viernes, 10 de abril de 2009

Sócrates y Jesús… Nuestro Señor…

Sócrates y Jesús…



Me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio -asistido- de Sócrates en lugar del suicidio -más asistido todavía- de Jesús.

Sócrates ya lo sabía: nunca se puede saber nada, y hay que saberlo para saber algo. Sabemos, por ejemplo, que entre dos hombres célebres condenados y ejecutados por sus Estados hace más de dos mil años recordamos mucho más a uno de ellos. Hoy se revive en la mitad del mundo la muerte de aquel señor judío ejecutado en Palestina. Su victoria fue tan completa que hoy lo evocamos, aún sin quererlo, todos: los que creen que ese señor fue un Dios, los que creen que no, los que no creemos que eso que llaman dioses exista fuera de las mentes –donde se mezcla con el vencimiento de la cuota del auto, el viaje de egresados de la nena, el miedo al cáncer de pulmón, la indignación por el ascenso de Rodríguez, la urgencia de repintarse los claritos, las ganas de cogerse a la vecina del 3ºC, el desprecio por Marcelo Tinelli, la pregunta por el sentido de la vida, el tedio ante los diarios, el dolor del gol en contra del domingo, el dolor de la maldita regla, el dolor de ya no ser, la esperanza de que el próximo gobierno, la ignorancia sobre casi todo, las ganas de cogerse al cajero de cobranzas, la culpa por el asado de esta noche, el hartazgo por los reclamos de Teresa, el recuerdo de aquel helado de frutilla, el olvido de la cara del abuelo y tantas otras cosas.

Pero en el mundo real, un poco más allá o más acá de la mente, aquel señor de Palestina tiene un lugar tan decisivo que esta mañana usted, señora, puede leer este diario en la cama en lugar del subte medio lleno: Dios –sabíamos– es misericordioso. Y todo por una muerte a tiempo y bien usada. La primera, en cambio, no dejó rastros visibles.

Sócrates fue el hijo de un tallador de piedras que nació en Atenas hacia el año 470 antes del Otro. Cuando joven retomó el oficio de su padre y peleó en las milicias de su ciudad contra los persas; era un ciudadano aplicado, sin el menor carisma, más feo que mil perros feos y levemente hosco pero tan inteligente que en algún momento decidió que se dedicaría sólo a pensar y, si acaso, entrenar algunos jóvenes en ese deporte extremo. Sócrates tuvo una vida protestona y más o menos feliz, casado con una señora que pasó a la historia como la más insoportable, padre de tres hijos medio idiotas y animador de mil debates, médium de ideas y hallazgos memorables. Hasta que un día, 399 antes del Otro, lo acusaron de “despreciar a los dioses de la ciudad y corromper a sus jóvenes”, y un tribunal popular lo condenó, tras breve discusión, a muerte. Sócrates tenía el derecho de proponer una pena alternativa –que solía ser aceptada: una multa importante, el ostracismo–. Con desprecio infinito les sugirió que, en vez de matarlo, lo mantuvieran de por vida “por sus servicios a Atenas”. El tribunal ratificó su condena y treinta días después, rechazando los planes de fuga que le propusieron sus amigos, Sócrates se tomó la cicuta de un buen trago.

Sócrates no fue Jesús, pero podría haber sido. Y ahora, jueves dizque santo, pescados aterrados, el incienso en el aire, la molicie, me pregunto qué habría sido del mundo si conmemoráramos el suicidio –asistido– de Sócrates en lugar del suicidio –más asistido todavía– de Jesús. Dos profetas menores –de dos ciudades bien distintas: una, el centro de la cultura de su tiempo, la inventora de la filosofía y la democracia, brillantísima Atenas; la otra, la capital de una provincia atrasada del Imperio, sede de un templo, una corte y un mercado, Jerusalén bella y oscura. Dos profetas que se entregaron a la muerte: rechazaron la clemencia de sus jueces, los provocaron para obligarlos a matarlos –o, por lo menos, no hicieron nada por impedirlo. Los dos actuaron, entonces, esa manera del suicidio que podríamos llamar sacrificial: alguien que cree que es mejor morirse para sostener ciertas ideas que dejarlas de lado para seguir viviendo. Aunque sus sacrificios se vieron tan distintos: la puesta en escena dramática y pública de la tortura de la cruz contra la delicadeza de un trago en la intimidad del patio de la casa. Sócrates estuvo displicente: “Critón, le debemos un gallo a Esculapio. Por favor, no te olvides de dárselo”, fueron sus últimas palabras. Esculapio era un dios curandero, cuyos sacerdotes cobraban sus terapias en bípedos plumados; la frase significa, dicen, que Sócrates tomó la muerte como cura. Jesús, en cambio, se desesperó: “Eli, Eli, lama sabactani”, gritó en la cruz, en su frase más brutal y menos recordada: “Padre, Padre, ¿por qué me abandonaste?”. Pero la diferencia mayor está en las ideas por las que murieron, y en la forma en que intentaron difundirlas.

Ninguno de los dos escribió nunca una palabra. Sócrates es un relato de Platón; Jesús, de Lucas, Marcos y Mateo. Jesús fue el profeta por excelencia, el que sabía todo, el que podía decir lo que nadie podía, el que hablaba del mañana y de los cielos, el que exigía que le creyeran sin razonamientos: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, dice Mateo que dijo Jesús. Sócrates, en cambio, era la duda sistemática, el que no creía en sus dichos más que en los ajenos: “Ustedes no me creerán, pero la forma más alta de la excelencia humana es cuestionarse a uno mismo y a los demás”, dice Platón que dijo. Jesús, coherente, desparramaba su saber absoluto en discursos y parábolas, lo impartía; Sócrates, también, buscaba el aprendizaje a través del intercambio, del diálogo.

Jesús dictaba reglas sobre cómo hay que vivir; Sócrates insistía en que cada cual se buscara sus reglas –mientras no rompiera las de la sociedad donde vivía. Jesús funcionaba según leyes que sólo se aplicaban a él, y desafiaba las leyes naturales –supuestamente– naciendo de una virgen, resucitando lazaros, convirtiendo panes en peces, agua en vino, la muerte en vida eterna: haciendo lo que nadie más podría, estableciendo una jerarquía absoluta donde solo él tenía el poder de todo eso, donde él, como hijo de Dios y dios a su vez, había condescendido a salvarnos pero estaba claramente por encima de todos. Sócrates no hacía nada distinto de nadie salvo tratar de pensar –que, curiosamente, está al alcance de cualquiera– y descubrir que sólo era un poco más sabio que sus vecinos porque él, al menos, sabía que no sabía; nunca dejaba de decir que era un hombre común, un ciudadano, y aceptó las leyes de la ciudad hasta tal punto que decidió cumplir con su condena a muerte. Jesús pudo decir que era un dios o el hijo de un dios o por lo menos el rey de los judíos, formas extremas del poder; Sócrates nunca quiso ser más que un artesano que conversaba con sus amigos y paisanos y no se privaba de decir lo que pensaba, aunque eso molestara. Uno, la institución de un poder sin crítica posible; la crítica constante del poder, el otro.

Son diferencias entre dos hombres antiguos que murieron a manos del Estado porque hablaban y decían cosas raras. Nos queda el juego de pensar qué sería de nosotros, cómo habría sido nuestra historia y nuestra civilización si, en lugar de recordar al palestino, en un día como hoy recordáramos al griego: si no pensáramos que es mejor un dios, un ser omnipotente al que hay que seguir y obedecer a ciegas que un hombre con quien charlar para buscar, a tientas, juntos, ideas nuevas y mejores. Nada, pavadas, lo que ahora los historiadores llaman contrafácticos: ejercicios para feriados aburridos, tristezas de lo que habría podido ser si no fuéramos, tan insistentes, lo que somos…

© Escrito por Martín Caparros en el Diario Crítica de la Argentina el viernes 10 de abril de 2009.


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