sábado, 9 de junio de 2012

Qué va a pasar con el dólar... De Alguna Manera...

Qué va a pasar con el dólar…


Es curioso que, cuando se habla de “novelas de la dictadura”, no suela mencionarse La experiencia sensible de Fogwill. Se debe probablemente a que la figuración literaria de esos años se concentra tanto en la represión de Estado, los torturados y los desaparecidos, que cuesta pensar que La experiencia sensible no es menos “novela de la dictadura” que cualquiera de las otras habitualmente invocadas.

Aunque tal vez pueda deberse a que, con los materiales reunidos y expuestos por los relatos sobre el terrorismo de Estado, hemos ido componiendo ese suelo común en el que pisamos en firme y al que llamamos memoria. Y en cambio lo que Rodolfo Enrique Fogwill abordó con La experiencia sensible parece haber quedado más bien del lado del olvido. Del olvido en el sentido más cabal: no el que sobreviene por descuido o por desgano, por puro dejarse estar, sino el que se cultiva con esmero porque es indispensable (inclusive para los dispositivos del recuerdo, que precisan esas lagunas).

Fogwill escribió ese texto a finales de los años 70 y lo retomó a finales de los 90. La historia que cuenta es la del viaje de una familia argentina a Las Vegas con una escala puntual en Miami, todo esto en pleno 1978. El paisaje relativamente uniforme de los aeropuertos, los hoteles internacionales y los casinos, sirve de escenario a dos clases de pasión, tan extendidas en el tiempo y el espacio como típicas de esos personajes y esos años: una, la de entregarse al goce insaciable de lo que son capaces de proporcionar los dólares; la otra, la de aplicarse a la aventura de ganar dinero con el dinero mismo, la de hacer plata con plata. La experiencia sensible bien vale como retrato de época: retrato de la dulzura de la plata dulce y del gusto por la pura especulación, mezcla de free shop y de casino.

Esa parte de la historia argentina reciente está menos procesada que otras: la vista gorda que se dispusieron a hacer unos cuantos, a cambio de tener el dólar bien a tiro y bien a mano, mientras pasaba lo que pasaba entretanto en el país (en el entretanto de la novela de Fogwill, por ejemplo, la familia de un brigadier presiona por demás para que les alquilen una casa en Punta del Este). Todo lo que fue registrando Fogwill en los 70, mientras ocurría, decidió retomarlo en los 90, cuando pudo perfectamente comprobarse que no era memoria, sino olvido, lo que se había elaborado con eso.

Desde entonces, la rueda no ha cesado: el dólar cuando baja nos pone bulímicos, el dólar cuando sube nos pone paranoicos. La famosa frase de Perón: “¿Alguien vio un dólar alguna vez?”, que tan irreal y hasta forzada pudo sonarnos en tantas ocasiones, adquiere por estos días una inesperada actualidad, un raro valor de profecía, una prueba más para los que atribuyen al general poderes de visionario. El dólar es una pasión nacional. Copa nuestros temas de conversación y tiñe de verde nuestras fantasías más persistentes. Es la parte sensible de nuestra experiencia sensible.

© Escrito por Martín Kohan y publicado por el Diario Perfil e la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el viernes 8 de Junio de 2012.




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