sábado, 9 de junio de 2012

Desaparecidos... De Alguna Manera...

Un hijo de desaparecidos y su infinita búsqueda de un papá…

Las familias de las víctimas del terrorismo de Estado armaron sus vidas a partir de la ausencia. Silencio, alocadas sospechas y una fugaz sombra de venganza surgen como protagonistas de este texto autobiográfico.

En marzo del 76 desapareció papá; en agosto nací yo; y en noviembre desapareció mamá. Los dos militaban en el ERP. Él, al parecer, pasó sus últimos días al cuidado de los carniceros de “La perla”, en Córdoba; y ella, también al parecer, los pasó amparada por idénticos carniceros en “El campito”, en Campo de Mayo. Como mi abuela materna obligaba a mamá a dejarme todas las mañanas en su casa , me salvé; y ella fue quien me crió. Y como mi abuelo murió al poco tiempo de la desaparición de mamá, víctima de un cáncer bestial, mi abuela, a simple vista, era todo lo que yo tenía.

A mis ocho años, ella me mandó a un psicólogo que en una de las primeras sesiones me preguntó por la causa de la muerte de mis padres. “No sé”, le dije, y él me pidió que averiguara en casa. Y mi abuela, que hasta ese momento me había dicho que hablaríamos de eso cuando yo fuera grande, me lo contó. Así que a los ocho años yo ya era grande . Luego, aquel psicólogo entendió que, dentro de las condiciones de mi infancia feliz, faltaba una figura paterna; y entonces un día me ofreció ir a navegar con él en su velero. Como mi abuelo había sido marino, acepté rápido; navegamos juntos durante cuatro años.

En casa, en Buenos Aires, la figura materna era fuerte: vivía con la mamá de mamá . Aunque no fueran pocas las veces que, siendo chico, en medio de la noche me pasara a la cama de mi abuela para llorar (llorábamos juntos, recuerdo), nunca me pareció que faltara una madre. Sin embargo, padre no hubo . Reconozco que entre el psicólogo que me llevaba a navegar, el hermano de mamá y el marido de la hermana de mamá compusieron, efectivamente, una imagen importante. Pero padre, lo que se dice padre, no había.

Hasta que un día de enero del 99, mientras visitaba a mi familia paterna (ellos viven en Villa Mercedes, San Luis, de donde era papá), apareció mi tío Ramón Giménez.

No llevo su apellido –que debiera haber sido el mío– por obvias razones: cuando me inscribieron mi papá estaba desaparecido y me anotaron con el apellido materno.

Los huérfanos tendemos a ver padres en lugares inesperados. Y en los tíos, claro. Esto no es tan inesperado: de hecho, falta el padre y tener un tío-padre es de lo más natural. Pero en mi caso, como dije, no era tanto la ausencia de la figura paterna sino del padre, o al menos de un reemplazo consistente. Lo que faltaba era la experiencia del padre.

La aparición de mi tío Ramón –eran tres hermanos, Juan Carlos, Ramón y papá– en Villa Mercedes, vino a ser lo más parecido a esto. En ese momento yo tenía 22 años y hacía tiempo que no lo veía: él se había peleado con Juan Carlos, y se había convertido en una especie de sombra.

Ramón me saludó. El alcohol lo había perdido varias veces, y se notaba que de la última no había salido muy bien parado. Ahora vendía fiambres a comercios y todos le decían Paladini. Andaba en una F100 y me dijo de ir a dar una vuelta.

Te voy a presentar a alguien , adelantó. En el camino me hablaba de la F100. “Está floja de papeles, pero en el juzgado ya saben.” Un amigo que trabajaba en aquel juzgado lo dejaba usarla. La F100 se hundía en las hondonadas de las bocacalles y levantaba la trompa, parecía una lancha y hacía bailar, en medio del calor, la botella de ginebra y el agua tónica que Ramón me hacía servirle en un vaso.

Llegamos a una parrilla y me presentó al que atendía, un tal Tuqui. Le pidió que me reconociera; pero el tipo nunca me había visto, así que fue inútil . Cuando Ramón le dijo: “el hijo del Plomo”, el tipo primero se me quedó mirando, no hablaba, como golpeado por un buey, y después se emocionó; y cuando la emoción se le pasó habló de papá como nunca me habían hablado.

Siempre me hablaban de él como alguien deportista, ingenioso, entrador (y pesado, por eso lo de “el Plomo”, que reemplazaba a menudo a su nombre, Félix); pero nunca como el militante que mientras hacía la conscripción, entre otras cosas, había saltado a la fama (y a la clandestinidad) entregando un regimiento . Enseguida nos sirvió algo para picar, vino, soda, hielo, pan.

El Tuqui fue el primero que Ramón me presentó. En los 70, como ferroviario, había participado en las luchas sindicales y debió escapar, internarse en el monte y enterrarse unos años en un rancho perdido por ahí, lo usual.

Ramón tenía una historia parecida. No terminaba en un rancho, sino en Río Gallegos, donde se exilió con su primera mujer y sus hijos, y donde los militares no lo atraparon; aunque pronto lo atrapara el alcohol . No la contó aquella tarde, no hizo falta. Además, él quería hablar de otra cosa.

Fumaba . Yo comía pan con morcilla tibia y, en la parrilla, con lo que contaba el Tuqui, lo que callaba Ramón, y lo que diría después, los años 70 eran una especie de niebla luminosa.

Lo que Ramón dijo, entonces, fue que estaba buscando a un tipo que andaba en una grúa roja y que, según él, había entregado a papá a los militares. Tuqui de eso no sabía nada, pero podía averiguar. “Una grúa roja es fácil –dijo–; si son siempre azules, las grúas”.

Después fuimos a ver a varios tipos más. Uno atendía un kiosco. Otro era artista plástico. Otro era carpintero, y así. Y a todos quería meterlos en la venganza contra este tipo de la grúa roja. Nadie lo conocía, al de la grúa, pero Ramón de algún lado había sacado el nombre y bueno, ahí andaba, buscando. Como muchas de las cosas que hacía Ramón, todo tenía un aura extraña. Y era imposible decirle que no.

Buscábamos la grúa roja, preguntábamos. Él, de paso, me mostraba los lugares en los que solía andar papá cuando era chico, cuando era adolescente, cuando empezó a tener novias; y paralelamente, casi sin decirlo, me contaba la historia nunca contada, l a traición que según él todos callaban . Costaba entender, la ginebra a Ramón le trababa un poco la lengua, y las frases. Pero una noche, en su casa, desparramó todo con una lucidez asombrosa.

Según Ramón, aquel día papá había viajado a Río Cuarto a encontrarse con un viejo amigo (su gran amigo, de hecho, por entonces expulsado de la Fuerza Aérea), y había sido este quien lo había señalado para que el de la grúa roja lo siguiera y lo entregara en Córdoba. Pero también resultaba que este viejo amigo era un conocido de todos: Roberto, el hermano de la primera mujer de Ramón, también hermano de la mujer de Juan Carlos (porque los dos hermanos de papá, Ramón y Juan Carlos, se casaron con dos hermanas , vecinas del barrio). Para Ramón, Roberto era el verdadero culpable de la desaparición de papá. Un delirio, evidentemente. Roberto también era, en cierta forma, un tío.

Pero esa noche, con el calor sofocante alrededor, y bajo los efectos de las ginebras que yo también había tomado, no creerle a Ramón era estar más loco que él . Son esos momentos en los que la locura se vuelve lo más convincente que se tiene al alcance de la mano. Más en boca de quien en todos esos días había sido una especie de padre. Ramón habló tanto que llegó a decir que esa misma noche iba ir a matar a Roberto . De hecho, sacó un revólver de un cajón y se paseó por toda la casa blandiéndolo, como electrizado . Yo no sabía qué hacer, y menos mal que él en un momento se sentó y se quedó dormido, porque juro que no hubiera podido pararlo. Dormido, Ramón era el de siempre: un hombre desapegado y bondadoso, capaz de cualquier sacrificio por mí o por quien fuera.

Aquel verano yo estaba a miles de kilómetros de entender lo que pasaba; sin contar que era el tiempo en el que pensar en hacer justicia por mano propia, aunque hacerlo significara cometer un error infinito, era algo que estaba en el aire (mucho más de lo que se supone). En su novela Estrella distante , Bolaño toma ese guante y nockea. También Martín Prieto, en Calle de las escuelas N° 13 , y Silvia Silberstein, en Bajo el mismo cielo . Ficciones que afirman los deseos negados de revancha. Y preocupaciones latentes en las que todos esos “sueños” se volvían mucho más crudos; de mínima, pesadillas.

Y todo terminó ahí. A la mañana siguiente, como si nada hubiera pasado, como si Ramón ya se hubiera liberado de la historia terrible que tenía para contar, me despertó y me pidió de acompañarlo a trabajar. En la recorrida pasamos por los lugares por los que habíamos andado antes, pero Ramón ahora hablaba de sus clientes.

Sin embargo no me olvidé. Ese año escribí todo en una novela muy corta y muy triste que tengo ahí guardada (al final, entre varios, matábamos al tipo de la grúa roja), y al año siguiente hice un viaje de 5000 kilómetros para que uno de los hijos de Ramón me explicara la historia, que por lo que parece era una historia de odio a su primera mujer, y a su destino . Ramón buscaba vengarse no tanto de lo que había pasado con papá como de lo que le había pasado a él. O las dos cosas; como si la desaparición de papá, para él, hubiera sido el origen, y la causa, de todo lo que le había pasado después.

Cuenta mi tía Ana, la primera mujer de Ramón, que cuando nací y ellos vinieron a Buenos Aires a conocerme Ramón dijo: “a este chico hay que cuidarlo mucho , más que a nadie”. A su manera, sé que lo hizo así. Y aunque no entiendo si lo de aquel verano tuvo que ver con aquella primera voluntad, lo cierto es que a partir de ese momento entendí varias cosas sobre papá, y arranqué a escribir.

Mi vida de escritor empieza con las cartas que le escribía a mi familia de Villa Mercedes, se disgrega en las anotaciones de mi adolescencia, y se consolida, o cobra forma, después de aquel verano con Ramón . Si antes me había sentido orgulloso de haber tenido un padre idealista y, en mis fantasías, ideal, ahora ese orgullo era otra cosa, algo más inquietante, profundo e inseguro, y me lo había dado Ramón. Algo vivo, quiero decir. Amor, podría decir, aunque el amor sea tal vez otra cosa, quién sabe qué.

Desde aquella vez, también empecé a ver a mis tíos de Villa Mercedes como encarnaciones de papá. La venganza que Ramón tramaba no tuvo por resultado matar a nadie, ni siquiera encontrar una grúa roja, sino detonar el cuerpo ausente de papá y desparramar su carne, viva, en todas direcciones.

Cuando murió Ramón no llegué a ir al entierro, y lo lamento hasta el día de hoy. Cuando murió Juan Carlos, el año pasado, sí. Allá fuimos con mi mujer y mis dos hijos a despedirnos.

Se iba el mayor de los tres hermanos ; el final de una generación. Durante el velorio, varias veces, pensé que estar ahí era como estar, por primera vez, frente al cuerpo de papá. Me ofrecieron cargar el cajón y lo cargué . Era la última semana de febrero, estaba fresco. Esa noche, Roberto hizo unos pollos a la parrilla para todos; y a la mañana siguiente nos volvimos. La lluvia, en la ruta, era demencial.

© Escrito por Félix Bruzzone y publicado por el Diario Clarín de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el sábado 9 de Junio de 2012. 






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