domingo, 5 de febrero de 2012

Islas Malvinas Argentinas... De Alguna Manera...

Disipar la neblina...

 
- La Argentina tiene derechos sólidos sobre las islas Malvinas. La Constitución nacional, en una cláusula transitoria agregada en la reforma de 1994, establece que su recuperación “es un objetivo permanente e irrenunciable del pueblo argentino”. Por ende, de su Estado y de sus contingentes gobiernos.

- La dictadura militar lanzó una guerra delirante que llevó a una derrota veloz y tremenda. La aventura tuvo enorme apoyo popular, acaso tan grande como el desencanto ulterior.

- Muchas víctimas dejó la guerra. Los que murieron, los sobrevivientes, sus familias, sus núcleos de amigos.


Esa mochila, cargada de dolor y contradicciones, pesa sobre la sociedad y el Estado.

Desde la reinstauración democrática todos los gobiernos han tentado vías pacíficas para forzar (o persuadir) a los británicos a negociar.

Ha primado un criterio sensato para manejar los conflictos de límites con los países vecinos. Un viraje auspicioso respecto de un pasado en el que las hipótesis de conflicto (más con las naciones vecinas y hermanas que con Gran Bretaña) eran menú cotidiano de las Fuerzas Armadas y de muchos dirigentes políticos.

En ese marco, la orientación elegida por la Presidenta es la más adecuada. Mantener el reclamo en foros y organismos internacionales, sumar adhesiones de terceros países.

Los dos gobiernos kirchneristas acentuaron las acciones, contando con el aval de los países de la región. En esto, como en tantas otras variables, hay un “viento de cola” (un escenario de integración) muy potenciado por la acción política. Los gobiernos nacionales-populares, progresistas o populistas son una realidad. La articulación, una tarea cotidiana, bien ejecutada.

Desclasificar el “Informe Rattenbach” es una medida institucional que ayudará a conocer los hechos y conjuga con el rumbo elegido.

Desde el Gobierno, se enfila adecuadamente. Lo reconoce la propia oposición y (aunque con esfuerzos) intelectuales muy críticos como Beatriz Sarlo y Vicente Palermo.

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En sendas notas publicadas en La Nación, Sarlo y Palermo puntualizaron que hay un vacío a debatir que es el apoyo civil a la dictadura en ese trance. Palermo tiene escrito un libro, Sal en las heridas, en el que desmenuza ese tema y cuestiona muchos otros ejes (a su ver) de la tradición malvinera: el unanimismo, un nacionalismo extremo, un sesgo favorable al belicismo, sin agotar la nómina ni aspirar a la síntesis. El texto es rico en investigación, citas históricas y background de todo tipo. Por eso es recomendable aun para aquellos que (como el cronista) no comparten en buena medida sus tesis esenciales. Tal vez ése deba ser el rol de intelectuales, académicos y periodistas: dotar de instrumentos aun a los que no coinciden con sus posiciones.

Como insumo para una polémica ardua, el cronista insinúa que el más fuerte modo de autocrítica de que disponen las sociedades es revisar sus conductas o instituciones. La Argentina abandonó la guerra, el pacifismo es la regla no sólo en las relaciones exteriores sino en todas las formas de movilización política. Los gobiernos surgidos del voto, ya se dijo, concuerdan con ese punto.

¿Se repara o elabora así el desvarío colectivo? Cada cual dirá. Sin proponerse una respuesta tajante, permítase una digresión personal. El cronista fue uno de los (¿muchos, pocos, contados?) que jamás se entusiasmó con la “gesta” promovida por la dictadura. Participó en la movilización reprimida del 30 de marzo, intuía (con horror) que una victoria bélica podía insuflar nuevos bríos a un régimen ya en declive. Cualquier desenlace le parecía (era) espantoso porque a veces la historia no habilita disyuntivas virtuosas.

Cierto es que León Rozitchner, con su desafiante firmeza intelectual, escribió: “Declaro humildemente que he deseado el fracaso de la guerra... la realidad coincidió con mi deseo”. Compartiendo el encuadre político, al cronista le resultaba imposible desear la derrota, que implicaba un baño de sangre para los soldados.

El cronista fue a la Plaza el gran día de Galtieri. Estupefacto, creía que no había la multitud que describían los medios. Acompañando a un grupo de compañeros, se asombró al ver marchar a tantos padres de familia, acompañados por la patrona, el gordito con la camiseta de la selección, la nena en brazos. No los odió, cree evocar, pero se sintió un marciano en su país y en su ciudad. Ellos han olvidado (o reescrito) su adhesión y viven en democracia. No sabe este escriba si se les puede exigir más.

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Otro debate recorre el aniversario. Existió desde el regreso de las tropas, cobró un nuevo vuelo a partir de la política de derechos humanos del kirchnerismo y sus repercusiones. Es la revisión del mito de los “Héroes de Malvinas”. La expresión, se recuerda, la pronunció el presidente Raúl Alfonsín, consistente crítico de la movida militar en 1982. En 1987, en medio de una serie de retrocesos respecto de sus mejores iluminaciones, Alfonsín llamó “héroes” a los golpistas carapintadas. Incurría en un grave error. Se lo criticó siempre pero el cuestionamiento cobró otro vigor desde 2003, con la película Iluminados por el fuego de Tristán Bauer y con los trabajos del historiador Federico Lorenz (el listado no aspira a ser exhaustivo). Parafraseando a Lorenz: es aberrante poner en un mismo saco a los conscriptos que cumplieron con un deber ciudadano y padecieron lo indecible con los que quisieron “limpiar” la guerra sucia con una convencional, de tinte patriótico. El libro de Lorenz Las guerras de Malvinas, próximo a reeditarse, expresa inmejorablemente ese punto de vista. También lo sostienen Asociaciones de ex combatientes constituidas exclusivamente por conscriptos que disienten con otras, integradas por militares profesionales que participaron en el terrorismo de Estado.

Releer la guerra desde 2011 implica no sólo repudiar la empresa misma, también enrolarla en la lógica de la acción genocida, en la secuencia de violaciones de derechos humanos. Los militares incurrieron en ellas en el continente y en las islas, antes y durante la guerra. Una revisión seria genera dilemas complejos, hay muertos en la guerra que fueron represores, entre ellos el primer caído en el desembarco, el capitán Giachino. Hay instituciones que los honran, escuelas que llevan su nombre.

Lorenz escribe que “no hay honra posible en quienes llevan en las manos sangre de compatriotas”. Soldados que fueron sus subordinados y sus víctimas, hoy hombres maduros, accionan legalmente para que sus crímenes sean juzgados como de lesa humanidad. Otro reclamo es la revocación de los indultos del presidente Carlos Menem a los carapintadas.

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Las víctimas que no están y las que sobreviven exigen respeto, contención y reparación. Nunca debieron ser embarcados, su sacrificio fue en aras de fines espurios. Pero sucedió, carga sobre la conciencia y la responsabilidad colectivas: es un legado que la sociedad y el Estado deben honrar. Entre otros modos, redoblando la voluntad firme y pacífica de recuperar las islas.

© Escrito por Mario Wainfeld y publicado en el Diario Página/12 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires el domingo 5 de Febrero de 2012.

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