alojado en el centro clandestino porteño conocido como El Olimpo, que dependía del Primer Cuerpo de Ejército que comandaba Guillermo Suárez Mason. La declaración de Fontevecchia se incorpora a la investigación del juez Rafecas sobre la represión ilegal. Un documento ineludible para entender los horrores del pasado y los falsos relatos del presente.

En la Ciudad de Buenos Aires, a los 31 días de agosto de 2012, comparece ante S.S. Dr. Daniel E. Rafecas y Secretaria autorizante una persona previamente citada a quien se le hace saber que se le recibirá DECLARACION TESTIMONIAL, y puestos en su conocimiento los arts. 79, 242, 243 y 244 del C.P.P.N. y 275 del C.P., de cuyo texto se da íntegra lectura, el compareciente expresó su conformidad para el acto y prestó juramento de decir verdad conforme a sus creencias, manifestando ser y llamarse: JORGE ALBERTO FONTEVECCHIA, de nacionalidad argentina, nacido el 15 de julio de 1955 en Capital Federal, titular de DNI 11.666.758, exhibiendo en este acto cédula de identificación, expedida por Policía Federal Argentina; de profesión u ocupación periodista, hijo de Alberto Guido y de Nelva López, y con domicilio en Capital Federal. Que respecto de los vínculos de parentesco e interés que posee con las partes, dice en virtud de haber sido víctima de los hechos que se investigan posee un interés directo en esta investigación, pero que ello no le impide decir la verdad. A continuación el Tribunal procede a interrogar al testigo acerca de los hechos, manifestando: “En el año 1978 dirigía la revista La Semana que tenía sus oficinas en Av. Corrientes y Talcahuano, y el viernes 5 de enero de 1979, a las 10 de la noche, salgo de mi oficina, hacia el garaje donde estaba mi auto, que se hallaba a una cuadra –sobre calle Sarmiento, entre Libertad y Talcahuano–, cuando estoy por salir con el auto, una persona que se identifica como Policía, diciendo ser Policía y sin vestimenta de tal, me dice que espere antes de salir porque están realizando un operativo policial, y al cabo de unos tres minutos me autoriza a salir. Salgo con el auto rumbo a mi casa y a los diez minutos me cruzan varios autos, con armas largas, yo me detengo, bajo del auto con la cédula en la mano, que en esos momentos voló por el aire, y entonces me colocan en uno de los autos, en la parte de atrás, y se sientan sobre mí tres personas. Arrancaron, no había ningún sigilo, actuaban con lo que sería la seguridad de la zona liberada, y en un trayecto de no más de veinte minutos llegamos a un lugar, yo escucho un portón pesado, muy fuerte, y los autos entran a un lugar donde inmediatamente me ponen una capucha”. Preguntado por si escuchó que se anunciaran de alguna forma antes de entrar al lugar, dijo “no en el auto que yo iba, pero había otros autos que iban adelante y detrás y cuando bajaron tenían armas largas. Cuando llego a este lugar que luego me entero de que es El Olimpo, sería medianoche. Confirmé que se trataba del CCDT El Olimpo en el proceso de una causa judicial, en la cual me citan a declarar en el Juzgado Federal de San Martín, a cargo en ese momento del Juez Luis Córdoba, en la causa de la desaparición del científico Alfredo Giorgi, quien había estado detenido en El Olimpo, un tiempo antes había recibido informes de Amnesty International en ese sentido. 

Testigos de esa causa, dijeron haberme visto en El Olimpo y el Juez o Secretario actuante me muestra fotografías de El Olimpo, donde distingo las altas ventanas, con forma redondeada en su terminación superior, que eran lo único que pude ver cuando levantaba el tabique, a través de un pequeño agujero de la puerta del tubo en el cual estaba, recuerdo que la puerta era toda maciza y enfrente estaban estas ventanas tapadas con ladrillos hasta una altura muy grande. Yo escuchaba colectivos, tránsito, pero ése fue el único recuerdo visual que yo tenía de El Olimpo. Al salir del Juzgado citado me dirigí a Ramón Falcón y Lacarra. En ese momento no se podía ingresar a El Olimpo, pero desde afuera reforcé la convicción de que esas eran las ventanas que yo veía. Recién en el año 2009, en enero, cuando se cumplieron treinta años de mi desaparición, y ya convertido El Olimpo en un lugar de acceso público, destinado a la Memoria, en compañía de Isabel Cerruti, que era víctima de ese centro clandestino y funcionaria de la Secretaría de Derechos Humanos de la Ciudad de Buenos Aires, puedo recorrer en detalle el lugar y reconocerlo, inclusive me paré en el mismo lugar en el cual había estado y vi las ventanas desde adentro, caminé la distancia que había hasta el baño. Yo estuve en lo que ellos llamaban la sala VIP, en la que sólo había cuatro celdas individuales, separadas del resto, donde había celdas que llegaron a alojar a cuarenta personas. Conmigo tuvieron el cuidado de mantenerme aislado de los demás prisioneros. 

Estas celdas estaban situadas justo enfrente de las ventanas que mencioné, a la derecha había un baño común, sin ducha, que se comunicaba a continuación y en lateral, con una serie de oficinas, en una de las cuales me tomaron o hicieron interrogatorios. Yo estuve en una de las cuatro celdas, en el baño, en la sala de interrogatorios, y me llevaron una vez a bañarme a un lugar que estaba en la zona general donde estaban las otras celdas y tuvieron la precaución de que estuviera solo en ese momento. Fue la única vez que no tuve tabique mientras me bañé, recuerdo que veía nublado y era un lugar para que mucha gente se bañase simultáneamente, como una especie de gran sala de baños, con muchas duchas. Según Isabel Cerruti la persona que me vieron, fueron esa vez que me llevaron a bañarme, en el interrogatorio me habría visto Osvaldo Acosta, conforme el testimonio que dio en el Juicio a las Juntas, el 30 de julio de 1985. En esa oportunidad dijo que me vio mientras me interrogaban, testimonio que se halla en la sección ‘Testigos’ de la carpeta que presentará y tiene ante su vista. A mí me interrogaron tres voces distintas, con el clásico bueno y malo, y alguien superior al bueno y al malo, que una sola vez tomó contacto conmigo en un breve interrogatorio, en el cual sólo quería constatar que fuera yo. Supongo que esa persona que vi una sola vez es el Teniente Coronel Minicucci, supongo esto porque es la persona superior a los otros. Las otras dos personas que me interrogaron supongo que eran Soler y Turco Julián. No pude ver a ninguno de los interrogadores, pero sí a la semana de ser liberado, en un operativo de control, puede verlos y reconocer sus voces. Era una visita a los ex detenidos con el fin de amedrentarlos y hacerlos sentir vigilados. Pienso que se trataba de los tres nombrados, a raíz de los testimonios de personas que estuvieron en El Olimpo, sólo tuve contacto con las dos personas que me interrogaron, que fueron las mismas personas que luego me liberaron, cuyas voces escuché también en el momento en que me vinieron a hacer la tarea de control, yo nunca vi fotos en esa época. 

En las tareas de control pude verlos y escucharlos, y si bien no he visto fotografías de los nombrados de aquella época, sí por las voces, supuse que se trata de las mismas personas que estaban en el interrogatorio. A mí no me aplicaron picana, me pegaron, y la situación más violenta que pasé fue un simulacro de fusilamiento. Yo estaba desde que llegué casi desnudo, sólo en calzoncillos, me pusieron en una celda que tendría dos metros por uno; había en la celda un camastro de cemento, era pared de cemento, y poseía una puerta de hierro macizo, que tenía un agujerito muy pequeño. Que era como una perforación rústica. No había luz, pero me daba cuenta de cuándo era de día y cuándo de noche. En primer lugar porque de noche había un sereno, un carcelero, que escuchaba música del Litoral, creo que esta persona estuvo todas las noches, no la vi, esta persona varias veces me despertaba, me sacaba, me pegaba y me volvía a entrar a la celda. Tenía acento del Litoral, que está identificado como ‘el Paraguayo’. Nunca escuché que le digan por apodo alguno, ese lugar estaba deshabitado, en ningún día de la semana hubo una persona en otra celda. También distinguía si era día o noche, en función de lo que veía por la mirilla. Aparte escuchaba los colectivos. La otra persona con la que tuve contacto era la que me traía la comida, que era una detenida que la tenían haciendo esto, que, luego me enteré, la llamaban ‘la negrita’, y que cuando iba a la sala donde estaban los otros detenidos, según Isabel Cerruti, ella decía que allí estaba detenido Fontevecchia. Cuando me llevaban al baño, yo escuchaba gritos de dolor y preguntas que más que preguntas parecían órdenes, que eran desgarradores. Cuando me llevaron a bañar era de noche tarde y había que pasar por esta zona de oficinas, y como esa vez era muy tarde, no había nadie. Siguiendo con referencias a las personas que tomaban contacto conmigo, esta persona ‘el Paraguayo’ no me dejaba dormir, cada una o dos horas me golpeaba y pateaba la puerta. 

El sueño era el único momento bueno del día, cuando podía liberar la mente, en ese momento contacto con el Paraguayo. Esta referencia de que esta persona era el Paraguayo es a raíz de lo que dice Cerruti. Además de las dos personas que me interrogaron, el nombrado es la única persona con la que tomé contacto. Quien me llevó a bañarme fue uno de los dos que me interrogaron; el bañarse era como tomar agua cuando uno está muerto de sed, estaba sucio, sin zapatos, era una gloria, era como un regalo, y quien me llevó fue uno de los que me interrogaron. La comida era como un caldo con un fideo, en una semana bajé siete kilos, y tuve en estos gestos de ‘el bueno y el malo’, más allá de una técnica de interrogatorio clásica, percibí que había perversión y goce, esta idea de ser Dios, en El Olimpo. Es tan fácil, a alguien que está en esas circunstancias crearle bienestar con un mínimo gesto, que creo que las mismas personas que gozaban sádicamente, por instantes gozaban viéndose a sí mismos bondadosos. Por ejemplo, el día que me liberaron, viene una de estas dos personas a decirme que a la noche me van a liberar y que como un gesto de buena voluntad, ya que estaba hambriento de una semana, les dijera qué quería comer y que lo pedirían a un restaurante. Pedí suprema de pollo y es lo que comí el último día. Mientras yo comía esto estaba muerto de hambre y aparte pensaba que me iban a matar, tenía la sensación de que estaba comiendo la última cena y de que ésta era mi última voluntad. A las dos o tres horas, me traen la misma ropa que vestía cuando me habían secuestrado, que de hecho quedó en un Juzgado que llevaba la causa, y ya no con tabique, sino con capucha, me sacan de allí, me colocan en un auto, vuelvo a sentir el mismo portón que se abría, como si fuera en una guerra y a lo largo de unos veinte minutos, paran, me bajan, me sientan en otro auto, que estaba parado y en marcha, me sacan la capucha y me dicen ‘cerrá los ojos, contá hasta treinta y recién abrí después de treinta’. Cuando abro los ojos estaba sentado en mi auto, a una cuadra de donde funcionaba antes el Canal 9, en calle Gelly, y muy cerca del Primer Cuerpo de Ejército, del cual dependía El Olimpo. 

Cuando abro los ojos, eran las dos de la mañana, levanto la cabeza y veo que autos que estaban atrás, que se van contramano y me tocan bocina, aparecía de nuevo este juego, lo lúdico, parecía una película, como si ellos fueran personajes de ficción, y había también algo de deterioro psicológico en cuanto a la manera de construir su propia visión de ellos mismos. Por ejemplo, desde el momento en que me dicen que me van a liberar, me dicen que me van a controlar, y que me van a llamar por teléfono, con un nombre en clave, que cuando se identifique de tal forma haga lo que esa persona dice, y el nombre en clave es ‘Clark Kent’, que era el seudónimo que usaba Superman como periodista del diario Daily News, como periodista en la historieta Superman. La suprema de pollo, Clark Kent, tocar bocina, había un juego continuo de teatralización de sus acciones, un exceso, una ostentación, que no era necesaria para el cumplimiento de las tareas que tenían, como si quisieran demostrar que además les divertía, que no era un trabajo. En los interrogatorios, más que preguntar, bajaban línea. Se percibía un profundo malestar con el mediador papal en ese momento, el Cardenal Samoré, porque había impedido la guerra con Chile. Tenían una visión paranoica respecto de todo lo que fuera judío y el Plan Andinia. Me explicaban cómo este Plan, era el Plan del Estado de Israel para quedarse con la Patagonia. Tenían una mirada paranoica y agresiva, refiriéndome siempre a estas dos personas que alternaban el papel de bueno y malo en los interrogatorios, que se mezclaban con bajada de línea. Su juicio de la realidad era primitivo, maniqueo, sin grises, y esencialmente paranoico. Por la fecha en que fui secuestrado, en el mes de enero de 1979, El Olimpo fue desmantelado, y era el último centro de detención clandestino del Ejército, en la Ciudad de Buenos Aires; la actividad que había en El Olimpo era muy pequeña, comparada con la que de acuerdo a todos los testimonios en los Juicios, hubo en el pasado. Cuando yo fui secuestrado, hacía poco tiempo habían asesinado al Embajador argentino de la dictadura en Venezuela, Hidalgo Solá y ya estaba desaparecida Elena Holmberg, funcionaria de la Cancillería de la Embajada argentina en París. Ella aparece asesinada muy pocos días antes de mi liberación, y por entonces, el periodista Jacobo Timerman, estaba puesto a disposición del Poder Ejecutivo, y la Corte Suprema de Justicia, presionaba a la Junta de Comandantes, con que iba a pedir que lo pusieran en libertad, lo que luego terminó sucediendo. 

Es decir, el contexto político para la dictadura ya no era el mismo que tuvo los primeros dos años, se comenzaba en esta época a percibir señales de deterioro en su relación con la sociedad, el tema de las desapariciones de personas ya era conocido por lo menos por todos aquéllos bien informados. Comenzaba la sucesión a crear grietas entre los propios miembros de la dictadura, que dentro del Ejército, se dividían entre ellos autotitulándose ‘los duros y los blandos’. El Olimpo dependía del Primer Cuerpo de Ejército, que estaba al frente el general Suárez Mason, una de las cabezas de ‘los duros’, cuyo futuro al frente de primer Cuerpo, estaba próximo a terminar y de hecho, en 1980 un año después, cambia la cúpula de las tres fuerzas y el Presidente de la República. Es decir, mi desaparición fue producida en un momento que le producía costo político al gobierno, porque después de lo sucedido con Jacobo Timerman y otros periodistas, la desaparición de un director de una revista, aunque fuera pequeña, y poco influyente, como era la revista La Semana por entonces, generó revuelo en la prensa nacional e internacional. Anexo la publicación de los diarios de la época, que fue mucho mayor que la difusión que años antes habían tenido otros casos similares porque todavía no había tanta conciencia de lo que sucedía; por ejemplo, la Asociación de Editores de Revistas envió un telegrama al ministro del Interior Harguindeguy, reclamando por mi aparición, diciendo ‘este penoso hecho renueva dolorosamente las circunstancias que rodearon la desaparición de Julián Delgado, director de la revista Mercado, y el asesinato de Horacio Agulla, director de la revista Confirmado, aún no esclarecidos, punto de repetición de tales hechos, puede incluir dentro y fuera del país a pensar en subsistencia de la violencia ilegal y falta de garantías para el periodismo’, nota fechada el 11 de enero de 1979. En esa misma fecha, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas también envió un telegrama al secretario de Información Pública, y la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, también en esa fecha, le dirige una carta al Presidente de la Nación, que incluye cuatro mil quinientas cincuenta firmas, solicitando, la aparición de múltiples desaparecidos y transmitiendo su especial preocupación por la aparición del cadáver de Elena Holmberg y la desaparición del periodista Jorge Fontevecchia. Imagino que la suma de estas declaraciones, la difusión de la prensa nacional e internacional y el contexto de clima enrarecido dentro de la propia dictadura, los llevó a decidir que mi liberación tenía menor costo político que mantenerme en cautiverio”. Preguntado para que diga sobre qué versaron los interrogatorios que le fueron efectuados, fueron “muy torpes, me preguntaron sobre por qué había ido ese día a la Embajada de Cuba, yo esa mañana me había entrevistado con el Embajador de Cuba en Buenos Aires en la propia sede de la Embajada, porque se cumplían veinte años de la Revolución Cubana y yo quería realizarle un reportaje a Fidel Castro, había pedido una audiencia; también me preguntaron por qué publicaba notas de artistas prohibidos como Horacio Guarany, Mercedes Sosa o Leonardo Favio, o por qué no acataba la tácita disposición de no publicar notas a políticos –vale recordar que los partidos políticos estuvieron clausurados y los locales cerrados hasta 1982– y La Semana publicaba reportajes a políticos. Recuerdo una nota de Ricardo Balbín y una nota a un sindicalista que se había ido a España Casildo Herreras, ex Secretario General de la CGT. 

Yo nunca tuve actividad con Montoneros, ni con ERP ni con ninguna organización de izquierda, no. La revista La Semana consideraba a ERP y a Montoneros, terrorismo y guerrilla, los puntos que supongo que los puntos de la revista que a la dictadura le molestaban, era que se tomaba la Constitución Nacional en serio y defendía el derecho de expresión, incomodándolos en sus contradicciones, supongo que cansados de tantas advertencias y llamados a la atención por publicar notas a personas prohibidas y después de haber impedido la circulación de La Semana en varias oportunidades, quisieron darme un escarmiento, y el secuestro perseguía ese fin. Otra hipótesis es que como parte de la pelea entre “los duros y los blandos”, Suárez Mason quisiera crearle problemas a la Junta de Comandantes de entonces, en el medio del escándalo internacional con Jacobo Timerman, sumando otro periodista más desaparecido. Lo cierto es que de los interrogatorios no surge nada relevante más que lo mencionado y nunca conexión ni con Montoneros ni con el ERP. Indudablemente, frente a las atrocidades que se cometieron con muchos desaparecidos los tormentos que yo padecí, siempre me parecieron menores pero los mismos fuera de ese contexto serían atroces, desde el punto de vista del recuerdo, nunca más pude ir en un auto que manejase otro, hasta que volví del exilio, es decir, estuve tres años manejando mirando el espejo retrovisor, tenía la fantasía de que no me iban a agarrar de nuevo. Ese llamado estrés post-traumático también tuvo o tiene su costado positivo, ya que terminada la guerra de Malvinas, el gobierno clausura la revista La Semana porque fue la primera publicación que difundió la imagen de Astiz, como Capitán de Navío en la época en que actuaba en la represión ilegal. El gobierno clausuró la revista y la Corte Suprema de la Nación la reabrió a los tres meses. 

El gobierno entonces decidió ponerme a mí a disposición del Poder Ejecutivo, fue el último caso de alguien puesto a disposición del PEN en la dictadura, fue el 24 de marzo de 1983. Ese día en que me fueron a detener, en lugar de bajar con la cédula me escapé, recuerdo que un Comisario de Coordinación Federal se identifica, y yo en lugar de recibir al Comisario me escapo por una puerta lateral y salgo del edificio en el baúl de un auto; logro ingresar en una Embajada, estar asilado diez días, lo hice en la Embajada de Venezuela, y luego me exilié tres años. Volviendo al efecto de la tortura en todos sus campos, creo que mi reacción instantánea de evadirme es resultado de aquella experiencia anterior. Al volver a la Argentina, Editorial Perfil publica El Diario del Juicio, que fue la publicación que siguió día a día el Juicio a los Comandantes, y tomar contacto con lo que había sucedido, minimizada de tal forma la semana que yo había estado detenido, que siempre me hizo sentir afortunado. Esto tiene una dimensión metafísica, no psicológica, porque el diálogo es con la fortuna o con el destino, no con el represor. Por ejemplo, estando en el tubo una noche, yo que no soy creyente le prometí a Dios que iba a dejar de ser periodista si salía de esto, cosa que no cumplí; cuando volví del exilio tuve la necesidad de entrar en una Iglesia y pedirle disculpas, y prometer que iba a seguir siendo periodista, pero iba a tratar de hacerlo siempre de forma que pueda ser útil a la sociedad. Creo haber logrado convertir aquella experiencia en algo digerido positivamente. Lo que probablemente haga que a la distancia la tortura, en amplio sentido de la palabra, sea vista con menor graduación que lo real. En cuanto a las pautas de cautividad, estuve los siete días sin comer, sólo una vez por día un jarrito con un caldo, no siempre me llevaron al baño, debía estar haciéndome encima, y sucio, no sólo de transpiración, sin poder dormir más de dos horas seguidas, golpeado, los interrogadores me amenazaban con que me iban a matar, también escuchar la tortura de los demás era aterrador, aunque entiendo que ellos trataban de mantenerme aislado de los demás. Visto en retrospectiva, ellos trataron de mantenerme aislado. No me asignaron un código alfanumérico y me llamaban por mi nombre, siendo relevante que en ese lugar no había nadie. El simulacro de fusilamiento fue una noche que uno de los interrogadores me saca, y me dice que habían tomado la decisión de matarme, de fusilarme; se escuchaba el ruido de que cargaban un arma y la percusión y que no sale nada, luego de eso risas. Esto fue en el pasillo que daba entre las ventanas y los tubos, ellos se reían, gozaban. Estaba parado contra lo que serían las cuatro celdas o tubos. Por lo que luego leí, era una práctica habitual. Yo pensé que me mataban, incluso lo pensé, como dije, la noche de la liberación. De Timerman decían barbaridades, el tema recurrente era el sionismo que quería apoderarse de la Argentina, porque no tenían territorio, el clásico Plan Andinia. El tema recurrente en los interrogatorios era que siempre había algo antisemita, como que había muchos periodistas que eran judíos, había una obsesión con el tema judío. Yo estuve en Auschwitz tratando de hacer una comparación incomparable, pero entiendo que, salvando las distancias, hay algunos puntos de contacto con algo de El Olimpo; y me da la sensación de que en el caso de los represores de El Olimpo, que eran ignorantes, su nazismo era más estético que ideológico, desde una estética del fierro, del anteojo oscuro, de las formas agudas, de un gótico primitivo. Creo que la asociación venía de la admiración por el prusianismo militar, que en su estética se ve aún hoy como herencia de Pinochet y los uniformes militares en Chile. No siento que en el antisemitismo que esta gente transmitía hubiese trascendencia; era más un grupo de pertenencia a una tribu que una convicción ideológica, lo que no quita la gravedad que tenía. Pero en general me quedó esa idea de la banalidad del mal, a la cual se refería Hannah Arendt en el juicio a Eichman, en la que finalmente ese mal era mucho menos elaborado de lo que uno podía imaginar, lo que lo hace aun más siniestro, por lo impredecible, por lo inexplicable, por lo paradójico y por lo fútil. 

Es otra forma de tortura, el sinsentido. No hay un orden en el cual si uno hace esto está a salvo: nadie está a salvo porque los represores son locos. A los diez días de ser liberado, mi secretaria me llama y me dice que me busca un señor que se hace llamar Clark Kent, me dicen que baje, que un vehículo se va a estacionar al lado mío, que me suba; lo dudo, pero advierto que no tengo alternativa y finalmente bajo, veo el vehículo, se abre la puerta y me subo. En él había tres sujetos, y había lugar para una persona en la parte de atrás. Cuando me subo advierto que había también un auto adelante y otro atrás, me llevan en un recorrido hasta el Rosedal, y me hacen tomar un café con ellos en una mesa al aire libre. No había en ellos un objetivo en particular, y la sensación que me quedó es que querían amedrentarme, advertirme, hacerme saber que estaba siendo vigilado. El café lo tomé con dos personas, y por sus voces me di cuenta de que eran los interrogadores; uno de ellos tenía el cabello más claro que el otro, ambos eran más altos que yo, que mido 1,70 metro, y tendrían entre 30 y 40 años; su porte era como de seguridad, con un cuerpo que se usa o se trabaja. Estaban bien vestidos y llevaban puestos anteojos negros, uno de ellos estaba vestido con ropa clara, y transmitían una preocupación por la elegancia, y cierto elitismo, que distaba de la imagen del policía común. Me parece que ninguno de ellos tenía bigotes. Uno de los dos hablaba más, era más extrovertido, y también era el que hablaba más dentro de El Olimpo; era el de cabello más claro. Trataron de mostrarse empáticos y dejar un mensaje ambivalente, porque por un lado yo estaba aterrorizado por la situación pero la actitud de ellos era de cordialidad, lo que nuevamente me hace referir al goce, a una forma sofisticada de sadismo, a una omnipotencia máxima de la impunidad, a la clásica del represor que cuida el canario, otra vez reminiscencia a Auschwitz; otro punto de contacto era la sensación de que lo que hacían nunca iba ser juzgado o conocido, es decir, que se podía borrar la historia. A mí me liberan en la madrugada del sábado 14, me voy a mi casa, y a las pocas horas vienen de la Policía Federal para llevarme a tomar declaración al Departamento Central de Policía; cuando me liberan en El Olimpo me dicen que tenía que decir que había sido un secuestro económico y que nunca había estado detenido en dependencia de ninguna fuerza de seguridad. Me llevan a la Policía Federal, supuestamente los que investigaban a mis secuestradores, y me interroga el Subjefe de la Policía, de quien no recuerdo el nombre pero se presentó de esa forma, con preguntas incisivas como si realmente quisiera descubrir la verdad, creándome una sensación de incomprensión, porque yo no sabía si había incredulidad y estaba interesado, o estaba cumpliendo las formas para cerrar un caso, y me preguntan si yo no había tenido problemas con funcionarios del gobierno la semana anterior a mi secuestro, relacionado con las cosas que publicábamos. El trataba de transmitirme la idea de que se trataba de un secuestro político, y yo a veces dudaba de si me preguntaba en serio o no, y lo que me dice es que le diga en confianza quiénes fueron, pero yo me mantuve en no decirles. Esta entrevista me generó muchas dudas; no sabía si ellos sabían o no dónde y a disposición de quiénes habían estado detenido. Me queda la sospecha de que entre ellos la interna era violentísima y se escondían los detenidos y se tiraban cadáveres unos a otros para producirse algún efecto; u otra hipótesis: que simplemente querían cerrar un caso, cumpliendo ellos las formalidades de haber tratado de investigar. Resulta también interesante ponerlo en el contexto de tránsito que significó 1979, porque ése es el año en que toda una generación de represores y de militares en otras actividades sabía que al año siguiente pasaría a retiro. Por ejemplo, el control que me realizaron a mí a los diez días de haberme liberado fue el único, a pesar de que cuando se despiden me dicen que me van a volver a llamar para controlarme, algo que los testimonios de otras personas relataban, y que se produjo. 

A mí sólo me controlaron esa vez, y a fin de enero se desactivó El Olimpo; ese año fue el último intensivo de desapariciones. Se presentó un hábeas corpus por mi desaparición, el lunes posterior al que fui secuestrado, ante el Juzgado Federal Nº 1 entonces a cargo del doctor Marquart, que llevaba el Nº B14, y se tramitaba ante la Secretaría 2. En El Olimpo quedaban cuando yo me fui sólo diez personas; esto lo menciona Osvaldo Acosta. También quiero agregar que para reforzar esta idea de que se trataba de un secuestro extorsivo se quedaron con todo lo que llevaba encima. A raíz del hábeas corpus hubo una causa, en la cual me retuvieron la ropa; era un juez que llevó adelante una investigación, en el palacio de Tribunales; tenía puesto un traje blanco y recuerdo que hicieron una investigación para cumplir la formalidad. Nunca me llamaron a declarar, pero calculo que luego del hábeas corpus se formó una causa por privación ilegal de la libertad”. Preguntado para que diga si pudo advertir si los represores pertenecían a una fuerza de seguridad y en su caso indique a cuál y por qué advirtió ello, dijo: “El paraguayo transmitía en su lenguaje tosco ser suboficial de algo, no sé si era del Servicio Penitenciario o policía, sí pude advertir que era alguien en escala de suboficial y que hacía tareas menores. Por el contrario, los que me interrogaban no transmitían ser personas de una clase social baja, aunque sí ser primitivos intelectualmente. En el momento en que me secuestran iban en Falcon, y bajaron con armas largas, de hecho me trasladan en un Falcon y los otros autos también eran Falcon. También el día que me llevan al Rosedal lo hicieron en un Falcon. Cruzaban la ciudad con una impunidad que no cruzaría alguien que esté perseguido o a quien otra fuerza de seguridad lo esté buscando. No escuché ninguna referencia de la vida personal de ellos, estuve poco tiempo, tal vez por eso no tuve situaciones de intimidad”. Preguntado por si durante el tiempo que estuvo cautivo estuvo inmovilizado de alguna forma dijo que no, estaba horas y horas encerrado en ese tubo en el cual las horas eran infinitas; la diferencia entre el día y la noche sólo era perceptible a través de la mirilla. Preguntado por si escuchó alguna referencia a la existencia de “traslados” de detenidos, dijo “no, lo único que escuché fue la tortura de alguna persona en particular, que entiendo que pertenecía a alguna actividad sindical, porque en esa dirección escuchaba algo en las preguntas, aunque sólo percibía fragmentos de ellas, aclarando que el torturado era un hombre. Preguntado para que diga si escuchó algún apodo de las personas que prestaban funciones allí, dijo que no. Preguntado si en el CCDT en alguna oportunidad gritó o dijo “soy Fontevecchia”, a lo que dijo que no, que “sí recuerdo que en un momento te llevan a la sala. Ellos sabían quién era yo, no tenían necesidad de constatar mi identidad, no fui secuestrado en una situación en que yo estuviera huyendo. No sé por qué hay testigos que dicen que estuve detenido en diciembre; yo estuve a partir del 5 de enero y no quedan dudas de esto. Es evidente que a lo largo de los años la memoria crea lagunas, y lo que puede haber pasado, según pienso, es que el relato de Osvaldo Acosta, que me vio en El Olimpo, haya mencionado a los sobrevivientes que me vio y que esto se haya recreado en la memoria de los demás. 

También quiero aclarar que el físico Mario Villani en un testimonio, en el Juicio por la Verdad en La Plata, el 27 de octubre de 1999, menciona que me vio en El Olimpo. Que también lo hace ante la Asociación de ex Detenidos Desaparecidos. La Conadep me tiene bajo el código 6570 como liberado, localizado con vida. Reitero que frente a las atrocidades de las otras personas lo padecido por mí me resultaba algo incomparable en su dimensión”. Seguidamente se procede a la exhibición a la compareciente del álbum de fotografías conformado en el marco de las presentes actuaciones en la investigación focalizada en el circuito represivo “ABO”, el cual se encuentra conformado por dos anexos, el primero en el cual se hallan las fotografías, y el segundo, conformado por la nómina, de la cual el testigo no toma vista, dejando constancia de que tampoco toma vista de la numeración correspondiente a cada fotografía; refiriendo “no encuentro en el álbum las caras del Turco Julián ni de Soler y no reconozco a persona alguna”. Seguidamente se le exhibe el álbum conformado en la causa 16.441/02 el 11 de julio de 2008, el cual se encuentra conformado por cuatro anexos; exhibiéndosele el anexo Nº III conformado con las fotografías remitidas en el expediente numeradas correlativamente, no tomando vista de la numeración de las fotografías ni del anexo IV en el cual se halla la nómina del mismo. Al tomar vista del álbum de fotografías, indica que “tampoco reconozco en las fotografías a las personas a las cuales aludí”. Preguntado para que diga cuáles fueron los datos que lo llevaron a suponer que las personas que lo interrogaron eran “Soler” y “Turco Julián”, refiere “los testimonios de otras víctimas que decían que eran las personas que interrogaban; lo único que tengo es la asociación entre una vez que los vi y la voz, que era la misma, pero ésos son los datos que tengo para llegar a tal conjetura”. Preguntado lo mismo con respecto a “el Paraguayo”, dijo, que con respecto a esta identificación “tengo un poco más de certeza por la música que escuchaba y por su entonación, pero si había varios que escucharan esa música o tuvieran esa entonación, entonces lo pondría en duda; lo que recuerdo es que ponía la radio a todo volumen”. -------------------------------------------

En este acto aporta el declarante una carpeta titulada “Notas periodísticas”, la que posee las secciones: Notas, Telegramas, DD.HH., Testigos, Columnas, que se relacionan con su detención ilegal antes narrada. ----------------------------------------------------------------

Quiero requerir al Tribunal que se contemple la posibilidad de requerir al Juzgado Federal Nº 1 el hábeas corpus que fuera mencionado, a la vez que requiero que se me autorice a la extracción de copias simples del citado hábeas corpus una vez que el mismo sea procurado, como asimismo de toda otra actuación que tuviera relación con mi cautiverio. Asimismo, requiero que en la medida de lo posible se me exhiban, mediante reconocimiento judicial, fotografías de las personas que he mencionado como posibles autores materiales de los hechos, ya que no he visto fotografías de los mismos posteriormente y las referencias de sus nombres sólo las he obtenido a través de otros testigos. Se deja constancia de que se encuentra presente en este acto la Dra. Nora Liliana Cura, quien exhibe en este acto credencial del Colegio Público de Abogados de Capital hallándose inscripta en Tomo 72, Folio 983 a los efectos de asistir a los reconocimientos fotográficos mencionados.------------------------------

No deseando agregar nada más, se da por finalizado el presente acto, previa lectura que se hace de la presente a viva voz, la cual es ratificada por el compareciente, firmando luego de S.S. y ante mí, firmando asimismo, la Dra. Cura, doy fe.

© Publicado en el Diario Perfil de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el domingo 2 de Septiembre de 2012.



 

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